A raíz de un video de las tropas chilenas entrenando con cánticos agresivos hacia sus países vecinos, surge el debate del lugar que deberían ocupar las Fuerzas Armadas en nuestro país. ¿Podremos seguir el ejemplo de algunos países sudamericanos, en los que los militares combinan alto profesionalismo con no injerencia en la arena política?

A comienzos del pasado mes de febrero, se difundió en diversos medios de prensa y redes sociales un video de tropas chilenas entrenándose con cantos agresivos hacia Perú, Bolivia y Argentina. Las canciones para entrenamiento son un clásico de las fuerzas militares y de seguridad de los países, y distan de contener letras amigables hacia los enemigos o “metaenemigos” presentes, pasados o ficticios de cada cultura nacional. Nada que sorprenda.

Los países, como las personas, hacen en su cotidianidad cosas que no serían bien vistas si fuesen puestas online para ser visualizadas. Al llegar a este punto, cabría desdramatizar y reconocer que este evento dista de ser algo inesperado o traumático. Solamente se vio y escuchó lo que se hace desde hace mucho tiempo en Chile y muchos otros países. Carl von Clausewitz, siempre citado y poco aplicado pensador militar de fines del siglo XVIII, afirmaba que los militares debían ser leones en óptimas condiciones, para que cuando el poder político los necesitara para defender al Estado de sus rivales, salieran de su jaula. En su condición de leones, no de sofisticados zorros ni ágiles gacelas, su acción debía ser contundente y letal, siempre guiada por los intereses políticos y estratégicos del poder político. Una vez cumplida su tarea, debían volver a su jaula dorada.

A mediados de la década del 50, uno de los más renombrados politólogos de la historia, Samuel Huntington -que integró el democrático y progresista gobierno de Jimmy Carter en Estados Unidos en los 70- escribió su clásico libro El soldado y el Estado, en el que analizó la problemática de la relación entre la conducción civil de un Estado y las Fuerzas Armadas. Allí, Huntington desarrolló el concepto de “control civil objetivo”, que consistía en militares apolíticos, altamente profesionales, motivados y entrenados en su tarea específica de proteger al Estado de agresiones. Ellos se encontraban alejados de los internismos y chicanas políticas, así como de las ideologías políticas, dado que estas son irremediablemente sectarias y parciales, además de fuentes de corrupción, ruptura de cadena de mandos y prebendas, en definitiva, un virus mortal para el ethos militar. La contraparte de todo esto serían gobiernos y sociedades que respetaran y reconocieran la tarea profesional de sus ciudadanos en armas, la particularidad de su carrera (en donde se jura morir por la patria) y la existencia de presupuestos y planes que las mantuviesen operativas y en estado de cumplir con sus funciones específicas. Todo esto implicaría una combinación de no injerencia en el barro de la política y alto profesionalismo.

En la Argentina de las últimas décadas, tanto en épocas de ajuste como de prosperidad, esta fórmula fue alterada por una que sostiene la no intervención de los militares en la arena política, su férreo respeto a la Constitución -quizás mayor que el de muchos civiles, si uno se atiene a las peripecias institucionales de 1989, 2001-, combinado con falta de recursos y consideración social. Por esas cosas raras y tragicómicas de nuestro país, aun los admiradores locales de gobiernos bolivarianos con fuerte presencia militar y masivos gastos en defensa como Venezuela no son partidarios de extender a nuestras Fuerzas Armadas esa lógica. En otras palabras, tenemos “bolivarianos” (en la tierra de San Martín) a quienes les gusta ver gobernadores, diputados y ministros militares en otros países, que asisten gustosos a fastuosos desfiles, pero que consideran que una parada de ese tipo en la Argentina es sinónimo de militarismo y fascismo.

Volviendo al polémico, aunque no sorprendente, video de los efectivos chilenos entonando cánticos agresivos hacia los ciudadanos de sus tres países vecinos, no cabe duda de que el Chile post Pinochet, o sea los sucesivos gobiernos de la Concertación de centro y centroizquierda y el más reciente de Piñera de centroderecha, ha llevado a cabo y a fondo el principio del control civil objetivo de Huntington. Si bien en la primera década de la naciente democracia chilena el condicionamiento de Pinochet y los militares era fuerte y visible, una vez superada esta situación los líderes democráticos trasandinos no dudaron en consolidar y profundizar los planes de inversión y desarrollo de su poder militar, mejorar su proyección hacia la Antártida y hacia el Pacífico. En otras palabras, estar dotado de un león entrenado, respetado y al mismo tiempo respetuoso de sus mandos. Más que escandalizarnos por lo que pasa y seguirá pasando, cabría mirar con atención lo que hacen gobiernos que supuestamente son respetados por parte sustancial de nuestra dirigencia política, es decir la Concertación chilena, Chávez y sus seguidores en Venezuela y ni que decir Lula y la propia Rousseff en materia de defensa nacional y el desarrollo de un instrumento militar funcional al Estado.

Si de traumas del pasado se habla, pocas personas tienen más derecho al resentimiento y el revanchismo que líderes como Bachelet y Rousseff. Ellas vivieron en carne propia el terror y la violencia ilegal. Pero prefirieron ser estadistas a meros políticos. Si nos queremos integrar a esta “Sudamérica unida” de la que tanto se habla -aunque sería bueno recuperar el término “Latinoamérica”, tan caro a los sentimientos de la izquierda y el nacionalismo argentino de los años 70, para no dejar afuera a un país clave como México-, uno de los factores será la interoperabilidad y cooperación en defensa y seguridad. Para ello, es fundamental que elijamos una forma de modernizar y valorar a nuestras Fuerzas Armadas. Ya sea politizándolas y armándolas como Venezuela o, lo que sería mejor y más propio de países desarrollados y democráticos, siguiendo el camino de Brasil y Chile.