Es uno de los diplomáticos argentinos de más alta reputación a nivel mundial. En su campo de experticia –la energía atómica y la no proliferación de armas nucleares–, Rafael Grossi está al tope del ranking. El gobierno decidió que será el candidato de la Argentina para dirigir el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) en 2021. Entrevista de Juan Ignacio Cánepa

grossi

El caso de Rafael Grossi es muy interesante, ya que empezó a trabajar en estos temas siendo un apenas un aspirante del Instituto de Servicio Exterior de la Nación (ISEN), hace 35 años. Grossi perteneció a la primera camada de diplomáticos egresados en la era democrática inaugurada en 1983 y desde entonces fue ocupando distintos puestos de relevancia en el campo de la energía nuclear.

En la actualidad se desempeña como embajador argentino en Austria, pero en una reciente visita a Buenos Aires hizo espacio para dialogar con DEF, no solo de la actualidad del mercado nucleoeléctrico mundial, sino también de los acuerdos de no proliferación vigentes y de la actualidad crítica de Europa.

-¿Cómo fue que llegó a la especialización en temas nucleares?

-Luego de la elección del presidente Alfonsín, el presidente de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) de aquel entonces, Carlos Castro Madero, anunció que Argentina dominaba la tecnología de enriquecimiento de uranio. Entonces, en ese momento, se tomó la decisión de que el país tenía que tener un manejo de la política exterior nuclear completamente en manos de la Cancillería: se creó así la Dirección de Asuntos Nucleares y Desarme (hoy, Dirección de Seguridad Internacional, Asuntos Nucleares y Espaciales), con el embajador Adolfo Saracho como director. Fue un visionario que entendió que para esas temáticas, en el contexto de la esperanza que se vivía en esos días, tenía que rodearse de diplomáticos jóvenes, que no hubiesen trabajado antes. El primer elenco de diplomáticos para esa Dirección lo buscó directamente en el ISEN.

-Ahí comienza su historia.

-Sí. Lo interesante fue que el embajador Saracho le pidió a la CNEA, a INVAP y a todo el marco de instituciones nucleares, que nos formaran a un colega y a mí. De hecho, mi primer destino al salir del ISEN fue el laboratorio de procesos radioquímicos en el Centro Atómico de Ezeiza (aunque formalmente era la Dirección de Asuntos Nucleares). Decir marciano es ponerlo de modo muy suave; marciano yo para ellos y ellos para mí. Nos pasearon por todas las instalaciones nucleares de la República y tuvimos un entrenamiento intensivo para entender los aspectos básicos de la energía nuclear. Eso cambió mi vida y fue un amor a primera vista.

Más tarde gané una beca en Naciones Unidas para negociaciones en materia de desarme. Tuve una especialización rara. También tuve mucha suerte, que me colocó en un momento muy temprano de mi vida profesional en un nivel de excelencia muy rápido.

¿De dónde viene esa tradición argentina en temas nucleares que hace que dialoguemos de igual a igual con potencias mundiales?

-Me gusta la palabra tradición porque todo no empieza en el 83, sino en los 50, y quizá antes. El programa nuclear argentino comenzó como una cuestión anecdótica con características tragicómicas, la cuestión de Richter y la Isla Huemul, etc. Pero, en el fondo, eso dio como resultado que el país comenzara sus trabajos en los usos pacíficos de la energía nuclear al mismo tiempo que todos los grandes. Los desarrollos anteriores en todos los países fueron bélicos, incluso en las potencias. Argentina, por ejemplo, es el primer país en poner en marcha un reactor nuclear en América Latina (en 1974). A Brasil le tomaron diez años más poner en marcha Angra I, y luego México con Laguna Verde. Hemos sido siempre los pioneros por mucho tiempo. Eso hace que la Argentina vaya desarrollando con tiempo y con una filosofía.

-¿Cómo es esa filosofía?

-La filosofía del programa nuclear argentino siempre fue la de un amplio desarrollo propio. Es decir, Argentina no tenía capacidad de hacer centrales nucleares sola, entonces fue optando por distintos socios comerciales y estratégicos a lo largo del tiempo. Alemania, inicialmente; luego Canadá. En cada oportunidad que Argentina negoció un contrato siempre lo hizo especificando, o requiriendo, un altísimo porcentaje de integración doméstica, tanto a nivel industrial como tecnológico. Eso fue de una gran sabiduría, porque permitió ir adquiriendo los conocimientos para poder realmente manejar las centrales y dominar el ciclo de combustible. Por eso la Argentina empieza a visualizar la necesidad de enriquecer el uranio. De hecho, el tema también remite a la elección de la línea de agua pesada y de uranio natural, porque en ese momento los decisores argentinos se dieron cuenta de que el país no tenía la capacidad de enriquecer uranio y que, por lo tanto, la línea tecnológica que le convenía era la de agua pesada y uranio natural que sí se encontraba en cantidades. Posteriormente, se podría pasar a la otra línea. Es decir, en un país en el cual nos autofustigamos por nuestra tendencia crónica al error y a la inconsistencia e inconstancia, el sector nuclear es un ejemplo muy claro de lo opuesto.

