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Amorim recuerda cómo nació la Unasur

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Un framento exclusivo de Breves narrativas diplomáticas, en el que el excanciller de Lula describe el proceso que llevó a la conformación de la Unión de Naciones Sudamericanas.

“Todo en la vida tiene un marco inicial, pese a que el origen de los procesos se remonte a hechos anteriores y sus efectos continúen por mucho tiempo. Uno de los encuentros de Lula en el primer día de gobierno, que tendría consecuencias importantes, fue con el presidente Alejandro Toledo, de Perú. Después de una extenuante ceremonia de saludos protocolares, el presidente peruano no se fue enseguida del Palacio da Alvorada. Quería tener una “charlita” con Lula, que terminó siendo una cena. Acompañado de mi mujer, Marco Aurelio García y el entonces ministro de asuntos exteriores peruano, Allan Wagner, participamos de la cena-reunión, en la que estuvieron presentes también las dos primeras damas. La primera dama peruana, una antropóloga belga que hablaba quechua, tenía, se decía, una gran ascendencia política sobre el presidente, él mismo de origen nítidamente indígena, con formación universitaria en Estados Unidos.

Toledo podría ser clasificado como un político de centroderecha con inclinaciones liberales en el plano económico. Eso  no le impedía querer una relación más fuerte con Brasil (obras, inversiones, etc.). No demostraba interés especial en el Mercosur, pero terminó entendiendo  que, al menos en materia comercial, una mayor aproximación entre Perú y Brasil tendría que pasar por algún tipo de negociación entre el bloque y, posiblemente, la Comunidad Andina. Tanto Lula como Marco Aurelio y yo respondimos con entusiasmo. En mi caso, percibí rápidamente que había allí una oportunidad para relanzar el viejo sueño de un Área de Libre Comercio Sudamericana (Alcsa), que vislumbré cuando fui canciller de Itamar Franco. Tampoco se nos escapaba que la integración con un país gobernado por un líder centrista y liberal ayudaría a evitar la caracterización ideológica del esfuerzo de integración sudamericana que desarrollaríamos.

Hago aquí una pequeña digresión para destacar que la expresión “América del Sur” no figuraba, según entiendo, en los programas del PT, que mecánicamente reproducían siempre “América Latina”. A pesar de que la integración latinoamericana sea, además de un principio constitucional brasileño, un principio legítimo, estaba claro para mí que, dadas las diferentes situaciones geopolíticas, tal objetivo sólo podría ser alcanzado -si fuera posible- en el larguísimo plazo. En la época había, básicamente, dos proyectos de integración. El primero era el de una amplia asociación hemisférica, representado por el ALCA. Al entende del gobierno, ese proyecto nos dejaría subordinados a la mayor potencia del mundo, que está en nuestro hemisferio. El segundo proyecto era la formación de un espacio económico-político sudamericano. De nuestro punto de vista, era de cierta forma una expansión del Mercosur, con adaptaciones. A pesar de las obvias dificultades –políticas y técnicas- la integración sudamericana siempre me pareció un proyecto factible.

Sus raíces fueron lanzadas con la Cepal, la Alalc y la Aladi y, más recientemente, con la Comunidad Andina de Naciones y el Mercosur. Pero, para Brasil, la integración no podía limitarse al Cono Sur. Necesitábamos una política para el conjunto de la región sudamericana, que comenzó a diseñarse con la propuesta de crear el Alcsa, hecha por Itamar Franco en 1993, durante una cumbre del Grupo de Río en Santiago de Chile. Antes de eso, esa preocupación había llevado a sugerir la creación de un Merconorte. Jerónimo Moscardo, nuestro representante en la Aladi, era un defensor ardiente de la idea, que contaba con la oposición del subsecretario general de Integración de Itamaraty, Rubens Barbosa. A aquella altura, yo era todavía ministro de interino de Itamar Franco. Comprendía las preocupaciones de Moscardo y reconocía su legitimidad. Por otra parte, veía con claridad que no había cómo hacer que Brasil participara de dos proyectos distintos, uno válido para los estados de la Región Norte, tal vez del Noreste de Brasil, y otro para los demás. Como máximo, eso podía dividir nuestro país en dos espacios económicos. En vez en caso de ser implementado, fragmentaría económicamente el país. Por otro lado, las grandes asimetrías de las estructuras arancelarias entre los países de América del Sur impedían la extensión pura y simple del Mercosur.

