Considerado un organismo de referencia por la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud, el prestigioso Centro de Investigaciones en Plagas e Insecticidas (Cipein) está dedicado a optimizar el control de insectos plaga. Por Susana Rigoz / Fotos: Fernando Calzada

El Centro de Investigaciones en Plagas e Insecticidas (Cipein) funciona en Villa Martelli, provincia de Buenos Aires, y posee el insectario más importante de la Argentina. Dependiente del Conicet y del Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas para la Defensa (Citidef) desde 1980, este laboratorio multidisciplinario está abocado al control de vectores de las enfermedades del chagas y el dengue. En él un grupo reducido de investigadores –en especial biólogos, químicos e ingenieros-, becarios, técnicos y personal administrativo bajo la dirección del doctor Eduardo Zerba trabaja codo a codo realizando estudios orientados a desarrollar herramientas de control que sean cada vez más seguras y eficientes, teniendo en cuenta también que impacten lo menos posible en el ambiente.

Las investigaciones llevadas adelante por el Cipein están dirigidas a las denominadas plagas sanitarias que son aquellas que afectan la salud pública como es el caso del mal de Chagas provocado por las vinchucas o el dengue, causado por la picadura del mosquito Aedes Aegypti, responsable también del virus de la fiebre amarilla y el chikungunya, enfermedad que ya comienza a preocupar aunque hasta hace unos años no existía en la región.

LAS ENFERMEDADES

Cada una de ellas tiene sus características propias. El mal de Chagas, por ejemplo, es una enfermedad que afecta a más de diez millones de personas en el mundo y a cerca de un millón y medio en la Argentina. Aunque sigue siendo un problema sanitario relevante en nuestro país, las vinchucas han disminuido considerablemente en los últimos cincuenta años gracias a la implementación de los programas de control que lograron reducir las zonas endémicas donde se encuentran estos invertebrados. Lo mismo ocurrió con el mosquito anófeles, trasmisor de la malaria que afectó seriamente la salud de la población en las décadas de los 40 y 50 hasta que pudo ser controlado en forma definitiva por la aplicación de DDT.

Sin embargo no siempre es factible mantener a raya los vectores. Ejemplo de ello es el mosquito Aedes trasmisor del dengue, que pese a haber sido prácticamente erradicado de América Latina en los años 60, reapareció en las décadas de los 80 y 90 debido, entre otros factores, a la modificación de las condiciones socioeconómicas, a la prohibición de la utilización del DDT y al cambio climático. Después de la grave epidemia de 2009 que registró casi 27 mil afectados y dejó un saldo de cinco muertos, los casos disminuyeron en un 90 por ciento en los últimos cuatro años según informó en abril de este año el Ministerio de Salud de la Nación. Este alto porcentaje adquiere aún mayor relevancia si tenemos en cuenta que en 2013 se registró una importante epidemia en la región que superó los 25.000 casos.

En las últimas décadas, a estas enfermedades se sumó, producto de la indiscriminada y masiva deforestación responsable del desplazamiento de los vectores, la leishmaniasis, mal que afecta a las poblaciones más pobres y está vinculada a variadas cuestiones ambientales como la tala, la construcción de represas, la urbanización, entre otras. Se estima que cada año se producen a nivel global 1,3 millones de nuevos casos y entre 20 mil y 30 mil muertes. Por esta razón, en el Cipein estudian también la cría del vector trasmisor de dicha enfermedad que aunque es propio de las zonas boscosas se ha ido trasladando hacia las ciudades transformándose en una seria amenaza para el norte argentino, en especial para la provincia de Misiones.

A excepción de la fiebre amarilla que cuenta con una vacuna propia, para el resto de estas enfermedades generadas por virus la clave es la prevención. No existen medicamentos ni vacunas efectivos, razón por la cual para poder combatirlas la única herramienta posible es el control de los vectores. Investigación es sinónimo de prevención en casos de salud pública.

