En un mundo fragmentado y en pleno proceso de cambio en sus principales liderazgos, la presidencia argentina del G20 logró sus objetivos: una declaración final acordada entre los mandatarios del grupo de países que representa el 85 % del PBI global, y ubicar a nuestro país en una gran vidriera que sirva para atraer las ansiadas inversiones extranjeras. Por Mariano Roca y Nadia Nasanovsky.

Por primera vez en la historia, los líderes más importantes del mundo se dieron cita en la Argentina para discutir los temas más importantes de la agenda global. La Cumbre del G20 se dio en un momento en el que las posiciones de los gobiernos de las principales potencias divergen, en una situación que refleja el creciente debilitamiento del orden liberal nacido de los acuerdos Bretton Woods, el empeño de algunos líderes por romper el statu quo y la difícil transición hacia un nuevo orden, que hasta ahora plantea más dudas que certezas.

En ese escenario, la presidencia argentina del G20 tuvo una misión nada menor: lograr consensos o alcanzar, al menos, en palabras del ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, “el consenso disponible en este momento” en el concierto de naciones. Dado el contexto, la redacción de una declaración final de la Cumbre en Buenos Aires, fue en sí misma un éxito, aunque en puntos claves, como el comercio internacional y el cambio climático, su contenido debió ser suavizado y diluido al máximo para llegar a conformar a todos los líderes.

“Renovamos nuestro compromiso de trabajar de manera conjunta para lograr un orden internacional basado en reglas que sea capaz de responder de manera efectiva a un mundo que cambia rápidamente”, señalaron los firmantes. Entre los principales desafíos, mencionaron: la “transformación tecnológica” y su impacto en el mundo del trabajo; la “infraestructura como motor clave de la prosperidad económica”; la “seguridad alimentaria”; la “igualdad de género”; el fortalecimiento de la “inclusión financiera”; “la necesidad de contar con sistemas de salud que brinden intervenciones eficientes y basadas en la evidencia para lograr un mejor acceso a la atención médica, mejorando su calidad y asequibilidad”; y los “grandes movimientos de refugiados”, que “representan una problemática internacional con consecuencias humanitarias, políticas, sociales y económicas”.

EL REGRESO DE LA GEOPOLÍTICA

En palabras de Juan Gabriel Tokatlian, catedrático de la Universidad Torcuato Di Tella, en este G20 primó la geopolítica más que la economía. Al seguir los acontecimientos de esta Cumbre de Buenos Aires, los ojos del mundo estuvieron puestos más en las reuniones bilaterales mantenidas por tres de los mandatarios, el estadounidense Donald Trump, el chino Xi Jinping y el ruso Vladimir Putin, que en lo que se debatió en la reunión plenaria de los líderes. A ello se sumó, como foco de gran tensión, la polémica entre el gobierno de Turquía, liderado por Recep Tayyip Erdogan, y el heredero del trono saudita, el príncipe Mohamed Bin Salmán, en torno al asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi en el Consulado de este último país en Estambul. El objetivo de la presidencia argentina era entonces, a juicio de este analista, “ayudar a reducir los daños causados por una compleja y peligrosa red de disputas geopolíticas”.

Si bien el G20 nació en 1999, con el foco puesto en la economía y las finanzas, como un foro de ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales, durante la crisis financiera internacional de 2008 cobró mayor protagonismo, los mandatarios se sumaron a la Cumbre, y en los últimos años, ha venido ampliando su campo de acción. Más allá de los temas prioritarios trazados por la presidencia argentina (el futuro del trabajo, la infraestructura para el desarrollo y un futuro alimentario sostenible), dos grandes cuestiones acapararon la agenda. Primero, el comercio internacional, que enfrentó a los países defensores del multilateralismo y el libre comercio, con los que vienen imponiendo de manera creciente medidas proteccionistas en sus economías, encabezados por Donald Trump. El otro gran cuello de botella fue la cuestión del cambio climático, en donde los países comprometidos en avanzar en línea con lo firmado en 2015 en el Acuerdo de París se enfrentaron a los EE. UU., que denunció el tratado en 2017.

LA OMC, EN EL OJO DEL HURACÁN

“Celebramos el sólido crecimiento económico mundial, pero reconocemos que ha sido cada vez menos sincronizado entre los países, y que algunos de los riesgos clave, como las vulnerabilidades financieras y las problemáticas geopolíticas, se han materializado parcialmente”, se lee en el documento final, en el que los líderes admiten expresamente la existencia de “problemas comerciales”. Lo que sigue de la declaración es el compromiso de los mandatarios a mantener los canales de diálogo en pos de “un crecimiento sólido, sostenible, equilibrado e inclusivo”.

