TOPSHOT - Iraqi Kurds fly Kurdish flags during an event to urge people to vote in the upcoming independence referendum in Arbil the capital of the autonomous Kurdish region of northern Iraq on September 16 2017 AFP PHOTO SAFIN HAMED

El 92,7% de los electores del Kurdistán iraquí votó a favor de su auto-determinación. Sin embargo, la resistencia de las grandes potencias y sus propias divisiones internas ponen en duda la viabilidad del proyecto independentista.

Desde la disolución del imperio otomano y la abolición del sultanato en 1922, la creación de un Estado nacional ha sido el mayor anhelo de los kurdos, pueblo de origen indoeuropeo afincado en Asia Central al que algunos historiadores consideran descendiente directo de los medos y que fue islamizado el siglo VII de nuestra era. En su libro The Kurdish Spring. A new map of the Middle East, el analista David L. Phillips calcula su población total en 32 millones, distribuidos entre los actuales territorios de Turquía (Kurdistán septentrional), Siria (Kurdistán occidental o Rojava), Irak (Kurdistán oriental) e Irán (Kurdistán meridional). Otras estimaciones alcanzan los 35 millones, contabilizando también la diáspora kurda.

El Acuerdo Sykes-Picot, por el cual Gran Bretaña y Francia delimitaron secretamente en mayo de 1916 sus respectivas esferas de influencia en la zona, privó a los kurdos de un propio Estado con fronteras reconocidas internacionalmente y capacidad para autogobernarse. Hoy ese sueño parece reflotar, en el contexto de la fallida experiencia que significó la convivencia con el nuevo poder dominante chií en el Irak post-Saddam Hussein y de la virtual desintegración de Siria al cabo de seis años y medio de guerra civil. Sin embargo, las grandes potencias –en particular, EE. UU. y Francia– se resisten a modificar el statu quo regional y dos poderosos vecinos –Turquía e Irán– temen el efecto contagio que pueda tener un nuevo Estado kurdo en su propia población perteneciente a esa minoría.

Un anhelo largamente postergado

Más allá de la efímera República de Mahabad, proclamada en enero de 1946 en el noroeste de Irán y disuelta por las tropas del shah de Persia en diciembre de ese mismo año, las aspiraciones nacionales del pueblo kurdo han sido desoídas en los despachos internacionales. “Después de la caída del imperio otomano, los kurdos recibieron mensajes ambiguos por parte de las potencias y, si bien inicialmente se les había prometido la creación de un Estado, esa promesa nunca se cumplió y, en general, la experiencia que ellos tuvieron en cada uno de los países en los que quedaron subsumidos no fue positiva”, explica a DEF el investigador Kevin Ary Levin, miembro del Departamento de Medio Oriente del Instituto de Relaciones Internacionales (IRI) de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

“Hoy los kurdos están dejando de verse a sí mismos como un pueblo victimizado, para convertirse en una comunidad política coherente y con aspiraciones nacionales viables”, asegura en su obra David L. Phillips, actual director del programa de Construcción de la Paz del Instituto para el Estudio de los Derechos Humanos de la Universidad de Columbia. Sin embargo, más allá de la experiencia relativamente exitosa del Gobierno Regional del Kurdistán (GRK) –autonomía reconocida por la Constitución iraquí de 2005– y la recientemente autoproclamada Federación Democrática del Norte de Siria, los intereses en pugna entre las facciones políticas hacia el interior del mundo kurdo transmiten una imagen más parecida a un mosaico resquebrajado que a una estructura monolítica y uniforme.

El Kurdistán iraquí: ¿un divorcio amigable?

El descontento con el gobierno central iraquí, que tras el derrocamiento de Saddam Hussein se encuentra bajo la batuta de una alianza de fuerzas chiíes pro-iraníes que poco ha hecho por acercarse al resto de las comunidades del país, ha llevado al Gobierno Regional del Kurdistán a seguir su camino hacia la independencia por la vía de los hechos consumados y sostenido en el poder militar de su brazo armado, los peshmerga. Tal como ha señalado Masrour Barzani, hijo del actual presidente y hombre fuerte del GRK Masud Barzani, “es hora de reconocer que el experimento iraquí no ha funcionado” y que “un divorcio amigable” es la mejor opción para su pueblo. “Hemos intentado todas las opciones posibles con Irak, pero las experiencias pasadas nos han llevado a un punto en el que no existe ninguna esperanza de poder garantizar nuestros derechos y la protección de nuestra población dentro de ese Estado”, ha afirmado, por su parte, el primer ministro Nechirvan Barzani, otro integrante del clan en el poder y del dominante Partido Democrático del Kurdistán (PDK), fundado por su abuelo Mustafá en agosto de 1946.