La solución que encontré fue proponer un área de libre comercio que englobase a toda América del Sur. Los conocimientos que había adquirido en los dos años en los que estuve al frente de nuestra misión ante el Gatt me permitían dar basamento técnico al proyecto, que se basaba en la fórmula “sustancialmente todo el comercio”. Aunque no haya avanzado desde el punto de vista comercial en los años que siguieron, ese proyecto -o la idea en la que se basaba- ganó estatura política con la cumbre de jefes de Estado sudamericanos convocada por el presidente Fernando Henrique Cardoso en Brasilia, en el año 2000. La formación de un espacio sudamericano pasaba a ser el camino necesario para la integración económica latinoamericana. La integración sudamericana no podía estar ostensivamente en contraposición al proyecto hemisférico, deseado por muchos (el ALCA), pero podía hacerle un contrapunto. A esa dinámica se sumó otra, interior a las negociaciones en el ámbito sudamericano, entre la integración política y la integración económica. Aquí residía la distinción entre nuestras posiciones y la de aquellos países que, como la Venezuela de Chávez, tendían a ver la integración comercial basada en la liberalización de aranceles como algo secundario (o incluso nocivo), subproducto de la ideología neoliberal. Teníamos claro, en el gobierno brasileño, de que el fundamento económico es indispensable para la solidez de la construcción política. Como enseñan la experiencia de la Unión Europea y la historia de la unificación alemana (con la famosa Zollverein), sin el entrelazamiento de intereses comerciales y económicos, la integración sería débil y correría el riesgo de desaparecer con el cambio de líderes. Más tarde, en el 2008, cuando la CASA (Comunidad Sudamericana) fue transformada en la Unasur -la Unión de Naciones Sudamericanas-, ese gesto político ya tenía el amparo de grandes avances en la parte económica-comercial. Esas dos dinámicas -entre la región sudamericana y el “hemisferio” y entre economía y política- estuvieron en el tronco de las dificultades en el diálogo entre nuestros países.

El encuentro con Toledo en la noche del 1º de enero fue el punto de partida para reuniones presidenciales y ministeriales que abarcaron a todos los países de América del Sur, en las cuales, además de los asuntos bilaterales, el tema de la integración sudamericana también se hizo presente. Esa fue una iniciativa que exigió un gran esfuerzo político y a veces físico, tanto del presidente como mío. Lula recibió a todos los presidentes de América del Sur en su primer año de gobierno (algunos, más de una vez) y yo visité todos los países de la región en poco más de 24 meses. De mi parte tuve que recurrir a soluciones poco comunes. En uno de ellos, utilicé un avión cedido por Embraer para llevar de Montevideo a Lima a mi colega uruguayo Didier Opertti. (Como es sabido, aún son pocas las buenas interconexiones aéreas entre los países de América del Sur). Se trataba de la reunión en la que se debería concluir el acuerdo marco Mercosur-Perú.
Opertti rechazaba involucrarse en el proceso, alegando compromisos de política interna, pero en verdad condicionado por la visión pro-hemisférica y pro-ALCA del presidente Jorge Battle Ibáñez. De paso, llevé también al encuentro en Perú a la ministra de Paraguay Leila Rachid, quien se encontraba en Montevideo. Por algún tiempo, Leila me llamaba “mi taxista”. Visité innumerables veces las capitales de los países de la Comunidad Andina. Mis numerosos aterrizajes y despegues en esos aeropuertos, que tenían motivaciones paralelas de naturaleza política bilateral, me causaron sinsabores más de una vez, dada la precariedad del mantenimiento de los viejos Learjet de la Fuerza Aérea Brasileña (FAB), posteriormente sustituidos por los modernos Legacy producidos por Embraer. En uno de esos despegues, en La Paz, el avión se llenó de vapor, a una temperatura de sauna, pero la falla fue reparada. Algunos meses más tarde el episodio se repitió, de forma más grave, al despegar de Quito (eso ocurría cuando partíamos de lugares altos, lo que me hizo creer que tenía algo que ver con el mecanismo de presurización). Esa segunda vez el avión se llenó de humo negro, con olor de aceite quemado. Mi asesora Andrea Watson, la tripulación y yo mismo escapamos por un tris de consecuencias trágicas.

