Conocer la realidad es el primer paso para repensar una educación que urge transformar a través de políticas públicas orientadas a garantizar una formación equitativa y de calidad, que promueva la inclusión verdadera a partir de la igualdad de oportunidades. Por Susana Rigoz. Fotos: Fernando Calzada y AFP.

Discutidas por unos y tenidas en cuenta por otros, las últimas pruebas internacionales pusieron una vez más sobre el tapete a una menoscabada educación argentina que parece continuar su camino descendente. Se trata de las pruebas TERCE (Tercer Estudio Regional Comparativo y Explicativo) y las PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la OCDE).

Entre los cuestionamientos locales se hizo referencia a que se trata de un ranking, que compara muchas veces lo incomparable, que no se adapta a nuestra cultura, que no incluye temas como medio ambiente, solidaridad o historia regional e incluso que no evalúa si formamos buenas personas o los valores éticos de los jóvenes.

Más allá de cualquier especulación y aunque no todo es mesurable a través de un test, se trata en realidad de evaluaciones estandarizadas destinadas a recolectar información que permita discutir sobre la calidad educativa de los países, a fin de orientar las futuras políticas públicas y tomar decisiones estratégicas para las generaciones futuras.

Diagnósticos que asustan

A modo de síntesis, el TERCE –el estudio más importante de la región que evalúa el desempeño escolar en tercer y sexto grado de la escuela primaria en las áreas de Matemática, Lenguaje (lectura y escritura) y Ciencias Naturales– es una prueba coordinada por la Oficina Regional de Educación para América Latina y el Caribe de la UNESCO y gestionada por el Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad Educativa (LLECE). Esta red abarca quince países: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana y Uruguay, más el Estado de Nuevo León (México), y ha concretado ya tres estudios en 1997, 2006 y 2013. En el último informe dado a conocer en julio de 2015, si bien la Argentina superó la media de 500 puntos, ubicándose en la mitad de la tabla, los avances respecto a las pruebas anteriores son muy escasos, con una leve mejoría en Matemáticas y Ciencias, mientras que Lengua sigue siendo una materia pendiente. “Estamos por debajo de Chile, Costa Rica, Uruguay u México en todas las pruebas y en varias también detrás de Brasil, Colombia y Perú”, declaró en su momento el exministro de Educación Juan José Llach.

Por su parte, las Pruebas PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la OCDE) miden cada tres años la calidad, equidad y eficiencia de la educación, examinando los conocimientos –comprensión lectora, matemáticas y ciencias– y las habilidades de los alumnos de 15 años que se encuentran próximos a acceder a la educación superior o al mercado laboral.

El prestigio de estas pruebas fue en aumento, como lo demuestran la cantidad de países participantes que pasaron de 32 en el año 2000 a 72 en 2015, último análisis en el cual se evaluaron alrededor de 540.000 estudiantes con énfasis en la ciencia. En este contexto, el país que obtuvo los mejores resultados fue Singapur, seguido por Japón, Estonia, Taiwán y Finlandia y, entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, OCDE, los mejores posicionados fueron Japón, Estonia, Finlandia y Canadá.

En cuanto a América Latina, el país mejor posicionado fue Chile (ubicado en el lugar 44), seguido por Uruguay (47), Costa Rica (55), Colombia (57), México (58), Brasil (63), Perú (64), y República Dominicana (70).

Argentina, según miembros de la OCDE, quedó fuera debido a que la lista de colegios presentada no permitía realizar conclusiones estadísticas precisas, condición indispensable en una prueba que es internacionalmente reconocida por su rigurosidad metodológica y estadística. El hecho de no haber sido ranqueado en las últimas evaluaciones no constituye un impedimento a la hora de analizar con preocupación un sistema que después de liderar los países latinoamericanos y ubicarse en el número 37 a nivel mundial en el año 2000, pasó a figurar sexto y 59 en el listado global y regional, respectivamente, en el año 2012.

Como bien señala el organismo internacional: “El bajo rendimiento en la escuela tiene consecuencias a largo plazo tanto para los individuos como los países. Los alumnos con un rendimiento bajo, a los 15 años tienen más riesgo de abandonar completamente sus estudios; y cuando una gran proporción de la población carece de habilidades básicas, el crecimiento económico de un país a largo plazo se ve amenazado”.

Sin sorpresas 

A nivel local, en octubre 2016 se realizó el Operativo Aprender, con la participación de cerca de 1,4 millones de alumnos –830.190 de 6to grado de primaria y 528.557 de 5to y 6to de nivel secundario– de 30.000 escuelas públicas y privadas, a fin de conocer la realidad educativa y promover acciones en los ámbitos nacional y jurisdiccional para su mejoramiento. Aunque no miden lo mismo, los resultados de este operativo no hicieron más que corroborar los bajos rendimientos obtenidos en las evaluaciones internacionales.

Sucesora de los Operativos Nacionales de Evaluación (ONE) inaugurados en 1993 para conocer el estado de la calidad de la educación en el país, es una prueba censal que permite devolver a cada escuela los resultados propios de modo de contribuir a su mejoramiento institucional.

