Diego Golombek. Foto: Fernando Calzada.

En una serie de entrevistas, DEF conversó con distintos divulgadores para conocer más sobre su labor e intentar responder una incógnita: ¿es un buen momento para posicionar mejor al ámbito científico? Por Fer Villarroel

Diego Golombek es sinónimo de ciencia en Argentina y su nombre no solo es una referencia para sus pares, sino que también lo es para buena parte del público que nunca en su vida tuvo una pipeta graduada entre sus manos. Doctor en Ciencias Biológicas, investigador Conicet y distinguido por academias reconocidas en todo el mundo, a Golombek pareciera desvelarlo más entrar en la historia como el hombre que ayudó a las personas a entender cómo la ciencia puede ayudarlas a preparar un buen asado o a ser  mejores ciudadanos que por ganar un Nobel.

¿Qué significa ser científico? Y, específicamente, ¿qué significa serlo en este país?

—Ser científico es una profesión que tiene la particularidad de basarse en una mirada del mundo que no es –o que, al menos, no debiera ser– exclusiva de los investigadores. En Argentina, muchas veces, todo se hace cuesta arriba porque uno no solo está limitado por sus ideas sino también por los recursos, pero se trata de una comunidad muy activa y, sobre todo, con el enorme beneficio de los recursos humanos: becarios y estudiantes, que suelen tener un gran nivel, son quienes más hacen por mejorar el sistema. Aquí, muchas veces, uno se puede sentir necesario, aun cuando sus aportes sean menores, dado que al no tratarse de una comunidad tan grande, si no estamos presentes hay algo que, por pequeño que sea, no deja de ser una gran contribución al mundo académico y de la investigación.

En enero de 2019, en el marco del evento ‘La noche de las Ideas’, decías había “una gran crisis en las instituciones científicas”. Hoy, la ciencia -por lo menos, la dedicada a la salud- ocupó un rol central en la agenda social, ¿podría definirse a esto último cómo a algo “positivo”? ¿Por qué?

—Veníamos de años de desfinanciamiento de las actividades de investigación en el país y, sobre todo, de un cierto desinterés y hasta desacreditación por parte de algunos sectores del gobierno saliente. El cambio representó una novedad fundamental en cuanto al lugar que ocupa la ciencia dentro del Estado, no solo en acciones concretas sino también en su rol simbólico, como puntal del desarrollo del país. Esta idea de “apoyarse en la ciencia” se ve aún más urgida por la situación de emergencia en la que estamos: la pandemia obliga a una toma de decisiones racionales, basadas en evidencias científicas. En este sentido, y dentro de una tragedia sanitaria -porque eso es lo que estamos viviendo a escala global-, podríamos pensar que el poner a la ciencia en primer plano siempre es positivo, y es algo que se “transmite” a toda la opinión pública, que mayoritariamente escucha argumentos, recibe resultados de investigaciones e incluso entiende que la incertidumbre puede ser, también, parte de los estudios científicos.

“Al no tratarse de una comunidad tan grande, si no estamos presentes hay algo que, por pequeño que sea, no deja de ser una gran contribución al mundo académico y de la investigación”, dice Golombek sobre los científicos argentinos. Foto: Fernando Calzada.

¿Cuáles sentís que son los déficits que tiene la ciencia nacional?

—La política científica ha tenido muchísimos vaivenes en el país, dependiendo de los gobiernos y de la dirigencia. La idea que la ciencia es la base del desarrollo y que debe atender tanto a aspectos “básicos”, como a sus aplicaciones para aportar a la sociedad y a los sectores productivos, es obvia, pero pocas veces fue puesta en práctica. Claramente, hay un problema de presupuesto, pero no es el único. No se ha logrado trazar un plan sostenido en el tiempo que atienda a necesidades regionales y federales; los temas prioritarios fluctúan sin un norte claro y el sistema no está articulado adecuadamente con otros sectores. Es cierto que, ahora estamos atravesados por la pandemia y el gobierno actual está dando claros pasos en esos sentidos, desde el Ministerio de Ciencia y Tecnología, la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (ANCyT) y el Conicet.