El comunicado reconoce los beneficios del sistema multilateral de comercio, pero subraya que el esquema actual “se queda corto”. Para solucionar esto, los mandatarios cargaron las tintas sobre la Organización Mundial del Comercio (OMC) y se comprometieron a encarar su reforma. “La OMC tiene un gran desafío, que es modernizarse, eliminar trabas, burocracia, y tener mecanismos más simples de resolución de conflictos”, expresó el presidente argentino Mauricio Macri en una conferencia de prensa al finalizar la Cumbre. El propio secretario general de la OMC, el brasileño Eduardo Azevêdo, ha admitido que el organismo “no cumple con sus objetivos, y hay espacio para su mejora”.

Sin embargo, a diferencia de la Cumbre anterior de Hamburgo, en esta oportunidad, no hubo un compromiso explícito de “luchar contra el proteccionismo”, una fórmula que venía siendo habitual en las declaraciones del foro. La de Buenos Aires se convirtió así en la primera Cumbre en no condenar este tipo de prácticas en el comercio internacional, algo que, de ser incluido, habría seguramente sido rechazado por parte de Donald Trump y habría impedido la redacción del documento final consensuado. Al ser consultado por la significativa ausencia de este término, el presidente Macri expresó: “EE. UU. no acepta ese encasillamiento, ese etiquetado”.

CAMBIO CLIMÁTICO: UN PRECARIO EQUILIBRIO

En lo relativo al clima, los mandatarios acordaron estar en desacuerdo. En el primer día de la Cumbre, el canciller chino, Wang Yi, y el ministro para Europa y de Asuntos Exteriores de Francia, Jean-Yves Le Drian, dieron una conferencia de prensa conjunta con el secretario general de Naciones Unidas, el portugués Antônio Guterres, en la que remarcaron su compromiso en la lucha contra el cambio climático desde el multilateralismo. “La comunidad internacional decidió continuar con el multilateralismo para dar con una solución al cambio climático. China no va a cambiar sus decisiones vinculadas al cambio climático”, señaló Wang Yi.

En la vereda del frente se encuentra EE. UU. a partir de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. El negacionismo del actual mandatario estadounidense lo ha llevado al punto de plantear dudas respecto de la última Evaluación Nacional sobre el Clima, estudio científico producido por un equipo de más de 300 expertos pertenecientes a 13 agencias y organismos federales estadounidenses. “No me lo creo”, fue la respuesta de Trump, quien en el pasado ha tenido muchas idas y vueltas al respecto, y llegó a afirmar que el concepto de “calentamiento global” era una invención de los chinos para hacer que la industria manufacturera de EE. UU. fuera menos competitiva.

Las dos posturas irreconciliables quedaron registradas en la declaración final, donde los signatarios del Acuerdo de París reafirman que ese instrumento es “irreversible” y “se comprometen a alcanzar una implementación plena, que refleje las responsabilidades y las capacidades que correspondan de acuerdo con las circunstancias particulares de cada país”; mientras que, en el siguiente punto, se deja constancia de que “los EE. UU. reiteran su decisión de retirarse del Acuerdo de París y afirman su fuerte compromiso con el crecimiento económico, así como con el acceso y la seguridad energética, utilizando todas las fuentes de energía y las tecnologías relacionadas, y protegiendo el medio ambiente”.

EE. UU. Y CHINA SE DAN UNA TREGUA

La puja entre la hasta ahora incuestionada única potencia hegemónica del planeta, EE. UU., y la potencia en ascenso, China, se trasladó por dos días a la capital argentina. La rivalidad se refleja con intensidad en el ámbito comercial: en 2017 el déficit comercial de Washington respecto de Pekín fue de 375.576 millones de dólares, en tanto que en los primeros nueve meses de este año –a pesar de las medidas impuestas por Trump– superó los 300.000 millones. La disputa, azuzada por la Casa Blanca, entró en una especie de tregua luego de la esperada reunión bilateral que los presidentes Donald Trump y Xi Jinping mantuvieron en el Palacio Duhau.

En un encuentro, que fue calificado como “altamente exitoso” y “productivo” por la Casa Blanca, los mandatarios acordaron dejar en suspenso por 90 días la suba de aranceles del actual 10 % al 25 % para productos chinos por un total de 200.000 millones, que Trump había anunciado para el 1.º de enero, mientras que el presidente chino se comprometió a realizar “una compra sustancial” de productos industriales, agrícolas y energéticos norteamericanos a fin de reducir el desequilibrio comercial entre ambas economías.

“Washington podrá bravuconear, pero no ahogar a la economía china”, sostuvo el académico de Harvard y exsecretario del Tesoro de EE. UU., Lawrence Summers, en una columna publicada en Financial Times con posterioridad a la reunión bilateral entre Trump y Xi. La eventual pérdida de la primacía de EE. UU. como la mayor economía del mundo sería, a juicio de este experto, “un evento sísmico”, y el trauma se vería magnificado en caso de que “EE. UU. perdiera, a lo largo de la próxima década, su liderazgo en tecnologías de la información, inteligencia artificial y biotecnología”.

