Es el país con la mayor concentración de empresas tecnológicas del mundo, apenas superado por EEUU.  Con escasos recursos naturales, hoy es líder en Innovación y desarrollo.

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Por Martín Lucas

Shai Agassi tuvo una idea. “El negocio del futuro será el de los autos eléctricos”, pensó al terminar de pergeñar una visión capaz de revolucionar el mercado a nivel mundial. Un plan que funcionaría de manera similar al de la telefonía celular: vehículos baratos alimentados por una batería eléctrica con un sistema de recarga prepago. De ahí la comparación, el usuario compraría kilómetros de recorrido en lugar de minutos de comunicación telefónica. La clave, pensó, no estaría en vender los autos sino en controlar la red de estaciones de carga de las baterías. Por primera vez, una iniciativa ecológica de gran magnitud también podía ser rentable.

Corría el año 2005 y Agassi, un ingeniero en Informática nacido y formado en Israel, era entonces un ejecutivo estrella de la compañía de software , que soñaba con lanzar su emprendimiento personal. El genio y la audacia que desplegaban sus ideas lo sentaron en el Foro de Jóvenes Líderes de Davos. Allí conoció a Shimon Peres, quien desde entonces se convirtió en uno de sus principales impulsores. Su tenacidad hizo el resto. En 2007 fundó Better Place y en muy poco tiempo logró sumar socios de la talla de Renault y Nissan. El emprendimiento es hoy una ascendente empresa con acuerdos de inversión en Israel, Dinamarca, Australia y Estados Unidos.

Agassi es llamado el Steve Jobs (el carismático CEO de Apple) israelí de la economía verde. Por emprendedor, visionario e innovador, en 2009 la revista Time lo incluyó entre las 100 personas más influyentes del mundo.

En Israel hay muchas historias como esta. Historias que conjugan la vocación emprendedora, la formación especializada, el talento individual, la persistencia, la creatividad interdisciplinaria, la discusión permanente y el trabajo de equipo, con una especial actitud hacia el fracaso que impulsa a asumir riesgos con una enorme cuota de audacia. En esa capacidad singular de su gente y de la sociedad en general, muchos encuentran las claves para comprender el milagro económico de Israel.

¿Cómo ese país con apenas 60 años de historia como Estado, con un territorio de 22 mil kilómetros cuadrados (la misma superficie que la provincia de Tucumán), en donde más de la mitad es desierto, con una población de 7,5 millones de habitantes, con escasos recursos naturales, enfrentando guerras y conflictos permanentes con sus países vecinos, ha logrado impulsar una economía tan vigorosa y competitiva? ¿Qué es lo que distingue a Israel de otros países desarrollados, y le ha permitido crear una industria de alta tecnología líder a nivel mundial?

“Israel tiene lo que muchos países tienen: buenas universidades, gente educada y una alta tasa de alfabetización, todas condiciones necesarias pero no suficientes. Lo que aquí es diferente es la cultura”, explica Yossi Vardi, ingeniero israelí pionero de los emprendedores en alta tecnología. “Es una cultura que celebra el espíritu empresarial. Aquí, desde temprana edad, las personas se ven obligadas a sobresalir, a prosperar, a experimentar. Nosotros, como pueblo, nunca estamos satisfechos. Siempre estaremos en la búsqueda de algo nuevo y mejor. Tenemos ese espíritu que se transmite de generación en generación. Con esa impronta ha sido creado el Estado de Israel, de la misma manera hemos creado nuestros sistemas de agricultura y también nuestros dispositivos de defensa cuando hemos sido atacados o perseguidos. En los últimos veinte años, ese espíritu se ha manifestado en el campo de la innovación y de ahí la calidad de nuestra industria. Es parte de la cultura nacional”. A los 69 años, Vardi es toda una autoridad del negocio tecnológico en Israel. En casi 40 años de carrera ha fundado más de sesenta compañías de diversos rubros como software, energía, Internet, óptica y telefonía móvil. En 1996, por ejemplo, invirtió en Mirabilis, el emprendimiento que inventó ICQ, uno de los primeros y más exitosos sistemas de chat. Dos años después, AOL lo compró por 290 millones de dólares.