En Perú, en Ecuador y en Colombia, no eludí conversar con grupos de ministros y entidades empresariales. Tuve largas charlas con presidentes, cancilleres y ministros de Comercio. Una de las más importantes fue con el ministro de Comercio de Colombia, Jorge Humberto Botero, en julio de 2003. En esa reunión pronuncié la frase que después sería repetida varias veces, adaptada a las circunstancias, por el presidente y por mí mismo: “No puedo entender que los empresarios colombianos, que no temen a la competencia de los industriales y agricultores norteamericanos, tengan miedo de los empresarios brasileños”. En Bogotá, Lima y Quito, mantuve muchas discusiones, a veces difíciles. Cierta vez, después que esos tres países se alejaron del G-20 de la OMC, tuve un diálogo bastante tenso con Toledo en su gabinete personal en la Casa de Gobierno. El presidente peruano confundía mi instancia en el compromiso con la integración sudamericana con una censura a su actitud en el plano global, o, peor todavía, con una crítica a su apertura a un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. Al final, conseguí disipar la confusión con la ayuda del canciller Allan Wagner, un aliado en ese plano. Tendría diálogos semejantes en más de una oportunidad con el presidente Uribe, de Colombia. En Ecuador, donde los presidentes se sucedían con una enorme rapidez, el diálogo tenía que ser con los cancilleres y, sobre todo, con la ministra de Comercio. Más tarde, Perú volvería al G-20. Lo mismo ocurriría con Ecuador. Solamente Colombia continuaría apartada. La ausencia de los tres países sudamericanos en el foro de coordinación para la Ronda de Doha no impidió el avance de las negociaciones regionales en América del Sur. Además de las muchas visitas bilaterales, participé, como invitado, de por lo menos una reunión del Consejo de la Comunidad Andina, en Lima, y de encuentros con empresarios ecuatorianos, en Quito, en este caso por sugerencia de la secretaria de Comercio, Ivonne Baki, la misma que actuó como apaciguadora entre Zoellick y yo en la reunión sobre el ALCA en Lansdowne.

Del punto de vista político, un hecho a destacar fue la participación del presidente Lula en una cumbre de la CAN en Medellín, Colombia, por invitación del presidente Uribe, en junio del 2003. Esa era la primera vez que un presidente brasileño era invitado para una reunión del grupo andino. Lula tenía clara conciencia de la importancia de esos simbolismos para la política de integración que estaba llevando adelante. En este caso, la importancia era realzada por el hecho de que la reunión se realizaba en Colombia, país históricamente refractario a acuerdos regionales más amplios que excluyeran a Estados Unidos. De esa manera, no fue difícil convencer al presidente a aceptar la invitación, a pesar de que el viaje a Medellín, para un encuentro en el que en verdad no se decidiría nada en concreto, no fuera especialmente atrayente. Aún más debido a que la ciudad colombiana tenía fama de haber sido sede de uno de los más poderosos carteles del narcotráfico y que la situación de la seguridad del país continuaba siendo precaria en virtud de la actividad de grupos guerrilleros. Al desembarcar en el aeropuerto, no distante de plantaciones de flores, incentivadas por los programas norteamericanos y europeos de apoyo a la sustitución de cultivos, entramos rápidamente en una van blindada que nos llevaría a un hotel o resort donde se realizaría la reunión.

Como de costumbre, me senté al lado del presidente. Ya había oscurecido cuando el vehículo inició su recorrido por una ruta estrecha, repleta de badenes, lo que en principio lo convertía en un blanco fácil para un atentado de algún grupo político o de delincuentes comunes. Soldados colombianos, apostados a lo largo de la ruta de doscientos en doscientos metros, no llegaban a inspirar confianza. En ese momento, me asaltó un pensamiento lúgubre. Si algún disparo acertara a nuestro presidente, en el cargo hacía poco tiempo, cercado de una enorme expectativa del pueblo brasileño, sería mejor que yo también fuera alcanzado junto a él. Por lo menos, en esa hipótesis fatídica, ¡no tendría que haber dado explicaciones a la población por el hecho de haber puesto en riesgo la vida de Lula de forma tan irresponsable.