“Posiblemente sea necesario entender este renovado llamado a la independencia del Kurdistán iraquí como una confluencia de la creciente autonomía de Erbil [capital del gobierno regional] y su distanciamiento de Bagdad, con el incremento del apoyo occidental al Kurdistán en su lucha contra el Estado Islámico, en contraste con la decreciente popularidad interna y los cuestionamientos de la oposición que harían necesario para el gobierno de Barzani un renovado apoyo inspirado en sentimientos nacionalistas que le permitan mantenerse en el poder”, aclara Levin. En cuanto a los límites territoriales de ese eventual futuro Estado, una cuestión pendiente de resolución entre el gobierno de Bagdad y las autoridades kurdas de Erbil es el estatus de la provincia de Kirkuk, una región petrolera clave que es reclamada por la administración kurdo-iraquí como parte de su territorio, algo que ni Bagdad ni la población árabe y turcomana de la zona aceptan. Por otro lado, a juicio de este analista, el enfrentamiento entre el PDK de los Barzani y la alianza forjada entre sus históricos rivales de la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK) –comandada por Jalal Talabani– y el joven partido reformista Gorran en la sureña provincia de Sulaymaniyah “condicionará la viabilidad del proyecto independentista” de Barzani.

Turquía juega a dos puntas

Haciendo gala de un impensado pragmatismo, el gobierno de Recep Tayyip Erdogan ha ensayado en los últimos años una alianza con el Kurdistán iraquí, al tiempo que mantiene fronteras adentro la política represiva hacia los derechos de su propia población kurda y la lucha frontal contra el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), cuyo líder Abdullah Öcalan fue condenado a cadena perpetua por un tribunal turco y se encuentra recluido en una cárcel de la isla de Imrali, en el mar de Mármara, desde hace 18 años. Cabe leer el acercamiento con el gobierno de Erbil en clave geopolítica, ya que le permite a los turcos mantener su influencia sobre un Irak que ha quedado bajo la órbita de Irán luego de la retirada de las tropas estadounidenses del país, sin por ello tener que renunciar a combatir a los supuestos “terroristas” del PKK en su propio territorio y en la vecina Siria.

¿Cómo se ha traducido esa buena sintonía entre Erbil y Ankara en la práctica? Desde mayo de 2014 el Gobierno Regional del Kurdistán iraquí ha venido exportando petróleo extraído de sus yacimientos de Taq Taq y Tawke a través del oleoducto Kirkuk-Ceyhan, con lo cual ha conseguido la salida que necesitaba hacia el Mediterráneo a través de Turquía. “Mientras que esta operación permite al gobierno kurdo obtener una importante fuente de ingresos y negociar con Bagdad desde una posición de mayor fortaleza, la interdependencia también contribuye para que Turquía pueda proteger sus intereses en la región, lo que incluye la posibilidad de ingresar al territorio kurdo iraquí en su avanzada contra los militantes del PKK, agrupación que mantiene una presencia en la zona montañosa de Sinjar, al norte de Irak, desde la década de 1990”, detalla Levin, quien se encarga de aclarar que “el límite para Turquía en su relación con Barzani es la independencia del Kurdistán iraquí”.

Los kurdos sirios atienden su juego

La proclamación, en marzo de 2016, de una Federación Democrática en el norte de Siria, región conocida por los kurdos como Rojava, ha sido el último intento por reunir bajo un mismo “paraguas” el territorio controlado por el Partido de la Unión Democrática (PYD) –fuerza política creada en 2003 por impulso del PKK–, que incluye tres cantones que no presentan contigüidad geográfica entre sí (Efrin, Kobani y Jazira). El PYD se ha encargado de aclarar que no busca la partición del Estado sirio, sino defender “los derechos kurdos en el seno de una Siria democrática y federal”. “Las Unidades de Protección Popular (YPG), fuerza de combate del PYD que ha tomado consciencia de su valor e influencia como aliado indispensable en la lucha contra el contra el Estado Islámico, no han dejado escapar la oportunidad de jugar con los poderes fuertes de la región –EE. UU., Rusia, Turquía y el régimen de Bashar al-Assad– poniéndolos unos contra otros, sin importarles los costos”, advierte en un lúcido análisis Joost Hiltermann, director del programa de Medio Oriente y Norte de África (MENA) del International Crisis Group.