EL BALANCE DEL DÍA DESPUÉS

“El mundo nos dijo que estamos en el camino correcto”, aseguró el presidente Macri en una conferencia de prensa que dio una vez finalizada la Cumbre del G20, a la que siguió la visita de Estado del presidente chino. Independientemente del contenido de la declaración final, el solo hecho de que se lograra su redacción reveló que el mandatario logró posicionar a la Argentina como un intermediario honesto, y evitar que el país quedará atrapado en la lógica binaria en la que parece estar dividido el planeta. “Logramos ser una presidencia que concilie, que una y que avanza en la línea de cuidar los temas que atañen al cambio climático y de seguir buscando formas de profundizar el comercio”, aseguró el inquilino de la Casa Rosada.

En un encuentro previo con la prensa, realizado pocos minutos después de conocida la declaración final del G20, Macri expresó: “Somos capaces de tener buenas relaciones con todos los países, hoy estamos más conectados que nunca”. El presidente además destacó las buenas relaciones del país con los EE. UU., pero también con China. “Argentina no ve la presencia de China como una amenaza, sino como una oportunidad de desarrollo”, sostuvo en una primera rueda de prensa, apenas finalizada la Cumbre.

La Argentina logró cerrar acuerdos para la llegada de las muy ansiadas inversiones, que según un informe del IAE Business School de la Universidad Austral, podría alcanzar los 8.000 millones de dólares. El gobierno nacional firmó 30 acuerdos de comercio e inversión en infraestructura y la extensión del swap monetario con China. Los sectores alcanzados por las inversiones y la ampliación del comercio bilateral prometidos abarcan infraestructura (Participación Público y Privada, PPP), agricultura, minería, energía, transporte, entre otros.

Con los funcionarios chinos, el gobierno negoció contratos para la venta de granos, aceite de soja y arándanos, para inversiones en infraestructura energética para la provincia de Jujuy, la recuperación del ferrocarril San Martín Cargas y la finalización de la autopista a la ruta nacional 5 hacia La Pampa.

La reunión entre Macri y Trump, en tanto, sirvió para impulsar inversiones de la mano del sector privado. La Corporación para la Inversión Privada en el Exterior (OPIC) de EE. UU., se comprometió a impulsar proyectos de inversión en nuestro país por 813 millones de dólares, pero se prevé que esas obras movilizarán más de 3.000 millones de dólares en infraestructura, energías renovables y logística.

Los acuerdos incluyen el financiamiento de las siguientes obras: un gasoducto de Tecpetrol y Transportadora de Gas del Sur (TGS) entre Vaca Muerta y San Nicolás; la reparación y ampliación del corredor vial C Buenos Aires-Mendoza a cargo de Astris Infraestructura, a través del programa de Participación Público-Privada (PPP); la inversión de YPF Luz en energía eólica en Santa Cruz, que permitirá inyectar 122 MW al sistema eléctrico, y los proyectos de Genneia de plantas solar y eólica en Ullum (San Juan) y Chubut, respectivamente, con una potencia total de 222 MW; y la ampliación de los depósitos de la empresa Plaza Logística en el Gran Buenos Aires.

Japón también tuvo un rol destacado en estas negociaciones bilaterales. Ambos países elevaron su relación a “socios estratégicos”. Se estableció un acuerdo de Promoción y Protección Recíproca de Inversiones, que se estima que generará un fuerte crecimiento en los flujos de inversión desde ese país. Se contempla un programa del orden de 60 millones de dólares para obras de infraestructura. También se se espera el inicio de exportaciones de carne hacia ese país, y el impulso a la exportación de cerezas argentinas.

Por último, Argentina y Rusia firmaron un convenio de cooperación para pesca y para impulsar la exportación de productos de esta industria al mercado ruso. También suscribieron un documento estratégico sobre cooperación en el uso pacífico de la energía nuclear, que prevé la construcción de centros de investigación y la realización de tareas científicas conjuntas.

JAPÓN, ANFITRIÓN DE LA PRÓXIMA CITA

En el último acto de la Cumbre, Mauricio Macri traspasó al premier japonés, Shinzo Abe, la presidencia protémpore del G20, que casualmente coincidió con la celebración de los 120 años del inicio de las relaciones diplomáticas entre los dos países. A fines de junio de 2019, Osaka será la sede de la próxima cita de jefes de Estado y de gobierno del grupo. Tal como anticipó la presidencia japonesa, los tres temas centrales que marcarán su agenda serán: los riesgos y desafíos de la economía global; las acciones necesarias para transitar hacia un crecimiento robusto y sostenible; y la respuesta a los cambios estructurales causados por la innovación y la globalización. Además, se impulsará un simposio sobre los retos derivados del envejecimiento de la población, un asunto de gran actualidad para su sociedad y muchos de los países europeos, que genera nuevos dilemas tanto en materia de sostenibilidad del régimen jubilatorio como respecto de los efectos económicos de la longevidad de la población.

El objetivo, según señaló el primer ministro Abe en Buenos Aires, será impulsar “una sociedad libre, abierta e inclusiva” a través del impulso del “libre comercio y la innovación”, atendiendo simultáneamente “el crecimiento económico” y “la corrección de las inequidades” que se generan en la actual economía global.