GLOBALIZACIÓN SANITARIA

Es sabido que los problemas ambientales no reconocen fronteras y lo insectos plaga no son una excepción. Aunque a nivel local se puede hablar de un disminución importante de casos de dengue, la enfermedad tiene una presencia importante en la región al punto que las provincias del norte están en alerta a raíz de que se trata de un problema endémico en Brasil y también debido a los casos registrados en Paraguay tanto de dengue como de chikungunya. Sin duda las fronteras son zonas complejas, en especial porque cada país tiene sus normas y sus programas de control. Si bien es cierto que muchas veces se trabaja en conjunto, se llevan adelante acuerdos internacionales que ayudan a armonizar los controles fronterizos, sin embargo no hay que olvidar que no es el único factor a tener en cuenta ya que influye, entre otros, la globalización de las comunicaciones, los viajes y el cambio climático.

Pese a que son prioridad, las plagas sanitarias no son el único objetivo del Centro de Investigaciones. Otro tema de estudio es el referido a las denominadas “plagas económicas”, que son las que afectan por ejemplo al ganado o a una plantación. En esta línea están estudiando- mediante la aplicación de la ecología química, que trabaja sobre la base de la percepción sensorial de los insectos- las moscas de los cuernos, enfermedad que ataca al ganado bovino, bajando los rindes de leche y carne; cucarachas, piojos y taladrillo de los álamos, insecto plaga forestal que afecta los álamos y algunas otras maderas, representado un grave problema en la Argentina. El método aplicado apunta a la comprensión de los mecanismos de comunicación química dentro de un ecosistema. En el caso de los insectos plaga, el objetivo es interferir esa comunicación y confundirlos a fin de evitar su reproducción. Por ejemplo, como los insectos se atraen entre sí a través de la emisión de una sustancia denominada feromona, si logran sintetizarla y liberarla al ambiente en pequeñas dosis, puede confundirlos, evitar la cópula, bajando la población.

Por otra parte, los investigadores analizan la resistencia a los insecticida, ya que está demostrado que después de un tiempo de aplicar determinado producto sobre una plaga, este pierde efectividad. La mayor tolerancia se va trasmitiendo genéticamente al punto que llega un momento en que el animal se vuelve inmune al insecticida, instancia en la que es necesario cambiar de estrategia porque la utilizada ya no sirve como herramienta de control. Estos mecanismos que les permiten a los insectos volverse resistentes a las propiedades de los productos químicos son estudiados por los especialistas en vinchucas, piojos, cucarachas y mosquito Aedes. Comprenderlos permite crear nuevas alternativas de control.

Un tema sin dudas fundamental es el relacionado al desarrollo de herramientas insecticidas ya que la Argentina es el único país latinoamericano que ha elaborado productos locales, resultado de investigaciones propias que se fabrican y patentan en el país, para posteriormente hacer transferencia de tecnología. Muchos de los productos utilizados nacen de las investigaciones realizadas en este centro de investigación.

EL INSECTARIO

El objeto de estudio de las investigaciones llevadas adelante en el Cipein se encuentra en su reconocido insectario, centro de referencia de la Organización Mundial de la Salud, donde crían los insectos bajo determinadas condiciones específicas.

Se trata de un lugar que presenta diversos grados de dificultad, según el tipo de animal a criar. Las vinchucas y los mosquitos – los insectos más importantes del laboratorio que llevan allí treinta y diez años respectivamente- se alimentan de sangre (hematófagos) por lo cual se busca un animal superior, como por ejemplo palomas, para su sustento. Pero no solo la cría presenta sus complicaciones, ya que un problema aparte está dado por la manipulación de animales tan pequeños que dificulta el estudio de su biología y bioquímica.

Y no todos los insectos pueden criarse en un laboratorio, por eso en el Cipein hay un cultivo experimental de álamos para estudiar, por ejemplo, al taladrillo de los álamos que perfora el tronco de los árboles desde adentro, los debilita y perjudica la posibilidad de comercialización de la madera, generando un serio problema económico.

En cuanto a la peligrosidad de manipular estos insectos que son vectores de plagas, la realidad es que no reviste mayores inconvenientes porque se trata de animales seguros, criados en el laboratorio y que carecen de los agentes causantes de las enfermedades.