Después de un trayecto de cerca de una hora en que ese pensamiento no dejó de martillar mi espíritu, llegamos sanos y salvos al lugar de la reunión. Lula fue muy bien recibido por los demás presidentes y participó activamente de las discusiones, en las que se registraron ataques virulentos de Chávez al proyecto del ALCA, en ese momento todavía muy vigente. Al escuchar nuestra posición en boca de Lula (una versión simplificada de la “estrategia de las tres vías”) (1), el presidente Chávez comentó: “¡Lo que ustedes están proponiendo es una Alquita! (sic)”. Con su gran intuición, pese a su falta de conocimiento técnico, Chávez anticipaba lo que algunos periodistas brasileños denominarían “Alca light”.

Uno a uno, los gobiernos de Perú, de Colombia y de Ecuador se fueron convenciendo de las ventajas de una asociación comercial más profunda en América del Sur. Además, el esquema puesto sobre la mesa -un área de libre comercio, y no
una unión aduanera o un mercado común- no cercenaba las iniciativas que quisieran tomar con relación a Estados Unidos. Con Chile y Bolivia, el Mercosur ya tenía acuerdos de libre comercio. Y Venezuela no tenía una resistencia a la idea de la integración sudamericana. Pero Caracas tenía su propia concepción, que pasaba por la constitución de entidades supranacionales, como Petrosur, Telesur, el Banco del Sur, el Gran Gasoducto del Sur, etc. En Venezuela, cuyo poder de decisión, como se sabe, está centralizado, el único interlocutor que contaba era el gobierno, o, más precisamente, el presidente Chávez.

Las dificultades con ese país surgieron más tarde, ya sea en función del voluntarismo político de Chávez (cuyo ápice se dio en una reunión en el 2005 en Brasilia, mencionada más adelante), o con relación a la forma de implementación de las obligaciones derivadas del acuerdo de su incorporación al Mercosur, que guardaba una relación indirecta con el proyecto más amplio de la integración sudamericana.

El 18 de octubre de 2004, el Acuerdo Mercosur-CAN fue protocolizado en la Aladi, y algunos meses después los esquemas de desgravación fueron acordados e incorporados a los respectivos ACE (esto es Acuerdo Complementación Económica Mercosur-Perú y Mercosur-CAN). Por haber sido simple y corta, transcribo la intervención que hice en ocasión de ese acto en la Aladi, que, además de la importancia política, tuvo para mí un gran significado debido a los esfuerzos que había hecho diez años antes en aquel mismo foro, y que sólo ahora daba frutos:

No quería dejar pasar este momento, en mi nombre y en el de mis colegas Ministros del Mercosur, para destacar la importancia histórica de este acuerdo, juntamente con el también definitivo que firmaremos con Perú. La presencia del secretario general de la Aladi y del Presidente del Comité de Representantes Permanentes, Presidente Eduardo Duhalde, valorizan aún más esta ceremonia.

Creo que estamos dando un paso de la mayor importancia para hacer de América del Sur un área de libre comercio. Eso será la base para constituir una Comunidad Sudamericana de Naciones, que también tiene que desarrollarse institucionalmente. Quería decir también que este acto es el final de un esfuerzo de todos nosotros, de todos los países involucrados, que supimos demostrar las flexibilidades necesarias en pro de un proyecto mayor, que es nuestra integración.

Quiero también subrayar algo que ya fue mencionado hoy aquí, en varios discursos, que no hay ninguna contradicción -por el contrario, hay una complementariedad- entre este paso que damos en la integración sudamericana y el objetivo mayor de la integración latinoamericana y caribeña; la presencia de México y de Cuba entre nosotros y la perspectiva de tener también con ellos acuerdos de libre comercio semejantes nos anima a pensar en una América Latina verdaderamente fuerte, verdaderamente desarrollada, con mucha mayor capacidad para negociar en los foros internacionales. Quiero, por lo tanto, en nombre de mis colegas del Mercosur y en nombre del Gobierno brasileño, transmitir la emoción de este momento en que damos un paso de gran significado en el proceso de integración sudamericana y latinoamericana.

