El país nórdico es el segundo exportador mundial de gas natural y se ubica en el octavo puesto entre los mayores exportadores de crudo. Con los ingresos que aporta esta industria, que representan el 33 por ciento de los recursos fiscales y el 49 por ciento de las exportaciones, el Estado financia un fondo soberano destinado al pago de futuras pensiones.

Ubicada en el primer puesto del Índice de Desarrollo Humano publicado anualmente por Naciones Unidas, debido a su nivel de equidad y al alto estándar de vida de su población, Noruega cuenta además con la bendición de los recursos hidrocarburíferos de su mar territorial. A partir del descubrimiento en 1969 del campo petrolero y gasífero Ekofisk, que entraría en producción dos años más tarde, las autoridades del país comenzaron a delinear un modelo de explotación sustentable de sus reservas. “Noruega tuvo la ventaja de entrar en su era petrolera dotada de una democracia madura y abierta, así como de instituciones burocráticas con experiencia en la regulación de otras industrias vinculadas con los recursos naturales (generación hidroeléctrica, pesca y minería, por ejemplo)”, destacan los investigadores Mark Thurber y Benedicte Tangen Istad, en un documento de trabajo publicado en 2010 por el Freeman Spogli Institute for International Studies (FSI) de la Universidad de Stanford.

Los “diez mandamientos” petroleros

Javier Estrada, experto mexicano que residió en el país nórdico entre 1982 y 1996, señala que “más que una fórmula para la buena dirección y el manejo de las industrias del gas y del petróleo, el modelo noruego es la fusión de mecanismos para obtener el máximo valor económico del sector petrolero respecto a lo que podría obtenerse por la sola venta del gas y del petróleo”. En ese sentido, a contramano de la tendencia de los países de la OPEP a nacionalizar su industria, la estrategia del gobierno de Oslo durante los años 70 fue “atraer a las petroleras multinacionales, pero controlando sus actividades dentro de restringidos marcos legales y económicos”. “La transferencia de los beneficios obtenidos -añade Estrada- se ha hecho visible a través de la construcción de infraestructura, de recursos trasladados al sistema educativo y del apoyo al desarrollo de actividades productivas a nivel local”.

En 1971 se dio a conocer un documento, consensuado por todas las fuerzas políticas noruegas, en el que se enumeraban los principios básicos sobre los que se asentaría esta naciente industria, conocidos como los “diez mandamientos petroleros”. Entre ellos, cabe destacar: la supervisión y el control nacional sobre todas las operaciones que se desarrollasen en la plataforma continental; el logro de la mayor independencia posible en materia de abastecimiento de hidrocarburos; el desarrollo de nuevas actividades económicas a partir de la industria petrolera; el cuidado y la protección del medioambiente; y la creación de una compañía estatal para salvaguardar los intereses comerciales de Noruega. La receta ha sido exitosa: hoy en día, la industria petrolera genera en forma directa 43.000 puestos de trabajo, a los que se suman otros 250.000 ligados en forma indirecta al sector.

Un marco regulatorio adecuado

La regulación en materia de hidrocarburos, sancionada en 1965 por medio de un decreto, adoptó la forma de ley en 1985 y fue reformada en 1996. Allí se establece que el Estado noruego es el propietario de los yacimientos de petróleo ubicados en su lecho submarino y a él le corresponde el “derecho exclusivo de administración” de dichos recursos. Para su exploración y explotación, se otorgan a las empresas privadas licencias de prospección y de producción, que en principio cubren períodos de tres y diez años respectivamente. La ley contempla, en el caso de las licencias de producción, la opción de otorgar prórrogas de hasta 50 años, pero esa eventualidad está supeditada al cumplimiento de estrictos requisitos establecidos por la autoridad estatal. Un principio previsto en la norma es el de la “producción prudente”, es decir, la utilización de técnicas de extracción y principios económicos acordes, de modo tal de “evitar el desperdicio de petróleo o de reservas energéticas”. Antes de iniciar sus actividades, las empresas licenciatarias deben someter a consideración del Ministerio de Petróleo y Energía un “plan de aprovechamiento y explotación” del correspondiente yacimiento. Por otro lado, antes del vencimiento o de la renuncia a su respectiva licencia, el concesionario debe presentar un “plan de clausura” del yacimiento.

Para asistir al gobierno en materia de política hidrocarburífera, fue creado en 1972 el Directorio Noruego del Petróleo (NPD), un organismo técnico administrativo dependiente del Ministerio del Petróleo y la Energía que tiene la responsabilidad de emitir y aplicar las regulaciones del sector; realizar auditorías; recaudar las regalías e impuestos; asegurar el suministro interno; y llevar la contabilidad de los recursos de gas y petróleo del país. “Una de nuestras principales obligaciones en el NPD es ayudar a tomar real dimensión del valor de los activos de los campos petrolíferos en producción”, asegura la geóloga Bente Nyland, quien ocupa desde hace cinco años la dirección general del organismo. Un segundo ente regulador es la Autoridad para la Seguridad Petrolera (PSA), creada en 2004 bajo la dependencia del Ministerio del Trabajo. La PSA asumió una serie de facultades vinculadas con la seguridad, el ambiente laboral y la preparación para hacer frente a eventuales emergencias, funciones que anteriormente estaban a cargo del NPD. La clave para lograr un clima de trabajo adecuado en esta industria ha sido el diálogo permanente entre el gobierno, las empresas y los sindicatos.

