Las invasiones inglesas aceleraron la gestación de un movimiento local para lograr la independencia de España.

A lo largo de nuestra historia, la defensa ha sufrido las consecuencias de no ser planificada y ejecutada como una política de Estado que trascendiera las ideologías de los distintos gobiernos de turno. En un especial de tres entregas, DEFonline analiza su devenir, los errores, los aciertos y las cuentas pendientes. En esta entrega: De las Invasiones Inglesas al combate de Vuelta de Obligado. Por José Javier Díaz*


La Defensa en tiempos del Virreinato

Corría el año 1806 y aún dependíamos de la corona española, cuando Inglaterra –sabiendo las escasas y poco preparadas fuerzas militares que había en Buenos Aires– decidió enviar sus tropas para conquistarnos y, de no ser por la rápida y decidida reacción de los porteños, hombres y mujeres civiles que se armaron con lo que tenían a mano (piedras, aceite caliente, etc.) para repeler a las tropas invasoras, seguramente nos hubieran reducido a una colonia más del otrora poderoso Imperio británico.

Pese a lo extremadamente traumática y peligrosa que fue aquella primera invasión, apenas un año después, en 1807, las tropas anglosajonas volvieron a atacar la capital del Virreinato del Río de la Plata y, ante la carencia de fuerzas propias, nuevamente tuvieron que ser los vecinos quienes se enfrentaron a los invasores para evitar que Gran Bretaña ocupara nuestro territorio y nos impusiera sus leyes, religión, etc.

El ataque anglosajón contra Buenos Aires tomó por sorpresa a las autoridades españolas.

Tratando de contextualizar el marco histórico en el que se dieron estas dos invasiones, sería justo decir que la primera ofensiva británica, la de 1806, sorprendió a las autoridades españolas y de otras potencias de entonces, como Francia y Holanda, quienes no imaginaban que Inglaterra usaría su poderío militar para atacar estas tierras con el fin de anexarlas a sus dominios de ultramar.

Cabe consignar que, con anterioridad a los sucesos de 1806, Gran Bretaña nunca había hecho ningún tipo de reclamo a España por la soberanía de sus dominios en América. No obstante, aún hoy resulta difícil comprender por qué las autoridades españolas ‒tras haber sufrido la pérdida de muchas vidas y la destrucción de propiedades públicas y privadas en Buenos Aires durante la primera invasión inglesa‒ no tomaron medidas urgentes para reforzar las fuerzas militares locales con el fin de proveer una mejor defensa y así evitar la repetición de un eventual segundo ataque externo, como el que sobrevino en el año 1807, otra vez de parte de los británicos.

1810: nacen la Patria y su Ejército

La imprevisión e irresponsabilidad de las autoridades españolas que no contaban en Buenos Aires con fuerzas armadas más potentes, expuso a un alto riesgo la vida, la libertad y los bienes de los habitantes de estas tierras.

De acuerdo con destacados historiadores, entre ellos Félix Luna, fue en parte a raíz de las invasiones inglesas que se aceleró la gestación de un movimiento local para independizarnos de España, que se materializó en la Revolución de Mayo de 1810.

El Cabildo, escenario del comienzo de la lucha por la independencia argentina.

Así, el 25 de mayo de aquel año, se constituyó la Primera Junta de Gobierno con autoridades criollas, quienes habían sufrido –en carne propia o de sus familiares– la angustiante experiencia de ver pocos años antes a las tropas británicas penetrando en Buenos Aires para instaurar un nuevo régimen colonialista, matando o apresando a todo aquel que se opusiera, además de destruir viviendas y reparticiones públicas.

Cuatro días después de proclamar la autonomía de España, el 29 de mayo de 1810, los miembros de la Primera Junta formalizaron la creación del Ejército Argentino, con el objeto de asegurar la defensa de la libertad y soberanía territorial.

Aunque había sufrido dos invasiones militares extranjeras en la propia capital, el grueso del pueblo no había asimilado adecuadamente la dimensión de los riesgos que se presentaban para la incipiente nación, tan rica en territorio y recursos naturales. Estas características contribuyeron a tentar a varias potencias extranjeras, siempre atentas y predispuestas a apropiarse de riquezas, cuyos legítimos dueños ignoraban o bien, carecían de las fuerzas necesarias para protegerlas.

Independencia, Malvinas y la defensa

El 9 de Julio del año 1816, se declaró formalmente la independencia de nuestro país y comenzamos un largo proceso de consolidación institucional como Estado soberano. Pese al rápido reconocimiento diplomático de nuestra autonomía por parte de la mayoría de las naciones de la época, no pasó mucho tiempo para que sufriéramos otro ataque externo, que afectaría nuestra soberanía hasta el presente.

En este sentido, a principios de 1833, Gran Bretaña –que previamente había reconocido nuestra independencia sin hacer ningún tipo de objeción o reclamo diplomático respecto a los territorios continentales e insulares que nos correspondían tras emanciparnos de España– envió buques de guerra al Atlántico sur para invadir las Islas Malvinas, expulsar a las autoridades políticas y a la población argentina allí radicada.

La usurpación de las Malvinas fue posible gracias a la superioridad bélica de las naves inglesas, que no pudo ser resistida por la pequeña y escasamente pertrechada guarnición militar argentina, lo cual llevó a nuestro máximo representante en aquellas islas, el Gobernador Luis Vernet, a aceptar el ultimátum británico para rendir la plaza y ser trasladado junto a los demás connacionales a Buenos Aires.

