Seth Siegel, de visita en Buenos Aires por la presentación de la edición local de su libro El agua, el autor neoyorkino mantuvo un extenso diálogo con DEF en el que compartió su visión sobre la crísis hídrica mundial, la situación de la Argentina en torno a estos temas y los caminos posibles para solucionar el problema. Por: Nadia Nasanovsky Fotos: Fernando Calzada

¿Qué lo inspiró a escribir el libro?

Me considero un ciudadano comprometido, un activista. Cuando descubrí el problema del agua y su alcance, me puse a leer más sobre el tema. Tengo varios amigos que son funcionarios públicos, entonces empecé a hablar con ellos de esto y, para mi sorpresa, me di cuenta de que tenían muy poca información, había muy poca concientización al respecto.

De hecho, hubo un momento específico en el que accedí a un informe secreto del gobierno de EE. UU. que había sido desclasificado, que decía que el mundo estaba entrando en una crisis hídrica severa, que ya había comenzado, que se estaba acelerando, y alcanzaría su fuerza máxima en 2025. Le pregunté a un senador amigo qué estaba haciendo con esto, qué recomendaciones tenía, y me contestó: “No sé de qué reporte me estás hablando”.

Eso me llevó a darme cuenta de que debía haber un montón de senadores que no estaban al tanto del tema, empecé a preguntar y me encontré con que estaba en lo cierto. Decidí, como ciudadano y activista, que era una oportunidad para ayudar. Mi objetivo era educar a los funcionarios, no pensaba en escribir un libro, pero después me di cuenta de que había una gran historia para contar y un gran modelo a seguir para un mundo cada vez más seco.

¿Cómo fue el proceso de ahí en más?

Empecé a investigar por Internet, a intentar aprender más sobre el tema del agua en general y sobre su escasez en particular. A medida que iba leyendo, me encontraba todo el tiempo con la conexión de Israel con las soluciones al problema de escasez de agua. Eso me llevó a investigar para hacer un libro que contara la historia del triunfo de Israel en materia de agua. Le siguió un proceso de 14 meses que me llevó a Israel varias veces. Pasé nueve semanas allá, a lo largo de cinco viajes. Entrevisté a 220 personas, entre ellas 180 israelíes, 20 palestinos, y 20 funcionarios y líderes de ONG de EE. UU. y otros países. Después de eso, me senté a escribir durante casi un año, nueve o diez meses. Cuando salió el libro, quedé sorprendido por el éxito que tuvo.

En su opinión, ¿cuáles son las claves para el éxito de Israel en el manejo del agua?

Su cultura, en primer lugar. Esto antecede a la creación del Estado, antes de 1948 ya estaba el foco puesto en la excelencia del agua. Pusieron mucho dinero y sus mejores mentes a trabajar en esto, lo que sentó las bases para el futuro.

En segundo lugar, la gobernanza es de alto nivel. Tecnócratas dirigen el sector del agua en Israel, fue sacado de las manos de los políticos.

Además, Israel cobra precios reales por el agua, y las fuerzas de mercado hacen maravillas en ayudar a impulsar su conservación, eficiencia e innovación.

Por último, Israel es un centro de alta tecnología en muchas áreas, incluyendo el agua, y ha hecho cosas maravillosas en agricultura y con otras formas de tecnología que han sido transformadoras. Israel inventó el riego por goteo, está en el centro del desarrollo de semillas resistentes a la sequía; allá tratan y reutilizan sus aguas residuales a un nivel cercano al 90 %. En Israel se desarrolló el agua desalinizada, que se usa en un 80 % de los hogares del país, y se avanzó en tecnologías para arreglar fugas de agua para garantizar que hubiera agua disponible en todo momento, en una de las regiones más áridas del mundo.

Crear conciencia

En el libro usted habla de la existencia de una “cultura respetuosa del agua” y brinda algunos ejemplos de los hábitos cotidianos q ue los israelíes hacen de ella. ¿Cuán importante es esta cultura y cómo replicarla en otros países?

La cultura es esencial, para bien y para mal. Es algo duradero, la gente se queda para siempre con lo aprendido a edades tempranas. Todo empieza con buenos líderes nacionales que marcan el camino. En cada país hay una serie de temas que son considerados importantes, en Israel uno de ellos es la seguridad de los recursos hídricos. Argentina y Sudamérica pueden priorizar el agua limpia de la misma manera.

¿Tiene algún consejo para los ciudadanos comunes sobre buenos hábitos para incorporar?

