Según los últimos informes de la Organización Mundial de la Salud, la creciente carga de enfermedades cardiovasculares, infartos cerebrales, neumopatías y cánceres, entre otras, están fuertemente relacionadas con causas ambientales. Conversamos con la doctora Lilian Corra, presidenta de la Asociación Argentina de Médicos por el Medio Ambiente y directora de la Carrera de Médico Especialista en Salud y Ambiente de la UBA. Por Susana Rigoz

enfermedades

El tema es de larga data. Basado en el estudio de las enfermedades de origen desconocido que, pese a alcanzar un 30 % del total de morbilidad, aparecían en los informes dentro de la categoría “otras causas”, ya en 2006 la OMS presentó un reporte  en el que alertaba sobre el alto impacto de la problemática ambiental en la salud e instaba a explorar y determinar la posible raíz de aquellos males.

Fue un primer llamado de atención que puso sobre el tapete la relevancia de tener en cuenta esta relación a la hora de efectuar diagnósticos médicos y tomar medidas preventivas adecuadas.

Los datos eran alarmantes. El documento determinaba, por ejemplo, que los factores ambientales de riesgo son responsables del 36 % de las muertes de menores de 14 años, número que podía duplicarse en países en vías de desarrollo o en situaciones socioeconómicas ambientales de vulnerabilidad. 

La doctora Lilian Corra cuenta que este reporte representó un punto de inflexión a partir del cual la OMS continuó reuniendo información, cambió la metodología de análisis de los datos recibidos y prestó más atención a la raíz y carga ambiental de determinadas enfermedades.  Y sostiene que de este trabajo surgió también otro dato fundamental relacionado fuerte y específicamente con la contaminación atmosférica, asociada hasta ese momento solo con las enfermedades respiratorias y el cáncer de pulmón: “La novedad fue que se demostró que también incidía en los infartos de miocardio y los derrames cerebrales”. Estas conclusiones presentadas en la Asamblea Mundial de la Salud en 2014 posicionaron a la contaminación del aire como primer causa de muerte. Por otra parte, apareció el concepto del “costo de la inacción”: por primera vez se empezó a tener en cuenta que no tomar medidas no es gratuito ya que cuando la gente se enferma, se gasta dinero en salud pública, en diagnósticos y tratamientos, además de las pérdidas por la baja productividad en las personas, que afecta fundamentalmente a quienes menos tienen. 

En 2015 la OMS, junto con la Asamblea Mundial de la Salud, emitió una Resolución donde los ministros acordaron un plan de acción que, sin ser vinculante, implicaba el compromiso de difundir lo acordado con los responsables de cada país para que se comenzaran a realizar los cambios necesarios destinados a solucionar los problemas más acuciantes para reducir las fuentes y emisiones de contaminantes al aire.

Pese a esta escalada de alertas de los organismos de Naciones Unidas, bajar la información a nivel regional o local es siempre bastante complejo debido a la falta de conciencia sobre esta problemática.  A modo de ejemplo, Corra explica que “si hay una epidemia de gripe A, se difunde de inmediato  y se movilizan todas las capacidades a fin de reducir su impacto. Sin embargo, cuando hablamos de contaminación, nos enfrentamos a la indiferencia de los responsables de la toma de decisiones que no comprenden que se trata de un problema grave que requiere repensar las políticas y la estructura de salud para enfocar las capacidades e inversiones en la prevención si se buscan resultados eficientes”.

Por último, una década después se dio a conocer la segunda edición del informe denominado “Ambientes saludables y prevención de enfermedades: hacia una estimación de la carga de morbilidad atribuible al medio ambiente”, donde se presentan los últimos datos científicos sobre el tema, se cuantifica el impacto ambiental sobre las enfermedades y se analiza su impacto a más de cien enfermedades o traumatismos.

UNA ADVERTENCIA PERENTORIA

“Las muertes por enfermedades no transmisibles que pueden atribuirse a la contaminación del aire (incluida la exposición al humo de cigarrillo ajeno) han aumentado hasta la cifra de 8,2 millones. Las enfermedades no transmisibles, como los accidentes cerebrovasculares, los cánceres y las neumopatías crónicas, constituyen actualmente casi dos terceras partes del total de muertes debidas la insalubridad del medio ambiente”, advierte el informe dado a conocer este año. Por su parte, la doctora Margaret Chan, directora general de la OMS, sostuvo: “Si los países no adoptan medidas para que los ambientes en los que se vive y se trabaja sean sanos, millones de personas seguirán enfermando y muriendo prematuramente”.

