Colombia, ese pueblo alegre a pesar de sus desdichas, que nunca rindió su ánimo, que bailó el vallenato, el joropo y el bambuco, pese a todo. Que entre años y años de disparos y muerte igual brilló en la Feria de las Flores en Medellín y en el Carnaval de blancos y negros de Pasto y en las comparsas de Barranquilla, entre otras miles de fiestas con ese “algo mágico” de esa tierra distinta. La tierra de la increíble Cartagena de Indias, de Antioquía, de bogotanos y paisas, del archipiélago San Andrés. El país de selvas, bosques y Amazonías, de riquezas y posibilidades sin par, empieza por fin a transitar el final de su tragedia. Una tragedia sin remedios que enlutó durante décadas a toda América.

Luego de un intenso y largo trajinar, luego de mil zozobras y fracasos, luego de cientos de miles de críticas y desavenencias, llega a su fin el conflicto más prolongado de América. Hace pocas semanas, en un acto definitivo y simbólico, el presidente Santos y el comandante guerrillero Timochenko, formalizaron en plena selva el fin de la entrega formal del armamento individual de las FARC, todo ello supervisado por un general de nuestro país (Javier Pérez Aquino) designado por la ONU como jefe de los Observadores y superior responsable en el proceso de desarme. Llegar a este punto fue un recorrido largo, penoso que difícilmente dejará conforme a unos y otros. Pero la realidad indica que, después de décadas de guerra fratricida, Colombia ha dado un paso trascendental hacia un futuro en paz e inicia una etapa nueva, llena de interrogantes y problemas a resolver.

Nadie se hubiera animado a predecir estos resultados a fines de la década del 90, cuando las políticas del presidente Pastrana naufragaban y cuando alrededor de 20 mil insurgentes ponían en jaque vastos sectores del territorio colombiano. Fue entonces cuando asumió (el 7 de agosto de 2002) el Presidente Álvaro Uribe, que curiosamente es hoy el más encarnizado enemigo de las políticas que llevaron a la paz consensuada con la guerrilla. Él luchó durante 8 años y de manera incansable por el debilitamiento de un enemigo pertinaz y solapado, a quien se sumaba el tráfico de drogas y un estado de violencia sin fin que impedía el progreso, las inversiones y hasta el normal devenir de la vida cotidiana en las principales ciudades del país, e incluso, impedían el control de importantes sectores de su territorio. El propio descabezamiento de los carteles de Cali y Medellín no hizo sino agravar la situación con la intromisión de la propia guerrilla de manera directa en las operaciones vinculadas a la droga.

Con el fuerte apoyo de los EE. UU. con el plan Colombia y la decisión de Uribe de que esa fuera la prioridad y el sentido de sus dos gobiernos, debilitó seriamente a las FARC, redujo la producción de cocaína y ganó espacios perdidos del control colombiano del estado. Curiosamente fue el actual presidente quien, desde el Ministerio de Defensa, trabajó con eficiencia e intensidad en el logro de esos objetivos. Santos llegó en 2010 a la presidencia con la votación más alta de la historia de Colombia. Desde la misma asunción en la casa de Nariño, nacido como delfín de Uribe, inició su gobierno con importantes diferencias políticas e ideológicas. Fue creando su propia agenda, armando diferentes alianzas y una política exterior, en ciertas oportunidades antagónica, que iniciaron una grieta entre ambos mandatarios que fue creciendo sin parar hasta nuestros días. Hoy el enfrentamiento llega incluso a lo personal, forma parte de la agenda diaria colombiana y algunos se animan a compararla a una “guerra de compadres”, una disputa por el poder mismo. Quizás el fragor cotidiano de la política y el futuro de cada uno de ellos en Colombia e, incluso, la pelea por la mirada de la historia, les impida disfrutar de ese momento único en la vida se su país, donde ambos, fueron de una u otra manera protagonistas esenciales para llegar a ese puerto.

Def tuvo el privilegio de tratar a ambos mandatarios, de estar varias veces en Colombia y de haber seguido este conflicto desde muy cerca, conociendo sus vicisitudes, entrando con el ejército a los límites de la selva casi en contacto con las FARC y haber recogido las impresiones de soldados, de la población y de quienes comandaban las complejas operaciones en ese dificultoso terreno. Un territorio con similitudes en vegetación y espesura a la selva vietnamita, donde cualquier recorrido exige un esfuerzo extremo, con un clima agobiante y donde la noche transforma el lugar en una oscuridad desconcertante. En esos lugares hostiles y siempre en movimiento, las FARC lograron resistir décadas, aplicando una política ideológica y una disciplina interna rígida, extorsionando con miles de rehenes y manejando poblaciones campesinas de zonas ajenas al contralor del estado. Es entonces que creo que las cifras y las estadísticas pasan a tener un valor relativo y son reemplazadas por rostros, miradas desesperanzadas, madres dolientes y huérfanos desesperados. Los números fueron tremendos: 7 millones de desplazados, alrededor de 220 mil homicidios y 80 mil desapariciones forzadas en 53 años de guerra, pero al haber estado ahí, toman la forma de uno solo, del conocido, del escuchado, ahí es donde uno puede tomar una dimensión de lo trágico, multiplicado por cientos de miles.


 

“La realidad indica que, después de décadas de guerra fratricida, Colombia ha dado un paso trascendental hacia el futuro en paz e inicia una etapa nueva, llena de interrogantes y problemas a resolver”.

