Desde su militancia en el territorio, Fernando Chino Navarro sigue de cerca la problemática de las adicciones en el Conurbano bonaerense. En un diálogo franco con DEF, el diputado provincial del Frente para la Victoria deja sentada su posición sobre un tema que preocupa a la sociedad.

-¿Cómo observa la problemática de las adicciones en los jóvenes en nuestro país?

-Salvo excepciones, debemos reconocer que desde la política no tenemos un diagnóstico preciso y certero respecto de la problemática de la droga. Esta debería ser una política de Estado que excediera a los partidos. En general tenemos experiencias locales, territoriales, que pueden llevarnos a creer que esa es la realidad global. Otras veces tenemos aproximaciones desde universidades, centros de estudios y profesionales, quienes de muy buena fe y con mucha determinación ahondan en el estudio de cómo evoluciona el problema de la droga. También tenemos la literatura y la doctrina que nos llega desde afuera, particularmente de EE. UU. y de los países centrales, que nos formatean una realidad que se expresa explícita e implícitamente en el cine de Hollywood y en las series que consumimos. Así es como llegamos a formarnos una realidad acerca de la droga que, en los últimos meses, yo pongo seriamente en duda, admitiendo que tampoco sé cuál es la realidad precisa. Releyendo material, salvo excepciones, no encuentro el que para mí es el problema central: el alcohol.

-¿Por qué cree que es el alcohol el problema central?

-Además de ser una sustancia lícita, más allá de la prohibición de la venta a menores, tiene una presencia muy importante en el mercado publicitario, con una penetración en nuestros adolescentes y jóvenes en actividades que tienen que ver con la recreación pero también con el deporte, donde el alcohol está ligado a un auto último modelo, a la chica más linda y a la mejor ropa. Por supuesto, eso tiene que ver con un consumo casi salvaje que impulsan los modelos económicos imperantes en el mundo: consumir, consumir y consumir.

-Hay una aceptación social del alcohol…

-Además de una aceptación social, muchos profesionales que trabajan en territorio, con las limitaciones presupuestarias que esto implica, coinciden en que el alcohol es generalmente la puerta de acceso a la droga, sea esta la cocaína, el éxtasis, el paco o la marihuana. Yo recuerdo que en los 90, cuando descubrí el fenómeno de la droga en los barrios más humildes, era la época del alcohol y las pastillas. Todo eso quedó en un segundo plano y hoy el tema es la cocaína y el paco, con un accionar que ha ido in crescendo. Hemos tenido una experiencia positiva en cuanto a políticas de represión de la producción y el tráfico de drogas, pero me parece que estamos teniendo falencias en la prevención. Hay que poner en su justo valor lo que implican el alcohol y las pastillas, y después la cocaína y el paco. También hay que tener en cuenta que hay mapas que no son uniformes; hay barrios de Lomas de Zamora donde el paco es la droga que más prevalece y hay otros barrios donde el paco no tiene presencia.

LA FAMILIA COMO ESPACIO DE CONTENCIÓN DE LA JUVENTUD

-¿Cómo reacciona la sociedad frente a este problema?

-Nos quieren hacer creer que vivimos una realidad casi apocalíptica en cuanto a violencia, inseguridad y drogas. No estoy negando que exista una realidad compleja, peligrosa y preocupante. Sin embargo, tenemos una sociedad mucho más sana que la mayoría de las sociedades de países hermanos que nos quieren mostrar como ejemplo. Vemos cómo en Río de Janeiro las Fuerzas Armadas penetran en las favelas para recuperar la legalidad y la institucionalidad. La realidad de esas favelas dista de lo que sucede hoy, con toda su complejidad, en un barrio similar del Gran Buenos Aires, de la Capital Federal o del Gran Chaco. A pesar de la fragmentación social que generó la década del 90 como consecuencia de la destrucción del Estado y del aparato productivo, nosotros todavía tenemos una presencia de la familia mucho más sólida que en otras naciones hermanas. Aun reconociendo que el mayor porcentaje de desocupados de nuestra sociedad vive en estos barrios y que la escuela no siempre contiene adecuadamente a los chicos, hay una relación con el trabajo y con la escuela que está mucho más arraigada. Incluso con una organización social en crisis, la realidad nos coloca como sociedad en condiciones muy superiores a naciones hermanas como Brasil, Colombia o México, por citar ejemplos de países con grandes centros urbanos donde la droga y la violencia han penetrado. De todos modos, esto no implica que no debamos reaccionar y realizar un diagnóstico certero, con presencia fuerte del Estado, articulándolo con otros grupos que forman parte de la realidad nacional y provincial y también, por supuesto, con las organizaciones comunitarias del barrio y también con la Iglesia.

