El ministro Ciencia y Tecnología, Lino Barañao, insistió en la necesidad de cambiar el paradigma que rige al mundo universitario y promover las nuevas posibilidades que abre la investigación aplicada.

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Reconfirmado en su cargo después de las elecciones presidenciales del año pasado, el ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, Lino Barañao, continúa con las políticas tendientes a modificar el perfil científico argentino. La idea es fomentar aquellas líneas de trabajo que acerquen la ciencia a las necesidades de la sociedad con la finalidad ulterior de cambiar la matriz productiva del país. “Lo que queremos es que Argentina sea un lugar al que se recurra para soluciones innovadoras”, afirmó el ministro durante su diálogo con DEF.

Para ello reconoce que son necesarios “muchos más ingenieros, físicos y matemáticos de los que tenemos ahora”. Según el ministro, la manera de fomentar el acercamiento de futuros profesionales a las ciencias no se puede dar a través de medidas que restrinjan la matriculación en ciertas carreras, sino mediante la promoción de las actividades científicas y de las posibilidades que ellas encierran. Ejemplo de esto es la reapertura de la megamuestra de ciencia Tecnópolis en julio de este año, la cual, según aseguró Barañao, “va a tener mayor énfasis en orientar vocacionalmente a los alumnos”.

Además, dispara contra la forma establecida de cursar un doctorado; afirma que no todos poseen las cualidades del investigador y asegura que “hace falta un cambio cultural, para que aquellos individuos a los que se les pagó su formación a lo largo de toda su carrera hasta llegar al doctorado, de alguna forma devuelvan a la sociedad esa inversión trabajando en aquel lugar en el que son más necesarios”.

-Se habla de la creación de trabajos de calidad desde las áreas de Ciencia, pero, cuántos puestos de trabajo se pueden crear desde allí. ¿Es válido poner ese objetivo para la producción de ciencia?

-Creo que es válido. Nosotros también nos lo preguntamos. Es un dato básico para nuestras políticas, cuántos profesionales en ciencia tiene que crear el país. Pero no es fácil porque no se puede partir de una demanda preexistente. La actividad científica y tecnológica tiene la particularidad de crear puestos de trabajo y necesidades que antes no había. A lo que estamos apostando es a modificar la matriz productiva de forma tal que haya cada vez más profesionales en ciencias duras porque el país no va a producir manufacturas solamente, sino que va a producir conocimiento, soluciones a problemas tecnológicos a nivel global. Lo que queremos es que Argentina sea un lugar al que se recurra para soluciones innovadoras. Ese es el perfil de país al que aspiramos y obviamente necesitamos muchos más ingenieros, físicos y matemáticos de los que tenemos actualmente. El tema es que hay que ir adaptando la producción de estos profesionales para que puedan ser eficientemente absorbidos por el sistema.

-¿Qué es lo que sucede?

-El Conicet es el que financia la capacitación doctoral en todo el país, pero esto no implica que sea el futuro empleador de los investigadores. Se supone que la formación doctoral es aquella que le permite al graduado universitario obtener la capacidad para conseguir y procesar información, que es algo que la carrera universitaria no siempre da. El Conicet tiene una demanda finita de investigadores para ir creciendo a un ritmo lógico, que es del 10 por ciento anual. Descontando la gente que se jubila, igual da una tasa superior a la de cualquier otra área de la administración pública. El Conicet tiene que ser selectivo a la hora de incorporar becarios, entonces nos quedan unos dos tercios de todos los investigadores que se doctoraron que luego hay que ubicar en otras áreas.

-¿Se hace algo al respecto?