La imprevisión de la dirigencia política argentina en cuanto a contar con fuerzas armadas mejor equipadas inhibió la posibilidad de ofrecer una prolongada resistencia ante la sorpresiva invasión a las Malvinas, así como también una eventual respuesta militar a posteriori con el fin de recuperar la soberanía en dichas islas, ya que entonces la Marina de Guerra argentina carecía de buques bien armados capaces de navegar las agitadas aguas del Atlántico Sur para enfrentar a las naves británicas.

Las Malvinas en el siglo XIX.

La insensatez de nuestras autoridades políticas de aquella época hizo que la flota argentina apenas contara con un puñado de buques que, en su mayor parte, eran mercantes civiles adaptados para combatir a los que equipaban con algún que otro tipo de armamento, las tripulaciones estaban integradas, en general, por oficiales extranjeros, y los marineros eran casi todos criollos sin formación ni experiencia de combate.

A diferencia de la Argentina, el Reino Unido siempre contó con una poderosa escuadra naval, dotada con numerosos y potentes buques de guerra, cuyas capacidades técnicas los situaban entre los mejores del mundo, y sus tripulaciones estaban constituidas por oficiales y tropa de marinería con mucha experiencia en el arte de navegar.
El gran poder naval y militar que supo desarrollar y mantener Gran Bretaña a lo largo de su historia le permitió expandir sus dominios territoriales en el mundo, asegurar su comercio, imponer sus objetivos de política exterior a otras naciones por la fuerza (como en Malvinas), defender sus intereses vitales y proteger a sus conciudadanos.

En este marco, el lector comprenderá por qué –ante las débiles fuerzas armadas que tenía la Argentina– nuestro país se limitó a ser simple testigo de cómo Inglaterra se apropiaba de las islas en 1833; y es esa misma falta de medios adecuados para las Fuerzas Armadas la principal razón por la cual aún hoy los ingleses las mantienen bajo su potestad, con el agravante de haber extendido su ilegítima usurpación anexando las Islas Georgias y Sándwich del Sur, además de ampliar las zonas de exclusión aérea y marítima circundantes ante un Estado argentino caracterizado por no tener una política de defensa eficaz y sostenida en el tiempo.

Comercio y soberanía

Pese a las dos invasiones a Buenos Aires y a la usurpación de nuestras Islas Malvinas a manos de Inglaterra, ni la dirigencia política ni el común de la sociedad argentina tomaron nota respecto de la urgente necesidad de tener una defensa seria y consistente, lo cual derivó en que en 1845 nuestro país volviera a sufrir otro ataque militar externo.

Esta vez, Inglaterra y Francia ‒las dos mayores potencias de la época‒ se aliaron para enviar a estas latitudes una flota de navíos de guerra que custodiaría y abriría paso a sus buques mercantes para apoyar sus intereses comerciales en Sudamérica, desconociendo la soberanía argentina para autorizar la navegación de embarcaciones foráneas en nuestros ríos interiores.

Enterado de las intenciones anglo-francesas, el gobierno argentino, entonces encabezado por Juan Manuel de Rosas, decidió alistar una defensa que impidiera el avance de los buques extranjeros y, finalmente, el 20 de noviembre de 1845, en un recodo del Río Paraná situado al norte de la Provincia de Buenos Aires (donde el cauce se angosta y gira) conocido como Vuelta de Obligado, tuvo lugar el combate entre las tropas criollas y las enviadas por las dos potencias europeas.

El heroísmo de nuestros hombres no pudo compensar el enorme poderío bélico de la flota anglo-francesa, cuyos navíos lograron vencer la defensa que opusieron las tropas argentinas, que solo disponían de cuatro baterías de artillería de bajo calibre y fusiles para enfrentar una veintena de buques de guerra ingleses y franceses que reunían más de cuatrocientos cañones.

En Vuelta de Obligado, el gobierno argentino debió hacer frente a las flotas de Francia e Inglaterra, las dos mayores potencias de la época.

El escaso poder de fuego de nuestras tropas, apenas organizadas y mal equipadas, derivó en que la “Batalla de Vuelta de Obligado” se transformara en una nueva derrota militar para nuestro país que, además de ver vulnerada su soberanía otra vez, sufrió más de 500 bajas –entre muertos, heridos y mutilados– por la desidia de los gobernantes y el desinterés de la sociedad respecto de tener Fuerzas Armadas acordes con las dimensiones y las riquezas de la República Argentina.

Más allá de su victoria, tanto las autoridades inglesas como las francesas, admitieron la bravura y el coraje de los soldados argentinos que, a pesar de la manifiesta inferioridad bélica¬, no dudaron en ofrendar sus vidas en defensa de la Patria.

Refiriéndose al combate de Vuelta de Obligado el Almirante inglés Samuel Inflefield dijo: “Siento vivamente que este bizarro hecho de armas se haya logrado a costa de tal pérdida de vidas, pero considerada la fuerte oposición del enemigo y la obstinación con que fue defendida, debemos agradecer a la Divina Providencia que aquella no haya sido mayor”.

Por su parte, el General José de San Martín envió desde Francia una carta dirigida a su amigo Tomás Guido en la que afirmaba que: “Ya sabía la acción de Obligado; ¡qué inequidad! De todos modos, los invasores habrán visto por esta muestra que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”.

Lo expuesto llevó al gobierno argentino a declarar el 20 de noviembre como “Día de la Soberanía Nacional”, en reconocimiento al heroísmo y entrega de nuestras tropas.

 


En la próxima entrega: La defensa argentina, de la Independencia a la Campaña del Desierto


 

*El autor es Master europeo en Dirección Estratégica y Tecnológica, se desempeña como Consultor de Empresas y Organismos Gubernamentales, nacionales e internacionales.