Los ecosistemas marinos, fundamentales para el funcionamiento del sistema climático terrestre e importantes para la sostenibilidad de vitales servicios ambientales, se encuentran seriamente amenazados. Sobre las causas y consecuencias de esta situación, conversamos con Alicia Villamizar, licenciada en Biología y docente de la Universidad Simón Bolívar de Venezuela. Por Susana Rigoz

Para darnos una idea de la importancia de los ambientes acuáticos marinos para el sistema terrestre, basta recordar que la vida surgió y evolucionó en el mar. Esta condición originaria de la vida no solo favoreció el desarrollo de una gran diversidad biológica apenas conocida, sino que también cumple un papel fundamental en el funcionamiento y estabilidad del sistema climático del planeta, regulando complejos procesos termodinámicos atmósfera-océano, que han definido por millones de años, definen actualmente y seguirán definiendo el comportamiento del clima terrestre. “Representado por los océanos, mares, lagos, lagunas, marismas, pantanos y muchos otros ambientes acuáticos cuya característica básica y diferencial es la salinidad, el ecosistema marino es uno de los más grandes de la Tierra”, afirma la profesora Villamizar y explica que la salinidad representa la cantidad de residuo sólido por unidad de peso de agua, cuya parte mayoritaria suele ser inorgánica y está constituida por elementos de proporción constante -cloro y sodio, básicamente- y otros de proporción variable como fosfatos y nitratos. “Un ambiente acuático marino tiene entre un 35 y un 17 por ciento de salinidad, por debajo de este porcentaje y hasta un 0.2 por ciento, se encuentran los ambientes acuáticos de aguas salobres (mezcla de agua de mar y agua dulce); el resto, corresponde a los de agua dulce”. ¿Por qué es importante la composición y concentración de la salinidad? “Porque determina las múltiples adaptaciones de los organismos acuáticos marinos y su distribución y ciclos de vida”, detalla.

Una de las principales funciones del ecosistema marino, junto al resto de la hidrosfera (lagos, ríos, aguas subterráneas, hielos, glaciares, permafrost) es la de regular el clima a escala global, regional y local. Pero no es la única, ya que “además de actuar como termorregulador, gracias a su capacidad calorífica que le permite retener calor y liberarlo lenta y permanentemente, como ecosistema de alta diversidad biológica, aporta gran parte del acervo genético del planeta”, detalla la especialista. Y agrega otro aspecto: “La importancia del ecosistema marino para el funcionamiento del sistema climático del planeta no solo atañe a su funcionamiento físico, biológico y ecológico, sino que también se relaciona -y mucho- con el funcionamiento de este bajo el manejo político-administrativo que cada país da a tan vasto, diverso y peculiar ecosistema. Si bien en términos político-administrativos existe una definición internacional para delimitar el ecosistema marino entre países, no aplica lo mismo a sus alcances territoriales, ni a su uso, a escala nacional”.

Ecosistemas marino-costeros

Los ecosistemas marino-costeros son diversos y complejos, entre estos destacan manglares, arrecifes coralinos, estuarios, lagunas costeras, pantanos de marea, pastos o praderas marinas, playas y costas de diversa configuración. Localizados entre la franja terrestre con influencia salina y el espacio acuático adyacente, representan un gran desafío para la sociedad humana, al estar sujeto su complejo equilibrio al uso y la conservación que cada país establezca. La entrevistada asevera que la coincidencia espacial de manglares, arrecifes coralinos y pastos marinos puede considerarse una joya biológica de incalculable valor ecológico, ambiental y social. “La presencia de estos tres ecosistemas en áreas adyacentes es única de las costas tropicales e intertropicales del planeta y puede darse en aguas costeras someras, terrenos emergentes en mar u océano abierto. Esta coincidencia está determinada por la confluencia de condiciones físicas del ambiente como la temperatura, profundidad y transparencia del agua, y de ciertos arreglos geo e hidromorfológicos de la costa, que favorecen el desarrollo y permanencia de los tres ecosistemas en una localidad particular”. Sobre los beneficios que aporta esta excepcional trilogía ecológica, la profesora Villamizar destaca la configuración de una plataforma de riqueza, diversidad y función biológica, como fuente invaluable de nutrientes para cientos de miles de especies, incluyendo la humana; una protección adicional a las áreas continentales contra manifestaciones climáticas extremas; una estabilidad espacial y funcional a extensiones importantes de litorales, donde frecuentemente confluyen también actividades humanas de importancia estratégica para el desarrollo económico nacional, cuya sustentación la aportan, precisamente, los manglares, los arrecifes coralinos y los pastos marinos.

