Un análisis de los puntos clave para entender porque estos dos países mantienen, desde hace ya varios años, una relación cambiante y turbulenta. Por Paulo Botta

El agravamiento de las tensiones entre Estados Unidos e Irán, simbolizado crudamente por el asesinato de Qasem Soleimani, nos muestra una escalada significativa en el conflicto entre ambos Estados que, luego de la muerte del jefe de la Fuerza Quds de los Guardias Revolucionarios, siguió con el ataque iraní a una base iraquí que alojaba soldados norteamericanos y el derribo, por error, por parte de Irán de un avión de pasajeros con casi dos centenares de muertos.

Este nuevo capítulo de tensión se había iniciado unos días antes, con el ataque a la embajada norteamericana en Bagdad, perpetrado por milicias cercanas a Irán. Este hecho constituyó, para la administración Trump, el cruce inaceptable de una línea roja que ha generado una respuesta sin precedentes: matar a un funcionario iraní de alto rango y reconocerlo abiertamente.

El conflicto entre Estados Unidos e Irán no se limita al programa nuclear iraní, a sus capacidades misilísticas o al accionar regional de la antigua nación persa, particularmente en Siria e Irak, sino que es mucho más profundo. Estos temas son manifestaciones puntuales de algo más sustancial: lo que genera el conflicto es la búsqueda que hace Irán de un estatus de potencia regional en Medio Oriente que choca con la negativa norteamericana y la de otros actores regionales.

Jamenei es el actual líder supremo de Irán en estos momentos. Foto: AFP.

La revolución de Jomeini, que llevó al establecimiento de la República Islámica de Irán en 1979, ha buscado, de manera continua, una posición regional de preeminencia que se ha visto beneficiada desde inicios del siglo XXI por conflictos que han terminado por favorecer a Irán, como la desaparición de los talibanes en Afganistán, la de Saddam Hussein en Irak, la derrota del Estado Islámico, el mantenimiento en el poder de Al Assad en Siria y la fragmentación política crónica del Líbano.

En este sentido, la política de la República Islámica es la continuidad de la política del Shah Reza Pahleví –aquel a quien derrocó la Revolución Islámica–, aunque resulte incómodo reconocerlo para los que gobiernan Irán hoy. Esa continuidad, que supera las diferencias políticas e ideológicas, es, pues, difícil de modificar a corto plazo.

Esta política de décadas de Irán se ve favorecida por varios factores: en primer lugar, por la falta de una clara política exterior de Europa hacia Medio Oriente, que, embarcada en sus propios problemas internos, no logra salir de lo meramente retórico para explicitar intereses y ordenar políticas hacia otras regiones; en segundo lugar, el establecimiento de áreas de cooperación por Irán con Rusia y China que persiguen, cada una por su lado, políticas cada vez más activas en Medio Oriente. Recordemos, sin ánimo de ser exhaustivos, la operación militar rusa en Siria y las inversiones en infraestructura de Pekín en casi todos los países de la región. Estas políticas de Rusia y China no se implementan en el vacío, sino en un contexto de competencia entre grandes potencias a nivel global en el que Medio Oriente es un ámbito más en donde ellas actúan.

En tercer lugar, la política de la administración Trump que, si bien se ha orientado hacia un menor involucramiento en Medio Oriente, ha hecho, de la oposición a Irán, uno de los temas más importantes y llevó a cabo una retirada unilateral del denominado “Acuerdo Nuclear” de 2015, no ha logrado explicitar una estrategia a largo plazo para solucionar el problema de fondo al que hacemos referencia aquí.

Jamenei y Trump: dos líderes ante los ojos del mundo.

Por otra parte, a nivel regional, otros países importantes de Medio Oriente, como Israel, Arabia Saudita, Turquía o Egipto, no están ni estarán dispuestos a aceptar a un Irán en una posición de preeminencia. Cada uno, en distintos niveles y con distintos medios, han intentado oponerse a la estrategia iraní.

En definitiva, no estamos frente a un conflicto puntual, sino frente a un reacomodamiento del sistema regional de Medio Oriente como no veíamos desde finales de la Segunda Guerra Mundial, basado en intereses y percepciones de las capacidades propias y de las motivaciones de los otros actores involucrados.

Cualquier cálculo equivocado tendría consecuencias muy negativas no solo a nivel regional, sino internacional. Se requieren políticas claras, a largo plazo, que vayan a las causas y no solo a las manifestaciones más visibles de los problemas en un contexto muy problemático caracterizado por la competencia de los países de Medio Oriente y la competencia de las grandes potencias a nivel global.