En las épocas del Cartel de Medellín. Foto: Logos.

Invitado por la Fundación Criteria y la organización Credus, Jorge Valdés, exasesor financiero y cabecilla de la distribución de droga del Cartel de Medellín en EE. UU., presentó en Buenos Aires su libro Cerebro narco, escrito junto a Victoria Álvarez Benuzzi y publicado por la editorial Logos.

La vida de Jorge Valdés, hasta sus 34 años, fue vertigionosa. Luego de una infancia en Cuba, debió emigrar a Miami en 1966, donde se propuso “ser millonario a los 30 años”. Su padre había sido un exitoso hombre de negocios y era dueño del mayor aserradero de la isla, pero tuvo que exiliarse tras el triunfo de la Revolución Cubana. La familia debió comenzar de cero y pasó muchas privaciones. “Llegamos a vivir once personas en un apartamento de unos 80 metros cuadrados, con un solo baño; nueve teníamos que dormir en el piso y, por la noche, debíamos anotarnos para ir al baño”, señaló durante la presentación de su libro Cerebro narco.

“A mí me dolía ver a mi padre limpiando inodoros, en una época de muchos prejuicios y racismo en EE. UU.”, señaló Valdés, al recordar cómo los cubanos eran segregados y estigmatizados por el resto de la población. Él se propuso cumplir el sueño americano: “Yo tenía una determinación de salir adelante, aprendiendo el idioma rápido y estudiando día y noche”. Así fue como a los 17 años se convirtió en el empleado más joven en la historia de la Reserva Federal (Fed), a los 18 años fue designado auditor federal de ese prestigioso organismo público y a los 19 años era el funcionario encargado de la destrucción de la moneda que salía de circulación legal. A los 20 años, ya con el título contador en sus manos, tenía por delante un futuro profesional brillante.

Sus comienzos en el negocio de la droga

Sin embargo, su destino cambió cuando unos de sus profesores de la Universidad de Miami le ofreció hacerse cargo de sus clientes hispanos. Así fue como entró en contacto con el dueño de un supermercado que resultó ser, a la sazón, uno de los narcotraficantes del tristemente célebre Cartel de Medellín. Valdés, experto en temas financieros, pasó a jugar rápidamente en las ligas mayores del “narco-lavado” y comenzó a abrir y gestionar las cuentas que los capos de esa organización tenían en el exterior. En ese momento no existía en EE. UU. ninguna ley que penalizara el lavado de dinero; la primera legislación fue aprobada en 1979.

Valdés en 1978. Foto: Gentileza Logos.

“De ganar 350 dólares a la semana pasé a ganar entre 30.000 y 40.000 dólares por mes”, rememoró. Con ese dinero, empezó a acaparar mansiones, automóviles y bienes de lujo, mientras se rodeaba de las mujeres más bellas y de las estrellas de Hollywood. “En ese momento no había ningún estigma en la sociedad; al revés, se veía a la cocaína como una droga de estatus, que era solamente para los ricos y los famosos”, explicó quien llegó a ser el responsable del ingreso del 95 % de la cocaína que era consumida en el mercado estadounidense.

Cárcel, traición y tortura

Su primer traspié fue en Panamá, cuando acababa de cumplir 23 años. La avioneta que lo transportaba cayó en un campo fronterizo con Costa Rica. Detenidos él y sus pilotos por la policía local y luego de intentar sobornar al fiscal general, fue sometido a torturas durante 28 días. Los recuerdos de ese calvario se encuentran aún hoy patentes en la memoria de Valdés: “La tortura era tan grande, que solamente estábamos conscientes durante dos horas; el resto del tiempo estábamos inconscientes”. Quiso pactar con el entonces dictador panameño, el general Manuel Noriega, pero terminó siendo traicionado.

El hombre fuerte de Panamá lo entregó a EE. UU. Mientras Valdés creía que lo trasladarían a Costa Rica para gozar de su libertad, en realidad terminó siendo entregado a Interpol y fue transportado a Miami. Fue finalmente sentenciado a 15 años de prisión, de los que cumplió cinco en forma efectiva y luego recuperó su libertad. Lejos de rehabilitarse, salió de la prisión con “el mismo rencor y la misma furia de antes, queriendo ser más fuerte y más poderoso”.

Cerebro narco, el libro que narra la increíble historia de Valdés.

Una nueva vida, lejos de las drogas

¿Qué hizo finalmente que cambiara el rumbo de su vida? “Un sábado a la noche, estaba yo de fiesta con unas artistas de Hollywood, cuando a la una de la madrugada me llama mi jefe de seguridad para avisarme que mi exesposa había dejado a mi hija en la puerta de mi rancho. Le indiqué a la niñera que la llevara a su cuarto y seguí mi juerga. A la hora empecé a oír que tocaban a la puerta de mi cuarto. Era mi niña que me llamaba. Allí estaba la única persona verdaderamente pura que tenía en mi vida y yo no podía abrir esa puerta porque si lo hacía, la iba a contaminar. Me metí en el baño y quise sacarme toda esa suciedad. Pasó una hora y, cuando yo pensé que ella se había ido a dormir, estaba ella del otro lado de la puerta, llorando en el piso”.

La segunda detención se produjo cuando él tenía 34 años. Él había comenzado a criar caballos y a gestionar sus negocios legales en la industria de la construcción. Por fin estaba “limpio” y vivía feliz. Sin embargo, un día aparecieron tres agentes federales y lo arrestaron. A pesar de los consejos de su abogado, quien le advirtió que se trataba de una “causa armada”, decidió firmar un pacto con el fiscal, Jeff Sessions (actual titular del Departamento de Justicia de EE. UU.): se puso a disposición de la Justicia, entregó todos sus bienes y cumplió una nueva condena de cinco años.

Valdés salió de la prisión en 1995, cuando tenía 39 años. En la cárcel comenzó sus estudios de Teología y, al salir, se doctoró y comenzó a dar clases en distintas universidades. Allí conoció a su actual mujer, Sujey, una exestudiante que asistió a su curso de lengua griega. Con ella lleva 24 años de matrimonio y juntos crearon una fundación dedicada a la atención y prevención de la drogadependencia, con la que financian actualmente Cozumel (México) un proyecto orientado a ayudar a los niños a construirse un porvenir lejos de la droga. Hoy, a los 65 años, se ha convertido en un filántropo cuyo único objetivo es “impactar en la vida de otros seres humanos”.