-¿Cómo ve la situación de la inseguridad y la violencia en nuestras ciudades?

-El nivel de violencia en nuestros barrios es alto comparado con la historia argentina, pero sigue siendo inferior al de otros centros urbanos de países hermanos e incluso de EE. UU. La provincia de Buenos Aires registró el año pasado siete homicidios por cada 100.000 habitantes, un número muy inferior al de Río de Janeiro, San Pablo, Medellín o Ciudad de México, pero también inferior a las cifras de Washington D.C., Baltimore y New Orleans. Lo estoy diciendo no para que nos quedemos tranquilos sin actuar, sino para que entendamos que el fenómeno de la violencia, las armas y la droga es global. El problema es que, a veces, compramos el formato que nos venden los países centrales que pretenden darnos lecciones respecto de estos temas. No digo que no haya que leer, aprender y comparar, pero si no tenemos un diagnóstico propio y herramientas propias de la realidad y de la idiosincrasia argentinas, en el futuro vamos a estar lamentando situaciones dramáticas.

LAS POLÍTICAS PÚBLICAS Y EL DEBATE SOBRE LA DESPENALIZACIÓN

– En su momento, se había logrado cierto consenso entre las fuerzas políticas en torno al tema de la despenalización de las drogas ligeras, un proyecto que promovió Aníbal Fernández. ¿Cuáles son los obstáculos que se encuentran para avanzar en ese cambio legislativo?

-Yo no sé si hay que cambiar el marco legislativo. Desarrollar una política de prevención no implica necesariamente un cambio en el marco legislativo. Tomemos, discrecionalmente, tres universos. Por un lado, el universo de las personas que están absolutamente tomadas por la droga y vinculadas a la ilegalidad; es objeto del accionar de las fuerzas de seguridad impedir que cometan delitos. Otro universo, aun más grande, está ligado a la droga en distintos niveles -el alcohólico o el cocainómano social- pero no está vinculado con la ilegalidad, aunque un día, borracho o drogado, pueda atropellar a una persona y cometer un grave daño. Desde el Estado hay que dar la pelea para recuperar a este segundo grupo y rescatar a estas personas para que no queden en un limbo entre la legalidad y la ilegalidad. Y hay un tercer universo, que es mayoritario, y son los pibes de ocho a doce años que pueden llegar a tomar alcohol, a fumar marihuana o a caer en la cocaína o el paco, de acuerdo al estamento social al que pertenezcan. Tiene que haber una campaña muy agresiva de prevención dirigida a esos chicos y sus familias, con un proyecto social en la escuela, el club o el barrio, para que no engrosen los otros dos universos de los que hablamos. Eso no requiere un marco legal, sino una decisión que tiene que ver con el accionar del Estado y con una sociedad que debe tomar conciencia de que hoy estamos en condiciones de reconstruir una Argentina ligada a los valores históricos de trabajo, educación, respeto y solidaridad. Aunque no podamos a volver a 1950, 1960 o 1970, debemos recuperar esos valores y aggiornarlos; tomar conciencia de que el consumo por el consumo mismo no es la salida, que el triunfar no implica tener más dinero ni tomarse el mejor whisky o el mejor vino, y que la velocidad no resuelve los problemas existenciales.

-¿Y con respecto a la marihuana, estaría de acuerdo en despenalizarla?

-Quizás en el caso de la marihuana debamos hacer una diferencia porque no tiene el mismo efecto que la cocaína. Tampoco debemos dejar todo en un limbo donde pareciera que es lo mismo. Nosotros, en el Movimiento Evita, compartimos que la marihuana puede legalizarse y es mucho más fácil de controlar desde la legalidad, lo que en el futuro debería hacerse con otras drogas. En capitales de Europa eso existe y ha resuelto muchos problemas relacionados con la droga y la violencia. Igualmente, tengamos en cuenta que esos países no vienen de la crisis que venimos nosotros, con 40 años de destrucción del Estado y el aparato productivo, que se paga con secuelas y enfermedades sociales, miserias no resueltas y otros problemas.

-Uno de los debates que surgen con algunas organizaciones que vienen de Holanda y otros países europeos es si es extrapolable el modelo liberal de “reducción de daños” a nuestro país, sobre todo en casos de drogas como el paco que generan una adicción tan fuerte.

