En diálogo con DEF, el excanciller brasileño cuestionó la política exterior de Bolsonaro, analizó críticamente el rol de la OEA en la región y aventuró cómo será el mundo postpandemia.

Con una larga experiencia a sus espaldas en el Palacio de Itamaraty, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, Celso Amorim fue canciller de los gobiernos de Itamar Franco (1993-1994) y Lula Da Silva (2003-2010), ministro de Defensa de Dilma Rousseff (2011-2014) y protagonista directo de las negociaciones que llevaron a la creación de la Unasur, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y foros multilaterales como el BRICS, que Brasil integra junto a Rusia, India, China y Sudáfrica. Actualmente, es un activo integrante del Grupo de Puebla y, también, uno de los fundadores de la Internacional Progresista. Recientemente, fue uno de los ocho firmantes de una dura carta abierta publicada en O Estado de S. Paulo, en la que los autores pedían “dejar atrás la vergonzosa página de servilismo e irracionalidad”, que, según ellos, representa la actual política exterior de Jair Bolsonaro y de su canciller Ernesto Araújo.

-En una reciente columna que publicó junto a Lula y que se titula “Por un mundo multipolar”, usted señala que “organizaciones multilaterales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), están siendo privadas de recursos en base a falsas acusaciones de parcialidad política”. ¿Cree que las acusaciones de Donald Trump carecen de fundamentos?

-No estoy negando que China pueda tener influencia en la OMS, como EE.UU. también la tiene en organismos como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Sin embargo, la influencia china no es decisiva y está muy lejos de ser la influencia principal en la OMS. Lo que existe de parte del gobierno de Trump es una negación general del multilateralismo y la necesidad de encontrar un chivo expiatorio para justificar su manejo incompetente, incoherente e irresponsable de la pandemia. Lo mismo está sucediendo con ciertas actitudes del gobierno brasileño, que también ha cuestionado el rol de la OMS.



“Trump intentó convertir a la OMS en el chivo expiatorio de su manejo incompetente, incoherente e irresponsable de la pandemia”.



-El actual canciller Ernesto Araújo afirmó que “transferir poderes nacionales a la OMS es solo un primer paso para la construcción de una solidaridad comunista planetaria”. ¿Cómo explica esa posición?

-No quiero llevar la crítica una cuestión personal, pero realmente no sé si se trata de la locura puesta al servicio del oportunismo o si es el oportunismo al servicio de la locura. Probablemente, sea lo primero. El único hilo conductor de la actual política exterior brasileña es su sumisión a Trump. Y no digo sumisión a Estados Unidos, sino a la extrema derecha norteamericana. La posición de Ernesto Araújo en Brasil es una mera adaptación a esas posiciones de EE.UU. El actual canciller habla, de manera mucho más grosera, de “marxismo cultural” y se ha referido al virus del COVID-19 como de un “comunavirus”, es decir, un virus comunista. No escuché ese tipo de tonterías ni siquiera en momentos de auge de la Guerra Fría.

-¿Estamos transitando hacia un nuevo orden mundial?

-Como cuestión general, Trump ha proclamado el aislacionismo de EE.UU. con su eslogan America First. Sin embargo, hay también otras tendencias y el mundo actual es mucho más complejo. Está claro que EE.UU. ya no será la potencia dominante. El gran desafío que nosotros tenemos que develar es si el mundo al que vamos después de la pandemia es el de una nueva “Guerra Fría”, esta vez entre EE.UU. y China, o un mundo multipolar en el que otras regiones y países también podrán tener influencia. Me inclino por esta segunda hipótesis y ese nuevo orden representa también un desafío para EE.UU., que está perdiendo influencia en otras partes del mundo también porque ya no cuenta con el soft power o el poder blando que tenía.

La OMS en la mira: según Amorim, “la influencia china no es decisiva y está muy lejos de ser la influencia principal” en el organismo. Foto: AFP.

-Durante el gobierno de Lula, usted fue protagonista de la creación del BRICS. ¿Qué evaluación hace de ese foro a once años de su creación?

-El BRICS es muy importante para el equilibrio mundial. No fue una iniciativa aislada, sino que formó parte de un proyecto de política internacional que pasaba por la integración sudamericana y por mejores relaciones con África, con los países árabes y con las naciones en vías de desarrollo en general. El BRICS fue fundamental para determinar la manera como se trabajó posteriormente en el G-20. Por otra parte, desde mi experiencia como exministro de Defensa, debo decir que para Brasil era muy importante diversificar sus fuentes de suministro y logramos avanzar con China en el sector aeroespacial y, con Rusia, en la defensa antiaérea. Brasil aumentó, desde ya, su comercio con los chinos, pero también con los rusos, donde logramos incrementar mucho las exportaciones de carne brasileña. Si bien es una cuestión comercial, también la política tiene mucho peso. Cuando hay algunas restricciones proteccionistas, una buena relación política ayuda mucho.

-¿Cree que Brasil está aprovechando hoy el BRICS?

-Brasil es un país muy grande y las oportunidades económicas también lo son. No creo que ninguno de los países que lo integran vaya a abandonar totalmente un foro como el BRICS. Obviamente, la posición de aliado prioritario que Brasil podría tener con China se pierde mucho: durante la pandemia, dada nuestra alianza estratégica, podríamos haber sido uno de los primeros países en recibir asistencia técnica desde Pekín y, en cambio, hoy estamos al final de la cola. También se podría deteriorar la relación con Rusia en temas de defensa. Podría dañarse la relación de confianza y el enfoque político que tenía el BRICS de contribuir a una agenda de paz en el mundo. Creo que el BRICS va a seguir funcionando, pero tal vez no con la misma fluidez que tenía.

