En una pequeña escuela de la provincia de Mendoza, a pocos kilómetros de la Cordillera de los Andes, una mujer es la líder de un grupo de docentes y niños que demuestran a diario que nunca hay motivos para darse por vencido. Postales de una escuela rural.

Son las 7:45 de la mañana y un niño se baja de un Renault Fluence dorado al costado de la ruta provincial 14. Alejo está peinado con la raya al costado, lleva remera clara, pantalones cortos y un guardapolvo que sería la envidia de cualquier publicidad de jabón en polvo. También se le nota la piel curtida por el sol y el sueño en su carita. El hombre que maneja el Fluence, su papá, agita la mano en señal de despedida, le avisa que en unas horas lo pasará a buscar y sigue rápido su camino. Claudia saluda al niño con un pequeño abrazo y le avisa que es el primero en llegar.

Alejo es uno de los 35 chicos que asiste todas las mañanas al colegio Antonio Luis Berutti, ubicado en Barrancas –un modesto distrito del departamento de Maipú en la provincia de Mendoza, que cuenta con poco más de 3000 habitantes y se encuentra a 35 kilómetros de la capital–, y Claudia Manzano es la directora maestra de esta escuela rural que funciona como el faro de conocimiento (y esperanza) de una zona rodeada por viñedos y bodegas, en la que si fuera por un mandato zonal no se podría soñar con nada que no fuesen vinos y aceites.

Son las 8:05. Claudia, María Alejandra, Mariana y Diana (las otras tres maestras del colegio) esperan un poco impacientes la llegada del resto de los alumnos. Después de dos minutos, un bus rojo detiene su marcha, coloca balizas y empiezan a asomar los guardapolvos. Inmediatamente, las maestras improvisan un cordón escolar para intentar resguardar a los chicos de cualquier peligro. Una vez con todos adentro del colegio, el chofer toca dos bocinazos, sigue su ruta, y esa parece ser la señal que da inicio al día.

Lo que sigue después es una escena que se repite a diario en todas las escuelas: estudiantes formando en fila recta, guardando distancia, saludando a la bandera y esperando para ir a sus aulas. Sin embargo, la diferencia con el resto está al otro lado de la puerta de entrada. Es que a pesar de que hay nivel inicial y primario completo, solo hay tres aulas y cuatro docentes. Una es Claudia, la directora.


Claudia Manzano es la directora maestra de esta escuela rural que funciona como el faro de conocimiento (y esperanza) de una zona rodeada por viñedos y bodegas, a 35 kilómetros de la capital de Mendoza.


“Aquí se trabaja con secciones múltiples y cada maestra tiene dos grados, así que trabajamos con grupos reducidos, pero con variedad de edades”, dice esta mendocina rubia, de sonrisa compradora, que siempre supo que su destino estaba entre tareas y boletines. “No tenía pizarrón en casa, entonces escribía con tizas la puerta de mi placard y le daba clases a todas mis muñecas”, confiesa entre risas, a la vez que ayuda en la cocina a preparar las tacitas de mate cocido y unos sandwichitos para desayunar en los salones.

Jorge, uno de los celadores, es el que lleva la batuta en la cocina y, mientras los alumnos disfrutan de la primera comida del día y las docentes se preparan para arrancar con sus respectivas clases, ya empieza a prender el horno para lo que va a ser el almuerzo: pollo al horno con arroz blanco. Este hombre, que vive a 15 kilómetros del colegio y es uno de los imprescindibles para que todo funcione como un relojito, asegura que es feliz con su trabajo y, con picardía, desliza que los miércoles todos ahí son más felices porque hay milanesas.

Rodeada de fracciones simples y de grupos de palabras separadas en sílabas, la directora maestra –que hace 40 kilómetros para ir y venir a diario– detalla que hace más de 24 años que se dedica a la docencia y que ya perdió la cuenta del tiempo que hace que trabaja en esto; también, aclara que es nueva en el lugar y que hace un año y dos meses que lleva adelante esta doble función. “Me gusta mi rol directivo, pero lo que más amo es estar en el aula con los niños”, remarca con ahínco, como si deseara que nunca la alejaran del curso con cinco alumnos que, hoy, lleva adelante.

Si bien es sabido que los colegios funcionan como grandes familias y, a la vez, como ámbito de formación para los jóvenes, es en este tipo de áreas del país en dónde su función se resignifica como algo vital para sus habitantes. “Lo que falta en las zonas rurales es expresarse más. Acá, es una necesidad que las personas puedan hablar más, verbalizar todo lo que les pasa y puedan manifestarse libremente”, explica Claudia y comenta que hace muy poco han avanzado con el proyecto de una radio en el que los chicos son los conductores de los envíos y relatan noticias del ámbito escolar: “hay algunos que son muy tímidos pero que, cuando agarran el micrófono, hacen programas increíbles y eso nos pone a todos muy orgullosos de ellos”.

