Tareas de rescate después del sismo que sacudió a la ciudad de México en 2017. Foto: AFP Photo / Pedro Pardo

Los recientes terremotos de México renovaron una vieja pregunta, ¿se pueden anticipar estos violentos movimientos de la tierra? Para tratar de responder la pregunta, estudiamos cómo se originan y se mensuran. Por Claudio Alberto Parica. Foto: AFP. 


La fuerte actividad sísmica ocurrida en el centro y sur de México en septiembre último, con sus más de cuatrocientos muertos y miles de heridos, puso sobre el tapete temas tales como la estructura de la corteza terrestre y la problemática de los terremotos.

Aunque sería deseable que estos “riesgos geológicos” pudieran ser previstos con cierta anticipación, la realidad es que hasta el momento dicha previsión, a pesar de los esfuerzos continuos de la comunidad científica, es ínfima y no excede el orden del minuto.

Es necesario también destacar que terremotos hubo siempre, solo que en la actualidad, con la alta capacidad de difusión existente, son conocidos al detalle por la sociedad en general. Por otra parte, también es importante destacar que muchas veces ocurren sismos en zonas despobladas que, justamente por la falta de impacto, aunque existen en los registros, no tienen trascendencia.

¿QUÉ ES UN SISMO?

Un sismo es la liberación de energía producida por movimientos en la corteza terrestre, normalmente asociados a la tectónica de Placas. La corteza terrestre se puede dividir en dos tipos: la corteza continental –la de mayor espesor– y la corteza oceánica, de menor espesor y que constituye el piso oceánico.

En la corteza terrestre asimismo se reconocen zonas de creación de corteza y zonas de consumición de ellas. Las primeras son las cordilleras centro oceánicas, con efusiones volcánicas submarinas, como por ejemplo, la Cordillera Centro Oceánica del Atlántico, que provoca la separación continua de América del Sur de África, donde además se verifican sismos de baja intensidad. Las áreas de consumición de corteza, por su parte, son aquellas en las que colisionan dos placas, como es el caso del borde occidental de Sud América con la Placa de Nazca, que al introducirse por debajo de la Sudamericana, provoca sismos y vulcanismo.

La movilidad de las placas tiene lugar en zonas más profundas de la Tierra, en el manto, donde se generan corrientes convectivas a causa de diferencias de temperatura.

Entre las placas que han incidido en los recientes sismos registrados en México, la denominada Placa de Cocos ha sido la responsable fundamental de los últimos eventos catastróficos. Se han verificado dos grandes terremotos muy destructivos: uno el día 7 de septiembre de 2017, que tuvo una magnitud de 8.8 en la escala de Richter, y unos días después otro de magnitud superior a 6. Posiblemente el segundo haya sido consecuencia de las réplicas por acomodamiento de fragmentos de la corteza luego del primer seísmo.

Distribución de placas en la corteza terrestre.

LAS ESCALAS DE MEDICIÓN

Se utilizan dos escalas de medición de terremotos. Mercalli es una escala de observación simple, cuya cuantificación depende sobre todo de la sensación que se siente, esta va de 1 a 13. Pero en en el ámbito científico la que se utiliza es la escala de Richter, dado que es producto de una fórmula vinculada al registro de las ondas que se producen en un sismo, no tiene límite superior.

Un sismo asimismo es un fenómeno más complejo, pues incluye más de una onda de propagación, las ondas son P (Primaria), L (Love), R (Rayleigh) y S (Superficial). Las ondas P son longitudinales o compresionales, lo cual significa que el suelo es alternadamente comprimido y dilatado en la dirección de la propagación. Estas ondas generalmente viajan a una velocidad 1,73 veces de las ondas S y pueden viajar a través de cualquier tipo de material líquido o sólido.

Las ondas S son ondas en las cuales el desplazamiento es transversal a la dirección de propagación. Su velocidad es menor que la de las ondas primarias, debido a lo cual aparecen en el terreno algo después que las primeras. Estas ondas son las que generan las oscilaciones durante el movimiento sísmico y las que producen la mayor parte de los daños. Solo se trasladan a través de elementos sólidos.

Los otros dos tipos de onda generadas en un sismo son las denominadas Love y Rayleigh, la primera se desplaza en forma paralela a la superficie y es la responsable de los movimientos laterales, en tanto que las ondas Rayleigh son perpendiculares a la superficie del terreno y son altamente deformantes de esta superficie.

LA PREVENCIÓN SÍSMICA

Una de las mayores preocupaciones de la geología es la prevención frente a distintos procesos, cuya previsibilidad varía según los casos y es sumamente escasa en otros como los movimientos telúricos. Desde hace muchos años se ha intentado sin éxito prevenir los sismos y en la actualidad el aviso de prevención ronda los 30 segundos y, eventualmente, un minuto, tiempos que sin dudas no permiten acciones que alcancen a proteger ni a las personas ni a los bienes materiales de una comunidad.

Históricamente se han intentado diversas medidas preventivas. A modo de ejemplo, en la década del 80 en Grecia, algunos investigadores observaron que los cristales de cuarzo sometidos a presión emitían con cierta anticipación ondas de radiofrecuencia, sin embargo, también se comprobó que esta particularidad no siempre se podía verificar con anterioridad a cada sismo. Otro tipo de estudios están relacionados a la conducta de los animales y sus cambios de hábitos, detectores de ondas de baja frecuencia, pero en su conjunto ninguna investigación logró satisfacer las necesidades del conocimiento anticipado con tiempo suficiente como para tomar medidas preventivas.

Por estas razones es que, dada la escasa o nula anticipación posible frente a un terremoto, es fundamental la toma de conciencia sobre la actividad sísmica en una región. En el caso de una ciudad, las construcciones deben ser de máxima seguridad sísmica, con el uso de materiales adecuados y, sobre todo, la educación de su población para que sepa actuar en caso de que se produzca un terremoto.

El mejor ejemplo de la importancia de estas previsiones son las consecuencias sufridas por la propia ciudad de México en sus distintas catástrofes. Mientras que el terremoto de 1985, con una magnitud de 8.1 dejó alrededor de 3700 muertos y una urbe devastada, 32 años después y gracias a las construcciones antisísmicas y la utilización de materiales pertinentes, pese a  haber sufrido dos sismos  de 8.2 y 6.1 grados, sucesivamente, las víctimas fatales no superaron las 500 personas y los daños fueron muy inferiores a los de las otras catástrofes.