Alistado como soldado voluntario, el maestro Cao murió en combate el 10 de junio de 1982 en el Monte Longdon. Su legado se mantuvo vivo a través de una carta que escribió a sus alumnos de la Escuela Nº 32 de Laferrere, que hoy lleva su nombre.

Nacido en Ramos Mejia el 18 de enero de 1961, segundo de cuatro hijos del matrimonio conformado por Julio Cao y Delmira Esther Hasenclever, Julio Rubén descubrió su vocación muy joven: comenzó a enseñar cuando tenía apenas 16 años. Así lo recordaba su madre, en diálogo con DEF-TV en el marco del proyecto Cartas de Malvinas: “Desde chico, Julio era una persona muy comprometida con la sociedad. Él era muy católico y su vocación era enseñar a los demás, sobre todo en las villas de emergencia”. Terminado el secundario con orientación docente, se calzó el guardapolvo blanco y cumplió su sueño: ser maestro y transmitir a sus alumnos no solo los conocimientos básicos, sino los valores y el orgullo de ser argentinos.

Maduró muy rápido. A los 21 años, ya estaba casado con Clara Barrios y esperaban su primera hija. En 1981 había cumplido el servicio militar en el Regimiento de Infantería Mecanizado Nº 3 de La Tablada. Cuando se produjo la recuperación de las islas Malvinas el 2 de abril de 1982, Julio no dudó cuál era su misión en ese momento histórico. “La carta de citación nunca le llegó –rememoraba Delmira–. A los pocos días, vio pasar los camiones que iban hacia el predio de Infantería y me dijo: ‘Mamá, me voy’. Ante mi respuesta, recordándole que esperaba una hija y no debía hacerlo, me respondió: ‘¡Cómo un maestro, que ama lo docencia, no va a presentarse a defender a la Patria! ¿Cómo les voy hablar, después, a mis alumnos de San Martín y de Belgrano? Voy a ir y voy a volver para contar la verdadera historia de Malvinas”.


“¡Cómo un maestro, que ama la docencia, no va a presentarse a defender a la Patria!”, le dijo Julio Rubén Cao a su madre, apenas supo de la recuperación de las islas.


Cao no tuvo tiempo de explicarles su decisión a sus alumnos de la Escuela Nº 32 de Gregorio de Laferrere, en La Matanza. El 12 de abril de 1982, apenas diez días más tarde, partió hacia Puerto Argentino como integrante del mismo regimiento en el que había prestado servicio un año antes como conscripto. Casi dos meses más tarde, el 10 de junio, murió en combate en Monte Longdon. Pocos días después llegó al continente una carta suya, fechada el 29 de abril. El soldado Cao había redactado la misiva, en forma casi premonitoria, como si supiera que algo podía pasarle. Como dice su madre, “de cierta manera, ahí Julio se despide de sus alumnos y de sus compañeros docentes”.

“No hemos tenido tiempo para despedirnos y eso me ha tenido preocupado muchas noches aquí en Malvinas, donde me encuentro cumpliendo mi labor de soldado: defender la Bandera”, explicaba Cao en la misiva dirigida a sus “queridos alumnos de 3º D”. “Espero que ustedes no se preocupen mucho por mí porque, muy pronto, vamos a estar juntos nuevamente y vamos a cerrar los ojos y nos vamos a subir a nuestro inmenso Cóndor y le vamos a decir que nos lleve a todos al país de los cuentos que, como ustedes saben, queda muy cerca de las Malvinas”, les decía, en tono casi paternal. También les contaba que “todas las noches” cerraba los ojos y veía “cada una de sus caritas riendo y jugando”. “Cuando me duermo, sueño que estoy con ustedes”, sintetizaba. Y concluía esas líneas, que pasarían pronto a la posteridad, alentándolos: “Quiero que se pongan muy contentos porque su maestro es un soldado que los quiere y los extraña. Ahora solo le pido a Dios volver pronto con ustedes”.

Delmira, su madre, recuerda que poco antes de partir hacia las islas, paseando por la quinta de la familia, Julio le recordó que había plantado un árbol y pronto iba a ser padre. “Solo le faltaba escribir un libro. Yo creo que lo escribió con la carta que mandó a sus alumnos y compañeros docentes. Él dejaba plasmado en esas líneas algo de lo que quería que sus alumnos supieran de su maestro. El mensaje de Julio fue enseñar el amor a los demás, el compromiso de dar todo por el otro y si había que dar la vida por los demás, él la terminaría dando por el pueblo argentino”, completaba su madre, en diálogo con DEF-TV.

Su hija Julia María nacería el 28 de agosto, sin que Cao pudiera llegar a conocerla. Hoy tiene 38 años y se siente orgullosa de él. En 2019, ella y su abuela viajaron a las islas y pudieron visitar el cementerio de Darwin, donde reposan los restos de Julio Rubén. Un año antes, en junio de 2018, la familia supo que se había convertido en el Caído número 92 en ser identificado por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) a partir de los estudios de ADN. Hoy la Escuela Primaria Nº 32, esa institución educativa que lo vio partir a las islas y de la que se despedía en esa recordada carta, lleva su nombre: “Julio Rubén Cao”.