“Trabajé siempre para mi patria poniendo voluntad, no incertidumbre; método, no desorden; disciplina, no caos; constancia, no improvisación; firmeza, no blandura; magnanimidad, no condescendencia”.

Manuel Belgrano

Los días que recorremos en el cambio de año tienen siempre la condición particular de de que jamás pasan desapercibidos. Las Fiestas y los recesos de verano son propicios para la reflexión, tanto en el orden personal como en el de la sociedad en conjunto. En el particular caso argentino, y siempre sin medias tintas, las imágenes de las tapas de revistas que nos bombardean a diario muestran, sin sonrojarse, esculpidos cuerpos que anuncian las horas de placer y descontrol por venir, mientras la televisión nos anoticia sobre otro descontrol, ese que incluye a los necesitados y a los excluidos. Todo esto se mezcla en una rueda sin fin, donde la cordura casi siempre parece estar ausente.

DEF hace tapa, en este inicio de 2011, con la extraordinaria noticia de que nuestro país, por una vez, está en un verdadero listado de países privilegiados. “Planeta Vivo 2010” es un informe donde se da cuenta de los diez países que concentran el 60% de las riquezas naturales del planeta. ¿Qué datos se analizan para su confección? La utilización de los recursos, la situación de los ecosistemas y la diversidad biológica disponible. Bien, ahí está la Argentina, delante de Francia y de otros 115 países, y apenas por detrás de un acotado grupo encabezado por Brasil, China, EEUU, Rusia, India, Canadá e Indonesia.

Qué situación tan absolutamente notable, si consideramos que el Censo recientemente finalizado nos dice que en estos 3,7 millones de privilegiados kilómetros cuadrados que conforman nuestro país, conviven poco más de 40 millones de personas. Solo para que comprendamos de lo que estamos hablando, India, el sexto país en cuanto a biocapacidad (disponibilidad de recursos y nivel de productividad), tiene 1165 millones de habitantes y un índice de de 0,5 hectáreas per cápita. Nuestro país, en cambio, posee una biocapacidad de 7,5 hectáreas per cápita, lo que verdaderamente muestra en qué situación de privilegio nos encontramos.

No me extenderé en mayores consideraciones relacionadas con este informe del Fondo Mundial de la Naturaleza (WWF), que de por sí tiene un relevante desarrollo dentro de nuestra publicación. Desearía, más bien, profundizar en algunas cuestiones que, como dije al inicio, son propias de estos datos y también de la finalización del año, de este particular año del Bicentenario de nuestro país. Quizás ellas nos inviten a reflexionar juntos, seriamente.

A la triste broma que afirma que Dios cometió el desatino de colocar a los argentinos en esta paradisíaca tierra de infinitas posibilidades, parece darle cierta razón una cantidad de datos complementarios que deberían ponernos colorados de vergüenza:

-Supimos ser, en el pasado, cuna de educadores y de educación en toda América, pero hoy el informe PISA -que mide el desempeño de los estudiantes en todo el mundo- nos ubica en el puesto 58 de entre 65 naciones analizadas. ¿Alguien podría imaginar algo diferente frente al incumplimiento de ciclos lectivos, a las huelgas docentes y a las insólitas protestas que incluyeron toma de escuelas, en un mix explosivo que no esconde las carencias de infraestructura y las profundas desigualdades sociales entre establecimientos de distintos distritos del país? Una escuela que además, en muchos casos, reemplaza al Estado en su obligación de alimentar y contener a cientos de miles de empobrecidos de una sociedad.

-También supimos ser los asombrados espectadores de la violencia en otros lugares de la región y del mundo. Hoy esa violencia nos golpea con dureza en la cara y es la máxima preocupación de nuestra población, que asiste atónita a episodios diarios en los que el desprecio por la vida, la ausencia del cumplimiento de las leyes y la ruptura del contrato social en amplios sectores son la cotidianidad con la que deben lidiar, cuando menos, los grandes centros urbanos del país.

-La irrupción del narcotráfico se ha visto acompañada por la explosión del consumo de estupefacientes, desnudada por Naciones Unidas en su Informe de Drogas 2010, que consignó el indecoroso primer puesto de la Argentina en cuanto a prevalencia del consumo adulto de cocaína en Sudamérica, que alcanza al 2,6% de la población de entre 12 y 65 años.