Claudia es directora maestra en una escuela de Mendoza y trabaja junto a los maestros y los auxiliares para generar un futuro más luminoso. Foto: Fernando Calzada.

Con el correr de las horas, comienzan a brotar las historias particulares de los chicos. Por un lado, algunos que sueñan con ser mecánicos, ingenieros y veterinarios; por el otro, algunas que sueñan con ser médicas, maquilladoras profesionales y maestras. Al oír esta última profesión como elección de vida, la mujer que dirige la institución no puede ocultar su profunda satisfacción, porque entiende a esa elección como sinónimo de felicidad y confía que, quizás, todo tenga que ver con una motivación de querer cambiar la realidad lo que nos rodea.

Acá, en Barrancas, cerca de la Cordillera, rodeados por viñedos, bodegas y en dónde el sol pega fuerte, el día a día sorprende a propios y a ajenos. Es que en este lugar, los términos “fácil” y “difícil” se resignifican cotidianamente. “Hay historias muy duras y, por momentos, lo vivido en 8 o 9 años pareciera que hubieran sido 30. A veces, me angustio porque quisiera existieran infancias más felices. Hay días en que los ves a todos cuando bajan del colectivo, con las sonrisas de oreja a oreja, y decís ‘pucha, mirá cómo le ponen el pecho a todo’”, confiesa Claudia al mismo tiempo que se pregunta en voz alta cómo haría ella, y muchos otros, para poder llevar adelante vidas como las de los niños.

Decenas de cartulinas intervenidas con fibras, témperas y collages empapelan las paredes. Las palabras “honestidad”, “amistad” y “tolerancia” aparecen con tanta frecuencia que casi no queda espacio para pensar en otra cosa. Todos los afiches nacieron como resultado de una actividad en la que escribieron los estudiantes cartas para entregarles a esos papás, mamás, abuelos y hermanos que los cuidan y en las que volcaron sin reparos todos los sentimientos y emociones de tal manera que obligaron a todos ahí a repensar los valores en los que se basa la sociedad tradicional.


“Hay historias muy duras y, por momentos, lo vivido en 8 o 9 años pareciera que hubieran sido 30. A veces, me angustio porque quisiera existieran infancias más felices”, dice Claudia.


Es hora del almuerzo y todos se escapan de las aulas para sentarse en las mesas ubicadas en el medio del edificio de manera estratégica para que puedan entrar todos. Los adultos sirven la comida a los más chicos y la escena se parece a la del ritual de la comida que podría llevar adelante cualquier familia numerosa. No hay gritos, solo murmullos y risas. Las maestras ayudan a Jorge y a Paula, otra de las auxiliares, a cortarle el pollo a los más chiquitos.

“En los momentos difíciles, miro los dibujitos que me hacen y las cartitas que dicen ‘seño, te amo’. Te juro que esos regalos me han hecho sonreír días en los que no había muchos motivos para hacerlo”, cuenta Claudia y parece desarmarse cuando confiesa que guarda muchas de esas muestras de cariño entre su cartera y sus apuntes para poder mirarlos en determinadas ocasiones y llenarse de fuerzas cuando todo parece perdido.

La realidad es difícil pero, el componente humano aflora a cada momento como el principal sostén de toda la estructura. El almuerzo funciona como espacio para la reflexión y todos coinciden en que los marcos teóricos que rodean a la educación son muy bonitos, pero que la realidad demanda mucho más corazón y humanidad que conceptos académicos, y ponen como ejemplo de eso lo que pasó en el reciente “día del niño”.

Dicen que el objetivo era hacer algo diferente a lo que se hacía todos los años y que, con esa excusa, llevaron a los alumnos a conocer la Legislatura provincial. Agregan como dato extra que recibieron una mención especial de los miembros de la cámara por la forma en que entonaron las estrofas del himno. “Les hicieron poner la piel de gallina a todos”, comentan orgullosos. Pero lo mejor llegó después, cuando todos juntos fueron a disfrutar de una comida en una casa de hamburguesas. Claudia, con los ojos vidriosos y la voz quebrada, recuerda todavía la frase de uno de las nenas de su curso: “Seño, fue el día más feliz de mi vida”.

Corazón y humanidad son dos cosas que no faltan en esta escuela y, seguramente, sea por eso que no sorprenden algunos gestos. Como el de juntar plata para comprar algunos regalos de cumpleaños o el de encargarse de cumplir con el compromiso del “Ratón Pérez” con esos nenes a los que se les cayó un diente pero que, según les comentan con angustia, no pudo pasar por su casa.

“Soy feliz cuando puedo hacer algo”, cierra Claudia, una mujer que cree en la educación como herramienta que puede transformar al mundo. Aunque en ella se puede ver que esa afirmación está despojada clichés, y que no suena a frase remanida sino a un mantra que la mantiene con una misión en la vida. Antes de volver a las aulas para encarar las últimas horas y de que suene la última campana del día, un chico también quiere dejar una definición: “Acá nos ayudan a ser mejores”. Tal vez, esta sea la mayor enseñanza del día.