En mayo Donald Trump anunció la retirada del acuerdo nuclear con Irán. / Foto: AFP

La retirada unilateral de EE. UU. del pacto nuclear con Irán abre nuevos fantasmas en una región explosiva: la posibilidad de una nueva carrera armamentista y un nuevo balance de poder en el que podrían converger Israel y Arabia Saudita para enfrentar al régimen de los ayatolás. Escribe Omar Locatelli / Especial para DEFonline

El mes de mayo que acaba de concluir registró una nueva alza en las tensiones en Medio Oriente. El día 9 de aquel mes, 55 cohetes impactaron en territorio israelí en las alturas del Golán. La organización Hezbollah se adjudicó el ataque mediante un comunicado de su secretario, Hassan Nasrallah, en la radio Al-Manar. La respuesta de Israel se dio al día siguiente, el 10, cuando los F-16 de sus Fuerzas de Defensa lanzaron 76 misiles contra las instalaciones de tropas iraníes en Damasco.

Más allá de estos hechos en particular, el motivo subyacente a ambas acciones fue la salida unilateral de EE. UU. del acuerdo de control nuclear sobre Irán. De esta manera, el peligro de empleo de armas de destrucción masiva comenzaba a escalar entre las potencias hegemónicas de la región y se comenzó a vislumbrar una nueva escalada nuclear.

Desde que el presidente Trump decidiera el 9 de diciembre pasado, de manera unilateral, reconocer a Jerusalén como capital de Israel y trasladar la Embajada de EE. UU. a esa ciudad, los países de Medio Oriente comenzaron a imaginar un nuevo escenario para la región. Washington, permanente y habitual mediador entre palestinos e israelíes, dejaba su papel de interlocutor y mostraba al mundo una nueva concepción diplomática que aunaba ocultas opiniones islámicas en su contra. La decisión de Trump podría lograr que países de confesión sunita (liderados por Arabia Saudita) y chiíta (encabezados por Irán) unificaran su visión, contraria a formalizar a Jerusalén (llamada Al-Quds, la santa, por los islámicos) como capital legal de Israel. La eventual tercera Intifada había comenzado.

La decisión de Trump, solamente reconocida y aprobada por los israelíes, movilizó a los países islámicos en una cumbre en Turquía a proclamar el total rechazo a la inconsulta decisión por razones históricas, políticas y militares. La opinión generalizada mundial aún sostiene que Jerusalén debe ser una ciudad internacionalizada bajo “eventual y ficticio” control de la ONU. Con el poder de Estado Islámico degradado en Siria e Irak, Medio Oriente encontraba una razón en común para enfrentar, al menos diplomáticamente, a una potencia hegemónica que volvía a irrumpir en el diálogo regional.

El traslado de la Embajada de EE. UU. a Jerusalén desató las protestas en la Franja de Gaza. / Foto: AFP

Las razones de EE. UU. para salir del acuerdo

En 2015, bajo la presidencia de Barack Obama, EE. UU. había logrado liderar la firma de un acuerdo con Irán que limitaba su programa nuclear, impidiendo una eventual producción de armas de destrucción masiva, a cambio de levantar el embargo de sus cuentas en el exterior y permitir que siguiera vendiendo su petróleo a Occidente. La base del acuerdo implicaba que Irán detuviera el enriquecimiento de uranio a un 95 % de su producción actual –y entregar el sobrante a Rusia–, reducir la producción de plutonio del reactor de Arak hasta hacerlo inoperable –impidiendo la venta del mismo como combustible nuclear– y desmantelar las 13.000 centrífugas (máquinas donde se enriquece el uranio), que quedarían almacenadas bajo controles periódicos. Además, estipulaba no avanzar en su programa de desarrollo misilístico por ocho años, sin que hubiera alguna sanción al respecto si lo hacía. No obstante la precisión de las acciones a adoptar, también figuraban las llamadas “cláusulas de extinción” que contemplaban la posibilidad de que en 2023 y en 2028 desapareciera el control sobre la velocidad y el número de centrifugadoras a poseer. Estas cláusulas también permitían que en 2030 Irán no tuviera ningún impedimento en cuanto a la cantidad de sus reservas de uranio, dejando sin control para 2040 sus 18 sitios desconocidos de guarda y almacenamiento. Como condición particular, en EE. UU. el acuerdo necesita ser ratificado por su Congreso cada cuatro meses, para mantener el permiso de suspender los embargos sobre las cuentas de Irán.