De los tres ecosistemas, los manglares son los que están en contacto directo con las zonas continentales, teniendo la función de dosificar el flujo de nutrientes hacia los arrecifes coralinos y hacia los pastos marinos, con lo cual la calidad de aportes desde tierra mejora. El rol del manglar es, por tanto, crucial para el mantenimiento de la salud de los otros dos ecosistemas, ya que estos solo pueden ocupar exclusivamente ambientes acuáticos marinos de aguas superficiales con bajos aportes de sólidos en suspensión, con temperaturas no superiores a los 30° C y un pH similar al del agua de mar. A su vez, los pastos marinos y los arrecifes de coral -ubicados en ese orden en correspondencia con su ubicación desde la tierra hacia el mar- también aportan nutrientes a las aguas adyacentes que entrarán al ecosistema de manglar, “configurando un permanente y nutritivo flujo energético, que da asiento a una de las más altas tasas de productividad primaria del planeta”.

La entrevistada afirma que la coexistencia de estos tres ecosistemas es un tanto singular, ya que “puede haber manglar solo, sin presencia de corales y pastos marinos; mientras que, si hay arrecifes de coral, el manglar siempre estará presente, aunque no adyacente, dado que ambos ecosistemas poseen ciertas diferencias en cuanto a sus requerimientos ambientales. Excepcionalmente, pueden encontrarse pastos marinos sin que haya manglar y arrecifes de coral, aunque si está presente, se encuentran a menudo localizados entre ambos ecosistemas. Comparten los tres ecosistemas marinos, algunos requerimientos básicos para alcanzar un máximo desarrollo: un clima estable, baja energía del oleaje, alta transparencia del agua y bajo desarrollo urbano en la zona costera de influencia; aunque estos dos últimos requerimientos no son determinantes para la presencia y mantenimiento saludable del manglar”.

Interdependencia ecosistémica

El manglar se erige como una barrera filtradora del aporte desde tierra hacia el sistema marino adyacente, estableciendo las condiciones óptimas para la sostenibilidad del arrecife y de los pastos marinos. “De no existir el manglar, o de perder su propia salud biológica por efecto de eventos naturales o intervención humana -factores que comúnmente coinciden-, llegarían a las aguas adyacentes, entre otros, sedimentos, nutrientes y contaminantes procedentes de tierra, que impedirían el crecimiento de los arrecifes de coral que necesitan de agua limpia y clara”. Esta última condición, si bien es importante, no resulta excluyente para los pastos marinos, mientras no se rebasen los límites de turbidez que pueden soportar y que afectarían la luz disponible para su crecimiento. El manglar y las praderas marinas contribuyen con materia orgánica para la nutrición de los corales y constituyen hábitats de alimentación y crianza para peces típicos de arrecifes de coral y otros organismos acuáticos. Los corales, a su vez, sirven de amortiguador del exceso de energía proveniente del frente marino, protegiendo a los pastos marinos y manglares. “Como puede apreciarse, la coexistencia de los tres ecosistemas depende de la función que cada uno proporciona al otro, por lo que la afectación de cualquiera de ellos tendrá incidencias sobre el delicado equilibrio que la sostiene. Cuando esta coexistencia biológica y ecológica, de alto valor ambiental, está presente en los ambientes marino-costeros tropicales del mundo, puede considerarse, sin exageración, una bendición de la naturaleza”, sintetiza Alicia Villamizar.

Amenazas y protección

A escala global, los tres ecosistemas intervienen en el equilibrio del sistema climático, razón por la que deben ser protegidos de manera especial, en particular frente a los cambios del clima que el planeta está experimentando y frente a la creciente intervención humana en zonas costeras. La presencia de esta trilogía ecológica en algunas zonas costeras tropicales, es además “una suerte de multiecosistema endémico, que, al igual que otros ecosistemas y especies endémicas, requiere ser sujeto de las consideraciones de protección especiales que rigen para estas, al depender sus condiciones exclusivas de localización, extensión y existencia, de políticas de protección particulares”.

Regionalmente, las zonas tropicales marino-costeras brindan múltiples beneficios, tanto para el propio ambiente natural, como para sus poblaciones humanas: una doble condición que potencia su valor ecosistémico. La trilogía manglar-coral-pasto marino brinda protección ante eventos naturales como huracanes, tormentas, los fenómenos atmósfera-océano de el Niño y la Niña, sequías, heladas, inundaciones y maremotos; ante problemas del desarrollo, como el calentamiento global (aumento de la temperatura del océano, aumento del nivel medio del mar, cambio climático, aumento de eventos extremos climáticos, acidificación de los océanos); así como ante problemas ambientales derivados de las descargas de numerosas industrias y desarrollos urbanos asentados en estas costas.

Localmente, la importancia de este ensamblaje ecológico se magnifica, ya que los efectos derivados de los eventos mencionados se sienten con toda su fuerza, “afectando y comprometiendo la base de sustentación de importantes actividades artesanales de subsistencia y de economías locales muy frágiles, así como la estabilidad física de territorios costeros sometidos a una alta intervención humana. Los efectos de eventos naturales y de acciones humanas, por separado o en conjunto, afectan de forma directa el funcionamiento y la sostenibilidad de manglares, arrecifes de coral y pastos de fanerógamas marinas”.

