Erdogan se mantiene firme en el poder, tras su victoria del pasado 24 de junio. / Foto: Presidencia de Turquía

Con el triunfo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, Recep Tayyip Erdogan concentra en sus manos todos los resortes del poder político en Turquía. A pesar de las críticas de organismos de derechos humanos, el líder islamista se niega a levantar el estado de emergencia y mantiene su política represiva hacia la disidencia interna.

Con el 52,6 % de los votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, Recep Tayyip Erdogan se aseguró un nuevo mandato de cinco años. Esta nueva victoria, que se suma al triunfo en el referéndum constitucional de abril de 2017, convierte al líder del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en el mandatario con mayor poder desde Kemal Atatürk, fundador de la República en 1923.

Desde la victoria del AKP en las elecciones de 2002 y su posterior elección como primer ministro en 2003, Erdogan se convirtió en la figura excluyente de la política turca. Consagrado como presidente de la República por el voto popular en 2014, consiguió sacar adelante una polémica reforma constitucional que abolió el cargo de primer ministro y le permitió hacerse con todos los resortes del poder. “Turquía ha decidido tomar el camino del crecimiento, el desarrollo, las inversiones y se ha convertido en un país prestigioso, honorable e influyente en todas las partes del mundo”, aseguró Erdogan en la noche del triunfo.

Una sociedad civil “asfixiada”

Desde las organizaciones defensoras de los derechos humanos se apunta contra los excesos del gobierno, que ha acentuado su autoritarismo desde el fallido golpe de Estado de julio de 2016. “Al amparo del estado de excepción, las autoridades turcas se han dedicado deliberada y metódicamente a desmantelar la sociedad civil, encerrar a quienes defienden los derechos humanos, cerrar organizaciones y crear un asfixiante clima de temor”, asegura el último informe de Amnistía Internacional, en el que se menciona el cierre de más de 1300 ONG por “vínculos no especificados con organizaciones terroristas”.

El gobierno de Erdogan, por su parte, apunta todos sus dardos contra el clérigo islámico Fetullah Gülen, un exaliado que lo ayudó a llegar al poder, con el que se enemistó en 2012 y que reside actualmente en EE. UU. “Los seguidores del imán Gülen pagarán un precio muy alto por esta traición”, se encargó de decir el actual jefe de Estado luego del fallido golpe de Estado de 2016, que dejó un saldo de 265 muertos. En las siguientes semanas fueron detenidos más de 2800 militares y se despojó de su cargo a más de 2700 jueces por su supuesta vinculación con la conjura golpista.

Liderazgo y tensiones en el mundo musulmán

En cuanto a la política exterior, a pesar de seguir siendo parte de la OTAN y de su histórica aspiración a integrarse a la Unión Europea (UE), el gobierno turco ha intentado en la última década recuperar su influencia como actor de peso en Medio Oriente y en el mundo musulmán en general. Conocida como “neo-otomanismo”, esta nueva doctrina ha impulsado al gobierno de Ankara a utilizar su diplomacia y poderío militar en el rediseño del mapa de alianzas en Medio Oriente. En plena guerra civil siria, Turquía no ha dudado en intervenir militarmente en el norte de ese país para frenar el avance de las tropas kurdas, a través de la operación “Ramo de Olivo” lanzada en enero pasado. Distinta ha sido su actitud respecto del gobierno regional del Kurdistán iraquí, con el que ha entablado relaciones políticas y económicas, aun cuando Turquía mantuvo su rechazo a la creación de un Estado kurdo independiente.

El gobierno de Erdogan no ha dudado en alzar su voz contra Israel en defensa del pueblo palestino, lo que ha provocado el deterioro de la histórica alianza que ligaba a la Turquía republicana con el Estado hebreo. Una de las últimas movidas de su gobierno fue la convocatoria a una cumbre extraordinaria de la Organización de la Conferencia Islámica en Estambul en diciembre de 2017, donde los 57 países miembros acordaron reconocer a Jerusalén Este como capital del Estado Palestino y llamaron al restablecimiento de las fronteras previas a 1967.

Finalmente, en un claro desafío a Arabia Saudita y sus aliados en el Golfo Pérsico, el gobierno turco no ha dudado en reforzar su alianza militar con Qatar y ha desplegado tropas en las bases militares que mantiene en ese pequeño pero poderoso emirato, que desde julio de 2017 sufre un bloqueo económico impuesto por el resto de las monarquías árabes del Golfo. En una clara demostración de la tensión reinante entre los gobiernos turco y saudita, el príncipe Mohamed Bin Salmán –heredero al trono saudita– ha incluido a Turquía en un supuesto “triángulo del mal” del que también formarían Irán y los grupos religiosos extremistas que amenazan a su país.