Con la decisión del parlamento de Crimea de considerarse parte de Rusia y de adelantar para el 16 de marzo el referéndum que lo defina, la crisis desatada con el triunfo de la revolución de febrero en la Plaza Maidan se profundiza y entra esta semana en una fase de decisiones. Hasta ahora, solo hemos visto los avances de la película. Escribe Patricia Lee Wynne


El Kremlin se niega a negociar con las nuevas autoridades en Kiev, a las que no reconoce, sus fuerzas impidieron el ingreso de los observadores de la OSCE a Crimea, Estados Unidos anunció sanciones a Rusia, mientras que la Unión Europea todavía dudaba y prometía ayuda al gobierno de Kiev.

Si bien Rusia dice que no hay soldados suyos en la península, sino que se trata de fuerzas de autodefensa, no por ello cede en sus pretensiones: la decisión del parlamento de Crimea de incorporarse a Rusia, en contra de las declaraciones del presidente Vladimir Putin en el sentido de que no pretendía anexar la península, plantea de hecho la división del país, y pone sobre el tapete otra serie de problemas, cada vez más graves: qué hacer con los ucranianos que viven en Crimea y con las propiedades y las fuerzas militares ucranianas, al tiempo que se reabre el conflicto con la minoría de 300.000 tártaros, que está a favor del nuevo gobierno ucraniano.

En un claro desafío, Rustam Temirgaliev, vice primer ministro de Crimea, advirtió que “las únicas fuerzas legales en Crimea son las rusas. Las fuerzas armadas de terceros países son ocupantes. Las Fuerzas Armadas de Ucrania tienen que elegir: entregar sus armas, dejar sus puestos, aceptar la ciudadanía rusa y unirse al ejército ruso. Si no están de acuerdo, les ofrecemos una salida segura del territorio de Crimea hacia suelo ucraniano”.

Más preocupante aún, es que el ejemplo de Crimea sea seguido en el oriente de Ucrania, donde continúan las ocupaciones de edificios y las manifestaciones exigiendo un referéndum para anexarse a Rusia, como en el caso de la península.

UN NUEVO DESORDEN ACABA DE EMPEZAR

Oculto por las noticias de Crimea, pasaba casi inadvertido el ingreso de un proyecto de ley en la Rada ucraniana para discutir la accesión del país a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN, modificando la ley que establecía la neutralidad de Ucrania, que, a la manera de Finlandia, era la base de su política internacional y de seguridad.

Este es el eje del conflicto que hoy rasga a Ucrania: lo de Crimea ha sido solo la ruptura del florero, el puntapié inicial de un nuevo desorden mundial, que pone al desnudo el hecho de que, al terminar la guerra fría, 25 años atrás, no hubo ningún acuerdo para establecer un nuevo orden internacional. Lo que sucedió, por el contrario, fue el avance permanente de la OTAN sobre los territorios de su antiguo enemigo, con la incorporación de nueve países que estuvieron en la órbita soviética, además de la guerra en Yugoslavia, y el intento de la OTAN de incorporar a Georgia como ahora hace con Ucrania.

El otro ingrediente que preocupa sobremanera a Rusia es el acceso al nuevo gobierno de la organización de derecha nacionalista Svoboda, que llamó a luchar contra la alianza “ruso-judía” en Ucrania, y del Sector de Derecha.

“Por primera vez, neonazis entran al gobierno en la Europa de posguerra”, escribe en The Guardian el periodista Seumas Milne, para quien lo más grave “es que este gobierno no electo es apoyado por Estados Unidos y la Unión Europea”. En diciembre, el senador republicano John McCain se fotografió con Oleg Tiahnibok, el líder de Svoboda, y Victoria Nuland, del Departamento de Estado, se reunió varias veces con la oposición, incluyendo a Tiahnibok, mientras repartía galletas en la Plaza Maidán.

MIENTRAS TANTO, EN RUSIA…

En Moscú, el apoyo popular a Putin es muy alto y hay una gran unanimidad política alrededor de la decisión enviar fuerzas a Crimea, incluyendo al Partido Comunista y al Partido Liberal Democrático de Vladimir Zhirinovsky. La decisión de la Rada ucraniana de prohibir el idioma ruso como segunda lengua, fue vista como un acto de agresión contra la población ruso parlante. Recuerdan lo que sucedió en las repúblicas del Báltico en 1990, donde las minorías rusas fueron segregadas, cuando la Unión Soviética se desbarataba y Rusia estaba en una situación de extrema debilidad para enviar alguna señal de apoyo. Hoy, cuando el poder del Kremlin se ha restablecido tras catorce años de gobierno de Vladimir Putin y de Dmitri Medvedev, la relación de fuerzas es distinta, frente a una Ucrania que se debate en el caos político y económico.

La incursión en Crimea ya ha tenido muy negativas consecuencias, con una caída récord del rublo frente al dólar y al euro, y con un “lunes negro” en la Bolsa, en el cual las acciones cayeron un 12%.

Entre telones, existe una intensa discusión entre los representantes de la Unión Europea y Rusia, buscando una salida más de fondo a la crisis, que podría incluir la federalización de Ucrania tras la adopción de una nueva Constitución, para evitar el riesgo de división, pero para permitir, al mismo tiempo, que las regiones de mayoría rusa mantengan sus relaciones con el país vecino.

De cualquier manera, el conflicto, que se inició con el descontento de los ucranianos ante la decisión de Yanukovich de suspender la firma del tratado de asociación con la Unión Europea, ya ha desbordado los límites de una cuestión interna para convertirse en la arena donde se dirimen los intereses mundiales de Estados Unidos, Rusia y Europa.