-Esa filosofía de la que me habla, ¿sigue viva? ¿La ve vigente o se desaceleró?

-Yo la veo muy viva. Naturalmente todo tiene un contexto social y económico. Quizá el único momento donde existió la posibilidad cierta de que Argentina se viera truncada en su programa nuclear fue en los 90. En ese entonces realmente percibí que había una idea de que la Argentina no tenía que tener energía nuclear, que eso era algo peligroso, caro, innecesario y molesto. Se intentaron privatizar las centrales nucleares, ignorando que es un sector que no puede ser privatizado. Más allá de ese momento, con todas las variantes enormes que pueden haber desde el gobierno de Néstor Kirchner al de Mauricio Macri, ha habido siempre una búsqueda de encontrar el camino para salir adelante en esta materia.

 

EN CRECIMIENTO

 -¿Sigue vigente la energía nuclear a nivel mundial post Fukushima?

-Primero hay que tener en cuenta lo siguiente: la energía nuclear, históricamente, ha aportado al mercado energético global entre el 15 y el 20 %, nunca más que eso. Coincide con la media que se tiene en este momento: 15 %. Paradójicamente, eso tiende a aumentar.

-Pero Alemania está desmantelando sus centrales nucleares.

-Lo que estamos viendo en el mercado nucleoeléctrico mundial es una consolidación del sector en su tamaño actual en EE. UU., donde existen unas 100 centrales nucleares en funcionamiento. Quizá no se construyan nuevas, pero va a haber un reemplazo de la flota. En Europa Occidental tal vez sí haya un estancamiento, sobre todo Alemania con su famoso energiewende, esa transición en materia de energía que se está llevando a cabo con un enorme costo económico y financiero. En América Latina se ve una tendencia leve de ascenso, en particular a través de Argentina, con nuevas centrales nucleares. En el África, además de Sudáfrica que va a ampliar un poco su capacidad instalada, Egipto tiene una carta de intención por dos centrales nucleares. En la península arábica vamos a ver cuatro centrales nucleares en Emiratos Árabes Unidos, dos de las cuales ya están en unos 60 % construidas. Además, Arabia Saudita está claramente decidida a incorporar la energía nuclear y, más al norte, Jordania también en ese mismo camino.

Donde se produce la explosión en cuanto al crecimiento es en India –está construyendo nueve centrales nuevas– y en China, donde hay 26 obras en proceso. Además, según pude saber, India planea un total de 18 nuevas. Son economías que están construyendo mucho y para sostener la demanda y mantener los niveles de gases de efecto invernadero y los compromisos de los tratados de cambio climático, no pueden sino utilizar energía nuclear.

-O sea, ¿a la energía nuclear la entiende como una energía limpia? ¿Y los residuos?

-Exactamente. Los residuos yo diría que son un tema más político que técnico. La tecnología para la preservación de los residuos existe. El problema es lograr la aceptación social para tener depósitos de larga data. El combustible nuclear irradiado se vitrifica, se pone en jaulas, y se identifican y se ubican en zonas de nula sismicidad con un subsuelo muy estable, generalmente pétreo. Naturalmente hay muchos que dicen “estás enterrado basura y por mil años”, pero los volúmenes son mínimos. Por ejemplo, nosotros estamos utilizando Atucha II desde hace 40 años y todos los residuos entran en cuatro piletas. Es decir, es una energía limpia desde el punto de vista del medio ambiente, y es una energía limpia desde el punto de vista inclusive de los residuos porque existe la tecnología para tratarlos. Claro que existen riesgos derivados de la potencial dispersión de radiactividad o de elementos radiactivos en el caso de un accidente. Pero eso no sería posible en el caso de los residuos; la gente confunde. El tema nuclear genera muchísima emoción, mucha convicción y poca razón. Entonces, el debate es muy difícil mantener en términos racionales. Tiene el pecado original de ser el resultado de armas nucleares. Se hace una amalgama entre energía nuclear, armas nucleares… y se es presa muy fácil de los simplificadores.

 

OBJETIVO 2021

-¿Por qué finalmente no compite por la presidencia de el OIEA?

