Un nuevo aniversario de la hazaña alcanzada por la misión Apolo XI nos invita a reflexionar sobre el potencial que presenta el complejo científico-tecnológico argentino para posicionar al país en el mapa mundial. Por Sebastián Do Rosario. Miembro del Departamento de Seguridad Internacional y Defensa del Instituto de Relaciones Internacionales (IRI-UNLP)

El 20 de julio se cumplen 50 años desde que el alunizaje de la misión Apolo XI logró que el hombre pusiera, por primera vez en la historia de la humanidad, un pie sobre la Luna. Aquella misión de ocho días, que despegó el 16 de julio desde Cabo Kennedy y que llevaba a bordo a Neil A. Armstrong, Edwin “Buzz” Aldrin y Michael Collins, hoy en día sigue representando un hito de la ciencia y la tecnología que no puede ser ignorado en ningún rincón del planeta.

Cinco décadas después de aquel “gran paso para la humanidad”, este acontecimiento nos invita a reflexionar –entre otras cosas– sobre la enorme importancia de la ciencia y la tecnología para el desarrollo y el crecimiento de un país, y su consecuente posicionamiento en el plano internacional.

Rivalidad tecnológica y proyección internacional

Sin lugar a duda, la decisión política de del gobierno del presidente Dwight Eisenhower de apostar por la creación de una institución como la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA por sus siglas en inglés) constituye el principal punto de consideración para dar cuenta de la importancia del rol del Estado a la hora de estimular, apoyar y financiar proyectos de nuevos desarrollos tecnológicos que permiten la ampliación de las capacidades científicas del país. En 1969, año en que el Apolo XI emprendió su viaje hacia la Luna, el gobierno federal invirtió en la NASA un monto equivalente al 2,31 % del total del gasto de dicho año (4200 millones de dólares, aproximadamente). Para tener un punto de comparación, el año en que la NASA comenzó sus operaciones contaba con un presupuesto que representaba el 0,1 % del gasto del gobierno federal. Al cabo de ochos años, ya representaba el 4,41 %. La creciente inversión en los distintos programas Apolo permitió desarrollar la tecnología que se requirió para que la tripulación del Apolo XI recorriera el suelo de la luna y regresara intacto a la Tierra.

Fue así como se avanzó con una política de estado orientada a profundizar un modelo de desarrollo de país, basado en la inversión en conocimiento y que sirvió como instrumento de política exterior al servicio del interés y la seguridad nacional. Estados Unidos aspiraba a definir un orden internacional en el que otro actor preeminente, como la Unión Soviética, buscaba superarlo en todos los campos posibles (militar, económico, espacial). Esto fue plasmado en el marco normativo que creó la NASA, donde se afirmaba que las actividades que lleve adelante el país a través de dicha agencia deben orientarse a alcanzar objetivos tales como “la preservación del rol de los Estados Unidos como un líder en el campo de la aeronáutica, la ciencia espacial y la tecnología”, “la expansión del conocimiento humano de los fenómenos atmosféricos y del espacio”, y “el establecimiento de estudios de largo alcance de los beneficios potenciales a ser obtenidos y las oportunidades y los problemas involucrados en la utilización de las actividades aeronáuticas y espaciales para fines pacíficos y científicos”, entre otros.

El marco legal referido ha sido actualizado en varias ocasiones a lo largo de la historia, pero la esencia de los objetivos persiste, entre ellos los referidos a la consolidación del liderazgo en el campo científico-tecnológico. El noveno punto de la sección 102, que se agregó en 1989, sostiene que es objetivo de la agencia espacial “la preservación de la posición preeminente de los Estados Unidos en el campo espacial y aeronáutico a través de la investigación y el desarrollo tecnológico relacionado a los procesos de manufactura asociados”.