Ahora bien, a diferencia de lo que ocurre con el Gobierno Regional del Kurdistán (GRK) iraquí, Turquía considera al PYD como “grupo terrorista” y lo acusa de contrabandear armas para el PKK a través de la frontera con Siria. Esa es la principal razón por la cual el PYD ha sido excluido de las conversaciones de paz de Astaná y Ginebra, a diferencia de sus rivales del Consejo Nacional Kurdo de Siria (ENKS), organización que nació en 2011 bajo el ala de Barzani y que sí ha sido aceptada por Ankara en los diálogos sobre el futuro de Siria. “Esta compleja situación deja como resultado que, mientras los liderazgos kurdos sirio e iraquí se encuentran enfrentados y tienen relaciones divergentes con Turquía, ambos reciben en la actualidad un importante apoyo de EE. UU. en la lucha conjunta contra el Ejército Islámico, en la cual las fuerzas kurdas fueron reconocidas por su efectividad”, puntualiza Levin al respecto.

Israel mira de reojo

Otro actor clave en Medio Oriente que sigue con gran interés la evolución de los acontecimientos es Israel. El gobierno de Benjamin Netanyahu no oculta sus simpatías por la causa kurda y recientemente ha dicho que apoya “los intentos legítimos del pueblo kurdo a favor de su autodeterminación”.

El exministro de Asuntos Exteriores de Israel, Shlomo Ben Ami, publicó el pasado 12 de agosto una columna de opinión en el diario El País de Madrid, titulada “Razones para un Kurdistán”. Allí definía al GRK de Barzani como “el único gobierno realmente funcional en Irak, con mando sobre las áreas más pacíficas y estables del país”. En clave geopolítica y en referencia a la rama del Islam profesada por la mayoría de los kurdos, Ben Ami señalaba que “la creación de una auténtica alianza suní, que incluya un Kurdistán independiente, redundaría en el interés de EE. UU.”, ya que, desde su punto de vista, permitiría “contener la influencia del eje Rusia-Irán-Hezbollah”, con el régimen de Teherán y la organización político-militar libanesa constituyendo un polo de poder chií que se proyecta sobre Irak y Siria respectivamente.

En cuanto a la disputa de fondo entre el Estado hebreo y el régimen de los ayatolas, Kevin Ary Levin manifestó que existe “un interés estratégico de Israel por sacarle a Irán –en su rol de protector del Estado iraquí post Saddam– las grandes reservas petrolíferas del norte de Irak”, para lo cual sería funcional la existencia de un Estado independiente kurdo que mantuviera bajo su control estos recursos hidrocarburíferos clave. “Para quienes están interesados en ampliar el abanico de aliados de EE. UU. en la región, entre los que podemos mencionar como referentes a Israel, Turquía y las monarquías del Golfo Pérsico, el surgimiento de un Estado independiente en el actual Kurdistán iraquí podría significar la llegada de un aliado para Occidente”, añadió Levin, aunque aclaró que hay observadores que ponen reparos y alertan sobre “los efectos desestabilizadores de la partición de Irak” y su impacto negativo en la región.

Aun si no consiguieran su objetivo de máxima de construir un Estado propio, lo cierto es que los kurdos están llamados a ejercer un rol fundamental en el inevitable rediseño del mapa de Medio Oriente. Con sus nuevos aliados y una influencia cada vez mayor en los asuntos de la región, tal vez ya sea hora de archivar aquel viejo proverbio que decía que los kurdos no tenían más amigos que las montañas.

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Mariano Roca
Periodista y Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Se desempeña desde 2006 como integrante de la redacción de la revista DEF y ha colaborado con distintos proyectos editoriales en TAEDA.