-Existió la posibilidad de promover nuestra candidatura para la elección general del Organismo Internacional de Energía Atómica, pero la decisión final del gobierno fue la de buscar la dirección general de la OIEA en 2021. Es decir, dejar al actual director general, Yukia Amano, hacer su tercer y último mandato, y presentar la candidatura en ese momento. En el ínterin, la idea es mantener una presencia fuerte y activa desde Viena, no solamente en lo personal sino de la Argentina en todos los foros nucleares como lo veníamos haciendo hasta el momento. El OIEA ha tenido directores generales de todos los continentes, menos de Latinoamérica. Consideramos que es una aspiración legítima la nuestra y que Argentina es un país líder en la materia, por lo tanto, entendemos que podemos presentar una candidatura atractiva y que combine distintos elementos.

-¿Cómo cuáles?

-Combina la representatividad de un país con energía nuclear que no tiene una posición comercialmente dominante, a diferencia de Japón y otros países que tienen intereses comerciales fuertes e importantes. Argentina es un país con energía nuclear pero no es un país que sea un vendor (comercializador) de tecnología nuclear. O sea que tenemos una gran ecuanimidad e independencia para la toma de decisiones. Un director general argentino siempre va a ser alguien que no tenga ningún tipo de telaraña en la cabeza, porque no va a tener ningún tipo de agenda oculta que no sea la de mantener lo que dice el estatuto de la OIEA, que es promover la energía nuclear con fines pacíficos.

-¿A qué se dedica el OIEA?

-Es un organismo importantísimo porque promueve los usos pacíficos de la energía nuclear a través del establecimiento de estándares de seguridad, normativas de aplicación, etc. Es decir, el OIEA no da plata para hacer centrales nucleares, da el marco en el cual los países tienen que desarrollar esa tecnología nuclear. Es un organismo indispensable, porque no se dedica simplemente a aprobar resoluciones o tener un carácter meramente enunciativo, sino que por el contrario, regula y establece los estándares de seguridad que nuestros reactores y los reactores de otros países tienen que utilizar. Otro elemento muy importante pero menos conocido es que el OIEA se dedica a la promoción de lo que son las aplicaciones de la tecnología nuclear no vinculadas a la energía. Por ejemplo, la medicina nuclear, su utilización en el agro o en la industria.

Con esta perspectiva, sería importante para la Argentina acceder a este organismo de relevancia mundial. Seria un corolario lógico de toda su trayectoria en materia nuclear. Entiendo yo, daría un impulso muy importante a su propia industria nuclear. No olvidemos que Argentina, a diferencia de la mayor parte de los países del hemisferio sur, es un país exportador de tecnología nuclear.

 

NEGOCIAR CON LOS DUROS

-Usted tuvo un rol importante en las negociaciones con Irán por el acuerdo nuclear. ¿Qué lectura hace de lo firmado?

-El acuerdo se selló el 14 de junio de 2015 y yo participé de esas negociaciones hasta el año 2013, cuando ocupaba el cargo de director general adjunto para asuntos políticos de la Agencia Internacional de Energía Atómica. Creo que al acuerdo hay que juzgarlo en cuanto a los objetivos que se plantearon. Si el objetivo era, o es, que Irán se desprenda de su capacidad nuclear, ese objetivo no fue logrado. Pero esa no fue la finalidad del acuerdo ni se podía lograr. Irán no era una potencia vencida como Iraq después de la guerra del Golfo. Hay que tener en cuenta que los negociadores estaban tratando con un Estado soberano, no ocupado, y no sobre la base de una resolución del Consejo de Seguridad que dijera “acá se puede hacer cualquier cosa”. Lo que se podía hacer era limitar las capacidades tecnológicas que tenía y tiene Irán de la manera más estricta posible para demorar y frenar la posibilidad de que Irán pueda enriquecer uranio en grado militar. Para eso, se estableció un umbral muy bajo de enriquecimiento para el uranio y un límite de 300 toneladas de stock del mineral enriquecido. También se estableció una limitación en cuanto al número de centrífugas que podían tener, bajaron de 19.000 a un poco más de 5000. Es decir, fue un acuerdo bastante completo en cuanto a que abordó casi toda la línea de acceso tecnológico. En eso, el papel del secretario de energía Ernest Moniz de EE. UU., un científico especializado, fue fundamental. Desde el punto de vista técnico el acuerdo fue muy completo.

-¿Qué le dicen los críticos?

-Lamentan que el acuerdo reduce y congela. Tiene categorías y tiene un espacio tiempo, hasta 25 años. Por ejemplo, en el caso de la minería son entre 10 años y 15 años. Entonces, los críticos dicen que cuando los iraníes salgan de la hibernación que les impuso este acuerdo pueden volver a hacer lo que estaban haciendo. El jurado va a estar siempre dividido. Lo que se puede decir es que hoy por hoy el acuerdo limitó drásticamente las capacidades de que Irán en un plazo corto se dotara de un arma nuclear.