El gigante Statoil, actor clave

La empresa petrolera Statoil, creada en 1972, ha asumido un rol central en el desarrollo del sector. La compañía comenzó siendo 100 por ciento estatal y a partir de 1974 se le dio una participación del 50 por ciento en las licencias de los sucesivos bloques exploratorios sometidos a concesión, aunque recién en 1981 pasó a operar su primer campo petrolífero, Gullfaks, en el Mar del Norte. A partir de 2001, Statoil comenzó a cotizar en los mercados de capitales de Oslo y Nueva York, conservando el Estado el 80,8 por ciento de las acciones. Finalmente, en 2007, tras fusionarse con la división de gas y petróleo de su competidora Norsk Hydro, el Estado noruego disminuyó su participación en la nueva empresa al 62,5 por ciento, con el objetivo de ampliar su capital hasta controlar el 67 por ciento. Esta última operación recibió el fuerte impulso del primer ministro Jens Stoltenberg, quien se propuso de esa forma fortalecer la industria petroquímica noruega y consolidar a la compañía como un actor energético global.

En la actualidad, Statoil opera 35 áreas y participa en once consorcios que explotan campos en la plataforma continental noruega. Además ha expandido sus actividades fronteras afuera, donde forma parte de 41 consorcios de exploración y explotación de hidrocarburos presentes en 22 países. Se trata, como explica Javier Estrada, de una “petrolera integrada verticalmente” que con el correr de los años se fue “internacionalizando” y comenzó a apostar “capital de riesgo” en inversiones fuera de sus fronteras, sin perder de vista su función como “instrumento central en el desarrollo de las reservas y de los yacimientos del país”. Este analista aclara que, a pesar de ser el Estado su principal accionista, a través de su sistema de gobierno corporativo -que no presenta grandes diferencias con el de otras empresas que cotizan en Bolsa- “la dirección de la petrolera queda aislada del gobierno federal”.

“La compañía cuenta con la capacidad tecnológica, habiendo adquirido experiencia en aguas profundas y entornos difíciles, luego de años de experiencia en la plataforma continental noruega”, apuntan Thurber y Tangen Istad. “Estratégicamente -añaden- espera potenciar estas ventajas adquiridas internamente en materia de desarrollos de ingeniería, para expandir su producción internacional, que hoy proviene principalmente de Angola y Azerbaiján, con significativos aportes desde Argelia, Canadá, el Golfo de México estadounidense y también Venezuela”. Los analistas atribuyen el éxito de esta política, entre otros factores, a la adopción de un enfoque de largo plazo orientado al desarrollo tecnológico. “Las inversiones tecnológicas de Statoil -agregan- contribuyeron a acelerar el desarrollo del complejo de proveedores industriales petroleros de Noruega, convirtiendo al Mar del Norte en el laboratorio tecnológico del planeta”.

El Fondo Soberano de Pensiones

La joya del sistema de gestión de los ingresos petroleros noruegos es, sin duda, el Fondo Soberano de Pensiones (Government Pension Fund Global, GPFG), creado en 1990 como una herramienta de política fiscal para administrar los ingresos procedentes de las exportaciones del sector y protegerse de las fluctuaciones en el precio internacional del crudo. Se trata del segundo fondo soberano del mundo, detrás del Qatar Holding, y es gestionado por el Banco de Noruega. El GPFG cuenta con oficinas en Oslo, Londres, Nueva York, Shanghai y Singapur. Al 30 de septiembre de 2012, su valor total ascendía a 654.000 millones de dólares y sus inversiones estaban distribuidas en un 60,3 por ciento en acciones, un 39,4 por ciento en ingresos fijos y un 0,3 por ciento en el sector inmobiliario. Entre sus principales participaciones accionarias, destacan las compañías petroleras (Royal Dutch Shell, Exxon Mobil, BG Group, BP), las tecnológicas (Apple), las farmacéuticas (Novartis, Roche), las empresas de telecomunicaciones (Vodafone), el sector bancario (HSBC) y de alimentos (Nestlé).

La titular de su Consejo de Ética, Elie Ane Lund, considera como una “obligación ética” que “las futuras generaciones se beneficien de la riqueza petrolífera noruega”. En un trabajo publicado por el Centro de Investigación de Economía y Sociedad (CIES) de Barcelona, la experta en temas de responsabilidad social corporativa, Marisa Sombría, señala que “al estar volcado hacia la inversión de largo plazo, la estabilidad de su cartera de inversión es alta y esto supone un gran aliciente para las compañías y una enorme tranquilidad para los directivos de las mismas, sabedores de que el fondo no va a desinvertir en ellas por circunstancias de volatilidad de mercado”. “Al fin y al cabo -sintetiza esta especialista- se trata de invertir en compañías para obtener rentabilidad, pero también de hacerlo bajo un punto de vista ético que se alinea con una cultura ciudadana avanzada y con el convencimiento de que la aplicación de criterios también extrafinancieros en la toma de decisiones de inversión -y desinversión- va a reducir los riesgos, proporcionando a la larga los mejores retornos”.

Las claves del éxito

“Lo que el modelo petrolero noruego nos muestra -concluye Estada- es una consistencia de largo plazo y una fuerte capacidad de adaptación”. Además de sus “excelentes resultados económicos” y de la conformación de una “gran empresa petrolera nacional, con intereses globales”, este autor pondera el surgimiento de “una completa y compleja industria parapetrolera, con una diversidad de proveedores en cada nicho de la cadena productiva, formando un fuerte clúster petrolero, en el que el papel de los institutos de investigación y desarrollo ha sido central”. En síntesis, voluntad política, planificación, un marco regulatorio consistente y la cooperación entre los actores estatales y las compañías extranjeras son los secretos de una receta exitosa que ha hecho de los hidrocarburos un motor de crecimiento de la economía noruega.