Campos de batalla imprecisos, sin frentes identificables y con escasa distinción entre fuerzas regulares combatientes y grupos irregulares armados dan la tónica de las nuevas formas de conflictos. En un año cargado para nuestro país por la agenda de reuniones del G-20, es vital contar con una estrategia para responder a estas nuevas amenazas. Escribe Omar Locatelli / Especial para DEFonline

“La victoria le sonríe a aquellos que se anticipan a los cambios en las características de la guerra y no a aquellos que esperan adaptarse después que los cambios ocurren”. (Giulio Douhet)

 

Los enfoques para interpretar las “guerras de cuarta generación”

Los pensadores de finales del siglo XX y principios del XXI comienzan a considerar que la principal característica de los contendientes en las guerras venideras será la asimetría de sus actores, que llevará al bando más débil a enfrentar al más poderoso con tácticas y procedimientos diferentes a los habituales, en razón de disponer de una inferioridad manifiesta de medios militares. Surgen así, las guerras asimétricas o de “cuarta generación”, concepto este último acuñado por William S. Lind. En este nuevo tipo de guerra uno de los bandos, en notable inferioridad de condiciones materiales que el otro, utiliza no solo acciones convencionales sino también acciones de guerrilla, de terrorismo y de crimen organizado.

Esta nueva forma de guerra se caracteriza por tener campos de batalla imprecisos, sin frentes identificables, y, lo que es peor aún, con escasa distinción entre regulares militares combatientes e irregulares civiles armados. Surge como primer interrogante cuál es el enemigo a enfrentar. Además la masa de las acciones se desarrolla, principalmente, en la profundidad del entorno social de las concentraciones urbanas. Por lo tanto también es difícil ubicar al frente en disputa. Como dato agregado, habitualmente uno de los bandos en pugna no respeta ni le interesa tener en cuenta las regulaciones legales de la guerra. A partir de esta situación, también se plantea cuál debería ser el contenedor legal que regula estas acciones. Al respecto, Martin Van Creveld considera que “para combatir en este nuevo tipo de conflicto el Estado se verá obligado a circunvenir las convenciones establecidas y emplear procedimientos parecidos a los de los terroristas”.

Inclusive, dentro del nuevo accionar, hay diversas entidades que vinculan la estrategia con la táctica de manera asimétrica, lo que dota al eventual atacante de la capacidad para amenazar los intereses centrales de cualquier potencia hegemónica, descartando su ubicación geográfica.

Esta nueva forma de guerra ha evolucionado hasta entremezclar conductas militares, vinculadas a diversos intereses políticos, con terroríficas intenciones afines a necesidades regionales, enmascaradas en cuestiones ideológicas cubiertas de religión. Tanto así que en el 2008, el jefe del Estado Mayor del Ejército de EE. UU., George Casey, caracterizó las amenazas híbridas como adversarios que incorporan “combinaciones diversas y dinámicas de capacidades convencionales, irregulares, terroristas y criminales”. El antiguo Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas de EE. UU. definió una amenaza híbrida como “cualquier adversario que simultáneamente y de manera adaptativa emplea una combinación hecha a medida de medios convencionales, irregulares, terroristas y criminales o actividades en el espacio de batalla operacional”. Además se puede considerar a la amenaza híbrida como una combinación de actores estatales y no estatales.

A su vez, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) definía vagamente la guerra híbrida como “una amplia gama de acciones hostiles en las que la fuerza militar es sólo una pequeña parte y que se ejecutan en forma conjunta como parte de una estrategia flexible con objetivos a largo plazo.” A su vez la caracterizó, en un artículo publicado por la Revista de la OTAN en 2014, como una mezcla híbrida de tácticas tradicionales e irregulares, con planificación y ejecución descentralizadas, que incluye a actores no estatales, que utilizan tecnologías sencillas y sofisticadas de maneras innovadoras.

