El 9 de noviembre de 1989, una sorpresiva decisión desató la algarabía de los habitantes de Berlín oriental. ¿Cómo se gestó el momento que definió a una generación entera en todo el mundo?

Durante la noche del 9 de noviembre de 1989, la algarabía se apoderó de los habitantes de Berlín oriental luego de que las autoridades de la República Democrática de Alemania (RDA) abrieran, por primera vez desde 1961, los pasos de control ubicados estratégicamente a lo largo de los 155 km del muro. Lo que parecía imposible se había hecho realidad: pasadas las 23 horas de ese día histórico, la oprobiosa tapia de hormigón que los había separado durante casi tres décadas ya no era un obstáculo. La mítica Puerta de Brandeburgo, que había quedado convertida en “tierra nadie” a partir de la construcción del muro de Berlín, se transformó en el corazón de los festejos: allí acudieron miles de personas a brindar y corear consignas en favor de la reunificación de las dos Alemanias.

En una crónica publicada al día siguiente, el entonces corresponsal del diario El País de Madrid, José María Martí Font, hizo una excelente descripción de lo ocurrido en las calles de Berlín: “Centenares de miles de berlineses orientales invadieron pacíficamente la parte de su ciudad que había sido sellada desde fuera construyendo un muro a su alrededor y creando un recinto prohibido. Fascinados por el bullicio de la Kurfustendamm, la popular avenida de Berlín occidental, estos ciudadanos paseaban sus miradas por los escaparates, llevaban sus ojos ilusionados hacia todos los rincones, comprobaban por sí mismos la realidad que les había sido negada durante tantos años”.

Bloqueo, puente aéreo y después…

¿Cómo se llegó a la construcción del muro de Berlín? Con la derrota a mano de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, la histórica capital de Alemania había quedado dividida en cuatro zonas de ocupación, en lo que se dio en llamar la “administración conjunta del Gran Berlín”. En los hechos, con el inicio de la Guerra Fría, la ciudad quedaría dividida en dos grandes zonas, la occidental y la oriental, esta última bajo la órbita soviética. A nivel nacional, la misma situación se repetiría en 1949 con el surgimiento de dos Estados: la República Federal de Alemania (RFA), con capital en Bonn, y la República Democrática de Alemania (RDA), con capital en Berlín oriental. En los hechos, la RDA no pasaría de ser más que un país títere, bajo la tutela soviética e integrado al Pacto de Varsovia. Además, entre junio de 1948 y mayo de 1949, las autoridades de ocupación soviética sometieron a los habitantes de Berlín occidental a un bloqueo que paralizó las comunicaciones ferroviarias y por carretera. El puente aéreo estadounidense, con aeronaves que partían de Fráncfort y Wiesbaden y “bombardeaban” con alimentos y productos de primera necesidad, permitió asistir a la población y logró torcerle el brazo a la estrategia soviética. Fue muy recordada la jornada del 16 de abril de 1949, cuando en solo 24 horas 1400 vuelos arrojaron 13.000 toneladas de carga.

Doce años más tarde, en un clima de tensión que seguía creciendo, se iniciaba construcción del muro, bautizado por las autoridades de la RDA como “la barrera de protección antifascista”. En la madrugada del 13 de agosto de 1961, comenzaron a instalarse andamios y postes y a cavarse barricadas y trincheras. En pocas horas, 69 de los 81 pasos entre los dos sectores de la ciudad quedaron completamente cortados. El 26 de agosto, esta fantasmagórica obra de infraestructura ya estaba concluida. El muro se convirtió en una prueba palpable de la metáfora que Winston Churchill había utilizado el 5 de marzo de 1946 en una conferencia brindada en la Universidad de Fulton (Missouri): “Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente europeo un telón de acero”.

 

El 3 de octubre de 1990, la República Democrática de Alemania (RDA) se autodisolvía y se integraba de pleno derecho a la República Federal de Alemania (RFA). Foto: AFP.

Un grito de libertad

En un discurso pronunciado el 11 de junio de 1963, a los pies de la Puerta de Brandeburgo, el presidente de EE. UU., John Fitzgerald Kennedy, definió al muro de Berlín como “la más obvia y viva demostración del fracaso del sistema comunista”. “No es solo una ofensa contra la historia, sino también, una ofensa contra la humanidad, ya que ha separado familias, esposos y esposas, hermanos y hermanas y dividido gente que quiere vivir unida”, aseguró el mandatario, quien concluyó su arenga con una frase memorable: “Todos los hombres libres, dondequiera que ellos vivan, son ciudadanos de Berlín. Y, por lo tanto, como hombres libres, digo con orgullo estas palabras: “Ich bin ein Berliner (‘Yo soy un berlinés’)”.

