“Los ciudadanos formamos parte del engranaje de una máquina destinada a enriquecer a una minoría que no sabe ni de nuestras necesidades. Somos anónimos, pero sin nosotros nada de esto existiría, pues nosotros movemos el mundo”.

(del Manifiesto del Movimiento “Democracia real, ya”)

Como es habitual en DEF, hace semanas venimos conversando sobre cuál sería el personaje del año para nuestra portada, costumbre que mantenemos a lo largo de los años. Justamente, hace unos días, la tradicional revista Time eligió al “Manifestante”, coincidiendo con nuestra elección de los “Indignados” como el protagonista más destacado de los hechos ocurridos en el año 2011. Obviamente, no faltaron las bromas de rigor al respecto, aquellas que indicaron que Time se había copiado de las sugerencias de esta humilde redacción. Lo cierto es que aquí estamos, ante este extraordinario suceso colectivo, que nos remite a la caída del Muro de Berlín en 1989 o al Mayo francés de 1968, aunque me permito arriesgar que como hecho global ninguna comparación se ajusta a las dimensiones del actual movimiento que ha llegado a los más recónditos rincones del planeta. En el futuro veremos si sus implicancias habrán sido relevantes o se transformarán en “líquidas”, este término tan usual del siglo XXI que transforma en carentes de importancia sucesos que debieran dejar marca.

Bien, me permito con reverente respeto por el editor del Time, Richard Stengel, diferir en parte en la explicación de la elección hecha por su revista. La idea de que esa joven de velo y rasgos árabes representa a quienes “derribaron gobiernos y llevaron un sentido de democracia y dignidad a gente que no la tenía antes” resulta, tal vez, una respuesta demasiado simple para un problema tan complejo. Pareciera más propia de una mirada “para adentro”, tan común en la cultura estadounidense.

Veamos un brevísimo resumen de los acontecimientos que se suscitaron en el mundo, en este difícil intento de comprenderlos.

  • A principios de 2011 se inmola en Túnez el joven Mohamed Bouazizi, incendiado a lo bonzo ante el intento policial de requisarle su puesto de frutas y verduras. La subsiguiente rebelión popular que acabó con los 23 años del régimen autocrático de Zine El Abidine Ben Alí sería tan solo el inicio de la denominada “Primavera Árabe”. Luego de este pequeño país, la crisis se traslada a un actor importante de Medio Oriente, como lo es Egipto: con la toma de la mítica Plaza Tahrir de El Cairo, se inicia otra gravísima rebelión que pone punto final a los 30 años de gobierno de Hosni Mubarak. Desde allí, y en muy pocos días, se inicia un proceso similar en Libia que da lugar a una extensa guerra civil (intervención de la OTAN incluida), con el resultado por todos conocido: el líder de docenas de años, Muamar Gadafi, es masacrado por los rebeldes el 21 de octubre, siendo el primer mandatario del mundo árabe que pagó con su vida y la de muchos de sus familiares la protesta de la “Primavera Árabe”, que se extendía desde el humilde puesto de frutas del estudiante tunecino ya al mundo entero.
  • Las redes sociales, la televisión y la extraordinaria influencia de Internet hicieron en horas que el mundo quedara en vilo ante esa sorpresiva conducta de las masas populares árabes. Menos de dos meses después de la rebelión egipcia iniciada en enero, los autodenominados “indignados” españoles tomaban la céntrica Puerta del Sol de Madrid y, con el lema “Democracia real, ya”, iniciaban una protesta que luego se extendería a docenas de ciudades y llevaría al derrumbe del gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero. En junio, y para sorpresa de muchos, en Chile –vecino ordenado y exitoso de nuestro país– dio comienzo, por motivos absolutamente diferentes (reformas, recursos y gratuidad de la educación), una importante serie de revueltas que incluyeron en su punto más álgido a 50.000 estudiantes en la calle. El conflicto estudiantil chileno aún se mantiene irresuelto. En agosto, en la India, un movimiento anticorrupción copó las calles de las principales ciudades para exigir la liberación de un abogado defensor de los derechos ciudadanos, en tanto que en Atenas la Plaza Syntagma se convertía en el símbolo de la resistencia contra el ajuste impuesto por el FMI y la Unión Europea. El 4 de septiembre, por su parte, la céntrica Plaza Zuccotti, en Manhattan, se transformaba en el epicentro de las protestas del movimiento “Occupy Wall Street”; hasta que el 15 de octubre los indignados se manifestaron en 82 países y en más de 1000 ciudades, desde Atenas hasta Hong Kong y desde México hasta Praga, solo para dar un ejemplo de la extensión geográfica de este fenómeno.

