“Internet se está convirtiendo en la plaza del pueblo de la aldea global del mañana”.
Bill Gates

Con un humor pobre pero reinterpretando aquello de “veinte años no es nada”, el mundo celebra en estos días las bodas de plata de la irrupción de Internet en nuestras vidas. Mal que les pese a muchos, y aunque resulte increíble para aquellos de mediana edad hacia abajo, existió un tiempo en que Internet no gobernaba nuestro universo.

Hubo una época en la que, para conseguir información de archivo, había que consultar al bibliotecario, que era un hombre superior, al que nosotros los argentinos identificábamos con Borges. Entre los procedimientos para acceder a los datos buscados, había que ingresar en polvorientas habitaciones e internarse en ficheros de cartón ordenados de manera alfabética o por motivos temáticos. En ese tiempo, para estar actualizados sobre temas vinculados con una determinada disciplina científica, había que abonarse a costosas publicaciones extranjeras o husmear en las colecciones de bibliotecas y organismos especializados.

Este 2011 no es solo motivo de festejo por esta fecha emblemática que recuerda la irrupción de la “red de redes”, sino que también cumple años Hotmail, en su caso quince, con fiestas en todo el mundo. Este sistema de correo electrónico explotó particularmente a partir de 1999, con el MSN Messenger, y hoy cuenta con 360 millones de usuarios en su servicio de mail. También se suma Wikipedia, la enciclopedia libre que llega a sus diez años de vida y que nació en la crisis de la burbuja “.com” de 2001. Sobrevivió a todas las críticas y dudas iniciales por su libre acceso y facilidad para publicar en su plataforma y, créase o no, hoy Wikipedia tiene más de 17 millones de artículos en la Web que pueden ser recuperados en 270 idiomas. Qué decir de Twitter, el invento más joven; acaban de cumplirse cinco años desde aquel 21 de marzo de 2006 en el que su creador Jack Dorsey mandó el primer mensaje a través de esta red social. Hoy tiene un valor de 37.000 millones de dólares y solo en el último mes se crearon en promedio por día 460.000 nuevas cuentas.

Bien, volvamos a la reina madre, volvamos a Internet. En marzo de 1985 se registró el primer dominio “.com” de Internet. Ese año se sumaron solo cinco dominios, pero en 1997 ya eran un millón, y en la actualidad existen más de 80 millones de sitios activos en la Web. Sin intentar apabullar con datos, debemos cuanto menos saber que, de una población total 6930 millones de personas, 2095 millones utilizan Internet, lo que representa el 30,2% de los habitantes del planeta. Solamente entre 2010 y 2011 el número de usuarios se incrementó en un 480%. Asimismo, hay en Sudamérica 173 millones de usuarios, de los cuales 27,5 millones se encuentran en nuestro país. Argentina, con el 66% de la población conectada, lidera el ranking de conectividad de la región.

Realmente es casi absurdo intentar explicar hoy lo que representa Internet en la vida práctica y cotidiana de los habitantes de todo el planeta. Quizás un ejercicio (sobre todo para los nativos digitales) sea intentar imaginar el mundo anterior a la irrupción de la Web en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, si un individuo intentaba conocer pintores jóvenes para comprar una obra allá a principios de los 80, podía recorrer galerías, conectarse por correo, visitar talleres y muy pocas cosas más. Hoy podría entrar en Artelisa (uno de los múltiples sitios sobre el tema), donde encontrará 848.488 obras de arte de 99.393 artistas de cientos de países, entre ellos, por citar algunos de los que sentimos lejanos, hay seis pintores de Burkina Faso y 39 de Mauritania. No solo eso; el sitio realizará cualquier transacción comercial y entregará la obra en el domicilio del comprador en cualquier lugar del mundo bajo su responsabilidad. El lector puede llevar este ejemplo a sus propios intereses e imaginar la más compleja de las cosas, productos o actividades, lamentablemente aun aquellas que son ilícitas, y todas ellas tendrán un lugar en Internet. La virtud solo será necesaria para saber buscar y encontrar lo deseado.

Concluyendo con la catarata de datos que marcan la influencia de Internet en los tiempos en que vivimos, qué decir de Baidu, el motor de búsqueda chino que ocupa el sexto puesto entre los sitios más buscados de la Web. En 2005 debutó en el índice tecnológico Nasdaq de la Bolsa de Nueva York y en su debut las acciones de la empresa aumentaron su valor un 354%. Famoso en su disputa por la descarga de música ilegal (381 millones de usuarios en 2010), Baidu firmó en estos días un acuerdo con las principales discográficas del mundo (Sony, Warner y Universal) que puso fin a años de contienda legal.

Volviendo a Wikipedia, la enciclopedia global define la Revolución Industrial, aquella nacida en Inglaterra y desarrollada desde mediados del siglo XVIII hasta entrado el siglo XIX como “el motor y generador del mayor conjunto de transformaciones económicas, tecnológicas, sociales y hasta culturales de la historia”. Hoy podríamos asegurar que al final del período que todos estamos transitando, deberemos revisar esas conclusiones porque será este nuevo mundo de la interconectividad el que se quedará con el título de esa revolución absoluta que entra en las propias entrañas de todo lo humano.