Obtener el apoyo político de presidentes y de cancilleres es una cosa; vencer la resistencia encarnizada de negociadores es otra. El momento de protocolización de los acuerdos en la Aladi, en el que hasta incluso Carolina Barco, la ministra de Relaciones Exteriores de Colombia  -uno de los países inicialmente más refractarios al acuerdo-, festejó la creación de un área de libre comercio sudamericana, fue esencialmente celebratorio. Siguieron duras negociaciones, en el curso de las cuales Brasil tuvo que dar un “tratamiento especial y diferenciado” a los países de la CAN y renunciar o postergar metas más ambiciosas de liberalización de los mercados agrícolas. Todo ese se hacía en medio de críticas constantes de los medios y de sectores económicos que todavía se sentían frustrados por la no conclusión del ALCA. Debo decir que, en este particular, el ministro de Agricultura durante el primer mandato de Lula, Roberto Rodrigues, mostró comprensión y confianza en los objetivos de largo plazo que perseguíamos.

Fueron muchas etapas que tuvieron que ser superadas hasta que efectivamente la integración sudamericana efectivamente avanzara en los planos de comercio y de infraestructura. Esos avances terminarían en la creación de una institución política: primero la CASA, después Unasur. Algunos de nuestros socios, a la izquierda o la derecha, buscaban, a veces, disociar la integración económico-comercial de la constitución de una unión política, ya sea porque privilegiaban una en detrimento de otra, o porque inversamente, no veían conexión entre ambas.

Cuando surgieron las dificultades en la negociación de los cronogramas de liberalización, Perú, que fue uno de los que inició esa fase del proceso de integración, buscó separar la conclusión del acuerdo comercial de la realización de la Cumbre de Cusco, en la que se constituiría la Comunidad Sudamericana de Naciones, CASA. La diplomacia brasileña y yo, personalmente, con el apoyo explícito o implícito del presidente, tuvimos que ser firmes y decir con claridad que no habría lo uno sin lo otro. La nueva institución no podría ser apenas una más entre tantas ideas e iniciativas ricas en la forma pero sin embargo vacías de contenido, tan características del espíritu sudamericano (y, en este caso, latinoamericano). Nuestra capacidad de concluir un acuerdo de libre comercio, con difíciles concesiones de parte a parte, demostraría nuestro real empeño en construir algo nuevo y verdadero.

Otros países como Colombia y, en grado menor, Chile, aceptaban las negociaciones comerciales, pero temían que la integración económica fuera instrumentalizada con objetivos políticos radicalizantes, que no compartían. De los cancilleres Ignacio Walker y Alejandro Foxley, de Chile, escuché que Brasil era un “puerto seguro” o el “eje de la sensatez” en torno del que el proyecto de integración debería afirmarse. En reuniones ministeriales en Santiago, en diciembre del 2006, y en la Isla Margarita, en diciembre del 2007, buena parte de la polémica se centró en la creación de una secretaría para la CASA (o para la Unasur, cuyo tratado constitutivo ya se discutía). Los defensores de una integración más fluida, con énfasis en el aspecto comercial, eran contrarios a la idea. Venezuela y Ecuador (entonces ya con Rafael Correa como presidente), la defendían con ardor. La solución, como de costumbre, fue un compromiso. Se creó una secretaría sin los poderes con los que pretendían dotarla los bolivarianos. Una estéril discusión sobre el nombre del nuevo organismo había marcado la reunión de Río de Janeiro a inicios del 2007, en la que predominó la visión voluntarista de Chávez (Unasur), en detrimento de nuestra propuesta más abierta y plural: Comunidad o CASA, compuesta en verdad por muchas casas.

Un momento crítico en el proceso de creación de la CASA fue la reunión de jefes de Estado en Brasilia, en septiembre del 2005. La comunidad había sido instituida por la Declaración de Cusco, en diciembre del año anterior, pero aún era necesaria una declaración presidencial que la sacramentara como organización y estableciera su agenda prioritaria. El documento presentado por los vicecancilleres en la preparación de la cumbre no era satisfactorio. Me dediqué intensamente a la tarea de producir un texto fuerte para el proyecto sudamericano. Para eso era necesario aproximar a los que defendían una integración económica limitada, en razón a vínculos externos a América del Sur, con los que enfatizaban la dimensión política de la integración. En el medio estábamos nosotros, que deseábamos ver una asociación económica sólida como base de una integración política que no impidiera la diversidad y la pluralidad. Entre los más difíciles de convencer estaba, como de costumbre, el presidente Chávez. Las objeciones que presentó se referían a que consideraba contrastante el lenguaje firme de la propuesta de declaración presidencial en el área comercial y la ausencia de objetivos políticos ambiciosos en el plano político. La insistencia de Chávez en esas críticas al documento y su disposición por cambiarlo de principio a fin ponían en riesgo el éxito de la reunión. En un momento del encuentro, que era televisado, entré en una fuerte discusión con el presidente venezolano. Era normal que los presidentes retocaran o mejoraran el proyecto presentado por los cancilleres, pero eso dentro de límites. Al final, los ministros -incluso el venezolano- eran plenipotenciarios, y, supuestamente, habían actuado por instrucciones de los mandatarios.

