Osvaldo Guglielmino, durante la presentación de su libro "Martincito Fierro", en 2010. / Foto: Archivo DEF

A sus 96 años, nos dejó el maestro Osvaldo Guglielmino, novelista, poeta, dramaturgo, ensayista y, por sobre todas las cosas, militante infatigable de nuestra cultura nacional. Le rendimos un merecido homenaje recordando esta entrevista que le realizó Susana Rigoz en 2009.

Hijo de padres criollos de ascendencia italiana, Osvaldo Gugielmino nació en 1921 en las ceranías de Pehuajó, el “oeste profundo”, como le gustaba nombrarlo. Su familia siguió la tradición peninsular de los molineros y panaderos. Este antiguo oficio marcó su niñez y adolescencia.

-¿Cómo recuerda su infancia?

– Mi niñez transcurrió en Pehuajó, donde viví hasta los 20 años. No me olvido de la esa cuadra calentita en invierno, donde jugábamos con los chicos del barrio a la tardecita, y el olor del pan… Tengo tantos recuerdos de aquella época. Uno de ellos es el café con leche que me hacía mi madre cuando volvía del Colegio Nacional. Otro es lo que aprendí del oficio de mi padre: yo era el más chico de tres hermanos y él me enseñó a preparar pan de salvado. Hacer el pan era como hacer versos pero con harina. Es vital y hermoso como la poesía.

-¿En qué momento de su vida empezó a escribir?

-Cuando tenía alrededor de once años y quedé prendado de una chiquilina. Le cuento: a raíz de que había faltado mi maestra nos llevaron a otro curso. Allí me sentaron al lado de una rubiecita a la que no podía sacarle los ojos de encima. Quedé enamorado… Tiempo después se me ocurrió describir lo que sentía en una prosa pero la poesía vino a mí. No yo a ella, le aclaro. Y entonces escribí mis primeros poemas de amor.

-¿Qué pensaba su familia sobre esta incipiente vocación?

– Mi padre era muy sensible al arte. De hecho fue él quien años más tarde, cuando cumplí los 18, publicó mi primer poemario, llamado ‘Preludio’. Así aparecieron los sonetos. Recuerdo, por ejemplo, “Tus manos mariposas/ ah..! quién pudiera hundir su rostro en ellas/ para sentir la honda frescura de las rosas”. Cómo estaría de enamorado, ¿no?

-¿Escribía también su padre?

-Sí, pero lamentablemente lo supe después de que falleció, cuando encontré sus manuscritos. Mi papá era un enamorado de la literatura y de él -tal vez- me viene esta pasión y también de un poeta italiano llamado Virgilio Ameri, que era medio pariente nuestro.

-¿Cuándo decidió ir a estudiar a La Plata?

-La verdad es que la situación estaba tan mal en nuestro país que no sabía si ir o no. Le estoy hablando de 1941. Pero un día mi padre me dijo que había vendido la panadería. A mí me sorprendió y más todavía cuando me contó –con una sonrisa triste- cuánto le habían pagado. “Lo que me costó la caja registradora”, me dijo. Fue una etapa muy dura en la que la gente no tenía ni para comprar el pan. Como mi padre lo regalaba, dos veces por semana se armaba una gran cola en la puerta de nuestra panadería. Había una hambruna tremenda y mucha tuberculosis porque la gente estaba muy débil debido a la falta de comida. Bueno, finalmente, me fui nomás a la Universidad de La Plata, donde me recibí de profesor en Letras y Ciencias de la Educación.

-¿Qué hizo entonces?

-Volví a Pehuajó decidido a dedicarme a la docencia, pero como no había vacantes y me dediqué a sembrar un campito de 26 hectáreas que tenía mi padre. Al año -creo que era el 47- conseguí mis primeras horas de cátedra. Con el tiempo llegué a ser rector del Colegio Nacional. Me jubilé allí con 30 años de servicio y 24 hs titulares.

-Sin embargo, hubo una etapa en la que vino a vivir a Buenos Aires. ¿Qué lo llevó a alejarse de Pehuajó?

-El menor de mis hijos tuvo una enfermedad que nos llevó a recorrer el mundo, y aún así nunca pudimos saber con exactitud qué fue. Llegó a tener 15 años –aunque los médicos vaticinaban que no podría vivir más de cinco- por los cuidados que le prodigamos. Mi otro hijo, Osvaldo, era un año mayor; lo padeció enormemente. A raíz de eso nos vinimos. Yo no podía soportar la casa ni nada. Me ofrecieron venir a Buenos Aires: fue el año ’55, cuando el bombardeo a Plaza de Mayo. Alcancé a estar dos meses hasta que Perón se tuvo que ir. Volví a Pehuajó y Pedro E. Aramburu me hizo dejar cesante. Durante cuatro años sobreviví con alumnos particulares, puse una librería… Mi esposa Nelly es pintora…; así nos defendimos ayudados también por mi hermana que era profesora de Ciencias Biológicas. Hasta que Frondizi me repuso en las horas de clase.

