El destino del continente y la forma de pararse frente al resto del mundo fueron, a lo largo de la historia, y sobre todo de la historia más reciente, un lugar de lucha desde el cual las distintas potencias continentales fueron delineando, en base a una variedad de intereses, las formas que servirían para denominar cada momento cultural e histórico. El resto de los países se alineó, cada uno, de acuerdo a su conveniencia. Pero, ¿desde qué lugar se ubicó y se ubica la Argentina?

Cualquiera que en las décadas de los 60 y 70 quisiese sacar patente de progresista debía pronunciar, de manera sentida o no, la palabra “Latinoamérica”. Ese espacio cultural e histórico pasaba a ser sinónimo de destino común alejado de las influencias de la superpotencia estadounidense. En algunos casos, se buscaba emparentar los latinoamericano con corrientes nacionalistas y desarrollistas y, en otros, con los supuestos puntos de convergencia con los movimientos prosoviéticos. Para fines de los 80, luego de dictaduras y agudas crisis económicas, reinaría el termino “hemisférico”. Emergía la idea de un mundo post Guerra Fría y post crisis de la deuda estallada en 1982, que vía Consenso de Washington readaptaría nuestras sociedades y economías al mundo globalizado e interdependiente que se nos presentaba con esperanza e incertidumbre. Iniciativas como el ALCA se enmarcaban en este sentido, como así también construcciones diplomáticas destinadas a articular espacios de paz en ese escenario conflictivo que para esa época aún existía entre la democratizada Sudamérica y los EE.UU. O sea, America Central y el rol constructivo del denominado Grupo de Río. Los primeros años de los 90 se presentarían de la mano de la constitución del NAFTA entre Canadá, los EE.UU. y México, lo que dio lugar a comentarios, más o menos bien intencionados, acerca de que a partir de ese momento el territorio azteca ya no podría ser visto como ligado a nuestra región dada la interdependencia con la superpotencia.

Las crisis económicas y sociales de fines de los años 90 y comienzos del nuevo siglo darían como resultado el ascenso de gobiernos de fuerte perfil contestatario al Consenso de Washington y al poder e influencia americanos. Los casos de Venezuela, luego Bolivia y finalmente Ecuador y Nicaragua serían ejemplo de ello. La Argentina también se perfilaba, con sus particularidades, hacia esa dirección, sin por ello poder ser asimilada linealmente con estos últimos países. En este escenario, Brasil comenzaría a lograr combinar su tradicional estabilidad política con la salud macroeconómica lograda en los 90 y el boom de los precios de las materias primas, del cual es gran exportador, sin olvidar la viabilidad económica que el alto valor del barril del petróleo le dio a las explotaciones offshore de petróleo encontrado frente a Río de Janeiro y San Pablo. Ello, de la mano de un liderazgo carismático y pragmático como el de Lula y su capacidad, junto con la del PT, de superar la crisis política del año 2004-2005 por acusaciones de pagos ilegales a legisladores, que colocarían a Brasil en una posición de potencia indiscutida a nivel regional. Mas aún, vis a vis, a una Argentina ensimismada pos crisis del 2001-2002 y con una tendencia a lo “gestual” y a fricciones con los EE.UU. y los mercados internacionales.

Dentro de todo este escenario, tanto Brasil, como verdadera masa crítica de poder y hábil diplomacia, como los gobiernos bolivarianos, pusieron en el centro del discurso y del imaginario publico la idea de “Sudamérica”. Un corte imaginario en el Canal de Panamá que diferenciaba el espacio geográfico por donde habían caminado los caudillos libertadores -básicamente Bolivar, según este relato- y el Brasil. Una combinación sin muchas raíces históricas, dadas las abismales diferencias en el proceso de independencia de los países de habla hispana y del caso brasileño durante el siglo XIX, pero poderosa como imagen. Lo sudamericano servía y sirve a los bolivarianos para “dejar afuera” a los EE.UU. y sus planes hemisfericos. En tanto que Brasil no debe compartir cartelera con una potencia económica, demográfica, de gran importancia geopolítica dada su cercanía a los EE.UU,. poder petrolero y, algo no menor, una masa crítica inmensa de mexicanos que viven y votan dentro de la superpotencia. Ni que decir, de quitarse de encima también el paraguas de los EE.UU. sobre nuestra región, sin que por ello Brasilia descuide su vínculo con Washington. Eso sí, estableciendo ese vículo de manera bilateral, tal como lo hace con otras grandes potencias: China, Rusia, India y hasta Sudafrica. Lógica impecable tanto la de los bolivarianos como de los formadores de políticas brasileños. La duda es si resulta así para la Argentina. Quizás por nuestra posición geográfica, historia, tradición y posición relativa de poder, pivotear sobre relaciones realistas y constructivas con Brasil, EE.UU., paises claves de Europa, China y Sudáfrica, parezca un camino mas realista. Quizás menos épico, pero más redituable en el mediano y largo plazo.

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Fabián Calle
Lic. en Ciencia Política y magíster en Relaciones Internacionales (FLACSO y Universidad de Bologna). Está especializado en temas de Defensa y es investigador del CONICET. Es columnista de la revista DEF y profesor universitario.