Yo primero que nada instaría a los gobiernos a que incluyan programas sobre el agua como parte de la currícula obligatoria en los colegios. Pero hay decisiones que todos podemos tomar en casa en relación al agua. Los padres pueden educar a los hijos y los hijos educar a sus padres.

 ¿Hay algún cambio de este tipo que usted en su vida personal haya llevado adelante luego de escribir el libro?

Ahora soy mucho más consciente sobre el uso que hago del agua. Un ejemplo: tengo una manguera en mi patio y hace unos días descubrí que tenía una fuga. A pesar de que la fuga no me significaba un costo grande de pérdida de agua, tomé la decisión de llamar al plomero para que la arreglara, y gasté el equivalente a tres o cuatro años de cuotas del servicio de agua, fue mi decisión hacer de esto una prioridad. Otro ejemplo: tengo una pequeña huerta y ahora me pasé al riego por goteo para mantenerla.

¿Por qué se decidió a presentar una edición argentina del libro?

Estoy convencido de que el agua es un tema local y global a la vez. Me gustaría tener un libro en cada idioma, en cada país del mundo, y quisiera aclarar que yo no recibo ni un centavo de regalías, todo se dona, no saco ningún provecho de esto.

Hay historias locales, pero también está la historia global, que es que estamos atravesando el mayor período de escasez de agua de la historia, algo que afecta a muchos países alrededor del mundo, y ese número seguirá en aumento. Hace un año Francia no tenía problemas con el agua, ahora sí. Hace cinco años, en Sudáfrica no tenían este problema, ahora sí. Pasa en todo el mundo. Los países que pensaban que estaban bien, empiezan a darse cuenta de que no lo están en absoluto.

¿Entonces, cómo se hace para salir de este escenario?

La buena noticia es que si los países se preparan para la escasez de agua, en cinco o siete años pueden ser como Israel, y tener abundancia de agua. El problema es que pocos países están haciendo el trabajo que tienen que hacer, y después se encuentran, de golpe, en el medio de una sequía y ya no tienen más cinco o siete años para solucionarlo. Esto está pasando en todos lados, en EE. UU., por ejemplo, lo sufren estados como California y Arizona.

¿Pero hay países que sí se están preparando?

Solo algunos pocos han actuado antes de que esto se les convirtiera en un problema. Y esa es la clave. Lo que pasa es que la mayoría dice: “Bueno, voy a esperar a que haya malas noticias para entonces recién actuar”. Yo soy amigo de la mujer encargada del Servicio de Agua de Nevada, que me contó que ella aprendió de los israelíes, y la lección más importante que se llevó fue: “No esperes a tener una crisis para enfrentar tus necesidades de agua, porque va a ser tarde”.

¿Qué balance hace de su reciente viaje a Argentina?

El primero es que hay buenas noticias. Quedé muy impresionado por el nivel de los funcionarios tanto de la Ciudad de Buenos Aires, como de la Provincia de Buenos Aires y del gobierno federal. Quedé encantado por lo excepcionalmente talentosos que son los funcionarios argentinos encargados del manejo del agua. En segundo lugar, encontré una concientización creciente de que mantener el status quo es inaceptable, y esto sin dudas va a llevar a la acción.

Pero todavía falta algo y es la implementación de políticas públicas que ayuden a la Argentina a convertirse en el éxito que puede ser en materia de agua. Por otra parte, creo que aún es muy alto el nivel de gente que sigue sin acceso al agua limpia y segura. Por último, pienso que el país no trata de manera adecuada y suficiente sus aguas residuales antes de verterlas, y eso genera tanto problemas de salud como un problema medioambiental.

¿Es usted optimista sobre el futuro de la humanidad en medio de la crisis mundial del agua?

Mi libro es muy optimista y yo soy una persona muy optimista por naturaleza. Pero más allá de eso, mi respuesta a la pregunta es: “Depende”. Para mí está claro que en última instancia no se trata de escasez de agua sino de escasez de voluntad, de creatividad y de innovación. Con voluntad, con creatividad y con innovación, el mundo tiene por delante un futuro maravilloso. Aquellos países que no actúen van a enfrentar muchos retos en los próximos años y es una pena porque es algo muy evitable: existe tecnología para que todos, sean países pobres o ricos, tengan un futuro de agua segura.

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Nadia Nasanovsky
Lic. En Relaciones Internacionales y periodista. Actualmente escribe en DEF sobre economía, actualidad internacional e innovación. Formó parte de las redacciones de La Nación y el Buenos Aires Herald y es colaboradora de El Cronista.