Donald Trump, junto a su colega chino Xi Jinping. Foto: AFP

En el fondo del conflicto entre China y EE. UU., se encuentran la transición geopolítica mundial, el déficit de liderazgo internacional y la ausencia de criterios consensuados para conducir las relaciones internacionales.

Por Juan Cruz Campagna / Especial para DEFonline

La guerra comercial entre EE. UU. y China se extiende ya desde hace un año y medio. Sin embargo, más allá de sus efectos puntuales, cabe preguntarse sobre el alcance y el significado político del conflicto.

El presidente de EE. UU., Donald Trump, anunció recientemente la imposición de aranceles de un 10 por ciento a la totalidad de las importaciones chinas, lo que equivale a 300.000 millones de dólares, a partir del 1º de septiembre. Sin embargo, luego postergó esta medida para mediados de diciembre y, más tarde, alabó a las autoridades chinas por su disposición a negociar. Antes, había manifestado que China es un país “manipulador de monedas”.

Esta última escalada profundiza las tensiones, lo que impacta en los mercados internacionales y provoca un recorte en las proyecciones del crecimiento económico global. A la guerra comercial entre Pekín y Washington, se suma el escenario de complejidad y conflicto que atraviesa Gran Bretaña por el Brexit, lo que provoca la inestabilidad en toda Europa. A esto hay que añadir las recientes tensiones y amenazas de EE. UU. contra Irán, que pueden tener efectos impredecibles, particularmente en el costo de la energía.

El 19 de septiembre, Trump decidió incrementar las sanciones contra Irán, país al cual responsabilizó de los ataques ejecutados con drones contra dos refinerías en Arabia Saudita. El 20 de septiembre, sumó sanciones contra el Banco Nacional de Irán y, el 25 del mismo mes, el secretario de Estado, Mike Pompeo, anunció medidas restrictivas contra las compañías chinas Kunlun Holding Company y COSCO Shipping Tanker (Dalian), así como contra cinco empleados de dichas empresas, por transportar petróleo iraní.

La República Popular China siempre se ha opuesto a las sanciones unilaterales estadounidenses y pidió a EE. UU. que corrigiera estas medidas. El tamaño y la producción del país asiático hacen que sea especialmente sensible al consumo de petróleo, así como a su precio y disponibilidad.

En este marco, también existe un componente tecnológico y estratégico que genera competencia entre ambas potencias. China, por ejemplo, está sobrepasando a EE. UU. en inteligencia artificial y Big Data. Por otra parte, la rivalidad se extiende al campo militar, con el despliegue de misiles estadounidenses en países de Asia-Pacifico, lo cual ha originado una fuerte respuesta de Pekín.

Ahora bien, las diferencias entre EE. UU. y China no son meramente comerciales, tecnológicas y militares. Estamos frente a una disputa por el predominio global y por la construcción de una nueva estructura de poder a nivel mundial.

A nuestro entender, hay tres rasgos principales en el escenario internacional actual:

-La transición geopolítica desde una estructura unipolar hacia otra multipolar, donde hay un país con preponderancia relativa y que busca su lugar en la gobernabilidad del nuevo orden internacional: la República Popular China.

-La pérdida del liderazgo internacional que EE. UU. venía sosteniendo desde la Segunda Guerra Mundial. Washington dirigió las relaciones internacionales desde el fin del conflicto bélico. Aunque compartió esa posición con la Unión Soviética durante la Guerra Fría, luego de la caída del muro de Berlín en 1989 se convirtió, indiscutiblemente, en la principal potencia mundial. Desde hace unos años, esa situación de unipolaridad relativa comenzó a erosionarse por la emergencia de distintos polos de poder, de los cuales China y la región de Asia-Pacífico son los más importantes.

-Las relaciones entre EE. UU. y China serán el núcleo del escenario internacional durante mucho tiempo. La dificultad más profunda radica en que ambas potencias no han alcanzado todavía un mínimo consenso para gestionar sus desacuerdos y construir una nueva plataforma de gobernabilidad del sistema internacional.

El 24 de septiembre, el ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yin, explicó en Nueva York que, en un mundo con crecientes desafíos, ningún país puede desempeñarse bien si se encuentra aislado, ni puede resolver todos los problemas por sí solo. El canciller chino entendió que compartir las responsabilidades internacionales era una tendencia natural y agregó que su país está listo para cumplir su parte.

En un mundo que se reconfigura hacia una estructura multipolar, el protagonismo que adquiere China despierta la reacción de la principal potencia occidental. Esta última, bajo el gobierno de Trump, parece no aceptar el lugar que le corresponde de acuerdo a la tendencia inevitable de la historia, aun a costa de generar conflictos y daños al resto del sistema internacional.

Para salir de la actual parálisis, las dos potencias deberían consensuar, bajo un liderazgo compartido, las directrices de un nuevo orden internacional. China parece querer avanzar en esa dirección, mientras que EE. UU. intenta evitarlo por todos los medios. El riesgo es alto y las consecuencias, impredecibles.

El autor es Licenciado en Ciencia Política y Administración Pública e investigador de la Universidad de Congreso.

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Mariano Roca
Periodista y Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Se desempeña desde 2006 como integrante de la redacción de la revista DEF y ha colaborado con distintos proyectos editoriales en TAEDA.