Surge la necesidad de plantear un estricto orden de prioridades en la asignación de los recursos, lo que va de la mano de una clara determinación de los desafíos a enfrentar. Por Horacio Jaunarena (ex ministro de Defensa de la Nación).

En 2008, en una reunión de los altos mandos y en presencia de la ministra de Defensa Nilda Garre, el entonces jefe del Estado Mayor del Ejército, el teniente general Roberto Bendini, informó que el Ejército no estaba en condiciones de cumplir con la misión que por ley tiene asignada y que estaba en un desequilibrio por defecto con sus pares de Brasil y Chile, lo cual dificultaba todos los planes de integración en un sistema de defensa regional. La situación desde entonces no solo no varió, sino que en el transcurso del tiempo se agravó, y la misma condición se repite tanto en la Armada como en la Fuerza Aérea.

Una asignación presupuestaria que se sitúa por debajo del 1 % del PBI y que, de la suma resultante, se destina con suerte el 15 % para funcionamiento y adquisiciones, hace prever que, prolongada en el tiempo, es una situación que no conduce a otro camino que al colapso del instrumento militar. Un equipamiento cuyo promedio de vida excede largamente los treinta años, un adiestramiento que en ningún caso supera el 40 % del mínimo requerido, y un mantenimiento dificultado por la escasez de fondos, componen una trilogía perversa que presagia un oscuro horizonte.

La insuficiencia presupuestaria es una de las causas principales —no la única— que nos lleva a la situación en la que estamos. También es cierto que el gobierno debe atender a múltiples requerimientos de diferentes áreas, lo que nos indica que los fondos a destinarse al sector van a ser escasos.

Como consecuencia, surge la necesidad de plantear un estricto orden de prioridades en la asignación de los recursos, lo que va ineludiblemente de la mano de una clara determinación de los desafíos que tenemos que enfrentar y que amenazan a la seguridad de nuestra población. El desarrollar una clara capacidad anticipatoria del posible conflicto también contribuye a mitigar las consecuencias de la falta de recursos disponibles.

El primer desafío al que debemos dar respuesta es a la necesidad de recuperar el control soberano de nuestros espacios territoriales. No controlamos nuestro espacio aéreo porque no tenemos los radares suficientes. Brasil, Chile y Uruguay tienen más del 90 % de su territorio radarizado, nosotros apenas cubrimos el 20 % del nuestro (nos referimos a los radares 3D). No controlamos nuestro mar, que sufre la permanente depredación de su riqueza, y también corren peligro de extinción algunas especies por insuficiencia del patrullaje y por la falta de una efectiva asignación de competencias entre la Armada y la Prefectura. Nuestro espacio terrestre sufre un deterioro en la vigilancia de nuestras fronteras como consecuencia, entre otras causas, de haber destinado efectivos de la Gendarmería a brindar seguridad en los centros urbanos. Tampoco hace a una adecuada coordinación de esfuerzos el hecho de que Defensa y Seguridad sean tratados como compartimentos estancos y dependan de diferentes ministerios. La tendencia al comportamiento autónomo de cada fuerza es difícil de revertir, más complejo aún si no hay voluntad política de hacerlo. Naturalmente, el empleo del instrumento militar varía en sus características según el medio en el cual se desenvuelve la fuerza en cuestión, pero en todos ellos tienen mucho que hacer.

Asumida como prioridad la recuperación de nuestros espacios, ella debe guiar la adquisición de los primeros equipamientos aptos para estos fines, teniendo en cuenta que ellos también servirán para el objetivo, en el mediano y largo plazo, de poner de pie a las Fuerzas Armadas de manera de poder integrar a nuestra defensa en un esquema de seguridad y defensa regionales. Nadie quiere como socio a alguien que no está en condiciones de aportar algo. Cada vez más, las amenazas requieren respuestas multinacionales.

En todo el mundo va creciendo la idea de que seguridad y defensa conforman un continuo. La Argentina no es ajena a esta realidad y no debemos desconocer que urge la necesidad de volver a redefinir las competencias y los ámbitos de actuación de nuestras Fuerzas de Seguridad hoy desbordados: Gendarmería, Prefectura, Policía Federal, Policía de la Ciudad, Policías Provinciales, Policías Municipales, Policía de Seguridad Aeroportuaria, Policía Aduanera, Sistema Penitenciario Federal. En este festival de fuerzas, se superponen acciones en determinados ámbitos mientras que otros permanecen abandonados.

Es importante que la mayoría de nuestra población, y sobre todo los que tienen la representación política de ella, asuman que el problema de la defensa es un problema del conjunto de los argentinos y no solamente del gobierno de turno. Si no defendemos adecuadamente nuestro territorio, si nuestro espacio aéreo es de libre circulación para el vuelo ilegal, si nuestro mar es ámbito liberado para la depredación de nuestra riqueza, si nuestros ríos son avenidas del contrabando de la droga, si nuestras fronteras terrestres son permeables, más temprano que tarde vamos a tener que asumir que o nos hacemos cargo de nuestra defensa y de nuestra seguridad o la inseguridad se hará cargo de nosotros.

Una convocatoria invitando a todas las fuerzas políticas representadas en el Parlamento a asumir el problema de una manera conjunta sería un paso en una buena dirección. No vemos la razón por la cual si estamos convocando a abordar problemas laborales, impositivos, previsionales etc. de manera conjunta, no podamos hacer lo mismo con nuestros problemas de defensa y seguridad. ¿Cuántos ARA San Juan hacen falta para que tomemos conciencia de esta necesidad?

Si la solución surge de la coordinación de esfuerzos entre las fuerzas políticas representadas en el Parlamento y el Poder Ejecutivo, tendremos más chance de tener éxito. Si seguimos este camino, finalmente podremos dotar a nuestra Patria y a sus habitantes de la defensa y la seguridad que necesitan y merecen.