-Asumiendo que no nos podemos ocupar individualmente de cada doctor que no entró en la carrera para encontrar un trabajo, lo que estamos haciendo es implementar una serie de programas que apuntan a distintas ubicaciones. Uno es el de recursos altamente calificados en las empresas, para que se inserten doctores en el sector privado. A través de este programa se les paga dos años de sueldo. Va a ir creciendo con el tiempo, pero ya tenemos unos 20 casos ubicados. Otro es la inserción de grupos en universidades de reciente creación, donde se requiere armar grupos de investigación. La idea es aportarles esos recursos humanos creando un incentivo similar al que se usa para traer a los investigadores del exterior a través del programa Raíces, pero para una migración interna. La idea es que se movilicen desde las grandes ciudades, que son las que tienen el mayor porcentaje de investigadores hoy por hoy, hacia regiones que han estado históricamente relegadas en cuanto al desarrollo científico.

-¿Encuentra a los investigadores dispuestos a esto?

-Requiere un cambio cultural en muchos jóvenes que asumen que tienen el derecho de seguir trabajando en el lugar donde estudiaron. En países como los EE. UU. esto es muy diferente. El sistema americano es más salvaje en cuanto a ese proceso de selección y de exigencia sobre el individuo, pero es claramente más eficiente a la hora de hacer uso de esos recursos humanos. La gente va al lugar donde tiene un trabajo. No pretendemos llegar a ese extremo, no creemos que sea necesario, pero nos parecería lógico que aquellos individuos a los que se les pagó su formación a lo largo de toda la carrera hasta llegar al doctorado, de alguna forma devuelvan a la sociedad esa inversión trabajando en aquel lugar en el que es más necesario.

Cambiar el paradigma

Una cuestión que preocupa a Barañao y que piensa tratar en el próximo “Consejo Interinstitucional de Ciencia y Tecnología” donde están representados todos lo directores de los organismos del área, es que las instituciones que demandan doctorandos para que realicen sus prácticas –INTA, INTI, universidades, etc.-, se comprometan a tomar cierto número de esos recursos humanos. “Si no, lo que se deberá hacer es evaluar cuántos investigadores necesita realmente el Conicet y acotar la entrada a ese número”, reconoce Barañao.

Por otro lado, el Conicet solicitará también que los cursos que realizan los doctorandos en las universidades no se limiten exclusivamente al área temática que están investigando, sino que tengan una perspectiva mucho más amplia que eventualmente les permita su inserción en otro ámbito. “Si una persona se dedica a la biología molecular y solamente toma cursos de técnica de biología molecular, va a salir con una formación bastante restringida y va a ser difícil de ubicar”, asegura el ministro. La idea es que los cursos de doctorado se complementen con otros que aporten conocimientos más amplios, por ejemplo de administración de empresas o de formas de diagnóstico aplicadas a la industria, de manera que sea más fácil que alguien los tome.

-¿A quién le corresponde esa tarea?

-Es responsabilidad de la universidad. El Conicet financia, pero es la universidad la que fija el perfil de ese doctorando y la que le otorga el título de doctor. La universidad no puede evadir la responsabilidad de saber qué tipo de profesional está formando. Dado que estamos financiando un número sustantivo de becas y la inserción laboral es un tanto más dificultosa, se justifica analizar en detalle qué tipo de formación estamos dando a ese doctor.

-¿Acompaña hoy en día la universidad el perfil de científico que se busca?

-No siempre, porque las universidades son muy variadas y con perfiles muy dispares. Algunas se han creado muy recientemente con un perfil de formación de recursos humanos muy inserto en las necesidades de la zona, y otras, generalmente las grandes, mantienen una inercia en cuanto a la formación de sus egresados más típica de los años 60, donde se necesitaban profesionales obedientes para grandes empresas. Hoy se necesita un profesional mucho más flexible, con una formación más breve, porque el mercado laboral exige una capacitación continua. En los EE. UU., un estudio reciente demostró que casi el 75 por ciento de los graduados de las carreras universitarias trabajaban en actividades que no existían cuando comenzaron a estudiar, o sea que en cuatro años aparecieron una cantidad de alternativas que eran inexistentes previamente. En ese contexto, los programas de formación que tienen veinte o treinta años de antigüedad y las carreras de ingeniería que insumen nueve o diez años de estudio, no parece ser muy adecuadas a los tiempos que corren.