-Ahora bien, ¿qué se puede hacer con un país como Corea del Norte?

-Corea del Norte es el gran desafío, porque es un país que vulnera la capacidad disuasiva pacífica que puede tener la comunidad internacional, o sea, no invadiéndolo o haciendo la guerra, lo que ahora es más complejo porque tiene armas nucleares. Tiene una capacidad tecnológica limitada, pero la tiene. Creo yo que va a tener que haber, más temprano que tarde, una negociación comprensiva con Corea del Norte, que establezca ciertos parámetros de control de lo que ellos tienen. Probablemente evolucionaría hacia el modelo que tienen India y Pakistán. Pero esto implica un reconocimiento de un status de potencia nuclear que hoy por hoy Corea del Sur no estaría dispuesto a otorgar. Tampoco los EE. UU. De tal modo, es un interrogante muy grande porque, como decía recién aplicándolo a Irán, es difícil pensar en un escenario como el de Iraq o Libia, países que entregaron todo lo que tenía. No es imposible en lo absoluto. Lo que ocurre es que no va a poder ser una negociación exclusivamente nuclear.

¿Cómo ve la administración Trump en relación a los tratados bilaterales con Rusia de progresiva reducción de arsenal nuclear?

-Creo que hay muchas especulaciones. Esto sucede por sus declaraciones un poco heterodoxas algunas veces, entonces generan cierta preocupación. Pero la realidad es que a todos los gobiernos se los empieza a juzgar cuando empiezan a actuar. La plataforma electoral sí incluía conceptos diferentes a los de la plataforma demócrata, por ejemplo, una visión crítica al acuerdo con Irán. En relación al proceso bilateral con la Federación de Rusia se habla a de un refuerzo de las capacidades propias, pero eso no necesariamente implica una interrupción de procesos de reducción de las armas estratégicas o de las ojivas nucleares. Por eso digo, son categorías en las que hay que tener muchísimo cuidado con los términos, con las palabras. Un puede tener un disuasivo mínimo muy eficaz que sea numéricamente más limitado y no hacerlo contradictorio con un proceso continuado de reducción cuantitativa. Estados Unidos ha sido siempre un firme sostenedor del régimen de no proliferación, no veo ninguna razón para que eso cambie. No está en el interés propio de los EE. UU. dinamitar el régimen de no proliferación.

 

LA CRISIS DEL VIEJO CONTINENTE

-Lo llevo a su rol como embajador en Viena. ¿Cómo ve a Europa desde ahí?

-Viena ha sido históricamente la caja de resonancia de muchísimos procesos históricos de importancia global. Fue históricamente la última frontera del avance musulmán. Esa tensión se ve aún hoy. Fue la capital del Congreso de Viena que rediseñó y redibujó el mapa de Europa después de las guerras napoleónicas. Fue la capital neutral míticamente descripta en El Tercer Hombre y todas esas películas durante la Guerra Fría. Es decir, estamos en un lugar donde el latido de la historia se siente muy fuerte. Lo hemos visto hace pocos días en la elección presidencial austríaca, donde el partido de extrema derecha casi se alzó con la presidencia federal.

Además, Austria es, diría yo, la primera línea en cuanto a los flujos de refugiados que van hacia Alemania y Suecia. Entren por los Balcanes o por Italia, todos pasan por Austria. Allá se ve y se siente el fenómeno migratorio.

-¿Cuál es el sentir común?

-Creo que lo que se ve es una necesidad imperiosa de una respuesta europea coherente a un problema que es común al continente y que no llega. La respuesta sigue siendo una respuesta parcial. Porque de la misma manera que Merkel aceptó y tuvo una política de puertas abiertas muy grande, otros países no soportaron esa tensión. En Hungría, Viktor Orbán, que es un gobernante con ideas muy firmes, estableció un cierre de su frontera.

Dicho esto, como siempre, hay que remitirse a la causa del problema. El problema es lo que está pasando en Siria y allí los actores se amplían. Entonces, Europa tiene un papel que jugar, pero también lo tiene Turquía, Rusia, los países de la península arábiga, etc. Hay un arco geopolítico de una gran complejidad que obliga a Europa a posicionarse, creo yo, de una manera fuerte. Y Europa está en este proceso de debilitamiento generado por la salida del Reino Unido. De modo que estamos en un periodo histórico de una gran inestabilidad. Como diplomático soy muy creyente y firme en la negociación y en la posibilidad permanente de encontrar vías de entendimiento.