Justamente y volviendo a aquello de los aniversarios, no ha pasado desapercibido en estos días el centenario del nacimiento de Marshall McLuhan, vinculado a este fenómeno actual aun antes de que ocurriera. Este filósofo y educador canadiense, nacido el 21 de julio de 1911, pasó a la posteridad como un visionario y un experto en las previsiones de lo que serían posteriormente las sociedades gobernadas por la “era de la información”. Su mirada, contradictoria y sistémica, tenía la mezcla de la gramática, la lógica, la retórica y la dialéctica, que lo convirtieron en uno de los gurúes de la década del 60, siendo comparado en su genialidad con Newton, Freud, Einstein y Pavlov. Siempre ajeno a cualquier indiferencia, fue amado y odiado por igual, respetado o denostado por una generación que entendía más de certezas que de los múltiples acertijos y formas de abordaje que McLuhan proponía en sus definiciones. Hasta Woody Allen hizo una escena con él en Annie Hall, en un guiño para entendidos, en los tiempos en que el cineasta hacía las obras por las que será recordado. Fue olvidado durante décadas, pero lo hicieron renacer los nietos digitales de aquellos que lo habían endiosado o vituperado hace 50 años.

Sus conceptos vinculados con los medios de comunicación se basan en dos ideas que hoy tienen más vigencia que nunca:
•  Somos lo que vemos.
• Formamos nuestras herramientas y después estas nos forman a nosotros.

Entender hoy cómo antiguos conceptos que fueron rectores, como emisor y receptor, son reemplazados por la idea de que la computadora es una extensión de nuestro propio sistema nervioso central, que ella interactúa con nosotros como un elemento vivo, con hipervínculos que van y vienen y que transforman constantemente lo que vemos y entendemos, forma parte del rescate del pensamiento del canadiense que vuelve a ponerlo en plena actualidad. Aplica igual uno de sus más controvertidos conceptos: “El medio es el mensaje”, con años y años de múltiples interpretaciones y que induce a la posibilidad del medio de modificar el propio funcionamiento de las relaciones humanas.

Entender además que a principios de los 70 McLuhan acuñó el término “aldea global”, en el que intentaba reflejar esa interconectividad que los medios de comunicación le impondrían al mundo en el futuro, también explica esa mirada indiscutiblemente visionaria sobre el futuro. La rebelión del mundo árabe, los indignados europeos, los escándalos mediáticos del grupo Murdoch en Inglaterra y EE. UU., y el constante bombardeo de información en tiempo real con medios, algunos de los cuales nadie imaginaba siquiera hace cinco años, corroboran y le dan actualidad plena a aquella mirada de antaño.

Ya en nuestros días Nicholas Carr, autor de la obra Nos estás haciendo estúpidos, Google, analiza a McLuhan y le  agrega controversialidad a esa discusión que apenas está en pañales y cuyo final hoy es absolutamente imprevisible. ¿Cuánto cambiará Internet nuestra forma de comprensión? ¿Cómo modificará nuestra manera de vincularnos con la lectura y con la realidad? ¿Cómo será la interacción con el prójimo, las propias relaciones y la propia conciencia? Analicemos lo antedicho, luego de una vida de síntesis, de blogs, de reprogramaciones, de clicks e hiperenlaces, de escaneos y podcasts o de no poder parar entre enlace y enlace.

Lo cierto es que mucho, muchísimo más allá de la vida práctica, Internet, además de haber llegado a nuestras vidas para quedarse para siempre, nos involucra mucho más allá de su incursión en nuestra cotidianidad y empieza a generar una nueva forma de vida, donde ya no se respetan los límites conocidos, donde cambian los conceptos de lo público y lo privado, del propio conocimiento, de las posibilidades digitales y del contralor sobre los propios medios. Todo está en constante revisión y no hay duda de que los nativos digitales tendrán mucho por decir en las próximas décadas.

Entre las múltiples celebraciones, como contracara de la propia vida, seguramente deberemos lamentar pronto alguna muerte. Me refiero a defunción del libro en formato papel, fecha que seguramente será motivo de festejo para muchos, pero también de llanto para tantos otros. Ello, además de mantener con vida muchos árboles del planeta y de provocar mucho dolor en grandes imprenteros, no tiene el efecto de ser tan solo un cambio de soporte; será seguramente un acto profundo, que muy bien explica Christian Ferrer, sociólogo de la UBA, en su excelente artículo “El mundo se despide junto al libro de papel”. Muchas serán las consecuencias por venir. ¿Dónde leerlo? Pues, amiga, amigo, búsquelo en Internet.

¿Cuánto hay de verdad? ¿Cuánto de lo que escribió Julio Verne ya se hizo realidad y cuán reales habrán sido las predicciones de Stanley Kubrick en 2001: Odisea del espacio? Serán temas que tendrán respuesta dentro de poco, dentro de muy poco.