Hace cuatro años, Barack Obama se consagraba presidente de la principal potencia económica y militar del mundo. Lo hacía por un margen de cinco puntos sobre el senador John McCain, arrastrando consigo un avance imponente de los demócratas en las dos Cámaras del Congreso. Quizás el mayor desafío electoral no haya sido ese, sino ganarle las primarias demócratas a los Clinton. La dupla política de Bill y Hillary Clinton se había dispuesto a posicionar a la exprimera dama como la primera presidente mujer de EE. UU. Quien pudiese enfrentar exitosamente esta maquinaria clintoniana haría, como mínimo, un excelente papel en cualquier elección nacional.

Un clima de esperanza pocas veces visto fue el que logró Obama durante esos meses de puja por la primera magistratura. En septiembre de 2008, Wall Street había crujido como nunca en 60 años y el capitalismo internacional entraba a tientas en un nuevo orden o potencial caos y desorden. Los manuales de política y economía parecían ya no servir más. Un negro de padre musulmán había ganado la interna demócrata y la presidencia a solo siete años del trauma del 11 de septiembre de 2001. Para colmo, Osama y Obama sonaban parecido, chicana que no dejaron de usar fallida e insistentemente los representantes del ala derecha republicana.

En el plano financiero, las todopoderosas evaluadoras de riesgo se caían. Esa herencia se hizo sentir con toda su fuerza en las elecciones legislativas de medio término, con la contundente victoria a los republicanos. El desempleo siguió siendo alto, cercano al 8 por ciento, si bien bajó con respecto a los picos de 2008 y comienzos de 2009. Esa cercanía a casi dos dígitos era una barrera histórica que desde 1945 había imposibilitado cualquier reelección en EE. UU. En los años posteriores al caos de 1929, el gran Franklin D. Roosevelt lo consiguió. Ahora fue el turno de Obama.

Un factor no menor ha sido el profundo cambio demográfico que se viene dando desde hace décadas en EE. UU. Nos referimos a la posición alcanzada por los latinos o hispanos como primera minoría, la cual desde 2008 está crecientemente movilizada y organizada. Ya no se encuentran radicados en los estados tradicionales del sur, sino que están extendidos por todo el país y pesan en el colegio electoral. Obama supo mostrarse dialoguista y comprensivo con esta ascendente minoría, si bien sus gestos distaron de ser amplios y contundentes como esperaban los demócratas de izquierda. Esta tendencia se vio potenciada por el auge que tuvieron en estos años los sectores más conservadores y de derecha entre los republicanos y la imagen antiinmigratoria que supieron conseguirse por acción u omisión. No casualmente las encuestas preelectorales mostraron a un 70 por ciento de los hispanos inscriptos -en especial los de origen mexicano- inclinados por votar a Obama y solo a un 25 por Romney. Esto quedó confirmado por los estudios y análisis post 6 de noviembre, los cuales mostraron un crecimiento del 8 por ciento de este voto hacia los demócratas vis a vis las presidenciales de cuatro años atrás.

Todo esto llevó a portales de análisis como Político, uno de los más informados e influyentes en EE. UU., a interrogarse: “El Partido Republicano, ¿demasiado viejo, demasiado blanco, demasiado masculino?”. Si bien esto no deja de tener una parte sustancial de realismo, también cabe recordar que la diferencia de voto popular entre Obama y McCain fue de tan solo cinco puntos y entre Obama y Romney de dos puntos únicamente. Los estrategas de ambos bandos entendieron perfectamente que la batalla se reducía a un puñado de entre cinco y siete estados que podían ir de un lado a otro. A ello se sumó la decisión de los planificadores electorales de Obama de pegar fuerte y preventivamente a Romney seis meses antes de las elecciones, usando masivos recursos económicos, aun cuando el republicano lograra superarlo en recaudación total.

Decía Maquiavelo que la vida de los hombres y de los Estados es “suerte y virtud”. Obama tuvo la suerte de perder contundentemente su primer debate con Romney, y esto le dio tiempo para remontar la colina en los otros dos. Asimismo, el huracán Sandy llegó en un momento justo para hacer una pausa electoral, mientras Romney daba sus últimos pasos en el combate por la paridad y hasta un leve margen a favor, si bien una mirada fina de los números nos indica que el pico de la intención de voto para él se dio diez días antes del 6 de noviembre y a partir de allí se estancó y bajó levemente.

Para finalizar, y concentrarnos en lo que nos corresponde a los otros países que interactúan con EE. UU., el tercer debate Obama-Romney, que se centró en política exterior, demostró que las diferencias entre ambos eran mucho menores que en materia de política interna. El foco en el ascenso de Asia, la intención de evitar un Irán con poder nuclear militar, una retirada ordenada de Afganistán y el deseo de no dejar levantar cabeza a la golpeada Al-Qaeda fueron posiciones compartidas.

Cabría esperar que los argentinos sepamos articular una relación constructiva, de mutuo respeto, pragmática y con la mirada puesta en el futuro en la relación bilateral. No solo porque EE. UU. es el país que representa el 25 por ciento del PBI mundial, el 43 por ciento del gasto militar global y el epicentro de la revolución tecnológica y de telecomunicaciones que nos acompaña y entusiasma, sino también porque es una nación democrática y con plena vigencia de las leyes y las libertades, heredera de lo que supuestamente perseguimos en nuestra civilización occidental. Y siempre cabe recordar que aun los líderes más fóbicos hacia EE. UU. tienden a ahorrar en dólares o, como mínimo, en otra moneda occidental como el euro. Eso demuestra que ni ellos mismos creen en su fuero íntimo que se esté frente a una crisis terminal de ese mundo.