-¿Qué relación tuvo con Arturo Frondizi?

– Yo lo conocí porque me llamó, interesado en Rafael Hernández, de quien yo había escrito un libro. “Usted ha prestado un gran servicio patriótico al país al rescatar a esta figura injustamente olvidada”, me dijo. Yo considero que no estuvo olvidada, sino arrinconada por ser nacional y decir verdades. Rafael Hernández fue un hombre excepcional que fundó cinco pueblos. Después fuimos amigos y él me repuso en las horas de clase hasta que me vine a Buenos Aires en 1973 y me quedé.

-¿A qué se dedicó?

– Estuve cargo de Ediciones Culturales Argentinas, en la Secretaría de Cultura. Conocí a cada sinvergüenza ahí… Para que se dé una idea, le cuento que me plantearon que para seguir con ese cargo, por incompatibilidad, debía renunciar a mis horas de cátedras. No era cierto. Yo estaba tan obnubilado por la muerte de mi hijo que no soportaba la idea de estar en Pehuajó y firmé mi renuncia a la docencia. Yo no lo sabía pero podría haber pedido licencia sin goce de haberes, pero perdí las horas definitivamente y en la actualidad estoy jubilado sólo como Subsecretario de Cultura. Seguí en el cargo hasta el golpe de Estado del 76, cuando presenté mi renuncia y volví a mi ciudad en cuanto pude. Yo no podía seguir con el gobierno militar porque era un hombre del Pueblo.

-Usted dijo en un discurso que “Al que está sellado por la cultura de su tierra, la universidad no lo desquicia”, ¿a qué se refería?

-Creo eso porque en muchas épocas la universidad se encargó de llenarnos de conocimientos ‘internacionales’, de cosas extrañas, y se olvidó de la cultura argentina, nacional, que existía. Como yo venía de tierra adentro, conocía muy bien a mi pueblo e incluso tenía aborígenes amigos y este hecho me ayudó a tener otra visión. Yo lo llamé ‘adentrismo’ a eso que está allá dentro del alma y de la tierra. Esta realidad de mirar tanto hacia fuera, ignorando lo de adentro, me dolía.

– En su obra habla de las “dos Argentinas”.

-Hablé muchas veces de las dos Argentinas: la portuaria, de acá al Norte; y la del Río Salado, que divide la provincia hacia el Sur remoto. Entonces –como hoy- nadie observaba o hablaba de las personas que viven, producen o escriben allí. ¿Alguien conoce a los poetas de la Pampa, Jujuy, etcétera? ¿Por qué hacemos esto? ¿Por qué no publicamos algo que refleje, provincia por provincia, lo que está ocurriendo? Hay profesionales extraordinarios en el interior, que deberíamos dar a conocer. ¿Sabe cuál es el problema? Que no tienen plataforma de lanzamiento.

-¿Piensa que es un defecto estrictamente nuestro?

-Quizás ocurra en todos los países pero el nuestro es tan largo… Fíjese usted, hasta el año 1954 había 14 provincias y los demás eran territorios nacionales, donde vivían ciudadanos de segunda que ni siquiera votaban. Cuando llegó Perón -que había vivido en la Patagonia-, declaró provincia a todos los territorios, hasta Tierra del Fuego. ¿Qué significa? Que desde entonces eligen a sus senadores, diputados, gobernadores. Antes no era así porque a los ingleses, que dominaban todo, no les convenía. Ellos querían la Pampa Húmeda, nada más que para llevarse el trigo. Ese el tema profundo. Muchos dicen que es ‘nacionalismo’… ¡¿Qué nacionalismo?! (se enoja) Es lo nacional. O se ama el país donde uno a nacido y se quiere que salgan adelante sus hermanos o no. Los diarios que tenemos hoy son de capitales norteamericanos y por eso un medio como Clarín los viernes saca una sección del New York Times. A mí lo que me interesa es mi patria: Córdoba, Neuquén, Santa Cruz. Es mi patria…

-Cincuenta años después, ¿cree que cambiamos en algo?

-No tengo claro si es una falla de la enseñanza o algo intencional, pero la realdad es que la gente no fue ilustrada como corresponde. Muchos pelean más por el dinero que por la vida. La gente del campo por ejemplo. Me acuerdo que lindante a Pehuajó había una estancia de 12 mil hectáreas donde criaban vacas, sin aportar nada, y el pueblo estaba ahí ‘atenazado’. Recuerdo a un amigo, Carlos Bravo, con quien teníamos un diarito y empezamos a hablar de ese tema. Aunque parezca mentira, logramos interesar a entonces Presidente de la República, que era Perón, y la expropiaron. Se dividieron en chacras de alrededor de 500 hectáreas con créditos a 30 años del Banco Nación; y muchos fueron dueños de la tierra. “La tierra debe ser para quien la trabaja”, decía Perón. Por eso el país se llenó de tanto trigo en la época de la guerra.