Si bien el acuerdo le permitía a Occidente el control de la evolución nuclear de Irán, tanto Israel como Arabia Saudita comenzaron a mirar con recelo la actitud la anterior administración de EE. UU. Por otro lado, los recelosos del acuerdo miraron con estupor el pago de 400 millones de dólares que recibió Irán seis meses después de la firma del acuerdo (enero de 2016), a la par que cuatro antiguos rehenes norteamericanos fueron liberados.

El 12 de mayo pasado venció el habitual plazo sin que Trump lo renovara, aduciendo que se trataba del “peor acuerdo firmado” por su país. Sus asesores comenzaron a develar que se estaba trabajando junto a Gran Bretaña, Francia y Alemania para lograr un acuerdo suplementario sobre cuestiones no nucleares, relacionadas al apoyo de Irán a Bashar Al-Assad en Siria y a los rebeldes Houthis en Yemen, además del programa misilístico en desarrollo. Rusia y China, firmantes del acuerdo original, no formaron parte de la iniciativa suplementaria y tampoco manifestaron su intención de hacerlo.

El exsecretario de Estado de EE. UU., John Kerry, y el canciller iraní Yavad Zarif, durante la negociación del acuerdo nuclear.

Irán, por su parte, luego de las expresiones del presidente Trump, se mostró preocupado, al no saber si el resto de los firmantes mantendría el acuerdo en vigencia o aceptaría tácitamente la ruptura del mismo.

La espiral de violencia

Irán anunció que si se rompía el acuerdo estaba en capacidad de reiniciar el enriquecimiento de uranio al 20 % en 48 horas. Si bien esta pureza es mayor que la original para producir energía nuclear, está lejana del 90 % de pureza necesaria para producir armas de destrucción masiva. Aclaró, además, que mantendría sus compromisos mientras no fuera excluida de los sistemas mundiales financieros y de comercio. Además su toma de decisiones no es sencilla, pues además de su presidente, Hassan Rouhani, en este tipo de decisiones cuenta la opinión de su líder religioso Khameini y de la Guardia Islámica Revolucionaria.

Las potencias hegemónicas involucradas buscan prevenir que Irán reinicie su carrera para concretar su arma nuclear. Al respecto, tanto Israel como Arabia Saudita manifestaron que considerarían acciones militares si Irán rompiera el acuerdo. Más aún, el nuevo asesor de Seguridad Nacional del presidente Donald Trump, John Bolton, ha apoyado la opción militar para neutralizar las ambiciones nucleares iraníes, basado en cuatro cuestiones: el avance de su desarrollo misilístico, sus prolongadas ambiciones nucleares, su permanente apoyo a grupos rebeldes tales como Hezbollah y su irrestricta incumbencia en países como Siria y Yemen.

Además advirtió que si se derrumbaba el acuerdo, Irán podría competir por una bomba. Dijo en aquella oportunidad: “Permítanme recordarles… si consiguen un arma nuclear van a tener una carrera armamentista en Medio Oriente. Tendrán a los saudíes con ganas, a los egipcios que quieran una y a los emiratos”.

Moscú, por su parte, busca disminuir la injerencia iraní en la región, en especial en Siria, para mantener su control sobre Assad y evitar el ascenso chiíta en apoyo territorial y político de Hezbollah.

EE. UU., demonizado inicialmente por apoyar a Israel al reconocer su capital, está liderando a la confesión sunita y a su ancestral enemigo Israel, como balance del potencial peligro nuclear iraní.

En este contexto, ¿mantienen su vigencia las palabras de Omar Bradley en la Segunda Guerra Mundial? “Nuestras súplicas por la paz son medidas, no por la sinceridad con que están hechas, sino por las fuerzas que tenemos a nuestra disposición para reforzarlas”.

¡Inshallah (quiera Dios en árabe) que no!