La ciudad sigue creciendo y son cada vez más los edificios históricos afectados. A pesar de que varias ONG se oponen al avance indiscriminado del mercado de la construcción, todavía no se llegó a una legislación que se anticipe y planee concretamente cómo debe crecer la ciudad sin afectar el valor de su pasado.

Buenos Aires vivió en los últimos meses del año que pasó un sordo revuelo en torno a su patrimonio edilicio, histórico y actual. El hecho más visible fue el desplome de toda una sección de un edificio céntrico, aparentemente afectado por las obras de una construcción aledaña. El resultado, un habitante muerto y la demolición total del edificio, previa expropiación por el Gobierno de la Ciudad.

Por otro lado, el 31 de diciembre pasado expiró la protección para aquellas construcciones porteñas anteriores a 1941 que procuraba la Ley 2548, renovada anualmente desde 2007 (al momento del cierre de esta edición todo indicaba que no se iba a renovar su vigencia). Medios especializados y ONG dedicadas a la protección del patrimonio edilicio, como Basta de Demoler, pusieron el grito en el cielo temiendo un descuido que favoreciera a los negocios inmobiliarios y las empresas constructoras.

DEF consultó a Emiliano Espasandín, master en Arquitectura y Urbanismo de SCI-Arc (Southern California Institute of Architecture), para entender cómo se debe enfrentar el desarrollo urbano y cuál es la manera de promoverlo sin afectar su patrimonio más preciado.

-¿Cómo crece una ciudad cuando lo hace de manera pensada?

-En el tema del desarrollo urbano, lo importante es entender que hacer una ciudad siempre es un proyecto incompleto. A diferencia de una obra arquitectónica particular, en donde se llega a un resultado concreto, la ciudad es incompleta e imperfecta por definición. En esa realidad, todo lo que pasa en una ciudad no puede ser resuelto con una visión concreta en el corto plazo.

-¿Cómo fue que se desarrolló Buenos Aires?

-Comenzó siendo un pequeño asentamiento colonial en el momento de su fundación y lo siguió siendo hasta que comenzó a tener mucho valor su posición geográfica respecto de lo que era la provisión de materias primas para Europa. Buenos Aires tuvo tres períodos de esplendor urbano. Para decirlo como Alberto Petrina (director nacional de Patrimonio y Museos), tres ciudades definieron el crecimiento de Buenos Aires: hacia mitad del siglo XIX, se desarrolló la ciudad italiana, una aldea definida en dos niveles y lo único que cortaba esa sensación eran las cúpulas de algunos edificios institucionales (la Catedral, el Cabildo). A fines del siglo XIX, después de la epidemia de la fiebre amarilla, empieza a transformarse en una gran aldea, una ciudad, un espacio muy propenso a recibir inmigración. Esa es la ciudad francesa, que va de 1890 a 1930. Allí se realizan todas las intervenciones urbanas de porte que aún subsisten. Se transforma de una ciudad de miles de habitantes a una de millones. Cosas que se habían hecho treinta o cuarenta años antes en París, se resuelven hacer en Buenos Aires. Lo puede hacer por su capacidad de absorber economías internacionales y la capacidad de la gente que venía a hacer obras. Buenos Aires, en ese momento, tenía los mejores arquitectos, paisajistas e ingenieros del momento.

-Ese período quedó en el subconsciente colectivo como la esencia de Buenos Aires.

-Sí, ahí se reconoce el valor patrimonial de nuestra ciudad. Es en el período cuando se ensancha la 9 de Julio, la avenida Corrientes, se generan ejes monumentales desde Plaza de Mayo a Plaza de los Dos Congresos, con las diagonales al Palacio de Tribunales. Los edificios públicos se empiezan a relacionar entre sí de una manera urbana muy de moda en ese momento, porque París definía la corriente del urbanismo y la arquitectura, y Buenos Aires era una ciudad tan pujante que podía tener los mismos artesanos.

-¿Y la tercera ciudad?