-A mí me da la impresión de que no es fácil de transplantar estas experiencias porque se trata de países que tienen una historia ciudadana y un sistema democrático, económico, social y cultural diferente del nuestro, que no es mejor ni peor, pero es distinto. Sí creo que debates como el de la despenalización del consumo de marihuana deben ponerse sobre el tapete, sin temores ni tabúes, aunque existan diferentes posiciones.

-¿La sociedad está madura para ese tipo de debates?

-Por supuesto. Y si no lo está, tenemos que madurar juntos. El gran enemigo es el tiempo, que en términos simbólicos y culturales se ha acelerado. No podemos negar esa realidad.

EL PAPEL DE LA JUSTICIA Y DE LAS FUERZAS DE SEGURIDAD

-En su momento, la provincia de Buenos Aires promovió la “desfederalización” de los pequeños delitos de droga. ¿Qué resultados ha tenido esta política?

-A mí me parece que la “desfederalización” fue un error. El entonces gobernador Felipe Solá, que fue quien la impulsó, lo hizo con la mejor intención, tratando de que hubiese una cercanía de la Justicia. La práctica ha demostrado que esto no ha resuelto nada. Acá entran en juego otras cuestiones: somos una democracia joven y en transición, con un sistema político que se está recuperando -dista mucho de ser un sistema político de excelencia- y un sistema judicial en crisis, que no está en condiciones de atender la problemática de la droga. Me parece que habría que buscar un nuevo esquema. Pero, insisto, carecemos de un diagnóstico preciso para tomar decisiones. Somos como un médico que, mirando a la persona en un consultorio o haciéndole un examen muy rápido, pretende tomar decisiones muy delicadas sobre su salud. En el área metropolitana habría que hacer un trabajo interdisciplinario serio, con la participación de fuerzas políticas que podamos tener diferencias sustanciales en muchas cuestiones, pero que tengamos como objetivo evitar que la mayor cantidad de jóvenes caiga en el mundo de la droga, entendiendo como tal también el alcohol, las pastillas y el cigarrillo. En este esquema, debemos actuar con responsabilidad, honestidad intelectual y convocando a la sociedad civil.

-¿Cuál es su análisis del trabajo de las fuerzas de seguridad?

-Las fuerzas de seguridad también son parte de esta situación porque es público y notorio que hay oficiales ligados al negocio de la droga. Sería injusto estigmatizar a todos sus efectivos porque la droga atraviesa horizontal y verticalmente a nuestra sociedad. Las fuerzas de seguridad, en definitiva, tienen que ser parte de un proyecto integral para que en el mediano y largo plazo se ataque este tema y logremos derrotarlo. Sin embargo, aun desde una visión crítica, considero que nuestras fuerzas de seguridad son mucho más rescatables que las de otras naciones hermanas. Nuestra política está menos enferma que la clase política de otras naciones hermanas donde la droga ha hecho pie, ha elegido presidentes, ha comprado partidos y ha puesto legisladores en el Congreso. Nuestra sociedad es menos enferma. Nuestra familia está más entera. Hay menos nivel de violencia porque las armas que hay en nuestras barriadas no tienen la sofisticación de las armas que uno encuentra en las favelas de Río o en México DF, y ni que hablar en EE. UU.

-En nuestro país, hay una posición posición generalizada en la dirigencia política en el sentido de no involucrar a las Fuerzas Armadas en la lucha contra el narcotráfico. ¿Es previsible que esta posición se mantenga en el futuro o se puede dar la situación que ya existe en otros países de la región donde participan en esta lucha contra los narcos?

-Cuando EE. UU. compromete a Fuerzas Armadas de otras naciones en esta lucha, el objetivo es que esas fuerzas asuman un rol que antes ocupaban en el combate contra el comunismo u otras hipótesis de conflicto que EE. UU. tenía en su agenda hegemónica mundial. Hoy la droga también es funcional para estas cuestiones. Habría que hablar del rol de la DEA (departamento antidrogas estadounidense). Hay muchas cuestiones abiertas y yo no me animo a desmentirlas ni afirmarlas porque no tengo elementos. Sin embargo, conociendo la historia de EE. UU. y su rol en guerras, golpes de Estados y asesinatos, nada me sorprendería. Si se diera la circunstancia de que hubiera un interés internacional encuadrado institucionalmente que esté detrás de una política de penetración de drogas, obviamente Argentina tendría que ejercer el rol que le cabe como nación soberana. Pero cualquier decisión o acción que llevemos de mediano y largo plazo requiere de un diagnóstico que hoy no tenemos.