Veinticuatro años más tarde, el 12 de junio de 1987, en el mismo sitio, frente a unas 30.000 personas y ante la atenta mirada del canciller de la RFA, Helmut Kohl, Ronald Reagan aseguró estar dispuesto a “cooperar con el Este para promover una verdadera apertura, romper las barreras que separan a los pueblos y crear un mundo más seguro y más libre”. Y lanzó un desafío al líder soviético, Mijaíl Gorbachov: “Hay una sola señal inconfundible que los soviéticos pueden dar y que permitiría un gran avance en la causa de la libertad y la paz. Señor Gorbachov, si usted busca la paz y la prosperidad para la Unión Soviética y para Europa oriental, si usted busca la liberalización, abra esta puerta, derribe este muro”.

El fin de una época

En el arco temporal de unas pocas semanas, la caída muro de Berlín provocó, como en un gran juego de dominó, el desmoronamiento de los gobiernos comunistas de los países que se encontraban hasta ese momento bajo la órbita de Moscú. Así fue como se produjo la “Revolución de Terciopelo” en Checoslovaquia, la transición a la democracia en Hungría, Polonia y Bulgaria y la revuelta popular en Rumania que terminó con la ejecución del hasta entonces hombre fuerte del país, Nicola Ceausescu, y su esposa Elena, luego de un juicio sumario, en la Navidad de 1989. El 3 de octubre de 1990, tras la aprobación de las necesarias reformas legislativas y constitucionales, la República Democrática de Alemania (RDA) se autodisolvía y se integraba de pleno derecho a la República Federal de Alemania (RFA).

Catorce meses más tarde, luego del fallido golpe de Estado de la nomenklatura soviética contra Gorbachov, llegaría a su fin el imperio soviético. El 8 de diciembre de 1991, con la firma del Tratado de Belavezha, los mandatarios de Rusia, Boris Yeltsin; de Ucrania, Leonid Kravchuk; y de Bielorrusia, Stanislav Shushkevich, daban el puntapié para la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). El 21 de diciembre, con el Protocolo de Almá-Atá, los gobiernos de Kazajstán, Azerbaiyán, Armenia, Moldavia, Kirguizistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán se sumaban a la decisión adoptada por sus colegas ruso, ucraniano y bielorruso y suscribían la “partida de defunción” de la URSS, para dar paso a una enigmática confederación de repúblicas que dieron en llamar “Comunidad de Estados Independientes”.

Las dos Alemanias, frente al espejo

Volviendo a Alemania, si bien la fría estadística refleja una indudable mejora de los índices sociales y económicos en los territorios que conformaron la antigua RDA, las desigualdades respecto de los históricos estados de la RFA persisten 30 años después de la caída del muro. Menos competitiva que la economía de sus vecinos de la parte occidental, los estados del este alemán han sufrido el cierre de industrias y el aumento del desempleo, que golpeó con dureza a una población que había abrazado con esperanza la reunificación. La tasa de desocupación es hoy del 8,5% en los antiguos estados del este, frente al 5,2% del oeste; y los trabajadores del este tienen un salario bruto promedio anual de 31.242 euros, frente a los 36.088 euros de un trabajador del oeste. Es decir, casi 4900 euros menos.

Un fenómeno preocupante a nivel político es el fuerte avance de la extrema derecha en los antiguos estados de la RDA. En las últimas elecciones nacionales, celebradas en septiembre de 2017, el partido Alternativa por Alemania (AfD) obtuvo entre el 18 y el 27% de los votos en los cinco estados del este. Ya en 2016 había irrumpido con fuerza en los Parlamentos regionales de Sajonia-Anhalt, al convertirse en la segunda fuerza más votada detrás de la Unión Cristiano-Demócrata (CDU), y de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, al ubicarse segunda detrás del Partido Socialdemócrata (SDP). En septiembre de este año, hizo lo propio en Sajonia, cuya capital Dresde se ha convertido en el epicentro de las protestas antiinmigrantes, donde la AfD quedó segunda detrás de la CDU; y en Brandeburgo, donde quedó a solo dos escaños del triunfante SPD.

“El muro empieza a ser historia y ya no es un recuerdo vivo en la mente de los alemanes”, había dicho la canciller federal Angela Merkel en noviembre de 2009, en ocasión de los 20 años de la caída del muro de Berlín. Más allá de la libertad y la democracia reconquistadas, las dificultades económicas cotidianas y el malhumor social en el este del país demuestran que aún no se ha cerrado del todo la brecha que los separa de sus compatriotas del oeste, esos mismos que los recibieron con júbilo y esperanza del otro lado del muro, en la jornada memorable del 9 de noviembre de 1989.