El presidente colombiano Juan Manuel Santos probó ser un líder con peso propio. Alejándose de los lineamientos de su predecesor Álvaro Uribe, se acercó a Venezuela y Ecuador, y no dudó en tomar contacto con el régimen cubano.

El anfitrión de la reciente Cumbre de Presidentes del Hemisferio Americano, Juan Manuel Santos, tuvo en este evento internacional la escenografía para desplegar -y a gran escala- una estrategia de liderazgo interno y externo, que está dando mucho que hablar. En especial, a su ex aliado y hasta cierto punto padrino político, Álvaro Uribe. Desde el arribo de Santos al poder, su estrategia de diferenciación con este último no pudo ser más marcada. Todo ello, en un contexto donde varios ex destacados colaboradores de Uribe durante sus ocho años de gobierno han sido procesados, en algunos casos detenidos, y otros han buscado exilio en el exterior.

La normalización de las relaciones con la Venezuela de Chávez y el Ecuador de Correa se vio combinada con viajes y reuniones con los hermanos Castro en Cuba. Al parecer, se trataría de  un sigiloso proceso de negociación que se estaría dando con las guerrillas de las FARC, además del tema de la exclusión de la isla de la Cumbre de Presidentes recientemente concluida. Ello no ha impedido que las fuerzas militares colombianas lograran el abatimiento de importantes mandos, incluyendo al jefe del aparato militar de las FARC.

Volviendo a la reunión en Cartagena que aglutinó a 32 presidentes del hemisferio, Santos demostró ser un gentil y hábil dueño de casa. Llevó a cabo un inteligente equilibrio al tratar sobre la necesidad de dejar atrás rémoras ideológicas y al mismo tiempo sobre la exclusión de Cuba de esta reunión. En este punto, cabría trabajar también sobre los fundamentos de estos mecanismos hemisféricos que a comienzos de los 90 establecieron la precondición democrática de los Estados que asistieran. Santos combinó la convocatoria a Cuba en la próxima cita de presidentes en Haití en 2015 con el anuncio de la puesta en pleno funcionamiento de la Zona de Libre Comercio con los EE.UU. en mayo del
presente año. Este mismo acuerdo, postergado año a año por el Congreso en Washington, fue reactivado y finalmente aprobado por voluntad política del presidente Obama, así como por los síntomas de diversificación de relaciones “en un mundo multipolar” que Santos impulsó, y en especial con la crecientemente penetrante China.

Otro de los temas urticantes sobre los que no hubo consenso, pero sobre el cual Santos se mostró comprensivo, fue la iniciativa guatemalteca de comenzar a evaluar la legalización del consumo de ciertas drogas.

Finalmente, y para agrado de la Argentina, el gobierno colombiano no dudó en ratificar la necesidad de que el asunto Malvinas fuese agregado al temario. Sin embargo, las expectativas de Buenos Aires parecen no haberse cumplido del todo, dado el comentario de la presidenta argentina al propio Santos acerca de la ausencia de una referencia concreta de este último a la problemática de nuestras islas australes en su discurso de cierre. Tal como se ha difundido ampliamente en la prensa, la Cumbre no tuvo hubo una declaración. El tema Cuba, quizás, evitó que el eje de la fricción fuese las Malvinas, si bien la frustrada declaración final se asemejaba claramente a la que anualmente aprueba la OEA con el respaldo de los EE. UU. Por todo esto, excepto que Argentina apostara a un todo o nada que colocara a la superpotencia frente al dilema de ceder y alterar su postura neutral (y útil para la Argentina, dada la estrecha alianza que desde comienzos del siglo XX tienen Washington y Londres), o vetar (cosa que hubiese finalmente hecho), era lo máximo que se podía esperar para la diplomacia argentina. La otra opción hubiese representado un gran triunfo diplomático, y sin esfuerzo alguno, para el complicado gobierno británico, que parece encontrar en las “glorias” del 82 una forma de escapar de un día a día de complejos equilibrios dentro de un gobierno de coalición conservador-liberaldemócrata, así como de ajustes y crisis económica, y presiones independentistas en Escocia.

Pero el despliegue de Santos no quedó allí. Durante una larga y amistosa conferencia de prensa conjunta con el presidente Obama, advirtió, en momentos en que las preguntas se centraban en Irán y su programa nuclear, que las sanciones internacionales y los embargos suelen no funcionar, y que se debe apostar a las negociaciones diplomáticas serias. Una crítica clara y directa a los sectores más duros de los EE.UU. hacia Israel en esta materia.

Sin dudas, Santos se perfila como un mandatario que no solo ya está aspirando a consolidar su futura estrategia de reelección en la primera magistratura, sino a proyectarse a sí mismo y a Colombia como un jugador diplomático de peso en el hemisferio, América Latina (destacando su buena sintonía con México) y Sudamérica. Desde ya, en un papel secundario vis a vis el Brasil, que por un lado debe ver con satisfacción cómo Colombia relaja su alineamiento con los EE. UU., pero por el otro cómo Bogotá comienza a desplegar una estrategia diplomática y política más sofisticada y ambiciosa. Nada menos agradable para Brasilia que un país de peso en Sudamérica que tienda puentes con México y los EE. UU. Una potencia y una superpotencia, que complejizan la idea de que lo latinoamericano y hemisférico es “cosa del pasado” y que el futuro es “sudamericano”.