Intentar analizar estos sucesos, creer que es posible encontrar en ellos coherencia, un ideario común y objetivos claros, es directamente un dislate de proporciones mayúsculas. En principio, por la muy sencilla razón de que con la ayuda de las nuevas herramientas sociales de la comunicación se han creado movimientos espontáneos multicausales, pero que carecen de cualquier tipo de estructura sistémica. Se trata de una red de redes, que carece de un cerebro central y eso la hace inasible, peligrosa e imprevisible. Sin duda, quienes descalifican al movimiento sin piedad, acusándolos de incoherentes e incluso de antidemocráticos (Tea Party, grupos del establishment internacional y sectores de ultraderecha) pasan por alto, cuanto menos, una situación mundial que se ha salido de madre y que ha desembocado en una crisis que aún no encuentra su fondo y tiene más contradicciones de parte de quienes gobiernan el mundo que de los propios manifestantes. Quienes ostentan el poder están dando una brutal muestra de ineficiencia para encontrar soluciones, en cualquier rubro que uno quiera analizar: sea la pobreza, sea la desigualdad, sea el trabajo o el medio ambiente, en éste y en todos los casos, hay muestras de parálisis y de incapacidad para encontrar soluciones. El mundo cambió: la palabra globalización ya es antigua y nos ha alcanzado a todos; sin embargo, las herramientas que existen para gobernar este nuevo mundo no difieren de las que existían pocos años después de la Segunda Guerra Mundial, es decir, hace 70 años. Peor, las que se crearon mostraron una ineficacia absoluta.

Tal vez, si quisiéramos encontrar una extrema síntesis para resumir lo que estamos viviendo y que abarcara a todos aquellos que protestan, creo que más allá del reclamo de una auténtica democracia o la queja por la falta de trabajo o el hambre, la palabra clave sería “Injusticia”, adaptable a cada caso, a cada grupo social, a cada individuo en particular. Así, el ciudadano norteamericano promedio, desempleado, con gravísimos problemas para saldar su hipoteca y con deudas impagables con sus universidades, ve cómo sus impuestos se utilizan para salvar los bancos y los accionistas de Wall Street. Lehman Brothers o Goldman Sachs son algunos de los nombres que se suman a la lista de empresas quebradas, con responsables multimillonarios que aún no han sido juzgados por los Tribunales. Hoy ya nadie puede ocultar las abismales diferencias entre unos pocos que son los que más tienen y el resto de la sociedad. En EE.UU. y en el mundo entero, la obscena concentración de la riqueza, el uso indiscriminado del poder y la pérdida de derechos ganados con grandes esfuerzos son el germen de este mundo inestable. Sumémosle los irritantes gobiernos de unos pocos en muchos países del planeta. Todas estas causas que acabamos de enunciar desembocan en ese concepto de “injusticia” que será analizado por los códigos y costumbres de cada una de las sociedades del mundo, pero que lleva en su ADN la extraordinaria influencia de los medios de comunicación del siglo XXI, donde nada de lo que ocurre nos es ajeno, donde no existe la mínima manera de tapar el sol con la mano.

Ahora las protestas han generado una tremenda sensación de vacío, donde el pedido de coherencia es imposible y donde únicamente el futuro nos dirá los resultados de lo que produjo realmente. Las consecuencias de los grandes cambios de la humanidad pueden ser analizadas únicamente luego de que se asiente el polvo que levantan los sucesos que hoy nos ocupan. Este es sin duda uno de ellos. Los dirigentes del mundo son los que deben dar respuestas certeras a los interrogantes que surgen con solo observar las portadas de los diarios y los titulares de los noticieros televisivos: ¿cómo hará Europa para sortear la crisis casi terminal del euro?, ¿cómo harán los países árabes para no terminar en regímenes aún peores de los que derribaron?, ¿cómo hará el mundo civilizado para controlar al terrorismo internacional?, ¿cómo se saldrá de la crisis económica que genera a diario millones de pobres en todo el planeta? Estas son algunas de las preguntas que todos nos hacemos. No debemos esperar encontrar sus respuestas en los que acampan en una plaza o en aquellos que mueren por sus ideas bajo las balas que quieren silenciarlos.

Quizás la búsqueda de nuevos y modernos instrumentos de gobierno, que deleguen en instancias supranacionales la solución de los problemas globales, sea una de las claves del futuro que ya llegó  y que golpea la puerta de nuestras casas. A quienes consideran que las protestas globales son fenómenos “líquidos”, les pregunto: ¿no les parecen más “líquidas” las formas actuales en que el mundo globalizado es conducido por una dirigencia incapaz de dar soluciones a la crisis?

Nuevas ideas y un viejo dicho de Mayo del 68 en París: “La imaginación al poder”.