Tres fenómenos explican el problema de la obesidad en el mundo actual: el genoma ahorrador del homo sapiens, el sedentarismo obligado de los habitantes urbanos del mundo industrial y la disponibilidad de alimentos ricos en energía. Opina Patricia Aguirre

Cuando hablamos del sobrepeso y la obesidad, desde la antropología, hablamos de las condiciones   sociales  que hacen que ese fenómeno ocurra. Normalmente se identifican tres malos en la película: el genoma ahorrador del homo sapiens, el sedentarismo obligado de los habitantes urbanos del mundo industrial y la disponibilidad de alimentos ricos en energía como nunca hubo en la historia humana. ¿Tiene la misma culpa nuestro genoma que el chocolate que me comí antes de llegar a mi casa?. No, debemos jerarquizar.

El genotipo ahorrador es una adaptación biológica  de millones de años para la supervivencia de la especie en un medio ambiente donde se alternaban periodos de abundancia (primavera y verano cuando los alimentos abundaban), con períodos de escasez (otoño y el invierno, cuando faltaban). Aquellos individuos que tenían genes “ahorradores” y que en la épocas de abundancia podían llevarse puestas las calorías (en forma de grasa, en dos mochilas: la panza y los glúteos), podían sobrevivir en las épocas de escasez. Es esta característica de nuestro cuerpo lo que nos hace obesos? ¡No!. Este genotipo da cuerpos muy diferentes de acuerdo al medio social en que se despliega. En las sociedades  cazadoras –recolectoras el cuerpo promedio era flaco, magro, alto. Pero el mismo genotipo ahorrador en sociedades agrícolas donde la alimentación se basa en cereales y tubérculos y la actividad está concentrada en los períodos de siembra y cosecha, da un cuerpo promedio bajo y flaco (probablemente crónicamente desnutrido) y el mismo genotipo ahorrador en las sociedades urbanas actuales es sospechoso de ser el causante de sobrepeso y obesidad. El mismo genotipo, tres sociedades, tres cuerpos. No es el genotipo (que es común a todos) sino la sociedad que le da de comer….y lo detiene en su actividad lo que forma los cuerpos y las patologías.

Y así llegamos al segundo malo de la película: el sedentarismo. La tecnificación del trabajo, el transporte automotor, aún la reducción del movimiento incidental (subir la ventanilla de un auto ahora se sustituye por pulsar una tecla), el ocio digital, reducen cada vez más la tasa de actividad cotidiana de los humanos urbanos, hasta el punto que hoy que a uno le gusten los deportes es verlos por TV en lugar de practicarlos. Sin duda el cuerpo de la especie humana que evolucionó para caminar en la sabana está sufriendo el embate del estilo de vida actual.

Pero el tercer malo es la clave del problema: desde 1985 – al menos estadísticamente- hay  alimentos para todos los habitantes del planeta. Sin embargo hay 1000 millones de desnutridos (y 1500 millones de personas con sobrepeso) lo que nos habla que los alimentos se concentran en los lugares donde pueden pagarlos, no donde los necesitan. Porque los alimentos son mercancías y no nutrientes, sirven para vender antes que para comer (la comida chatarra es calificada de anti-nutriente). Esta lógica ha llevado a las sociedades occidentales a producir con eficiencia (no necesariamente con sostenibilidad) y tener disponibles para quienes puedan pagarlas, enormes cantidades de energía barata, que querrá vender y por lo tanto “alguien” las tendrá que comprar. Para esto su aparato publicitario creará necesidades, gustos y propuestas llegando a niños, deportistas, estreñidos, etc. grupos cada vez más especializados con una única propuesta: coma más (de ninguna manera coma mejor). La lógica que anima la alimentación actual es la gran productora de sobrepeso y obesidad. El estímulo permanente a consumir mucho, graso y dulce, forma parte de lo que se llama la sociedad obesogénica. Como si la salud y la silueta fueran el premio por negarnos a compartir los valores y las prácticas de nuestra sociedad. Pero todavía hay más, si la energía es barata y los micronutrientes son caros ¡que comerán los pobres? La respuesta es simple: alimentos baratos ricos en energía y pobres en nutrientes, provocando este vuelco en el sentido del hambre que observamos hoy en todo el mundo : la obesidad de la escasez. Si queremos incidir sobre el sobrepeso masivo es poco eficiente reducirlo uno por uno. Mejor dejemos tranquilo al genoma y cambiemos las condiciones sociales de producción de este sobrepeso y para eso – nos guste o no deberemos cambiar la manera de producir para hacerlo con sustentabilidad, distribuir para hacerlo con equidad y consumir para hacerlo en comensalidad.

La autora de esta columna es antropóloga, autora del libro “Ricos flacos y gordos pobres” (Colección “Claves para Todos”, Capital Intelectual, 2007).