Consultada acerca de cuáles son las principales medidas que deberían adoptarse, la presidente de la Asociación Médicos por el Medio Ambiente (AAMMA) insiste en la importancia de generar conciencia, ya que para enfrentar esta problemática se necesita el compromiso de todos. “No le quito responsabilidad a los gobiernos que son los que tienen que tomar la decisión política de accionar en ese sentido y crear espacios de diálogo entre todos los sectores –gubernamentales y no gubernamentales–  implicando a la sociedad civil en su conjunto. Lo que quiero dejar claro es que en este tema estamos todos implicados y nadie puede exceptuarnos de nuestras propios deberes”. De esta afirmación, se desprende otro elemento decisivo que es aprender a trabajar en comunidad y desarrollar la responsabilidad institucional e individual de cada experto en su ámbito. “Debemos formar profesionales para el siglo XXI, porque de lo contrario estos seguirán trabajando con los indicadores de salud y parámetros del pasado”, enfatiza Corra.  Por último, destaca la importancia de hacer foco en la innovación y, sobre todo, en la aplicación de nuevas tecnologías.

-¿Cuál es la situación de la Argentina en este sentido?

-Siempre digo que somos un país que tiene todo y no tiene nada. No existe un plan efectivo contra el problema que representa la carga ambiental de la enfermedad, y lo triste es que no se debe a la falta de capacidades ni de financiamiento sino simplemente a la imposibilidad de implementar acciones eficientes en tiempo y forma. La falta de un escenario de situación, en el que se utilicen los indicadores adecuados de salud y ambiente, y la recolección actualizada de información comparable, nos impide desarrollar las acciones de prevención adecuadas para proteger a la población. Estas carencias nos impiden enfocarnos en la las necesidades de los más vulnerables, que son quienes reciben el mayor impacto ambiental, ya sea porque están por debajo de la línea de la pobreza o porque realizan alguna actividad que los pone en contacto con factores de riesgo.

AIRE TÓXICO

Los episodios de contaminación atmosférica evidente son conocidos por los porteños. Sin ir más lejos, en el mes de agosto la ciudad fue invadida por un humo de olor desagradable y extraño que combinado con la neblina y el smog dio origen a una situación de riesgo para la salud, pese a lo cual nunca la ciudadanía fue informada acerca de las precauciones a tomar. “La realidad es que pese a que contamos con el marco legal –existe una ley nacional de contaminación atmosférica de 1973 que sigue sin ser reglamentada, hecho que da la pauta de la poca importancia otorgada al tema– en la Argentina no se realiza un buen monitoreo”, destaca la entrevistada. Y aunque tener un mapa de la calidad del aire es un elemento clave para analizar las medidas a tomar, se podría comenzar a actuar sobre las fuentes de contaminación conocidas, como el tránsito automotor que emite, entre otros compuestos volátiles, gran cantidad de monóxido de carbono; las industrias químicas; las fábricas y las plantas de energía.

La importancia de detectar un problema de esta índole reside en que permite, en el ámbito de la Salud Pública, alertar e indicar qué medidas debe tomar la población para protegerse. Ahora bien, ¿es necesario advertir a los ciudadanos cuando hay un evento crítico de esta naturaleza? “En todas la principales ciudades del mundo se realizan las alertas, en especial donde hay tránsito intenso e importante cantidad de población. Ni hablar en Buenos Aires donde a estas características le debemos sumar la presencia de fuentes cercanas de emisión, como es el caso de Dock Sud, problema crónico que sigue esperando resolución adecuada”.

Aunque se suele asociar la contaminación atmosférica a las ciudades, el problema no es solo urbano y afecta en especial, una vez más, a los más pobres que se ven expuestos a la toxicidad de diversos combustibles como el kerosene, carbón, leña o bosta que utilizan para cocinar o calefaccionarse y que los expone a emisiones toxicas en el interior de sus hogares. Por este motivo, entre las estrategias mencionadas en el informe para mejorar el ambiente y prevenir enfermedades, se destacan la utilización de tecnologías y combustibles limpios que ayudan a reducir las infecciones respiratorias agudas, las neumopatías crónicas y las enfermedades cardiovasculares, entre otras medidas como la mejora del acceso al agua potable y un saneamiento adecuado (cloacas y recolección de residuos urbanos).

EL MAPA EPIDEMIOLÓGICO

Las causas de los cambios en el mapa de distribución de enfermedades a nivel global son también analizados por la OMS. “Hay enfermedades emergentes, reemergentes, enfermedades que no existían o que reaparecen de manera distinta”, detalla Corra. Por ejemplo, hay mayor cantidad de cáncer en mujeres jóvenes, se registra un aumento de diabetes tipo 2, de hipotiroidismo en hombres jóvenes o endometriosis, por mencionar solo algunas afecciones que hace unas décadas eran poco frecuentes.

En medio de tantas malas nuevas, hay algunas noticias alentadoras como por ejemplo que en el período 2006-2016 se redujeron ciertas enfermedades infecciosas que suelen estar vinculadas a deficiencias en el suministro de agua, el saneamiento y la gestión de los desechos como la diarrea.