Una reformulación profunda quebraría el consenso alcanzado, incluso porque muchos presidentes tenían una visión opuesta a la de Chávez. La reunión quedaría sin declaración, la cumbre fracasaría. El proyecto de una comunidad (o unión) tendría que ser postergado, tal vez por algunos años. Temí que Lula no pudiera venir a auxiliarme (inhibido quizás por una suerte de “solidaridad presidencial” con su par venezolano), pero fui contundente, sin ofender la jerarquía que me separaba de mi interlocutor. Fue una las pocas veces en la que sentí (por un instante, tal vez) que, si mi posición no era amparada por Lula, no tendría condiciones de seguir ejerciendo el cargo de canciller. Varios presidentes apoyaron la posición que yo defendía, entre ellos Alan García, de Perú, por primera vez en ese tipo de encuentro desde que había asumido la presidencia por segunda vez. Para mi gran alivio -y demostrando que mi temor era infundado- Lula endosaría enteramente mi actitud. Chávez cedió para no quedar aislado.

La reunión de Brasilia tuvo un “final feliz”, y la CASA pudo ser construida sobre bases concretas de acuerdos comerciales y proyectos de infraestructura, sin perjuicio de metas políticas de más largo alcance. La cumbre siguiente fue en Cochabamba, Bolivia. La presidencia de la reunión, ejercida con sorprendente moderación por Evo Morales, interesado en el éxito del encuentro, ayudó a consolidar el proceso que, dos años después, tras contratiempos y muchas idas y vueltas, desembocaría en la Unasur. A esa altura, bajo el impulso de un “grupo de sabios” que incluía a la entonces primera dama Cristina Kirchner y el profesor Marco Aurelio García, la comunidad comenzaba a ganar una forma más definida.

Nuestros esfuerzos por la integración sudamericana no se agotaron en las tratativas diplomáticas sobre la CASA/Unasur. También incluyeron un intenso trabajo de fortalecimiento de las relaciones bilaterales, en el que el papel del presidente Lula fue fundamental: financiamientos para la construcción de carreteras, inauguraciones de puentes transfronterizos y misiones empresariales (“no sólo con el objetivo de vender sino también de comprar”, como le gustaba a Lula recomendar a sus ministros del área económica) son algunas facetas de un esfuerzo consistente para hacer de América del Sur una realidad económica y política. Incluso en nuestras relaciones exteriores buscamos, siempre que fue posible, asegurar la presencia del conjunto de la región. Sólo para ilustrar: el nivel de relacionamiento de Brasil con África alcanzado en el gobierno de Lula y las propias dimensiones de nuestro país hubieran permitido que nuestras reuniones de más alto nivel con ese continente se hicieran bajo el mismo modelo seguido por otros países como China y la India. Esto es, Brasil-África. Fue la convicción de que era necesario trabajar para fortalecer la identidad sudamericana lo que nos llevó a proponer como respuesta a una sugerencia en ese sentido del presidente Obasanjo, de Nigeria, que esas cumbres tuvieran el formato América del Sur-África, que se hizo realidad a través de la ASA. Preocupaciones semejantes nos llevaron a proponer la Cumbre ASPA, y no reuniones Brasil-países árabes.

Como queda claro en este capítulo, los esfuerzos por la integración sudamericana llevaron tiempo para florecer. Pero el gran empeño que pusimos, en aquellos años iniciales, para la consolidación de América del Sur como un área de paz y cooperación -lo que, a nuestro modo de ver, pasaba por relaciones sólidas en las áreas de comercio e infraestructura- resultó en la creación de una organización que, en cuatro años de vida, ya dio pruebas de su valor como instrumento de solución de diferencias y de proyección de la identidad sudamericana. En un mundo crecientemente organizado en bloques, América del Sur despunta como una realidad ineludible, aunque no exclusiva, de nuestra inserción internacional”.

Traducción: Guido Nejamkis

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