El general James Mattis, actual secretario de Defensa de EE. UU., estando en actividad, empezó a develar la incógnita al plantear los enfoques a tener en cuenta para determinar la victoria al expresar que las nuevas amenazas son “un futuro enemigo que mira los cuatro enfoques: tradicional, irregular, catastrófico y disruptivo, como una especie de menú, que selecciona una combinación de técnicas o tácticas que las atraigan”. Los enfoques tradicional e irregular afectan tanto a las organizaciones militares como a las de seguridad, para lo cual se utilizan distintos métodos de acción. No obstante, el escenario catastrófico está dirigido a la población, con medios y acciones totalmente imprevistas con un impacto masivo –tal el caso ejemplar de los aviones que impactaron contra las Torres Gemelas–. En el caso de las acciones disruptivas, ellas son propias del crimen organizado y están dirigidas a determinados sectores para alcanzar un alto impacto en la población con pequeñas acciones, tales como secuestros, extorsiones, detenciones, etc.

A partir de esta definición, el interrogante que surge es si la victoria se debe dar en todos los planos o si se debe considerar el más peligroso y buscar la neutralización de los otros. O hasta, eventualmente, evaluar cuál es el que me permitirá obtener los mayores resultados políticos dejando de lado a los otros. ¡Qué difícil selección para quien deba hacerla y para quienes deban planificarla!

Una nueva metodología a implementar

Dado que las amenazas híbridas no pueden resolverse con el pensamiento convencional ya que no encajan perfectamente en los modelos tradicionales, es necesario fijar cuál o cuáles agencias estatales deberán involucrarse en el tema. Para ello, necesariamente se deberá reunir las consideraciones de distintos planos de la conducción, en razón que su esfera de acción trasciende lo puramente militar, pasando por lo económico hasta llegar a influir notoriamente en la política.

A partir de la difusión de las acciones del Estado Islámico y sus equivalentes en Medio Oriente, los países del este europeo comprendieron la importancia de este nuevo tipo de guerra, lo que los llevó a conformar en 2017 el Centro Europeo de Excelencia contra amenazas Híbridas (Hybrid CoE, por su denominación en Inglés). Se decidió que su finalidad sería la de ayudar a los países participantes a mejorar sus capacidades civiles y militares, su resiliencia y su preparación para contrarrestar las amenazas híbridas. Se crearon tres áreas de trabajo: influencias híbridas; terrorismo y radicalismo; y vulnerabilidades y resiliencias.

Se adoptó una metodología de trabajo estructurada en: 1º) la creación de escenarios y eventuales respuestas; 2º) la producción de inteligencia combinada entre civiles y militares, apoyándose en ciclos de reunión de información sobre la base, principalmente, de agencias civiles; 3º) la determinación de capacidades críticas a ser afectadas: energía, instituciones de salud, organizaciones que brinden apoyo logístico, así como elementos vinculados a las comunicaciones y al transporte; 4º) la obtención de información sobre cualquier ataque a infraestructura civil privada, a afectos de conocer y conectar indicios de acciones generalmente no consideradas como tales.

En su concepción, el Hybrid CoE quedó abierto a la integración de todos los países miembros de la OTAN y de la Unión Europea, aunque de momento sólo participan en él doce Estados: Alemania, España, EE. UU., Estonia, Finlandia, Francia, Letonia, Lituania, Noruega, Polonia, el Reino Unido y Suecia. En la oportunidad de su inauguración, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, expresó: “Uno de los mayores desafíos de las amenazas híbridas es que no entiendes que estás bajo ataque hasta que ya es demasiado tarde. Por eso, todo lo que mejore nuestra inteligencia y nuestra vigilancia nos ayuda a mejorar nuestra capacidad de reacción y defensa ante las amenazas híbridas”.

Además del centro creado en Helsinki (Finlandia), la OTAN ha creado tres centros de lucha contra las amenazas híbridas en las repúblicas bálticas, concentrados específicamente en Ciberdefensa (ubicado en Estonia), comunicaciones estratégicas (en Letonia) y seguridad energética (en Lituania), lo que constituye todo un desafío a imitar en la prevención y anticipación de las nuevas amenazas.