-¿Puede efectivamente cambiarse eso?

-Existe el concepto de autonomía universitaria que es muy útil al momento de defender la libertad de cátedra, o la no ingerencia del gobierno de turno en la orientación política de la formación de sus recursos, pero lo que no debe ocurrir es que esta autonomía impida que la demanda social tenga alguna influencia en la formación de recursos. No es lo mismo autonomía que autismo universitario. Nosotros, en la medida en que estemos financiando a estos doctorandos, tenemos la potestad de decidir qué tipo de prioridades vamos a tener. No vamos a imponer nada, pero entre un plan de doctorado ultraespecializado en un tema de escasa aplicabilidad y uno que le dé al egresado la posibilidad de insertarse en otras actividades, vamos a priorizar a este último. Lamentablemente hay otra cuestión a tener en cuenta: los directores de tesis en general son del Conicet y tienden a considerar que lo que ellos hicieron en su vida es lo más, y por lo tanto lo mejor que pueden hacer por ese becario es volverlo una copia de sí mismos. Esto es un problema.

-Se van a enojar…

-Bueno, pero es así. Como vengo de la ciencia, trato de entender las variables que operan en el sistema natural. Comprendo la psiquis humana porque yo también he formado becarios y me ha parecido muy bien que se entrenen en la investigación. Pero de diez becarios que tuve, hay dos o tres a los que he propuesto para que sigan siendo investigadores, el resto trabaja en la actividad privada o en organismos internacionales. Me he ocupado de que supieran que había vida fuera del Conicet.

-¿No todos pueden ser investigadores?

-Es responsabilidad del director evaluar si esa persona tiene condiciones para ser investigador o no. Es una decisión muy dura decirle a alguien que es muy inteligente, pero que no tiene la inventiva o la creatividad del investigador científico. No todo alumno del conservatorio va a ser solista en el Colón. Y hay una cantidad de actividades en las que un buen músico puede desempeñarse. No es denigrante para nadie no ser una gran figura del arte. Lo mismo en la ciencia. El arte y la ciencia son actividades creativas y por lo tanto sujetas a una amplia variación entre las personas.

-¿Qué es, entonces, ser investigador?

-Un investigador es alguien capaz de interrogarse sobre cosas que la mayoría de las personas no se cuestiona. No es una tarea de rutina, ni una tarea en la que baste con la formación profesional. Para todo eso, hay una demanda social muy importante, y creo que, si le preguntamos al ciudadano común, no quiere un gran número de genios, sino alguien que le solucione el problema del agua, de las vacunas, el problema de cómo producir algo que le permita vivir. Esto exige también un cambio en el sistema de arquetipos. Lamentablemente en Argentina el arquetipo han sido los premios Nobel que supimos conseguir.

DOS PERFILES DE CIENTÍFICO

-¿Hay una disyuntiva entre ciencia y mercado?

-Esa disyuntiva, que no es tal porque hay que apoyar ambas cosas, se da más bien entre la ciencia cultivada por la curiosidad y la ciencia motivada por la aplicabilidad. Esto es lo que define dos perfiles de personas. Tenemos que tener un porcentaje de investigadores que sigan su curiosidad, porque eso es lo que va a permitir el avance de la ciencia. Si Volta y Galvani por curiosidad no se hubieran ocupado de ver qué pasaba cuando bajaban del pararrayos y tocaban el músculo de una pata de rana -una cosa totalmente absurda-, y frotar piel de gato con unos metales para ver si soltaba una chispa, no habría ninguna aplicación eléctrica. Pero no todo el mundo puede dedicarse a estudiar la pata de rana. Hay gente que es capaz de tener ideas novedosas y lo bueno es que tenemos maneras de evaluarlo.