“Me fascina la excusa de la ficción y del humor para contar ciencia”

¿Por qué pensás que el entretenimiento juega un rol clave en la divulgación?

—Hay varias maneras de contar la ciencia: por un lado, aparece el hecho de contar las noticias de la ciencia, lo que llamamos “periodismo científico”. Yo me dediqué muchos años a este tipo de narración, aunque siempre me quedaban las ganas de contar algo más, como las bases de la ciencia, sus preguntas, su entusiasmo y la curiosidad que mueve su mirada. Eso, que llamamos muchas veces “divulgación”, también se puede contar de muchas maneras y a mí me fascina la excusa del entretenimiento, de la ficción y del humor. Pero, ojo, una condición imprescindible para hacerlo es ser riguroso, asesorarse, hablar con los que saben y, solo una vez que ese rigor científico esté asegurado en la medida de lo posible, jugarse hacia otros formatos y estilos más amables. La idea es “meter” ciencia de contrabando, aprovechando el formato que los distintos medios – la tele, la radio, los libros – nos inspira.

Siempre destacás la figura y el rol de Adrían Paenza en materia de divulgación en el país. ¿Qué otros colegas admirás y te inspiran?

—Más allá de excelentes figuras en periodismo científico en Argentina, como Nora Bar y Federico Kukso, por nombrar solo dos, me fascina la mirada rigurosa y desacartonada de buena parte del mundo anglosajón a la hora de contar la ciencia. Y no me refiero solo a “superproducciones”, como las lideradas por los héroes Carl Sagan o Richard Attenborough, sino también al estilo de revistas como New Scientist, los festivales de ciencia -que no tienen nada que envidiarles a los de rock (risas)- y a muchos autores que han logrado contar la ciencia de una forma verdaderamente literaria. Justamente, y hablando de literatura, no podemos olvidarnos de los escritores que aprovechan la ciencia -bien contada- en sus ficciones, como Ian McEwan, Michel Houellebecq, David Lodge, nuestro Guillermo Martínez y tantos otros.

¿Qué cosas sentís que le faltan a la divulgación?

—Creo que hay una gran deficiencia de oportunidades de formación, tanto para quienes vienen de la comunicación como para los que vienen de la ciencia. Y está claro que los medios no le dan el lugar que merece, y que la sociedad demanda, muchas veces por prejuicios o por una falta de análisis de su valor.

¿Sentís que, a partir de este momento, las nuevas generaciones pueden sentir más interés por la ciencia y hasta se les despierte una vocación pro la divulgación? ¿Qué tendría que ocurrir para que eso deje de ser un deseo y se convierta en una realidad?

—Ojalá que sí. Más allá de todo lo que podamos hacer desde la divulgación -que es mucho-, no debemos olvidar que es un complemento para la educación formal, la cual es la verdadera gestión de vocaciones científicas y de cualquier otro tipo. Por eso, tenemos que seguir mostrando a los científicos y científicas en Argentina, junto con todos sus logros y sus preguntas, pero también tenemos que avanzar muchísimo en la enseñanza de las ciencias en todos los niveles de la educación. Es la única forma de promover el interés por la ciencia. Y es necesario.

Un poco más sobre Golombek

Es profesor titular en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), dirige un laboratorio especializado en cronobiología, el estudio de los ritmos y relojes biológicos, publicó más de 100 trabajos de investigación científica en revistas internacionales y es uno de los organizadores de las charlas TEDxRioDeLaPlata. Lleva editados más de diez libros sobre ciencia (‘Las neuronas de Dios’ y ‘La ciencia en el aula’, entre otros) y se desempeña como director ejecutivo del Instituto Nacional de Educación Técnica (INET).

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