-Es la ciudad moderna. Es la que le de da el último golpe y la acomoda como una ciudad de elite. Viene a caballo de la ciudad francesa. En los 30 había dos bandos, el de los clásicos, que seguía con la escuela de Bossart -la francesa- con los edificios del Colón, el Palacio de la Legislatura, Palacio San Martín, edificios clásicos en su concepción, con mucha técnica y ornamentos por donde se los mire. Por otro lado, venían otros que tenían una idea más de vanguardia y veían la arquitectura moderna como algo que podía llegar a representar esa posición contraria. La ciudad moderna se desarrolla del 30 al 60, también de una forma brillante. Buenos Aires tiene un catálogo de arquitectura moderna que solo Nueva York y, por ahí, Brasilia pueden empardar.

-¿Qué edificios se ubican ahí?

-Desde edificios del espectáculo, como el Gran Rex; edificios institucionales, como el Automóvil Club; edificios de entidades financieras, como el Banco de Londres; la Biblioteca Nacional, que es de un momento más tardío del modernismo; el edificio del hogar Obrero en Caballito; casi todos los edificios de renta en Barrio Norte. Son edificios blancos, sin ornamentos, con ventanas horizontales. Todo este tipo de cosas se dieron en la ciudad porque tenía la capacidad de hacerlo, primero la económica, pero también por el espacio del que disponía. Además, algunas variantes políticas y de gobierno incentivaron ese desarrollo: en la época de Perón se hizo una gran cantidad de obra pública y de buena factura.

QUÉ PROTEGER

-¿Detrás de la arquitectura tiene que haber una decisión política?

-Sí, sin ninguna duda. Si no tenés la decisión política de encarar la transformación de una ciudad, es imposible conseguirla. Es tal la magnitud del tema que no se puede abordar sin tener decisión política. Ahora, lo que hay que entender es que nuestra realidad es muy compleja y no es ordenada y es incompleta.

-De todos los estilos que tiene Buenos Aires, ¿qué debe protegerse?

-Buenos Aires tiene una arquitectura francesa o neoclásica, donde también están los estilos italianizantes, que es riquísima y debería ser protegida sin ninguna duda. También la etapa moderna que antes te mencionaba. Pero hay que distinguir que hay áreas: está el área central de Buenos Aires, el área periférica al área central, y después los barrios. Entonces, creo que hay que tomar decisiones particulares por cada zona.

-¿Cómo es esto?

-Estoy convencido de que la Ciudad no puede tomar la misma decisión en toda su área, porque Buenos Aires tiene que crecer. En los barrios se dio la transformación urbana, pero todavía hay casas chorizo, o la casa del jardincito adelante con el limonero y la parra al fondo. El espesor que tiene hoy Buenos Aires no alcanza para toda la gente que quiere vivir en la ciudad, y eso es un derecho, no una utopía. Si quiero vivir en la ciudad por qué tengo que vivir en un lugar en el que tengo mal transporte público, malas instituciones académicas, mal servicio social y de salud. Entonces, por qué no desarrollar en las ciudades ciertos lugares que puedan recibir ese espesor de gente que todavía no está atendida.

-O sea que se puede proteger todo en forma homogénea.

-Hay que definir estratégicamente los lugares que se deben proteger y se debe proteger las dos arquitecturas, la francesa y la moderna. Creo que ahí está el paraguas de la protección. Todo lo que pasó después es cuestionable: la arquitectura del 60 y 70 en adelante, más allá de excepciones, es más un tema inmobiliario que una arquitectura perdurable en la ciudad. Si se afecta el patrimonio de esas décadas, no creo que Buenos Aires pierda demasiado.

-Mencionaste que en los barrios se dio una transformación urbana pero que todavía quedan muchas casas antiguas. ¿Trae algún problema esto?