-¿Cómo se mensura la curiosidad?

-Esto, que parece lo más difícil, es lo más sencillo de evaluar porque es lo que se publica en las revistas internacionales, que pueden ser mensuradas según cuánto se leen, cuán difícil es publicar en ellas. Eso es lo que la comunidad científica sabe evaluar mejor, el avance del conocimiento abstracto. Paradójicamente, la aplicabilidad es lo que tenemos menos cuantificado. Saber cuántos residentes de medicina leyeron un artículo y en base a eso mejoraron la manera en que atienden a un paciente asmático no está cuantificado. Es algo que nos debemos como tarea y que vamos a encarar.

-¿En qué consistiría esto?

-En tener un número, así como se evalúa el impacto de una revista científica. La solución de problemas no está adecuadamente evaluada. Tenemos un déficit en la forma de evaluar la transferencia tecnológica, no solo en el Conicet, sino también en las universidades. Hay instituciones que sí han hecho mucho énfasis en la transferencia, como el INTA, con actividades de extensión. De hecho, muchas veces ha valorado más eso que la investigación pura. Pero el Conicet y las universidades tienen un déficit que vamos a ir corrigiendo. Esto es lo que define las políticas.

EL CAMINO DEL MARKETING

Para orientar el perfil de científico que desde el Ministerio se pretende, Lino Barañao distinguió dos maneras de hacerlo: una, la coerción, que se ha intentado aplicar en muchos sistema totalitarios y que evidentemente no funciona a la hora de fomentar la creatividad. Y la otra es la publicidad.

-¿Qué se hizo en el país?

-En lo que respecta a la formación de profesionales, en la Argentina no se ha hecho ni una cosa ni la otra. No se aplicó, por ejemplo, un sistema coercitivo que limite el cupo para ingresar a determinada carrera como sí tienen otros países que desde el punto de vista político son muy liberales (Alemania, Francia, o los EE. UU.). Allí, la gente no sigue libremente su vocación, sino que debe atenerse a determinadas pautas. Acá no hacemos eso, cualquiera puede estudiar lo que quiera y el Estado lo financia. Pero tampoco les decimos qué posibilidades tienen en cada una de esas carreras, no los atraemos hacia aquellas que nos parece que tienen más futuro. Hay carreras que tienen desempleo cero y otras donde hay una plusvalía evidente. No resulta lógico que el Estado se desentienda de dar señales de hacia dónde se espera que vaya la gente o de dónde tiene más posibilidades de hacer las cosas. Nosotros vamos por ese lado. Un sistema coercitivo no tiene ningún sentido en Argentina, pero sí creemos que si la universidad está pagando una formación de buena calidad y costosa, al menos tiene que decir qué tipo de profesionales quiere y para qué.

-¿Mediante qué instrumentos se puede dar esa señal?

-Lo estamos tratando de hacer a través de una serie de acciones; una de ellas es la presencia en Tecnópolis, cuyo énfasis este año estará puesto en orientar vocacionalmente a los alumnos, mostrar qué es lo que está ocurriendo. Otra es la participación en el canal Tecnópolis Tv, donde el Ministerio va a tener como función la parte de contenidos que hace a atraer vocaciones hacia las carreras científicas. Mostraremos lo que está ocurriendo en el mercado. No puede ser que falten programadores, sobren psicólogos y no pase nada; o que estemos pagando lo mismo por uno u otro. También vamos a hacer un nuevo pabellón de computación en la Ciudad Universitaria que probablemente vaya a ser el más novedoso, ecológico y atractivo que exista, para dar una señal clara de nuestro interés en que la gente vaya ahí. Son inversiones que estamos haciendo para hacer atractivas aquellas carreras en las que el país debe apoyarse para su desarrollo futuro.

IRSE, PARA VOLVER

-Otra política fuerte que han seguido es la repatriación de científicos. El Estado está preocupado por que vuelvan, pero muchos se van para completar su formación. Es una vía natural en su carrera. ¿Cómo se enmarca este fenómeno?