En la primaria, aunque comparado con ediciones anteriores hubo mejoras en los aprendizajes, los resultados siguen siendo preocupantes: el 32 % de los alumnos alcanzó un nivel avanzado en Lengua y el 18 % en Matemáticas.

En la secundaria, por su parte y solo a modo de ejemplo, casi el 50 % de los alumnos se encuentra en el nivel básico o por debajo de él y el 53,6 % alcanzaron niveles satisfactorio/avanzado en Lengua o, dicho de otro modo, comprende lo que lee. En Matemática, el 5 % alcanzó un nivel avanzado y el 40,9 % está por debajo del nivel básico. Mejores fueron los resultados en Ciencias Naturales y Sociales, donde lograron un nivel satisfactorio y avanzado, un 63,7 % y un 58,9 %, respectivamente.

Estos resultados más que alarmantes demuestran una gran disparidad por provincias (el mejor distrito fue la Ciudad de Buenos Aires y el peor, la provincia del Chaco) y también entre los alumnos que asisten a la escuela pública y la privada. Los heterogéneos y magros logros alcanzados llevaron a que su desglose fuese retirado de la evaluación a pedido de algunos gobernadores, amparados en el artículo 97 de la Ley 26206 de Educación Nacional que establece que deben resguardarse la difusión de los resultados de las evaluaciones a fin de evitar la “estigmatización” de alumnos, instituciones y docentes. Esta decisión impide a la sociedad civil acceder a una información que le permitiría conocer el estado de aprendizaje de los estudiantes. Para Gustavo Iaies, director de la Fundación Centro de Estudios de Políticas Públicas, la clave para empezar a cambiar la realidad de nuestras escuelas está en “establecer metas, decirle a cada institución qué se espera de ella, para lo cual es necesario evaluar y saber dónde está posicionada”.

Por último, las diferentes evaluaciones periódicas reúnen datos que permiten comparar el desempeño de los alumnos a lo largo del tiempo y también con otros países. Nos guste o no, el diagnóstico unánime es preocupante. La buena noticia es que conocida la realidad podemos intervenir de modo de asegurar a nuestros jóvenes el acceso a una educación de calidad, desnaturalizando el hecho de que nuestros alumnos no aprenden e incluso que un alto porcentaje abandone la escuela media.

Formación docente

Entre las características de los países mejor posicionados a nivel mundial, además de una importante inversión en educación, se destaca la selección y formación de los profesores, la inclusión de la tecnología en el aula, el trabajo en equipo y la participación de los padres en la formación de sus hijos.

El tema de la profesionalización de los educadores está presente en casi todos los países que presentan un buen nivel educativo. Un caso emblemático es el de Singapur, que ocupó el primer puesto en las últimas pruebas PISA, cuyos maestros o profesores son seleccionados entre el 5 % que obtuvo los mejores resultados entre los graduados universitarios. O Finlandia, también ubicada entre los mejores, donde solo los alumnos de excelencia son admitidos para estudiar la carrera docente que tiene nivel universitario.

Al analizar los problemas de la educación, la mayoría de los especialistas coinciden en la necesidad de mejorar los estándares de calidad en la formación de maestros y profesores. Según el informe “Situación educacional en Argentina: una mirada a los principales indicadores educativos”, elaborado por Reduca (Red Latinoamericana por la Educación) en 2016, “apenas un 14 % del profesorado tiene título universitario, el porcentaje más bajo de la región”.

La capacitación de nuestros docentes es señalado por el doctor Pedro L. Barcia, expresidente de la Academia Argentina de Educación, como uno de los factores del deterioro. “Tenemos un exagerado crecimiento de institutos de formación docentes carentes de personal capacitado”, afirma y explica que en la actualidad existen cerca de 1.400 institutos, algo que “constituye una hipertrofia que contrasta con lo que ocurre en otros países”.

Por su parte, el doctor Guillermo Jaim Etcheverry, considera que uno de los problemas de la Argentina es que a la carrera docente se ingresa por descarte. Consultado acerca de la posibilidad de implementar en nuestro país un sistema similar al de Ecuador (donde se seleccionan los mejores promedios de los exámenes de finalización del secundario para la Docencia y la Medicina, las dos carreras más prestigiadas), el exrector de la Universidad de Buenos Aires considera que no sería posible ya que lamentablemente “nosotros vivimos en la época de la ‘pedagogía compasiva’ que piensa que los chicos son víctimas del sistema escolar”. Partiendo de ese concepto está claro que ninguno de los integrantes de la comunidad educativa estaría de acuerdo con la idea de una evaluación final. “¿Para qué vamos a someter a nuestros niños, pobres víctimas, a otro examen si ya aprobó todo?”.

