A 25 años de la publicación del libro Ascenso y caída de las grandes potencias, de Paul Kennedy, el declive norteamericano comienzó a sentirse, y los hechos recientes no han hecho más que alimentar este desgaste. La importancia del papel de los actores públicos y privados en la recuperación del liderazgo.

Dentro de pocos meses, el renombrado historiador Paul Kennedy lanzará la reedición de uno de los más citados libros de política internacional del último tramo del siglo XX, Ascenso y caída de las grandes potencias. A 25 años de su primera versión, el autor considera que este aniversario viene rodeado de un contexto que hace a su estudio particularmente vigente y explicativo. Las guerras “no ganadas” en Irak y Afganistán, el ascenso de China, el colapso de Wall Street y el desgastante debate político en Washington sobre el default de los últimos meses, lo llevan a pensar así. En 1987, como historiador británico devenido en ciudadano estadounidense, tuvo un gran impacto académico, político y mediático gracias a su obra. Era un período en el cual la crisis acelerada de las URSS no podía ser del todo gozada por los EE. UU., dado el estallido de la burbuja económica que las dos gestiones de Reagan habían generado.

Kennedy comparaba el descenso del Reino Unido como potencia hegemónica con lo que comenzaba a ocurrir con la superpotencia americana después de su cenit del poder en 1945. En la visión del autor, los EE. UU. padecían el síndrome de todas las grandes potencias anteriores: la sobreexpansión de sus responsabilidades y gastos, y el ascenso de actores dotados de crecientes capacidades materiales y políticas. Si un siglo atrás esas potencias emergentes que disputaban la primacía británica eran los EE. UU., Alemania y Rusia, para fines del siglo XX el foco de atención pasaba por el “imparable” milagro japonés y en, menor medida, Alemania. Como un político americano de la época sintetizaba, de manera bastante simplista y apresurada: “La Guerra Fría terminó; ganaron los japoneses y los alemanes”.

Este clima decadentista caló fuerte en el debate internacional y en la política interna de los EE. UU. De hecho, la derrota de Bush padre en 1992 frente al joven gobernador Bill Clinton fue en parte atribuida a este clima político y económico. Bush padre se había visto obligado a subir impuestos, medida prudente y constructiva para la estabilidad y el crecimiento del país en los años 90, pero que tuvo un fuerte costo electoral. Clinton profundizó esta prudencia fiscal y tuvo la suerte y virtud de asistir durante sus ocho años de gobierno al boom de la tercera revolución industrial con base tecnológica y financiera en los EE. UU. O sea, el mundo de las .com, la informática y las telecomunicaciones. Este clima de moderación del déficit y la deuda y el fuerte crecimiento económico de 1994, hicieron que el debate sobre el declive americano se moderara y hasta se revirtiera. Más aún con la crisis económica y el estancamiento que sufriría Japón a partir de 1991, del cual todavía le cuesta salir. La poderosa y unificada Alemania debía “digerir” la zona de Alemania Oriental, con los consecuentes costos económicos y gasto de energía política. El siempre influyente académico Joseph Nye publicaba un pequeño gran libro titulado Destinado a liderar, en el que refutaba y relativizaba algunos de los argumentos de Paul Kennedy.

El 11 de septiembre y la ofensiva militar estadounidense sobre Afganistán e Irak, así como un masivo aumento del gasto público y la retórica de los neoconservadores, junto con su incansable vocación de poder y de uso de la fuerza, hicieron que se pasara en poco más de una década de un debate sobre la decadencia americana a la discusión sobre la formación y consolidación del imperio americano. Pero este clima iría siendo interrumpido por las trabas y problemas en las campañas en Irak y Afganistán, y una burbuja financiera que, con todo su entramado de complejos “apalancamientos” y “riesgos morales”, estallaría en septiembre de 2008. Pocos años antes, se comenzaba a hacer ya evidente que el peso económico y político de China era cada vez más fuerte, impactando en un cambio estructural de precios relativos de las materias primas. Esto les generaba nuevas y más fuertes “espaldas” económicas y políticas a países emergentes como Brasil, Argentina, Sudáfrica y Nigeria.

El escenario político de Washington entre fines de julio y comienzos de agosto, con el debate sobre el techo de la deuda y la leve -pero muy fuerte a nivel simbólico- degradación de la calificación de los bonos de la deuda externa de los EE. UU., no hizo más que abonar este nuevo clima. Para tranquilidad de aquellos que ven con gran resquemor un colapso del poder de los EE. UU., entre los que me incluyo, cabría recordar que el análisis de Kennedy casi no registraba a China como actor relevante y que en todo caso sobreestimaba fuertemente el rol y poder de Japón. Más que una debacle precipitada y traumática, parecemos asistir a un salto cualitativo y cuantitativo de la erosión hegemónica que autores moderados y brillantes como Robert Keohane y Joseph Nye ven en el poder estadounidense desde comienzos de los años 70. Ya en 1977 advertían sobre la necesidad de un diálogo fluido, constructivo y efectivo entre las potencias económicas y políticas para ayudar a gestionar, junto a algunas instituciones y organismos internacionales, la post hegemonía y hacer frente a procesos globales que trascendieran las capacidades unilaterales de uno o más Estados, tal como los flujos financieros, el narcotráfico, el cambio climático y el terrorismo. En otras palabras, más que mirar eufóricos o preocupados las dificultades que atraviesa el liderazgo de los EE. UU., debemos ponernos a pensar y actuar en esa gobernabilidad compleja y compartida que actores públicos y privados deberán montar.

Compartir
Artículo anteriorUn desarrollo argentino
Artículo siguienteViolencia doméstica
Fabián Calle
Lic. en Ciencia Política y magíster en Relaciones Internacionales (FLACSO y Universidad de Bologna). Está especializado en temas de Defensa y es investigador del CONICET. Es columnista de la revista DEF y profesor universitario.