-Esta Argentina, que puede ufanarse de su biodiversidad, también debe esconder bajo la alfombra datos que debieran indignarnos, sin diferencia política de ningún tipo. Solo como ejemplo y según el CIPPEC, más de 8 millones de nuestros habitantes (23%) no tienen red de agua potable y más de 21 millones (57,5%) no cuentan con desagües cloacales. Solamente en el Conurbano, la empresa AySA calcula en 3,3 millones el número de habitantes que carece de servicios cloacales.

-Mientras tanto, nuestros bancos registraron una fuga de capitales al exterior de 11.000 millones de dólares durante el pasado año, achicando las reservas y dejando sin oportunidad de crédito a aquellos que nada tienen. El 2010 cerró además con un duro informe del GAFI (Grupo de Acción Financiera) contra nuestro país, donde se da cuenta de la falta de efectividad en la lucha contra el lavado de dinero. “El bajo número de investigaciones y persecuciones contra el lavado de dinero y la ausencia de condenas son un serio problema para la Argentina”, advirtió el organismo internacional.

-Nuestra nación, la misma de las 7,5 hectáreas por habitantes en su biodiversidad, tiene datos oficiales del Indec que dicen que en el primer semestre de 2010 hay 5,2 millones de habitantes en la pobreza y 1,2 millones en la indigencia. La tasa de mortalidad infantil, por su parte, es del 12,5 por mil (datos del 2008), con picos de 19,2 por mil en Formosa y de 17,3 por mil en el Chaco.

No es cuestión de arrojar pócimas de amargura, una tras otra. Pero, ¿qué hacer? ¿Mirar para el costado? ¿Hacer un hoyo y esconderse? Pudiéramos tener otro destino y no debiéramos perder la esperanza de tenerlo. Daniel Muchnik, en su obra Tres países, tres destinos. Argentina frente a Australia y Canadá, desmenuza con maestría lo que muchos académicos usan como ejemplo en sus estudios por las similitudes existentes entre estas tres naciones. Señala el autor en sus conclusiones: “Australia y Canadá se volcaron con inteligencia y madurez a las relaciones internacionales, adoptaron compromisos con un destino de inclusión, educación para sus hijos y proyectos productivos que compatibilizaron las necesidades de cada uno de ellos con las exigencias o los simples pedidos del mundo”.

Sería bueno que muchos de nuestros dirigentes prestaran atención y reflexionaran sobre los disímiles destinos de cada uno de estos países. Aquí y solo como dato estadístico, retendré lo que dice el reporte 2010 del Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas (este índice combina esperanza de vida, logros educacionales e ingresos): en él, Australia está en segundo lugar con un índice de 0,937; Canadá ocupa la octava posición; y Argentina se ubica apenas en el puesto 46 con un índice de 0,775. Esto quiere decir algo, ¿no?

Pasan cosas, muchas cosas, tantas que a veces buscamos respuestas urgentes, siempre histéricas, siempre para hoy, ya que mañana es tarde y además, incluso, corremos el riesgo de acostumbrarnos a muchas de esas cosas que ocurren en nuestro territorio.

Me he preguntado siempre, de manera recurrente, cómo perciben las maravillas de la naturaleza los habitantes de lugares como las Cataratas del Iguazú o el Glaciar Perito Moreno. Pienso que seguramente no se levantan cada mañana embelezados, tal como ocurre con el recién arribado, con el turista de cualquier lugar del mundo que visite nuestro país. Uno se acostumbra al paisaje porque él forma parte de su cotidianidad.

Sin embargo, en estas horas de reflexión, muchos de nosotros, junto a nuestras familias, en mesas bien servidas y abundantes, debiéramos evitar acostumbrarnos a ciertos paisajes. No debiéramos mirar a la niñita que hace malabares en un semáforo como algo normal. No debiéramos seguir de largo ante una familia que come de la basura en la puerta de nuestra casa, ni aceptar como hecho cotidiano que el paco o la violencia sin control mate a nuestros adolescentes.

Hay una Argentina posible, extraordinariamente posible, hacia donde podemos dirigirnos, y la respuesta es simple: solo debemos, de una buena vez, ponernos de acuerdo.

Rompamos la copa por ello. Y… ¡bienvenido el 2011!