-En Buenos Aires pasan estas cosas: en una manzana hay dos edificios de trece pisos y en el medio de ellos hay una casita que es de principios del siglo XX. Esto es un problema urbano, porque por más que sea una casa de un arquitecto de los conocidos y que sea patrimonio y algo que se debería proteger, genera un accidente urbano. La solución de estos temas, que se dan mucho en la ciudad, son técnicos, no son problemas de debates extensos. Se puede generar un edificio que no tire ni una sola parte de la casa existente y poder completar el accidente. Hay que analizar cuáles son las variantes para que la ciudad complete su espesor y se resuelva un problema urbano. Ya la ciudad es bastante heterogénea, no hay una ciudad francesa perfecta.

-¿Se castigó mucho a la arquitectura de Buenos Aires?

-Hubo mucha agresión, esa realidad incompleta hizo que en los 60 y 70 se tiraran un montón de estos edificios que tenían valor patrimonial. Por ejemplo, se derribaba un edificio francés para construir una torre de 30 pisos sin estilo para poner oficinas, un negocio inmobiliario. Cuando pasó eso en la ciudad, se empezó a romper la relación de espacios. Hay que definir las zonas que se quieren proteger y, segundo, hay que ir al caso. Hay que buscar el mecanismo para resolver esos problemas, porque tampoco son tantos. Hay mucho valor patrimonial en la ciudad, pero no son tantos los conflictos.

UN PROBLEMA SOCIAL

-¿Qué pensás de los movimientos estilo Basta de Demoler?

-Sirven para que esté latente el llamado de atención. Una de las cosas que más me indignó en los últimos años fue que se demolió uno de los mejores murales de la ciudad, que se llamaba “Carnavales de antaño”, en la casa de Benoit (Av. Independencia y Bolívar), un ingeniero que se decía que tenía relación con la aristocracia francesa y que fue el que hizo el desarrollo urbano de La Plata. En cuatro días, una topadora tiró abajo la casa y el mural. Esas son las cosas que no hay que permitir de ninguna manera. En este tipo de cosas, estas organizaciones sirven como alarma.

-¿Cómo se debería haber solucionado?

-Aquí hay un problema de legislación, de alguna entidad pública que no se da cuenta de lo que realmente puede llegar a pasar y la magnitud del problema. Ahí no había ya un problema urbano, sino social. En algún punto, creo que estos se pueden resolver, no son problemas inconclusos a los que por las dudas no se puede tocar. Pienso que hay cosas que se pueden resolver. Por ahí en el mural te digo “esto no se toca”, pero se puede hacer un edificio para que la gente vaya a conocer el mural. Debería haber un equipo integrado por distintas disciplinas (antropología, psicología, sociología, arquitectura, patrimonio, historiadores) para resolver casos.

-¿Qué opinás de la Ley 2548?

-Era incompleta. Estaba bien si usamos el tiempo que se está protegiendo el patrimonio para entender cómo viene la ley que realmente cambie el paradigma, la que diga que las cosas se pueden cambiar, pero de qué manera. No es tan difícil agarrar el área histórica de la ciudad más la primera periferia y protegerla de una forma determinada. Por otro lado, hay lugares donde la ciudad necesita crecer y donde se necesita que el lote de una casa sin valor patrimonial, aunque sea del 40, pueda albergar de manera correcta a más gente.

-¿Hay alguna otra ciudad que tenga la misma problemática?

-Difícil, porque Montevideo es una ciudad que tiene una gran cantidad de ejemplos de edificios que hoy son patrimonio, pero no tiene tantos contrapuntos. Buenos Aires es una ciudad de 16 millones si le sumamos el arco metropolitano. Se trata de magnitud y escala. A Buenos Aires se la puede comparar con megalópolis como México DF, San Pablo, Nueva York. Pero allí los casos son totalmente distintos.

-¿Hay alguna ciudad ejemplar en lo que hace a conservación?

-Lo que pasa es que es muy distinto. Te preguntás cómo hace Roma, pero Roma protegió todo durante toda su vida. Buenos Aires dejó que rompieran mucho y ahora nos damos cuenta de que se hizo mal. Tenemos que definir hasta dónde está esa mano protectora y esa otra mano que deja hacer.

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