Dentro del contexto de la actualización docente, un tema relevante es el de las nuevas tecnologías y la innovación dentro de las aulas, elementos indispensables en la formación de los jóvenes del siglo XXI. El anquilosamiento de nuestras escuelas es sin dudas uno de los responsable del alto nivel de deserción escolar. “El abandono es una característica de la mayoría de los países de Latinoamérica”, sostiene Juan María Segura. Y afirma que, según un estudio llevado a cabo en 2014, el 40 % de los casos de abandono se debe a que el colegio aburre y se considera una pérdida de tiempo. “Entre 2002 y 2010 la matrícula a nivel país cayó el 1,2  %, porcentaje que significa que no solo el chico sino la familia está diciendo que no sirve”.

Otro tema para reflexionar es el acoso y la violencia escolar que, sin dudas, atentan contra el derecho a la educación, por lo cual una de las prioridades de la UNESCO es garantizar que los alumnos tengan un lugar sano y seguro de aprendizaje. En la Argentina, según el informe denominado “Clima, conflictos y violencia en las escuelas”, realizado por UNICEF y Flacso, el 66 % de los alumnos presenció situaciones de humillación entre pares y el 23 % estuvo preocupado por ser víctima de acoso. Por otra parte, el 23 % de los estudiantes aseguraron haber sido humillados o insultados por sus profesores.

Más allá de los números, una conclusión indiscutible es que la mayoría de los alumnos que terminan la escuela secundaria lo hace sin alcanzar los conocimientos y las capacidades básicas para desempeñarse un el difícil y competitivo mundo actual.

Un interminable efecto dominó

Así, después de transitar durante trece años por la escuela, educados en la cultura del facilismo y el desprecio por el esfuerzo, sin herramientas, con escasos conocimientos y casi ninguna técnica de estudio, los jóvenes acceden al nivel superior de la educación. Y pese a que se reitera y profundiza el fracaso de la gran mayoría en temas básicos como la comprensión lectora o resolver operaciones elementales, la sociedad continúa sorprendiéndose de este bajo desempeño y aunque se manifiesta preocupada por esta realidad, ese interés no se traduce en una demanda concreta.

El panorama de los estudios superiores en la Argentina es complejo. Contamos con 53 universidades públicas a lo largo de todo el territorio nacional, en un contexto de serios problemas presupuestarios y cuestionamientos sobre la calidad educativa y su articulación con el mundo productivo.

El ingreso irrestricto y la gratuidad que caracterizan nuestro sistema de educación superior no se traducen en resultados. Según datos del Centro de Estudios de la Educación Argentina, pese a que la matrícula de estudiantes creció en nuestro país un 22,5 % en la última década solo se gradúan 30 de cada 100 estudiantes, porcentaje muy inferior al registrado en la región. Estos números nos llevan inevitablemente a reflexionar acerca de la supuesta igualdad de oportunidades, ya que el alto nivel de deserción de la escuela media se replica en la universidad, siempre repercutiendo en los sectores de menores recursos socioeconómicos. Esta situación también tiene su correlato en el mundo laboral en el que esos jóvenes deberán desempeñarse debido a que cada vez son mayores las competencias requeridas para no quedar al margen de una sociedad con desigualdades crecientes y cada vez más altos niveles de desempleo. De hecho, la Organización Internacional del Trabajo alerta sobre la gravedad de la crisis laboral que se manifiesta, según sus informes, en que “hay casi 73 millones de jóvenes en el mundo están buscando trabajo”, mientras que sus posibilidad de conseguirlo es tres veces inferior a la de un adulto.

Esta situación es un espejo de lo que ocurre a nivel local donde al pequeño sector que alcanza una formación universitaria se le opone el grueso de quienes solo pueden acceder a un trabajo precario e inestable. Según la UNESCO solo el 43 % de los estudiantes termina el secundario en la Argentina, país con más baja graduación en la región.

Pensando en el futuro y atentos a los diagnósticos y las opiniones de los especialistas, es hora de que la sociedad toda se involucre en esta problemática. Es insoslayable mencionar que, aunque no aparezcan en los informes ni en los porcentajes, hay múltiples factores que conducen al fracaso escolar. Los cambios urgen, sin embargo, mientras no se modifiquen otros indicadores como la mortalidad infantil (tenemos una tasa de mortalidad infantil que va de 7,8 en Tierra del Fuego a 20 en el Norte argentino, según datos de la Fundación Conin), la pobreza (según cifras de UNICEF de 2016, Argentina tiene un 47,7 % de chicos entre 0 y 17 años bajo la línea de pobreza y un 10,8 % en situación de indigencia), la desnutrición o el desempleo, por mencionar solo algunos, cualquier plan está condenado al fracaso.

En este contexto integral debemos repensar nuestro sistema educativo para que, más allá de agotados y falaces discursos, la Argentina brinde a los chicos y jóvenes una educación de calidad y verdaderamente inclusiva, puente para un futuro digno.

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Susana Rigoz
Profesora en Letras (UBA) y periodista. Especialista en Medio Ambiente y temas antárticos. Fue conductora del programa Más allá del Sur, emitido por Radio Nacional, dedicado a la Antártida. Publicó varios libros, entre ellos, Hernán Pujato, el conquistador del desierto blanco.