El doctor René Favaloro inventó una operación maravillosa que permitió salvar miles de vida: el bypass coronario. La primera intervención exitosa tuvo lugar el 9 de mayo de 1967.

Qué maravilla lo que pasó aquel día en el pueblo. Todos estábamos avisados, por eso, no hubo ningún paisano que no saliera a la calle para presenciar el prodigio. Era como si el tata Dios le estuviera consintiendo al doctorcito su última voluntad, la que dejó indicada en una de esas cartas que, dicen, escribió meticulosamente antes de pegarse un tiro en el corazón.

Porque de repente, aquel día se había levantado en Jacinto Aráuz una brisa extraña, demasiado agradable para un día frío de invierno, pero imprescindible para que las cenizas se esparcieran pródigas por el Monte Pena, la enorme y solitaria extensión de pampa en las afueras del pueblo adonde, doy fe, el doctorcito rumbeaba de tanto en tanto para echarse a leer bajo la enorme y protectora copa de un caldén, el mismo por cuyo tortuoso ramaje aquel día se deslizaban las cenizas.

Cuando llegó al pueblo, allá por 1950, nos dijeron que el doctor Favaloro venía por un tiempito nomás, porque el doctor Vega, que estaba en el pueblo hacía muchos años, se nos había engualichado y ya no podía ocuparse de nosotros. Y al principio, no creíamos que el doctorcito fuera doctor de enserio, y no tanto porque sabía muchas cosas del campo o era más joven que el doctor Vega, sino por el respeto con el que trataba a las comadronas y curanderas, respeto que nosotros, en un principio, habíamos confundido con ignorancia. Pero que era respeto, nomás, y de eso puede dar fe todo el pueblo.

Pero además, también le desconfiábamos un poco porque algún maledicente había echado a correr el cuento de que en realidad era carpintero; pero cuando llegó su hermano Juan José –para algunos paisanos, más simpático que el doctorcito– ya no nos quedaron dudas de que los dos eran doctores. Y fue entonces que se ganaron el cariño y respeto de todo el pueblo, porque diariamente recorrían grandes distancias para atender un parto, un niñito afiebrado o lo que necesitáramos. Y aun más, cuando poco después se supo que nuestro doctor Vega ya no podría curarnos porque estaba ultimando detalles para instalarse definitivamente en el más allá, los hermanos Favaloro comenzaron a atendernos en la iglesia que los evangelistas valdenses habían puesto al servicio de todos los paisanos. Y siguieron haciéndolo hasta que, ayudados por el Juancito Munuce, nuestro farmacéutico, organizaron un centro de atención en una casa del centro a la que le empezamos a llamar “Clínica médico-quirúrgica”. Allí es que nos operaban y hasta, en caso de ser necesario, nos ponían sangre que tenían guardada.

Doce años estuvo el doctorcito con nosotros, y cuando se fue para el extranjero, quedamos desmadrados, porque estábamos acostumbrados a sus consejos, sus enseñanzas, su compañía. Imagínese que ya en aquel tiempo, cuando una vez por semana se iba en su auto destartalado a un hospital, dicen que en La Plata, para aprender más cosas sobre las enfermedades del corazón, todo el pueblo entraba en alerta. Ya en aquel tiempo se le notaba que le interesaban mucho los asuntos del corazón; a mí por ejemplo, me curó de la arritmia que me agarró la vez que la Edelmira me echó de la casa, porque le había apostado la gallina ponedora en un juego de taba; pero además, la convenció para que me perdonara y me dejara volver.

Y fue precisamente para saber más, que el doctorcito se fue, según dicen, a una clínica gringa muy importante donde inventó una operación de corazón maravillosa que permitió salvar miles de vidas. Tanta era su sabiduría que una vez un médico que vino a Aráuz, nos contó que él en persona había visto cómo el doctor Favaloro, ya de vuelta en la Argentina, le había sacado el corazón a una monjita para componérselo, pero que cuando se lo había querido poner en su lugar, el corazón no le funcionaba y, entonces, el doctorcito lo había agarrado con sus propias manos, lo había acariciado con cuidado y se lo había vuelto a acomodar en el pecho. Y entonces sí, el corazón había arrancado.

Dicen que el último tiempo andaba muy triste, igualito que el día que se despidió del pueblo y nos confesó, todos pueden dar fe de esto, no solo yo, el privilegio que había significado para él haber compartido doce años de su vida con los habitantes de Jacinto Aráuz.

Por eso aquel día, aunque la familia no había querido que ninguno de nosotros estuviera presente en la ceremonia de las cenizas, todos permanecimos atentos, y no porque el doctor Favaloro se hubiera convertido en un cirujano famoso, sino porque queríamos que se cumpliera su deseo. Entonces, cuando gracias a la brisa que nos mandó el tatita Dios aquel día, las cenizas llegaron al pueblo, recién en ese momento nos dentramos todos para las casas. Tranquilos, estábamos, porque sabíamos que el doctorcito finalmente podría descansar en paz.

Investigación y texto: Andrea Estrada

Información: Museo Histórico del Médico Rural “Dr. René G. Favaloro”, Jacinto Aráuz – LA PAMPA