La superpotencia del norte cambió su opinión respecto del gigante sudamericano: de elogios constantes se pasó a una tendencia que apunta más a la rivalidad que a una alianza. Los espacios de cooperación entre China y Brasil fogonean esa idea.

Poco más de un año atrás, los gobiernos y la prensa occidental -en especial en los EEUU- solo tenían palabras de elogio hacia la prudencia, crecimiento, masa crítica (más del 50% del PBI de Sudamérica), estabilidad y mejoras sociales en Brasil. Esto se basaba en realidades concretas, así como en los escarceos y desconfianzas existentes entre Washington y el gobierno argentino a partir de los eventos en Mar del Plata en 2005 y la polémica por las valijas a fines de 2007. Ni que decir del discurso elevado de tono de la Venezuela chavista contra la superpotencia y su aliado colombiano. Todo ello condimentado con finas dosis del contundente carisma personal y una historia de vida de película trágico-épica del presidente Lula da Silva.

Pero algo comenzaría a cambiar con el transcurso de los meses, con hechos como el refugio en la Embajada de Brasil en Honduras de un “bolivariano” tardío como el ex presidente Zelaya; el viaje del primer mandatario iraní a Brasilia y la posterior retribución de Lula en su periplo a Teherán; la propuesta conjunta turco-brasileña de darle una vía de descompresión a Irán frente a los EEUU y sus aliados en el tema nuclear; la evidente decisión de la potencia sudamericana de reducir al mínimo su dependencia tecnológica de empresas estadounidenses en su proceso de modernización del instrumento militar; las agudas críticas de Brasilia al acuerdo entre Washington y Colombia en materia de bases militares; y los gestos de respaldo y simpatía de Lula hacia Chávez y Evo Morales (que venían desde antes, pero comenzaron a ser vistos más claramente). Por último, la crítica del ministro de Economía de Brasil a la política de “lluvia de dólares” de la Reserva Federal de los EEUU y su efecto de potenciación de los flujos especulativos de dinero, con la consiguiente apreciación del real y su posterior impacto negativo sobre las exportaciones del Brasil, fue solo un nuevo capítulo en esta saga.

ESTA NACIENTE PERCEPCIÓN

En ámbitos de análisis y decisión, los EEUU tienen como uno de sus más recientes y contundentes reflejos el documento titulado “Dilemmas of Brazilian Grand Strategy” del Strategic Studies Institute del Ejército de ese país, publicado pocos meses atrás. En él, se concluye que la lógica presente y futura entre ambos países tiende hacia la rivalidad más que a una alianza. Asimismo, en “China in Latin America. The Whats and Wherefores” (2009), del especialista Robert Evan Ellis -de la influyente consultora Booz Allen y el sector de la defensa de los EEUU-, se subrayan los ascendentes espacios de cooperación entre Brasil y el rival-socio estratégico más importante para la primacía americana: China. El mismo año, The Economist en un extenso artículo titulado “Latin American Geopolitics: The Dragon in the Backyard”, retomaba en gran medida esta línea de reflexión. Si este acercamiento estratégico de por sí es un dato clave, lo es más cuando la propia China ha demostrado en el último año una mayor predisposición a hablar y actuar de manera contundente y hasta áspera, cuando así se requiere, en el escenario internacional. La postura de “ascenso silencioso” o “amigable” que rigió desde 1979, parece ir dando espacio a una estrategia más propia de una superpotencia.

La victoria de Dilma Rousseff en las elecciones presidenciales no ha hecho más que reforzar la idea de que esta política exterior crecientemente provocativa (si bien con los estilos sutiles y buenas formas características de la tradición lusitana) y activa de Brasil está llamada a permanecer en los próximos años. Tanto sea por la personalidad de la Presidenta y sus colaboradores, como también por lo que se espera sea un crecimiento económico importante en los próximos años.

Estos procesos deberían ser un dato ineludible para los actuales y futuros decisores en materia de política exterior y defensa de nuestro país. Más aun cuando de manera simultánea se ponen en evidencia creciente los problemas del gobierno de Chávez y lo que parece ser una estabilización positiva de la relación entre la Argentina y los EEUU a partir de puntos de acuerdo, como la no proliferación y las tensiones con el régimen iraní. Ambas cuestiones tienden a restar márgenes de impunidad a las estrategias del Brasil vis a vis la mirada atenta de Washington