Cambio climático

El cambio climático, al igual que otros problemas derivados del desarrollo, tiene efecto potencial sobre los manglares, los arrecifes de coral y los pastos marinos. A modo de ejemplo, la profesora Villamizar se centra en la respuesta que dan estos ecosistemas al problema del calentamiento y la acidificación del agua de mar, dos de los más reconocidos impactos del cambio climático sobre los océanos, cuyos efectos muchas veces no son perceptibles ni en la biota ni en el comportamiento físico-químico del agua de mar. “Como hemos visto, la trilogía manglar-arrecife-pasto marino mantiene una relación espacio-temporal que influye en el funcionamiento de los tres ecosistemas, aunque de forma diferencial, como veremos que ocurre ante estos dos impactos”. El manglar, por ejemplo, aunque está adaptado a un amplio rango de condiciones físico-químicas y puede desarrollarse en ambientes donde las temperaturas superficiales del agua superan los 40° C y el pH se acidifica hasta valores de 5, verá reducido el crecimiento de sus especies vegetales -normalmente árboles- en un ambiente donde prevalezcan estas características. En el caso de los arrecifes de coral y de los pastos marinos, primeramente no podrán asentarse en ambientes donde predominen estas condiciones o, en el caso de que estas aparezcan, tendrían un efecto letal que podría comprometer la vida de ambos y, por ende, la riqueza biológica asociada”.

Tomando en cuenta que muchas áreas de arrecifes de coral se encuentran en sus límites máximos de temperatura -como los de la Gran Barrera de Australia-, un pequeño aumento de esta puede disparar un “blanqueo” masivo de corales, efecto que se manifiesta al perder la cobertura de las zooxantelas (generalmente algas y diatomeas), que habitan en el interior del coral y le aportan los nutrientes que lo mantienen vivo. El blanqueamiento ha sido asociado a un aumento significativo de la temperatura del agua de mar, que puede a su vez comprometer los pastos marinos adyacentes, debido al incremento de calcio proveniente del coral muerto, afectando por último la fuente de alimentación o el hábitat de especies de fauna y flora asociadas.

Otro ejemplo de los efectos del cambio climático se manifiesta a través del aumento del pH de las aguas del mar, conocido como acidificación de los océanos, tendencia que hace prever que los corales producirán menos carbonato de calcio y esto tendría repercusiones negativas sobre manglares y pastos marinos. “Los posibles efectos recaerán principalmente sobre los organismos marinos calcáreos, con un impacto biológico de consecuencias inciertas”.

“Sin duda, estamos frente a una cadena de eventos negativos que hacen suponer que afectarán ya no solo a nuestra joya ecológica tropical, sino a todo el sistema climático del planeta. El dióxido de carbono proveniente de las actividades humanas como el cambio en el uso del suelo, la deforestación o la combustión de combustibles fósiles, se ha venido incorporando a la atmósfera desde, al menos, los últimos 50 años: una parte fue tomada por las plantas y otra, absorbida por el mar y los océanos. Como resultado, el equilibrio térmico del planeta sometido a una sobredosis de dióxido de carbono, responde de múltiples formas, entre ellas, aumentando la temperatura de los océanos y su acidez, con la consecuente repercusión en el funcionamiento del ecosistema marino”, declara la investigadora. Consultada acerca de cuáles serían las potenciales consecuencias de la pérdida de estos ecosistemas, la profesora Villamizar sostiene que, como ocurre con muchos de los impactos contra la naturaleza -naturales o inducidos-, los efectos contra manglares, arrecifes de coral y pastos marinos no se circunscriben a los límites político-administrativos que definen las fronteras entre países, ni a las zonas tropicales, donde estos tres subsistemas marinos pueden localizarse juntos. Por tanto, “la pérdida, disminución o alteración significativa en la extensión, distribución y función de estos ecosistemas, significaría un desequilibrio en el sistema marino a escala tropical, cuyas incidencias impactarían también a escala global, posiblemente reflejándose en una pérdida invaluable de la diversidad biológica del planeta, de su productividad primaria y en un comportamiento más errático del clima. Las incidencias regionales de este hipotético -aunque no improbable- escenario agudizarían los impactos de eventos climáticos extremos como huracanes y tormentas, y la devastación asociada a grandes maremotos e inundaciones y sequías, entre otros efectos. Localmente, la pobreza y la emigración (tanto de humanos como de otros animales asociados a estos ecosistemas, con posibilidad de movimiento autónomo), resultarían quizás los impactos más notorios”, concluye.

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Susana Rigoz
Profesora en Letras (UBA) y periodista. Especialista en Medio Ambiente y temas antárticos. Fue conductora del programa Más allá del Sur, emitido por Radio Nacional, dedicado a la Antártida. Publicó varios libros, entre ellos, Hernán Pujato, el conquistador del desierto blanco.