Si bien estamos hablando de sucesos con 50 años de antigüedad, en la actualidad no podrían ser más ilustrativos para describir el escenario internacional de hoy. En su momento, la carrera espacial se dio en un creciente y complejo orden bipolar en el que Estados Unidos y la Unión Soviética tenían la capacidad de moldear el destino de la humanidad. Si bien en la actualidad no es posible afirmar de manera determinante que estamos ante una nueva guerra fría, hoy la relación de Estados Unidos con China configura un escenario que podría ser explicado como una puja entre dos actores estatales que buscan consolidar el predominio global sobre la base de un modelo de desarrollo de país basado en la inversión en conocimiento, la ampliación de la capacidad manufacturera y el desafío constante de nuevas fronteras tecnológicas. Entre estas últimas, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones y el desarrollo de materiales especiales con aplicaciones duales.

“En su momento la carrera espacial se dio en un creciente y complejo orden bipolar con Estados Unidos y la Unión Soviética como jugadores capaces de moldear el destino de la humanidad.”

A pesar de que no hay dudas de que la supremacía militar de Estados Unidos es indiscutida, en este momento de incertidumbre para la política internacional, el interés por la carrera espacial se ha renovado. En julio del año pasado, el presidente Donald Trump hizo público su interés por la creación de una Fuerza Espacial Militar y por nuevas misiones a Marte y a la Luna para asegurar el predominio de su país frente a los principales rivales. En enero de este año, China logró alunizar en el “lado oscuro” de la Luna con la sonda robótica Chang’e 4 y comenzó a explorar desde el terreno lo que otros países habían observado desde el espacio, vía satélite.

Para innovar no hay como los clásicos

Nuestro país cuenta con una trayectoria de 70 años y un abundante know-how en un área clave como el sector nuclear, así como una iniciativa de cooperación binacional denominada “Agencia Brasileño-Argentina de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares” (ABACC). Además, posee una nutrida y experimentada burocracia científica e instituciones, de excelencia internacional como el Complejo Tecnológico Pilcaniyeu, la Comisión Nacional de Energía Atómica de Argentina (CNEA), la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) e INVAP. Esta última, empresa provincial creada en la década de 1970 y ubicada en la ciudad de San Carlos de Bariloche (provincia de Río Negro), ha concretado ventas al exterior de un altísimo valor agregado a varios países de Europa, África, Medio Oriente y Oceanía. También ha provisto al Estado nacional de radares y satélites, y ha entablado iniciativas de cooperación internacional con el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), la Organización Australiana de Ciencia y Tecnología Nuclear (ANSTO, en inglés) y la mismísima NASA.

“Una política exterior que busque promocionar y posicionar la innovación y el conocimiento de excelencia argentino debe articularse con el ecosistema entero de empresas e instituciones científicas del país.”

Es por eso que una política exterior que busque promocionar y posicionar la innovación y el conocimiento de excelencia argentino debe articularse con el ecosistema entero de empresas e instituciones científicas del país para desarrollar una estrategia que tienda a la autonomía política, económica y tecnológica. Esto nos permitirá sortear de manera balanceada las actuales disputas comerciales y tecnológicas que enfrentan a Estados Unidos y China. No solo porque no estamos al mismo nivel de las tecnologías que están empujando esta rivalidad y no nos es viable una política de autarquía total, sino también porque la resolución de esta tensión podría desencadenar la aparición de nuevos estándares tecnológicos internacionales que empujen a un tercer país a alinearse con uno u otro. Argentina no puede permitirse eso y debe buscar la forma de evitar quedar atrapada en medio de la confrontación.

De cara al futuro

Es innegable que la inversión en ciencia y tecnología, encarada como política de estado a lo largo del tiempo, puede contribuir al desarrollo económico y social de un país y favorecer la proyección regional e internacional de un Estado. El dominio de nuevos desarrollos científico-tecnológicos sirven como instrumentos para una política exterior que tienda a aumentar los márgenes de autonomía en el plano político, económico y militar.

En coordinación con el ecosistema de instituciones científicas y burocracias experimentadas, la Argentina puede y debe continuar posicionando el conocimiento local como un bien exportable que contribuya al desarrollo de industrias de alto valor agregado.