-Usted fue el ideólogo y padrino del Festival de Folklore Sureño, ¿cómo surgió esa idea?

-Fue en la época en que a raíz de la enfermedad de mi hijo casi ni dormía. Mi mujer se levantaba por las noches a atenderlo y yo me ponía, a eso de las tres o cuatro de la madrugada, a tomar mate y pensaba en qué se podía hacer por Pehuajó, ciudad a la que en esa época le faltaban muchas cosas. Y así se me ocurrió. Yo presidía en ese entonces, 1967, el Instituto Hernandiano y reuní a todos los integrantes y les propuse que ya que teníamos ese parque tan lindo, con una laguna y una isla, “levantar gradas y hacer un festival folklórico”. Les encantó la idea y así empezó. En cuanto al público, adhirió totalmente, tanto que empezaron a venir de todo el partido. Con el tiempo fue creciendo y convocó a gente de todo el país, incluso hasta de Tierra del Fuego. En la última edición -que se realizó en febrero de este año y creo que fue la número 28- , cuando me di vuelta para saludar tuvieron que sostenerme, porque casi me caigo al ver la cantidad enorme de gente. Era una noche hermosísima, en la que parecía que la luna podía agarrarse con la mano.

Retomando la tradición del Martín Fierro de José Hernández y del Santos Vega de Rafael Obligado, publicó su Juan Sin Ropa. ¿Cómo surgió este poema?

-Siempre me atrapó el tema del “ser argentino”. Juan Sin Ropa lo escribí a los 27 y me lo publicaron a los 29 en una editorial de Buenos Aires. Se lo envié a Gabriela Mistral, a Juana de Ibarbourou y a Arturo Jauretche, que me escribió diciendo que estaba “entusiasmado”. ¡Qué tipo extraordinario! Aunque me llevaba 20 años, fuimos grandes amigos. El siempre me consultaba sobre el Martín Fierro porque pensaba que yo era el que más sabía.

-Debido a Juan Sin Ropa, Gabriela Mistral le dijo que Ud. había recibido “la gracia de cumplir con José Hernández”. ¿Qué sintió ante semejante elogio?

-¡Qué una Premio Nóbel me dijera eso! ¿Se imagina? Tengo la carta manuscrita que es una reliquia para mí. Y otra de Juana Ibarbourou donde me dice que “La vida se me ha hecho insoportable después del fallecimiento de mi madre; es lo primero que tomo en mi afán de belleza”.

-¿Tuvo la oportunidad de conocer a Perón o a Eva?

– A Evita la conocí personalmente. Era una belleza, ¡qué mujer hermosa! Yo vivía en La Plata cerca de la iglesia de San Francisco. Un día de noviembre del 45, serían las 3 de la tarde –un calor fenomenal-, veo venir 3 coches oscuros que paran frente a la iglesia. Me detuve y veo bajar a Perón y Eva que se iban a casar. ¡O sea que el único testigo popular fui yo! Hubiera querido saludarlos pero quedé tan absorto que no pude moverme. Solo les sonreí.

-¿Cómo nació su ‘Martincito Fierro’?

-Entré a una librería de chicos buscando un regalo para mis nietas. Increíblemente, había muchos de leyendas extranjeras y no pude encontrar lo que buscaba: algo nacional. Es lógico: si Dios nos puso a vivir acá fue por algo, para que el mundo y la vida los miremos desde aquí y no desde Estados Unidos o Inglaterra. Yo miro desde aquí y ese es ‘mi’ punto de vista. La cuestión es que no encontré nada y fue entonces cuando se me ocurrió que sería lindo escribir un Martín Fierro para criaturas. Me faltó tiempo para llegar a mi casa y empezar.

-¿Está escrito en verso?

– Sí, son cuartetas breves que riman, para los chicos. Me fui imaginando el encuentro de los nietos de Martín Fierro y su amigo el sargento Cruz. Martincito dice que el padre le contó lo que había pasado con el abuelo, mientras que el otro le explica que no lo conoció porque murió con los indios. Se despiden y quedan en encontrarse para compartir lo que han vivido. El nieto de Cruz que va a estudiar en el futuro Veterinaria y Martincito que se queda en el campo. Hablan de la historia pero, sobre todo, lo que me interesa es ilustrar a nuestros chicos de lo que hay en el campo y que tan pocos conocen. Por eso los personajes hablan del ñandú, de las mariposas, van aclarando todo. Ah, y está bellamente ilustrado por Walter Gómez, que trabaja para Disney. Estoy muy feliz.