Diego Hurtado, historiador de la ciencia y docente de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), analiza la situación internacional del sector nuclear y se refiere al lugar que la Argentina y otros países de la periferia juegan en un mercado dominado por las grandes potencias.

– En una columna publicada hace siete años, cuando Argentina se disponía a relanzar su plan nuclear, usted advertía sobre el riesgo del apartheid tecnológico. ¿A qué se refería?

– La expresión apartheid tecnológico fue utilizada por el ex canciller Dante Caputo cuando, a comienzos de los 80 y a pesar de la vuelta de la democracia, se seguía insistiendo en que Argentina era un país inestable y  se decía que corría el riesgo de caer en cualquier momento en una nueva dictadura. En el orden mundial hay una lógica de comportamiento que involucra tres niveles: los países centrales, los periféricos y los semiperiféricos. Estos últimos, si bien pertenecen a la periferia, tienen capacidad industrial y requieren tecnología de los países avanzados, pero tienen, al mismo tiempo, la pretensión de avanzar en su propio desarrollo tecnológico. En ese sentido, son desestebilizadores y ponen en tensión el sistema. Por otro lado, los países centrales juegan sus lugares de hegemonía justamente en la posibilidad de monopolizar u oligopolizar los sectores más dinámicos de la economía, que son aquellos sectores que encarnan las tecnologías avanzadas.

– ¿Cómo se observa esta tensión en el sector nuclear?

– El sector nuclear fue funcional al lugar hegemónico de EE.UU. después de la Segunda Guerra Mundial. Lo fue, claramente, en términos de poder militar. Sin embargo, en términos económicos, la industria nuclear norteamericana fracasó y no cumplió las promesas de la década del 50, cuando fue lanzado el programa Átomos para la Paz. La década del 70 marcó la debacle de la industria nuclear estadounidense, que logró obtener ganancias a partir del abastecimiento de la demanda interna, pero no consiguió desarrollar su potencialidad exportadora. Hubo un intento de transformar a la energía nuclear en un sector muy dinámico de la economía, pero finalmente no cumplió el rol que tuvo la máquina a vapor en la Revolución Industrial o el sector eléctrico y químico en la industrialización de Alemania y de los propios EE.UU. en el siglo XIX, o el rol que hoy pueden jugar la nanotecnología y la biotecnología.

– En este marco, ¿cuál es la situación actual de nuestro país?

– Superadas las políticas de los noventa, Argentina está intentando retomar un proyecto de país. En ese sentido, quiere tener su propio plan nuclear, su propio plan espacial y sus propios desarrollos en microelectrónica. La pregunta que cabe formularse es qué ocurriría si la Argentina, retomando su plan nuclear, desarrollara a mediano plazo capacidades propias para poder fabricar sus propios reactores de potencia. Por un lado, significaría un salto cualitativo en la capacidad de producción de tecnología nuclear y, además, permitiría apuntar a generar un mercado internacional. En los setenta, cuando Argentina, Brasil o India asomaron como posibles competidores en el mercado nuclear, se los colocó dentro de la categoría de “proliferadores”. Hoy esta misma situación la padece Irán. Si repasamos un discurso de 2006 del ministro Julio De Vido, allí se encarga de aclarar que nuestro país tiene todos los papeles en orden: “Todo el programa nuclear argentino se encuentra bajo salvaguardias totales del OIEA, de conformidad con el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares y el Tratado de Tlatelolco, además de los acuerdos bilaterales con Brasil”. Y añade que “toda exportación nuclear que realice Argentina requiere como condición previa que el Estado receptor haya suscripto los acuerdos de salvaguardias correspondientes con el OIEA”.

– Si nos detenemos en el caso de nuestro principal socio del Mercosur y observamos su proyección global, ¿qué rol puede jugar Brasil en este nuevo escenario internacional?

– Recuerdo que en 2008, tras una reunión entre Lula y Cristina Fernández de Kirchner, el Carnegie Endowment for International Peace advertía sobre la idea de Brasil de aliarse con Argentina para proyectar un liderazgo regional y probablemente global y mencionaba sus “posibles dimensiones ocultas”. La frase “intenciones ocultas” es clave y se ha transformado casi en una categoría académica. Desde este tipo de instituciones se insiste en que el problema de la periferia es que es “opaca” en términos de intencionalidad política. Se construye la opacidad periférica para justificar posteriormente la necesidad de aplicar cierto tipo de medidas coercitivas. A nivel geopolítico, Brasil hoy está vinculado a los BRICS y la alianza con Argentina es importante porque amplifica su capacidad de maniobra geopolítica. El surgimiento de los BRICS hace que la capacidad hegemónica de EE.UU. esté un poco debilitada. Hay una ventana de oportunidad que no sabemos cuánto va a durar y que tenemos que aprovechar.