-Existe también un debate sobre el rol de la Sedronar, una secretaría que tiene a su cargo tanto la lucha contra el narcotráfico como el tratamiento de las adicciones. ¿Qué opinión tiene al respecto? ¿No hay una confusión de roles?

-Eso tiene que ver con cuál era la visión que teníamos históricamente de la droga desde el Estado. En los últimos diez años, este gobierno ha tenido otras prioridades y ha enfrentado a la inseguridad y a la violencia -donde la droga juega un rol innegable- mediante la construcción de equidad, la recuperación del trabajo y la recreación de una cultura del esfuerzo y de la solidaridad. Me parece que no alcanza. No sé si la Sedronar debería tener o no esas dos funciones. Insisto: si no sabemos realmente qué pasa en Argentina en el tema de la droga, podemos tomar decisiones muy bien intencionadas y honestas, pero erróneas. Además tenemos fenómenos diferentes. Por ejemplo, Rosario hoy tiene una situación muy diferente de la que tiene el Gran Buenos Aires. El gobierno santafesino se ha resignado y ha bajado los brazos. Incluso hay altos jefes policiales santafesinos procesados; por supuesto, habrá que ver si se prueba su culpabilidad. En el caso de la provincia de Buenos Aires, no se está desarrollando una política eficaz para prevenir el tema de la droga, pero la provincia no está resignada; intenta, tiene un ministro y un subsecretario del área que luchan como pueden en un tema donde vamos perdiendo. Me hago cargo de esa pelea. No estamos resignados. Un Estado democrático no puede bajar los brazos ante esta situación. Al contrario, debe seguir de pie averiguando qué pasa y, una vez que sabemos la solución, hay que llevarla a la práctica cueste lo que cueste. Acá está en juego el destino de una nación y de millones de argentinos. Si no logramos preservar a nuestros chicos de la droga, el día de mañana pueden ser adictos, enfermos y además eso puede incrementar la inseguridad y la violencia, que ya no son consecuencia solamente de la desigualdad social.

-¿Debemos repensar la situación, a más de una década de la crisis de 2001, cuando el análisis estaba centrado únicamente en la pobreza y la desigualdad social?

-Sí, porque la droga es un fenómeno multicausal. Una causa puede ser la inequidad y la injusticia; pero mientras los argentinos estamos tratando de reconstruir un modelo basado en la solidaridad y el trabajo, la televisión nos bombardea con el consumo por el consumo mismo, el “sálvese quien pueda”, el individualismo y el triunfar a cualquier costo. Mucho de eso tiene que ver con productos que se publicitan, entre los cuales el alcohol no es ajeno. Para mí, el alcohol requiere un tratamiento especial por parte del Estado porque allí está la llave de acceso a la droga.

LA LUCHA DE LAS MADRES Y EL PROTAGONISMO DE LAS ORGANIZACIONES BARRIALES

-Si volvemos al análisis del problema social y observamos las diferencias con otros países de la región, acá se ha destacado el trabajo de las madres en los barrios, organizadas y unidas para enfrentar fenómenos como el consumo de paco entre los más jóvenes. ¿Tiene que ver con estos valores de los que usted hablaba anteriormente?

-Sí, porque a pesar de la fragmentación que sufrimos en los 90, aún perdura en nuestras barriadas, y se ha consolidado desde 2003 hasta ahora, un sentido de familia, de pertenencia y de defensa de los “cachorros” que en otras sociedades se ha perdido. Por eso es que las madres deben ser parte en la elaboración del diagnóstico y de la ejecución de los futuros programas que las debe tener como protagonistas centrales, porque demostraron en los hechos que son más valientes y más eficientes que muchos de los que hablamos del tema.

-¿Qué tan cercano ha sido el Estado a estas madres y qué falta todavía para acompañar su lucha?

-El Estado las ha acompañado, pero no hay una política homogénea. Existen programas en los distintos Ministerios que tienen ver con construir solidaridad, proyectos colectivos, la escuela, el trabajo, la cultura, la capacitación laboral y el deporte. Es mucho lo que se hace, pero necesitamos una política integral, más sistemática, intensiva y metódica, con protagonismo del barrio. No siempre hemos logrado que este tipo de programas sean protagonizados y controlados por el propio barrio. Es justamente ese poder popular el que va a hacer más eficaces los programas de la lucha contra la droga o de recuperación de los pibes que no quieren estudiar, lo mismo que la conclusión de una obra de desagüe o de limpieza del barrio. El Estado llega a veces con mucha más lentitud. La política no siempre es eficiente cuando la puja por el espacio se antepone a la resolución de los problemas de los vecinos.