Mi mamá siempre me habla de Valeria, su amiga trans que vive en un pasaje que da a la parte de atrás de su departamento. Valeria vive en una carpa que cuida con todo esmero, como si se tratara de una casa de verdad, y sigue diariamente la rutina: limpia la vereda, lava la ropa en un tacho con agua que le dan los vecinos y prepara la comida para su compañero, un muchacho que llega al final del día; a la tarde, en general, sale con rumbo desconocido. Tiene un perro con el que duerme abrazada las noches gélidas de invierno y que empieza a mover la cola desesperadamente cuando la ve aparecer por la esquina del pasaje. No sabemos de qué vive, quizás de la prostitución, pero también de la ropa que junta y vende en Parque Rivadavia. Dónde hace sus necesidades es un misterio, pero sí sabemos que una chica de la cuadra la deja bañarse en su casa, y que mi mamá le lleva comida caliente casi todos los días. Lo cierto es que los vecinos la quieren, entre otras cosas, porque es educada, alegre, y porque la carpa y sus alrededores están siempre impecables.

Lara María Bertolini es una activista trans que exigió ante la justicia que en el casillero de género de su documento dijera “femineidad travesti” en lugar de “femenino”. Lara había conseguido una nueva partida de nacimiento y un nuevo DNI, pero “algo no le terminaba de cerrar” con el término “femenino” con el que le habían completado el casillero de sexo. Y tanto hizo, que logró que se lo cambiaran en ambos documentos. Según ella, el sistema binario de identificación de sexo no la representaba, es decir que su autopercepción de género no coincidía con su sexo; ella se sentía una “mujer trans”.

La lengua, al ser un organismo vivo y no una pieza de museo que se mantiene inalterable —de hecho, si así fuera, seguiríamos hablando en latín— ha incorporado nuevos términos para dar cuenta de un derecho personalísimo como es el de la identidad de género, por ejemplo, “cisgénero”, utilizado por primera vez en 1991 por el psiquiatra y sexólogo alemán Volkmar Sigusch. El prefijo latino cis- significa ‘del lado de acá’ y unido a la palabra “género” señala la concordancia entre el sexo asignado a la persona al nacer y su identidad de género. Su opuesto es “transgénero”, en la que el prefijo latino trans-, que quiere decir ‘a través’, ‘más allá’, unido a la palabra “género”, significa la no concordancia entre el sexo y la identidad de género autopercibida por el individuo.

Lara María quiso que le pusieran en el documento “femineidad travesti”, pero también existen otras palabras que señalan elecciones genéricas diferentes, como por ejemplo, “hombre cisgay”, que es el hombre que se percibe hombre, pero que siente atracción por el mismo sexo (homo: ‘igual’); u “hombre cishétero”, que se percibe hombre pero siente atracción por el sexo opuesto (hétero: ‘diferente’); del mismo modo, “mujer cisgay” o “mujer cishétero” sería la mujer que se percibe como mujer pero que puede sentirse atraída sexualmente por su mismo sexo o por el sexo contrario. Existen muchos más términos, que nombran otras tantas formas de sexualidad: por ejemplo, “asexual” , “gris asexual” y “demisexual”, “bisexual” o “queer” que despiertan gran interés en la sociedad, tal como lo demuestra la alta frecuencia de búsqueda en Google y el hecho de que no solo los diccionarios sino también Facebook han comenzado a incorporarlos en las opciones de género.

Volviendo al caso de Valeria que te contaba antes, yo no la conocía, pero el otro día estaba tomando un café en la esquina de la casa de mi mamá con una compañera de trabajo y la vi pasar con el perro, un cuzco atorrante al que llevaba de la correa como si se tratara de un galgo de exposición; caminaba erguida, con un andar altanero y distinguido. Tenía puestas unas calzas ajustadas y un pañuelo tipo bandana en la cabeza que la hacía ver muy femenina y atractiva, sin ocultar que se trataba de lo que el lenguaje nombraría como una “mujer transhétero”.

“La lengua ha incorporado nuevos términos para dar cuenta de un derecho personalísimo como es el de la identidad de género”

Y resulta que cuando la vi aquel día me acordé de que mi mamá me había comentado que la pobre no lograba sacar el DNI, porque claro, Valeria no era Lara María Bertolini, una activista trans con acceso a abogados; Valeria no tenía plata, ni educación ni casa y, además, era venezolana. Y fue entonces que pensé que había que devolverle a Valeria una parte de la dignidad con la que llevaba tanta penuria por la vida, había que ayudarla a documentar su identidad de género, había que ayudarla a ser y a llamarse efectivamente “Valeria”.

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Andrea Estrada
Doctora en Lingüística (UBA), docente universitaria, editora, correctora y miembro del CONICET. Es presidenta de la asociación PLECA (Profesionales de la lengua española correcta de la Argentina). Ha publicado varios libros.