Dialogamos con un experto argentino del Organismo Internacional de Energía Atómica, que participó del informe oficial sobre Fukushima. Por Mariano Roca

El viernes 11 de marzo de 2011, poco después de las 14:46, la tierra tembló en Japón. Un terremoto de 9 grados en la escala de Richter sacudió la costa oriental de la isla de Honshu. El saldo fue de 18.498 muertos. El epicentro del sismo se ubicó en el mar, a 130 kilómetros de la ciudad de Sendai. Cincuenta y cinco minutos más tarde, a las 15:41, un devastador tsunami inundó la zona. Como consecuencia de este último fenómeno, se generó un grave accidente en la central nuclear de Fukushima Daiichi. En la escala internacional de eventos nucleares, que va de 0 a 7, lo ocurrido en Japón hace diez años fue clasificado como un evento de nivel 5.

¿Qué ocurrió en la central nuclear? Tal como señala el informe presentado por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) en 2015, “el tsunami provocó una destrucción sustancial de la infraestructura operacional y de seguridad”. ¿Cuál fue el resultado? “El efecto combinado fue la pérdida de la alimentación eléctrica dentro y fuera del emplazamiento”. Ello generó daños en tres de los seis reactores de la central; los otros tres estaban inactivos debido a paradas técnicas. “Los núcleos de los reactores de las unidades 1 a 3 se sobrecalentaron, el combustible nuclear se fundió y las tres vasijas de contención se fracturaron”, indica el documento del OIEA.

UNA SUCESIÓN DE EVENTOS DESAFORTUNADOS

DEF conversó con el ingeniero argentino Antonio Godoy, especialista en seguridad de instalaciones nucleares, quien participó en la elaboración y redacción del informe del OIEA sobre el accidente de Fukushima. “El gran problema que tuvieron fue que, al diseñar la central en la década del 60, la estimación que hicieron fue en función del mayor tsunami que había vivido Japón, que alcanzó los 3,12 metros en 1960”, explicó. “La altura de diseño de la planta fue de 4,3 metros y la ola de hace diez años tuvo una altura de entre 14 y 15 metros, lo que significa una diferencia de cuatro veces entre el valor original y el valor real del tsunami”, añadió.

¿Qué sucedió entonces? Godoy detalló: “La ola prácticamente inundó las instalaciones y esa inundación fue la que generó los daños. Esos daños fueron los que generaron el accidente”. Ante un accidente de esta magnitud, son tres las medidas a implementar: “La primera es detener el reactor; la segunda, refrigerarlo; y la tercera es contener la radioactividad para evitar fugas”. En Fukushima Daiichi solo funcionó la primera de estas medidas, ya que los reactores de las tres unidades en funcionamiento se detuvieron automáticamente. Sin embargo, fallaron las otras dos: no se pudo refrigerar el reactor ni contener la radioactividad.

"El problema fue que no hubo potencia eléctrica para hacer funcionar las bombas del sistema de refrigeración", dice el ingeniero y experto en energía nuclear Antonio Godoy. Foto: Fernando Calzada.
“El problema fue que no hubo potencia eléctrica para hacer funcionar las bombas del sistema de refrigeración”, dice el ingeniero y experto en energía nuclear Antonio Godoy. Foto: Fernando Calzada.

LAS FALLAS DEL SISTEMA

Con respecto a las fallas en la refrigeración, el especialista consultado por DEF detalló: “El problema fue que no hubo potencia eléctrica para hacer funcionar las bombas del sistema de refrigeración. Los generadores diésel quedaron destruidos porque fueron inundados. Entonces, todos los sistemas de generación y control quedaron totalmente dañados. Al no tener potencia, la bombas no podían funcionar y no se podía refrigerar el reactor”. En definitiva, sintetizó, “los sistemas de remoción del calor residual no funcionaron porque no funcionaron los motores”.