Urgencia ante indicios de dudosa extracción

Sus primeros aprestos fueron en direcciones disímiles a las habituales reuniones de información. La primera necesidad manifiesta fue determinar, para luego incrementar acorde con cada situación, la capacidad básica de alerta interagencial gubernamental de reconocimiento y supervivencia de las mismas. Para ello se intercambió información obtenida de satélites, drones e inteligencia humana disponible. Como segunda necesidad se identificaron los ejes de transportes multimodales para facilitar el desplazamiento de efectivos acorde con las necesidades de las amenazas detectadas. Por último, y como consecuencia de la anterior, se determinaron los lugares de alojamiento (acantonamiento) de los efectivos y medios desplazados para su respectivo apoyo logístico, a fin de facilitar la proyección de medios de rápida reacción, fijada como mínimo en 48 horas.

En este nueva forma de guerra, el primer indicio claro es la desinformación provocada por el propio ente interesado en la misma. Es por ello que la búsqueda de propaganda falsa en los medios masivos de comunicación social será la alerta temprana del ataque. A partir de su determinación, deberán reforzarse las infraestructuras, tanto civiles como militares, en la espera de ciberataques, chantajes económicos e infiltración de personas (e incluso, combatientes). La infiltración de personas podría darse, especialmente, desde “pequeños hombres verdes”, entendidos como personal militar de uniforme pero sin identificación de nombre, grado y/o fuerza o país, hasta milicianos incorporados como protestadores civiles dentro de diferentes agrupaciones u ONG.

La urgencia en la respuesta estará en relación directa con la coordinación inicial surgida de un planeamiento cívico-militar interagencial, que monitoree, en forma permanente, la evolución de agitaciones externas, limítrofes e internas. También forma parte de una rápida respuesta la cooperación estratégica en la ciberdefensa, conducida en el nivel operacional del eventual conflicto. Por último, respecto a la infiltración de personas, los equipos de detección buscarán cambios en los procedimientos habituales durante demostraciones y protestas sociales. Para una respuesta rápida es necesario también determinar, en forma clara y explícita, las “reglas de empeñamiento” del personal afectado a neutralizar la amenaza. Estas deberán estipular, taxativamente, los límites del empleo de medios tecnológicos y armados en forma proporcional para la neutralización de la amenaza.

La única verdad es la realidad

Las guerras del siglo XXI se describen mejor como una mezcla asimétrica transnacional de globalización y tribalismo radicalizado, habilitada por las comunicaciones de alta velocidad y las armas modernas, empleando tácticas antiguas y bárbaras, sostenidas por la criminalidad y la ayuda extranjera, y ubicadas en áreas geográficas inestables caracterizadas por Estados débiles o fracasados, donde la pobreza es endémica y la mayoría de la población tiene poco o ningún acceso al sistema político.

Si se concibe a la guerra como un hecho político, entonces la victoria y los medios para alcanzarla también deben ser políticos. Los fines políticos del conflicto deben materializar escenarios que permitirán fijar los objetivos a tal fin, marcando una necesaria combinación interagencial, tanto gubernamental como privada, para una adecuada determinación de los medios a emplear.

Si bien puede haber similitudes superficiales con la guerra tradicional o irregular, la guerra híbrida requiere enfoques y análisis diferentes. Las acciones militares en contra del Estado Islámico, consideradas inicialmente como una guerra irregular (de baja intensidad) con operaciones de contrainsurgencia, evolucionaron luego, abruptamente, en un conflicto convencional (de alta intensidad) en un terreno accidentado y urbano contra un enemigo bien entrenado, disciplinado y determinado que lo defendía.

Este nuevo tipo de guerra asimétrica necesariamente debe incluir acciones en otras “formas alternativas de guerra”, tales como comercial, financiera, ecológica, y hasta combate al ciberterrorismo. Por su propia naturaleza, las amenazas híbridas son integradas, amorfas y difíciles de analizar. La necesaria respuesta interagencial debe ser la norma en la forma de enfrentarla. Los pasos dados por la Escuela Superior de Guerra del Ejército Argentino, a través de su seminario sobre la participación del Ejército en operaciones interagenciales en ambientes complejos son un claro inicio al respecto.

Toda experiencia de guerra, y en especial las híbridas, ha demostrado la actualidad del axioma que expresa que “la experiencia propia sale cara y llega tarde”. Es de esperar que el mismo no cobre vigencia, en especial para nuestra futura interacción en escenarios internacionales a desarrollarse en nuestras tierras.