-La repatriación de científicos es un fenómeno complejo y que tuvo distintas etapas. Hubo una primera oleada en que muchos científicos se fueron por motivos políticos. Estos ya están jubilados, y si están viniendo, es como asesores. Están quienes se fueron por motivos económicos y desde 2003 empezaron a volver. Los que querían regresar, lo hicieron en estos últimos años en que mejoraron los sueldos y demás. Por último, aquellos que están volviendo ahora son los que salieron a formarse para luego volver. Lo que pasa es que si no tenés un sistema atractivo de reinserción, la gente va y no vuelve. Se queda porque son buenos nuestros profesionales y porque hasta hace dos años había buenas ofertas en el exterior. Ahora ya no es tan fácil quedarse afuera. Lo que sí queremos es recuperar esa gente.

-Usted ha hablado de una especie de parábola de hijo pródigo respecto a este tema.

-Es cierto. Ponemos mayor esmero en traer a un profesional de afuera que en cuidar a uno que se quedó acá, pero porque esa persona viene con valor agregado, aprendió cosas nuevas, tiene contactos, se fogueó. A nosotros nos parece prioritario captar el mayor número de esos profesionales, siempre y cuando trabajen en materias que resuelvan asuntos para el país. La condición vale para todos. La manera de renovar la ciencia es a través de la salida y el reingreso de investigadores y su formación en centros del mayor nivel posible. En segundo lugar, en la medida en que vuelvan es un indicio de que acá las cosas están funcionando relativamente bien. El investigador no vuelve solo porque le pagamos el pasaje, vuelve porque puede seguir trabajando. Nadie se inmola por volver a la Argentina. Por más que extrañe a la familia, si no puede seguir produciendo, no va a volver. Vuelven porque tenemos equipamiento, porque estamos montando laboratorios, porque las condiciones son buenas. De hecho, estamos teniendo el problema de que la gente no se va.

-¿Cómo es eso?

-Tenemos que forzarlos a que salgan y se formen, porque como están cómodos y bien, y como las carreras universitarias son largas y terminan su tesis cuando ya tienen dos hijos, se hace complicado. Nos parece importante reestablecer este círculo de salida y vuelta al país de la gente. Puedo contar mi experiencia personal: yo me formé en enzimología de las hormonas, de eso trataba mi tesis. Fui al exterior, estuve tres años afuera, y aprendí a hacer cultivos celulares. Empecé a hacerlos en el país y a publicar sobre ese tema. A los siete años vino al laboratorio alguien que se había especializado en fecundación in vitro de bovinos en Japón. Con esa técnica produjimos los terneros de fecundación in vitro. Esa persona se fue otra vez y aprendió a hacer clonación. Volvió e hicimos las vacas clonadas. Después vino al laboratorio una persona que había estado un año en Francia aprendiendo a trabajar con células madre embrionarias y ahora esa es la línea del laboratorio. Obviamente yo como investigador no podía irme cada tres o cuatro años a aprender algo nuevo, pero me nutría de los becarios que iban entrando al laboratorio, trayendo ideas y tecnologías nuevas. Si no hubiera sido por esas posibilidades de intercambio, científicamente me hubiera quedado treinta años atrás. Es importante establecer este flujo porque la ciencia es un rompecabezas que se arma a nivel mundial.

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Juan Ignacio Canepa
Lic. en Ciencias Políticas y periodista. Tiene un título de posgrado en Periodismo Digital (Universitat Pompeu Frabra, Barcelona) y obtuvo una beca de la Comisión Fulbright de Argentina para Jóvenes Líderes. Actualmente se desempeña como editor de la revista DEF.

1 COMENTARIO

  1. Por favor ocúpense de acortar las carreras universitarias tanto a nivel privado como estatal. Controlen que las matriculas y de universidades privadas no aumenten bestialmente.

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