El Foro Económico Mundial ubica a Israel entre los países más competitivos del mundo gracias a su liderazgo en el campo de la innovación tecnológica. Los números son apabullantes: con el 4,5% de su PBI, Israel es el país con mayor gasto en investigación y desarrollo en todo el mundo; posee más de 4000 empresas start-up (emprendimientos en tecnología), la mayor concentración de nuevas tecnologías luego de los EEUU; las grandes multinacionales como Motorola, IBM, Microsoft, AOL, Hewlett Packard, Cisco, Intel, Siemens, General Electric y Philips han instalado centros de investigación en ciudades como Tel Aviv, Haifa, Ashdod o Jerusalén, al punto que Steve Ballmer -CEO de Microsoft- llegó a considerar su compañía “tan americana como israelí”; Israel tiene más empresas que cotizan en Nasdaq que cualquier otro país fuera de los EEUU, incluso más que todos los de Europa, Japón, Corea, India y China juntos. Otro dato no menor: las empresas de tecnología israelí tienen la capacidad de atraer capital de riesgo como ningún otro país, dos veces más que EEUU, treinta veces más que Europa en su conjunto, ochenta veces más que India y trescientas más que China. La economía de Israel también ha crecido más rápido que el promedio de las economías desarrolladas del mundo en casi todos los años desde 1995.

Ni las guerras, ni los atentados terroristas, ni el estallido de la burbujatecnológica de 2000, ni la crisis internacional de 2008 pudieron alterar el rumbo económico del país. “El secreto mejor guardado es que todos quieren tener equipos israelíes en sus empresas. No se trata solo de tercerizar servicios, como ocurre en la India o en Irlanda. Lo que consiguen en este pequeño país, aun en tiempos de crisis, no lo logran en ninguna otra parte del mundo”, revela un alto ejecutivo de eBay.

Resulta imposible para las grandes empresas de tecnología ignorar el caso de Israel y su histórica capacidad de transformar la adversidaden virtud. Como escriben Dan Senor y Saul Singer en Start Up Nacion: The Story of Israel’s Economic Miracle, “la gran ironía de la historia es que Israel ha sabido convertir cada reto en un activo y allí está la piedra angular de su cultura innovadora. Están obligados a ser ingeniosos, a hacer más con menos, a experimentar y salir al mundo, a ser globales desde el primer día. Ese carácter se observa particularmente en los períodos de crisis”.

HISTORIA DE LA INNOVACIÓN

La vocación por la ciencia y la tecnología del pueblo judío encuentra sus antecedentes iniciales a fines del siglo XIX, con los primeros centros de investigación agrícola. Ya en el siglo XX, antes de la Primera Guerra Mundial, se fundó la Estación de Salud Hebrea, que sentaría las bases del desarrollo en medicina y ciencias afines, impulsadas de manera definitiva a partir de la creación, en los años 20, de la Universidad Hebrea de Jerusalén y del Instituto Israelí de Tecnología -conocido como Technion-, también dedicado a la investigación industrial (ver recuadro). La infraestructura científica y tecnológica del país ya se había asentado cuando se estableció el Estado de Israel, en 1948.

El modelo de negocios basado en la innovación y la alta tecnología hizo su aparición en los años 60, cuando se fundaron la Electronic Corporation of Israel (años más tarde ECI Telecom), firma pionera en desarrollos en telefonía, y Elron Electronic Industries, dedicada al diseño de computadoras. Al tiempo que la industria se consolidaba, numerosas empresas internacionales comenzaron a poner sus ojos en Israel. La primera de ellas fue Motorola, quien, en 1964, instaló en Tel Aviv su primera unidad de investigación fuera de los EEUU. Allí se produjeron algunos de los avances más importantes para los años que vendrían en materia de comunicación inalámbrica, sistemas de riego a distancia y desarrollo de microchips. Antes de finalizar la década, Israel ya contaba con una industria militar nacional basada en tecnología propia, que lo diferenciaba de sus vecinos. Con el tiempo, aquellas innovaciones del campo de la defensa comenzaron a transformarse en aplicaciones que podían emplearse en el campo civil y, fundamentalmente, podían exportarse.