-¿Qué importancia tiene para Brasil un eventual ingreso en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y su flamante categoría de aliado extra-OTAN que le concedió EE.UU.?

-La cuestión del ingreso en la OCDE es un objetivo de los economistas neoliberales, que quieren congelar sus reformas para que no puedan ser modificadas en el futuro. Es un objetivo de política económica interna, al que siempre la Cancillería y los entes políticos en Brasilia se han resistido. El estatus de aliado extra-OTAN me parece más significativo porque consolida la sumisión de Bolsonaro a EE.UU. Sin embargo, no parece haber conseguido resultados: hace poco se supo que Trump, como presidente del G-7, tenía intención de convocar a una reunión ampliada de un G-11 sin incluir a Brasil, algo que jamás hubiera ocurrido en los tiempos de Lula o incluso quizás de Fernando Henrique Cardoso. En el G-11 Trump incluyó a Australia, China, India y Rusia, pero no a Brasil. El motivo es que el gobierno de Bolsonaro no inspira ninguna confianza, ni siquiera para Trump.



“El gobierno de Bolsonaro no inspira ninguna confianza a nivel internacional”.



-En el contexto regional, ¿cómo ve el rol de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de su secretario general Luis Almagro, al que usted conoce bien desde sus épocas de canciller?

Conocí a Almagro cuando era asesor de Mujica en el Ministerio de Agricultura y participaba de las reuniones de la OMC. Después, fue su canciller. No comprendo cuáles fueron los mecanismos psicológicos que llevaron a ese cambio y no voy a abrir juicios personales. Lo que observo es que la OEA ha vuelto a ser, de la manera más torpe, lo que en los años 50 y 60 denominábamos “el Ministerio de las Colonias de EE.UU.”. Hoy, la OEA como órgano político no sirve. Cuando se involucra es para peor, como se demostró en Bolivia donde legitimó el golpe. Yo tengo confianza en que esta situación cambie. Veo que Alberto Fernández y Andrés Manuel López Obrador han tomado una posición de no intervención en relación con Venezuela y han buscado revalorizar la CELAC desde una posición progresista. Espero que en algún momento podamos revivir también la Unasur. Es cierto que Brasil tiene un peso enorme en la región y lo que vivimos hoy políticamente es algo totalmente anormal. Es difícil aventurar cuánto tiempo va a durar. Pero, una vez que se normalice, América Latina va a poder recuperar el trabajo por la integración.

“El motivo es que el gobierno de Bolsonaro no inspira ninguna confianza, ni siquiera para Trump”, dice el excanciller de Brasil. Foto: Fernando Calzada.

-¿Cómo evalúa, en el contexto regional, el accionar del Grupo de Lima?

-El Grupo de Lima es una creación que busca legitimar el intervencionismo en Venezuela. Se trata de un grupo muy conservador y subordinado a los intereses de EE.UU. Observo que su influencia es declinante y hoy dos países fuertes de la región, como Argentina y México, ya no lo apoyan. Solo les queda el gobierno de Brasil. Sin embargo, pese a sus enormes dimensiones y sus fronteras con ocho países, hoy el gobierno brasileño se está aislando y es visto con temor aún por sus vecinos.



“El Grupo de Lima está subordinado a los intereses de EE.UU. y busca legitimar el intervencionismo en Venezuela”.



-Llevándolo a la situación del Mercosur, ¿es factible una salida de Brasil del bloque, como amenazó en su momento el ministro de Economía, Paulo Guedes?

-Paulo Guedes tiene la visión monetarista de los Chicago boys, pero no entiende cómo se mueve el mundo. No creo que Brasil vaya a salir del Mercosur. El problema es que Brasil siga tomando caminos muy divergentes respecto de los objetivos del bloque. Ha habido mucha reacción, incluso de sectores de centro-derecha dentro del país, a sus declaraciones sobre la posibilidad de salir del bloque. Si cada país empieza a negociar acuerdos por separado, se puede llevar a la destrucción del Mercosur aún sin decirlo. Ese es un riesgo real. Soy optimista y, con el tiempo, creo que va a volver a la normalidad.

-Finalmente, considerando su experiencia como exministro de Defensa, ¿cómo ve el rol de las Fuerzas Armadas frente al gobierno Bolsonaro?

Hay que distinguir entre los altos mandos de las Fuerzas Armadas y los militares están en el gobierno, y que hoy son ministros, incluido el ministro de Defensa [el general Fernando Azevedo e Silva]. El alto mando militar no va a aceptar ninguna aventura contra la Constitución brasileña. El general retirado Santos Cruz ha escrito un artículo en el diario Estado de São Paulo y él tiene contactos con los altos mandos del Ejército. Ahí deja muy claramente señalado que las Fuerzas Armadas son una institución del Estado, no del gobierno, y que los militares son libres de hacer política, pero cuando son ministros ya no hablan en nombre del mando militar. Esto no quiere decir que no haya militares retirados que apoyen a Bolsonaro. Sin embargo, como institución, la expresión de las Fuerzas Armadas son sus altos mandos y yo los veo manteniendo su independencia e integridad.

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