El abierto respaldo de Turquía a las autoridades de Trípoli, así como la amenaza de una intervención armada por parte de Egipto, podrían provocar una nueva escalada de la crisis en el país africano.

El país con las mayores reservas petroleras de África vive sumido, desde hace seis años, en un conflicto interno que se ha visto profundizado por la intervención de actores regionales y extrarregionales que no ocultan su injerencia en el conflicto.

¿Por qué es clave el control del golfo de Sirte?

La eventual conquista del golfo de Sirte por parte de las tropas del Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) instalado en Trípoli, con el respaldo de Turquía, les daría la llave de acceso a la denominada “medialuna petrolera”, donde se concentran las mayores terminales de exportación de petróleo, hoy en manos de milicias cercanas a Khalifa Haftar. La inestabilidad en la zona afecta seriamente las ventas de crudo, principal fuente de ingresos del país, cuya gestión se encuentra a cargo de la compañía estatal National Oil Corporation (NOC) y que tiene, entre sus principales socios internacionales, al grupo italiano ENI, a la compañía francesa Total, a la española Repsol y a la británica BP.

¿Quién gobierna Libia tras la caída de Gaddafi?

Luego de cinco años caóticos, en marzo de 2016, tras un acuerdo de paz firmado en Skhirat (Marruecos), se instaló en Trípoli el denominado Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), encabezado por Fayez al-Sarraj y reconocido por Naciones Unidas. Aunque es la única autoridad aceptada por la comunidad internacional, se trata de un gobierno débil, que cuenta con el respaldo de un heterogéneo conjunto de actores armados, los cuales se reparten el control de la seguridad y negocios paralelos en la región de la Tripolitania.

Fayez al-Sarraj encabeza el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA, por sus siglas en inglés) en Libia. Foto: Archivo DEF.

Mientras tanto, en el este del país, funciona el Parlamento elegido en 2014 y presidido por el veterano Aguilah Saleh –también reconocido en el acuerdo de Skhirat– y que tiene como brazo armado al autodenominado Ejército Nacional Libio (LNA), conducido por el mariscal Khalifa Haftar, un caudillo militar laico, resistido por sectores islamistas del oeste del país.

En abril del año pasado, las tensiones entre el GNA y el LNA se acentuaron cuando, en forma intempestiva y pocos días antes la celebración de una conferencia nacional para logar una salida al conflicto, Haftar lanzó una ofensiva contra Trípoli, ciudad a la que nunca logró acceder desde el inicio de la guerra civil.

¿Por qué es importante la intervención de Turquía?

El envío de tropas y asistencia militar directa a Trípoli por parte de las autoridades de Ankara significó, en perspectiva histórica, el retorno de las fuerzas turcas a un territorio que perteneció al imperio otomano hasta 1922, cuando fue conquistado por Italia.

El gobierno de Recep Tayyip Erdogan ha sido, desde la caída de Gaddafi, uno de los principales socios externos de las autoridades instaladas en Trípoli. Sin embargo, ese respaldo se hizo aún más explícito tras la firma de un acuerdo de cooperación militar entre Turquía y el GNA, aprobado por el Parlamento de Ankara en diciembre de 2019. A ese convenio se sumó un polémico tratado de delimitación de las fronteras marítimas, que permitiría a Turquía ampliar su plataforma continental y hacerse con el control de buena parte de los recursos petroleros y gasíferos offshore en el mar Mediterráneo.

La participación turca en ese conflicto significó un duro revés para las aspiraciones del mariscal Haftar, cuyas tropas perdieron, en mayo pasado, el control sobre territorios conquistados en el oeste de Libia y sobre la estratégica base aérea de Al-Watiya, tras lo cual debieron replegarse nuevamente hacia el este del país.

¿Qué papel juega Egipto en el conflicto?

Tras la llegada al poder de Abdelfatá al-Sissi, luego del golpe de Estado de 2013, las relaciones diplomáticas con Turquía se encuentran congeladas. Actualmente, los desacuerdos entre El Cairo y Ankara se trasladaron a Libia, donde el gobierno egipcio apoya abiertamente a Haftar con reconocimiento político y asistencia militar.

El fallido intento egipcio por conseguir un cese del fuego en Libia, en junio pasado, ha llevado a una escalada de la tensión a un punto inédito en los últimos seis años. Semanas atrás, al-Sissi amenazó con intervenir militarmente si las tropas del GNA avanzan hacia el este del país. El jefe de Estado trazó dos “líneas rojas para la seguridad de Egipto”: la ciudad de Sirte y la cercana base aérea de Al-Jufra. “No somos invasores; solo queremos una Libia estable, segura y desarrollada”, dijo el mandatario egipcio.

El mariscal Khalifa Haftar es un caudillo militar laico, resistido por sectores islamistas del oeste de Libia. Foto: Archivo DEF.

¿Existen otros actores internacionales involucrados?

Al margen del claro enfrentamiento entre Turquía y Egipto, la crisis libia también es seguida con interés desde la península Arábiga. Mientras Qatar sostiene al GNA instalado en Trípoli, los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita brindan su apoyo a Haftar. Por su parte, el Kremlin también está presente con la presencia de mercenarios del Grupo Wagner, de indisimulables lazos con el gobierno de Vladimir Putin, en el bando de Haftar.

En forma mucho más solapada, Francia ha venido sosteniendo a Haftar con asesores militares e incluso material bélico, encontrado en el terreno por milicias rivales. Hasta la fecha, el mayor logro político de Emmanuel Macron fue la conferencia que tuvo lugar en París, en julio de 2017, la última vez en la que las dos cabezas visibles del conflicto libio, Fayez al-Sarraj y Khalifa Haftar, estrecharon sus manos y firmaron un cese de hostilidades y una hoja de ruta hacia la paz, que nunca llegó a implementarse.

El excesivo protagonismo de Francia en Libia ha generado tensiones –dentro de la Unión Europea– con Italia, la antigua potencia colonial, que mantiene un canal diplomático privilegiado con las autoridades del GNA y ha reclamado reiteradamente a Haftar que abandone la vía militar y vuelva a sentarse en la mesa de negociaciones. El gobierno italiano teme, además, la llegada de una nueva ola masiva de inmigrantes africanos a través del Mediterráneo, un negocio gestionado por mafias instaladas en la costa occidental de Libia.

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