Entre los años 70 y 80, Israel produjo otro salto decisivo. Fue cuando la industria informática cambió el modelo de producción centrado en hardware, donde Israel no tenía ventajas competitivas, hacia el desarrollo de software, una actividad en la que el capital humano es lo más importante. No tardó mucho en convertirse en uno de los países con mayor capacidad real de competir en el mercado mundial del software. Solo entre 1984 y 1991, las exportaciones puras en este rubro aumentaron de 5 a 110 millones de dólares.

La década de 1990 vio el despegue definitivo de las industrias de alta tecnología en Israel. El crecimiento aumentó y terminaron por consolidarse los polos de investigación y producción en las principales ciudades del país. La crisis del sector informático, en 2000, prácticamente no causó sobresaltos y desde entonces se ha incrementado la demanda mundial de tecnologías israelíes en materia de software y electrónica empleadas en todos los campos de la actividad civil y militar.

“Tiene que ver con la perseverancia, cuando en un país se invierte esfuerzo en un sector como lo hace Israel con la investigación y desarrollo, al final los resultados llegan. No creo que seamos más inteligentes o capaces que otros. Simplemente nos dedicamos con insistencia a esto porque no tenemos otras cosas para exportar, porque hemos tenido la necesidad de hacerlo”, explica a DEF Leo Milstein, Vicepresidente de Marketing y Ventas de ElmoTech, una empresa especializada en el desarrollo y fabricación de sistemas electrónicos de vigilancia, con filiales y socios en EEUU, Europa y Sudamérica. El diálogo con DEF transcurre en una amplia oficina con vista a la arteria principal del barrio Ramat Hayal, una de las zonas de Tel Aviv con mayor concentración de compañías tecnológicas. Allí no hay nada que envidiar a lo que sucede en California: si se suman los focos de investigación y producción dispersos entre Tel Aviv, Haifa, Petah Tikva, Caesarea, Rishon LeZion, Herzliya, Rehovot y más recientemente Jerusalén, Israel ha conseguido tener su propio Silicon Valley o, como le dicen, su Silicon Wadi (valle en el idioma árabe), el segundo polo de tecnología más importante del mundo, solo superado por su contraparte americano, donde se encuentran los bunkers de Google, Apple, Microsoft, Yahoo, Oracle y Facebook, entre otros.

VISIÓN ESTRATÉGICA

Detrás de todo, como coinciden varios observadores de la realidad israelí, hay una concepción estratégica: la de haber convertido a este pequeño país no solo en un centro de convergencia en términos de innovación sino en una usina de conocimiento aplicado capaz de transformar esa fuerza en una plataforma de negocios a escala global en áreas claves como infraestructura, defensa, energía y aguas. En este último campo, Israel también marca la diferencia a base de creatividad y desarrollos de vanguardia.

La experiencia israelí se ha orientado hacia la búsqueda de fuentes alternativas de agua dulce a través de procesos de desalinización o de métodos para la conservación y reutilización de este recurso. Una industria que incluye desde sofisticados sistemas de gestión del agua a nivel municipal, métodos innovadores de tratamiento de efluentes residuales, hasta soluciones inteligentes para el uso doméstico. “Israel ha enfrentado el problema del agua por más de 50 años, solo en la última década hemos realizado más de 450 proyectos de investigación con resultados sorprendentes. Y hemos exportado nuestra experiencia a países como España, India, Alemania, Singapur y también a la Argentina”, explica Eli Ronen, CEO de Mekorot, la megaempresa de aguas estatal israelí, líder mundial en desalación, regeneración, ingeniería y seguridad del agua. El país recicla hoy cerca del 80% de sus aguas cloacales para la agricultura, seguido de lejos por España, que reutiliza menos del 30%. El agua reciclada viaja a través de vías paralelas a las que distribuyen agua potable hacia todos los puntos del país. En las zonas rurales del norte y centro del país, como DEF ha podido observar in situ, es habitual encontrar sistemas de cañería y tubos de riego por goteo que abastecen los cultivos con aguas recicladas.