El ingeniero Godoy comparó lo sucedido en Fukushima Daiichi con lo que ocurrió en el vecino complejo nuclear de Fukushima Daini, dotado de cuatro reactores y ubicado a solo diez kilómetros. “En las aproximadamente 20 horas que pasaron desde el tsunami hasta que fue necesario refrigerar los núcleos de los reactores, los operadores conectaron un cable y lo llevaron desde el único transformador que tenían en operación hasta las bombas de los sistemas de refrigeración”, explicó. Él tuvo la oportunidad de visitar esas instalaciones en abril de 2011, apenas un mes después del sismo.

UN SISTEMA DE ALERTA INEXISTENTE

Ante la consulta sobre los sistemas de alertas existentes en Fukushima Daiichi, el investigador precisó: “Las centrales nucleares japonesas no tenían en 2011 un sistema de aviso de tsunamis”. Aclaró que sí contaban con instrumentos de detección sísmica en la sala de control y un sistema de parada automática luego de un terremoto. “Al llegar la onda del terremoto, el reactor se detiene en unos pocos segundos”, indicó. En las usinas nucleares de otros países, en cambio, se ha preferido un sistema manual y la decisión de la “parada de planta” es del operador.

Por lo tanto, hubo un aviso de emergencia civil que permitió proteger a la población tras el terremoto y fue relativamente exitoso. En cambio, la central de Fukushima Daiichi no contaba con un sistema informático de advertencia temprana de tsunamis. “La gran anécdota es que ellos lo supieron por un aviso del departamento de mantenimiento, donde un operador estaba viendo la televisión pública y, al enterarse del alerta de tsunami, llamó a la sala de control para que actuaran”, detalló. “No tenían absolutamente nada”, concluyó.

En cuanto a eventuales medidas de seguridad extra o normas adicionales post-Fukushima, el ingeniero Godoy fue muy claro. “Las conclusiones de la reunión internacional de expertos y del informe sobre el accidente no derivaron en una normativa internacional muy distinta de la que ya existía”, dijo. “Las normas que elaboradas en el OIEA antes del informe siguen siendo válidas hoy”, completó. De todos modos, al margen de este suceso puntual, todas las normas son sometidas periódicamente a revisión para adaptarlas a la evolución de la ciencia, la técnica y la metodología probabilística.

UNA NUEVA AUTORIDAD REGULTORIA

En las conclusiones del informe del OIEA, se cuestiona el rol de los organismos encargados de la supervisión del sector nuclear en Japón. El entonces director general del organismo, el ya fallecido Yukiya Amano, destacó que tras el accidente Japón reformó su sistema para “cumplir mejor las normas internacionales” y otorgó a los reguladores “responsabilidades más claras y mayor autoridad”.

Finalmente, el informe del OIEA hace mención a las lecciones aprendidas. Allí se indica que “al establecer la base de diseño de centrales nucleares, la consideración de datos principalmente históricos no es suficiente para caracteriza los riesgos de peligros naturales extremos”. Por otro lado, se requieren revaluaciones periódicas de seguridad y la adopción de rápidas medidas correctivas o compensatorias. Y, con respecto a las funciones de la autoridad regulatoria, Godoy precisó: “La independencia funcional del organismo es muy importante, pero es mucho más importante la independencia científica y tecnológica en lo que hace a su capacidad”.

Más allá de los aspectos meramente tecnológicos y científicos, el experto consultado puso especial énfasis en un aspecto de la cultura japonesa. Se refirió a “la inexistencia de una actitud de cuestionamiento”, dado el respeto casi reverencial de las jerarquías. “Si vos sos mi jefe, digas lo que digas, yo tengo temor de contradecirte y, por eso, me callo la boca”, especificó. En ese sentido, señaló: “No había, antes del accidente de Fukushima, la posibilidad de que ningún científico oficial aceptara la posibilidad de un terremoto de escala 9, más allá de los argumentos que les presentaran”. Se ignoró, de esa forma, uno de los principios habituales para la evaluación de eventos externos, que es el uso de la analogía. Es decir, datos de regiones similares, como el caso de Chile, donde había existido un sismo de 9,5 en la escala de Richter.

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