Por otra parte, hay casos como la malaria, que si bien disminuyó en algunas regiones, en otras se incrementó, el de la fiebre amarilla que ha reemergido en el norte argentino y el de otras enfermedades como el dengue, el zika o la chikungunya que eran desconocidas

en nuestro país hasta hace pocos años y surgieron con fuerza. “Sin dudas, el cambio en el mapa epidemiológico es relevante. Aunque en lo referido a enfermedades infectocontagiosas ha habido subidas y bajadas, podemos afirmar que hay más control gracias a que hay un conocimiento mayor y una mejor difusión del tema”, sintetiza Corra.

EL FANTASMA DEL CÁNCER

En el ranking de las principales causas de muerte vinculadas al ambiente, se encuentran los accidentes cerebrovasculares, las cardiopatías isquémicas, los traumatismos involuntarios y el cáncer. En ese orden. Sin embargo, para la percepción popular esta última enfermedad ocupa el primer lugar en el podio de las causas de muerte.  “Una cosa es la percepción y otra la evidencia científica”, distingue la entrevistada, aunque concede que las generaciones actuales tienen más exposición a factores de riesgo ambiental desde su concepción que la de las personas nacidas antes de la década del 30 del siglo pasado. “El cáncer, asegura, se relaciona con la exposición a algunos químicos desde la concepción y el aumento de su uso a escala global –conocido como “contaminación química difusa”–  es considerada el factor más riesgoso -–aunque no el único– por su omnipresencia en nuestra vida cotidiana”. La doctora Corra relata que en 1935 se comenzaron a introducir químicos de síntesis en el ambiente, una inflexión en la contaminación ambiental muy importante, que determinó que las mujeres que nacieron antes de ese año, al no estar expuestas a químicos sintéticos desde la concepción, tienen seis veces menos incidencia en el cáncer de mama, como se evidencia en los registros llevados por algunos países desarrollados durante décadas. “Pese a que a través de los años el uso de químicos creció exponencialmente (se calcula que en la actualidad existen las de 500 mil químicos de síntesis), esta problemática recién se comenzó a percibir en las décadas del 80/90. Es un problema delicado que merece mayor atención ya que de los 500 mil mencionados solo está testeado en cuanto su toxicidad para el desarrollo embrio/fetal el uno por ciento y menos del 10 por ciento para su toxicidad sobre la salud de los seres humanos”.

-Usted mencionó la “contaminación difusa”. ¿Podría explicar de qué se trata?

-Se trata de una exposición crónica a bajas dosis de químicos, como ocurre con el uso de los plaguicidas, que aunque no se manifiesten en el momento pueden generar enfermedades que se expresan más tarde, a lo largo de la vida.  Su acumulación en los seres humanos puede actuar de forma transgeneracional e incluso la exposición tóxica puede no estar presente en la vida del individuo enfermo.

LA ÚNICA SALIDA, LA EDUCACIÓN

Pese a su gravedad, mucha gente sigue creyendo que estos temas están sobredimensionados o son patrimonio de las personas que trabajan en salud o en ambiente, sin comprender que se trata de un problema que nos atañe a todos. “La única posibilidad de encontrar soluciones es generar conciencia en el área científica y formar a los profesionales para que puedan evaluar este tipo de riesgos e idear nuevas alternativas que incluyan estos conceptos. Es indispensable cambiar la forma de pensar, ingresar en los escenarios del Siglo XXI”, alega la doctora Corra, quien se desempeña como directora de la carrera de Médico Especialista en Salud y Ambiente de la Universidad de Buenos Aires y  coordinadora del área de Salud y Ambiente de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Favaloro.

-¿Considera que existe un cambio en la mentalidad de los jóvenes?

-Sí, tengo esperanzas porque noto que mis alumnos salen con una mentalidad diferente. Le doy un ejemplo, un grupo de profesionales del Hospital Garraham, varios de los cuales cursaron la carrera de Médico Especialista en Salud y Ambiente, ha comenzado a incluir los factores ambientales en los diagnósticos, hecho que los llevó a explorar la exposición de los chicos a metales pesados como el plomo o el mercurio y a explorar la calidad del agua que consumen. Los resultados fueron sorprendentes: detectaron casos de pacientes con hipertensión por exposición a agua con presencia de arsénico que se solucionó conociendo dónde vivía el chico (zona endémica de arsénico en el agua). A veces las enfermedades se curan con agua, buena voluntad, educación e información.

-Entonces, ¿es optimista?

-Me alienta pensar que ya son varias las carreras que tienen especialidades relacionadas con el ambiente, no solo Medicina sino también Derecho e Ingeniería. El próximo paso sería lograr que los temas ambientales y su impacto sobre la salud sean incorporados en la formación en las carreras de grado. Pese a que nos falta mucho, estos indicios permiten pensar que nos encontramos en un buen camino.

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