Otro rubro del desarrollo sustentable en el que Israel destina grandes esfuerzos en investigación es el de las energías alternativas. El país se destaca por sus nuevas tecnologías en materia de turbinas eólicas y paneles fotovoltaicos que hoy se exportan a varios destinos de Europa. A la vez, con el fin de reducir la dependencia de los hidrocarburos, Israel viene desarrollando una política orientada a la investigación de soluciones alternativas, tales como los motores de combustión que utilizan combustibles biológicos, aviones que funcionan con metanol y automóviles eléctricos como los que produce la firma Better Place de Shai Aggasi, que actualmente negocia con el Gobierno israelí la instalación de las primeras estaciones de carga con energía eléctrica mientras se expande a Dinamarca y Australia.

De las empresas de energía de origen israelí que operan en todo el mundo, se destaca el caso de Ormat Technologies. Creada como un emprendimiento en 1965 por Lucien Bronicki, Ormat es hoy una de las firmas líderes del planeta en las áreas de energía geotérmica y recuperación de energía, está valuada en más de un billón de dólares y cotiza en la bolsa de Wall Street. “Somos gente que tuvo una visión clara, queríamos hacer algo en lo que Israel pudiera sobresalir y lo hicimos”, destaca Bronicki en un reciente reportaje a la revista Business Week.

RASGO CULTURAL

Ahora bien, ¿por qué en Israel y no en otros países? La pregunta se la formulan Senor y Singer en el libro Start Up Nation, y a continuación señalan diversos rasgos culturales y organizacionales que ayudan a entender el singular fenómeno de la economía israelí. Entre ellos, la tendencia hacia la experimentación y el riesgo. En Israel -escriben- “todos tienen una opinión diferente y todo el mundo la quiere expresar. El debate ayuda a generar ideas. La uniformidad, no”. Otra característica es la tenacidad y la arrogancia ya que, sostienen, “es crucial la seguridad que un emprendedor tiene en sí mismo y en las ideas que desarrolla. De otra manera, sería imposible obtener el dinero para financiar los proyectos”. Una arrogancia, agregan, que deja ver el “insaciable cuestionamiento a la autoridad”, vital para la generación de ideas innovadoras.

Pero hay un aspecto que destacan especialmente: la cultura inmigrante. “Israel es un país de inmigrantes, hay más de 70 nacionalidades representadas. El genio de Shai Agassi de Better Place es hijo de inmigrantes iraquíes, la compañía de música online Foxytunes -adquirida por Yahoo en decenas de millones- fue creada por inmigrantes ucranianos. Y hay muchos ejemplos más. Los inmigrantes son tomadores de riesgos naturales, ya que estuvieron dispuestos a arrancar de cero y comenzar de nuevo. Tienen todo por ganar”. En la década del 90, solo la gran oleada proveniente de los países de la ex Unión Soviética provocó un fuerte impulso en el desarrollo de la Ingeniería Informática.

“La economía israelí es sólida y ya no depende solo de los diamantes o de las naranjas. El valor agregado de las altas tecnologías se ha convertido en el auténtico motor”, concluye Dan Galai, del Centro de Inversiones Sigma, al trazar la radiografía de la economía nacional.

En términos similares se manifestó la revista Time cuando, en una de las recientes notas de tapa sobre las consecuencias de la crisis financiera global, se preguntaba: ¿cómo EEUU logrará rehacer su camino? Allí puede leerse: “Por debajo de la penumbra, los economistas y líderes de todo el espectro político y empresarial poco a poco están llegando a un acuerdo: la innovación es la mejor -y tal vez la única- forma a través de la cual los EEUU podrán salir del agujero económico”. En Israel lo saben.