 


 

Quizás, de las muchas oportunidades en que el equipo de Def visitó Colombia, en la que más comprobamos todo lo dicho fue en la Sierra de Macarena en julio de 2008. Ese lugar era el centro de operaciones de la lucha contra las FARC, donde todas las descripciones geográficas señaladas anteriormente se daban de manera excepcional. Allí, durante muchísimos años, el territorio había estado bajo el control de la guerrilla, y el Plan Patriota había logrado en el 2004 recuperarlo para el control del estado colombiano. La fuerza a cargo contaba con 18 mil efectivos en un lugar donde la población no sobrepasaba los 25 mil, el accionar buscaba no solo quebrar el centro de gravedad guerrillero, sino recuperar la voluntad de una castigada ciudadanía, gente que vivió durante décadas en una economía destruida y con la ausencia de los servicios más básicos, abandonados a la buena de Dios. Fue ahí donde creo que comprendimos de verdad la profundidad de la tragedia, allí donde familias divididas tenían hijos en el ejército y otros en la guerrilla. Donde el desconocimientos sobre la vida o la muerte de un ser querido era una incógnita que podía durar años. Allí era donde las famosas “quiebra-patas”, minas caseras diseminadas sin control alguno, hacían (y aún hacen) de un simple paseo un drama para toda la vida. Fue en ese lugar donde escuché a un inteligente comandante militar, el general Miguel Pérez Guarnizo, decir en la espesura selvática y con las armas en la mano: “Lograda la victoria militar, vendrá el largo tiempo de la consolidación del estado, será la única manera de asegurar la victoria para siempre”.

Muy bien, a ese lugar llegaron con gran esfuerzo, no precisamente a la victoria militar, ya que ninguna de las partes fue cabalmente vencida, y eso obliga a infinitas concesiones. Pero llegaron a un principio del final, o quizás y mejor dicho, al final para intentar tener un principio de convivencia. Convivencia que será larga, dura, compleja y que probablemente lleve décadas de ejercicio, lo que requerirá tolerancia y la aceptación de las diferencias de todas las partes involucradas. Nadie la tiene fácil, de ninguna manera. Hay un país sensibilizado y altamente polarizado y, como siempre ocurre, quienes están en la oposición y en ambos extremos del arco político e ideológico, proponen quizás lo imposible. Ninguno de ellos debe lidiar con la realidad concreta y, entonces, pueden con facilidad complicar lo que ya de por sí es muy complicado. Esa complejidad tiene mil variantes, veamos solo alguna de ellas:

El regreso de los guerrilleros a la vida civil
Esta es una de las cuestiones más difíciles que, justamente en estos días y con aguda crudeza, Martín Caparrós relató en forma de crónica para el New York Times Es (“La guerra desarmada”). Su mirada se posa en las palabras de futuros desmovilizados de la guerrilla, que se cuestionan o ilusionan con simples cuestiones para ellos infinitamente hondas. Solo imaginar que alguien que lleva 30 años en el monte combatiendo y que está acostumbrado a obedecer y a acatar decisiones de otros. Alguien desarraigado de su familia o, peor aún, cuya familia es esa fracción de combate a la que pertenece hace muchos años. Ese señor o señora que debe reintegrarse, que debe volver de donde se fue y que debe pensar por sí mismo en una vida nueva, absolutamente nueva. Todo esto tiene un marco de estrés y de dificultad muy difícil de imaginar.

• Controlar el narcotráfico
Se han logrado acuerdos que incluyen un plan para afrontar los graves problemas sociales de los campesinos y un desarrollo agrario que reemplace las plantaciones de coca y de marihuana, incluso con un plan piloto en Antioquía. Sin embargo, se calcula que alrededor de 75 mil hogares están involucrados solo en la siembra de coca, y estas sustituciones en ningún caso serán sencillas. Tienen además el posible agravante de que la delincuencia capte a muchos excombatientes para las filas narcos y que se incrementen los ya existentes lazos con los carteles mexicanos (los Zetas y Sinaloa). Preocupa que pueda generarse una situación similar a la ocurrida cuando se aniquiló a los carteles de Cali y Medellín, oportunidad en que ocurrieron imprevisibles y nuevas amenazas.

• Necesidad de generar condiciones para afrontar el posconflicto
Seguramente, este será el mayor desafío para toda la sociedad colombiana, profundamente dividida y con condiciones sociales que de no modificarse, pueden transformar la esperanza en solo un recreo entre tantos años de conflicto. El excomandante del Frente Farbundo Martí (FMLN), Joaquín Villalobos de El Salvador, lo expresó muy bien al referirse a su propio país: “Ganamos la paz, pero perdimos el posconflicto”. Es decir, que conservar y consolidar la paz obtenida solo será posible con la voluntad de todos los colombianos y con una dirigencia capaz de superarse a sí misma, que cree las condiciones que inviten a no volver a los antiguos conflictos, nacidos de la incomprensión, de la miseria y de inaceptables diferencias sociales, principales causantes de medio siglo de muerte y desolación.

Como dijimos al inicio, este es solo el comienzo, el comienzo de algo que sentará las bases para buscar la paz definitiva. Son tantos los problemas aún vigentes y los que surgirán en el camino a recorrer, que a veces esos problemas abruman. Sin embargo, la oportunidad es única. El maravilloso pueblo colombiano merece un futuro infinitamente mejor, y estos son solo los primeros pasos de ese futuro. El camino está sembrado de mártires de todos los sectores como para no pensar que cada uno pondrá lo mejor en la búsqueda de ese objetivo para sus hijos.

Cuando el miércoles 6 de septiembre a las 16.30, el papa arribe a Colombia, ojalá encuentre un país donde todos los sectores hayan dado ese paso hacia la paz; así, día a día, un paso cada día, hasta la paz definitiva.

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Gustavo Gorriz
Es director de la revista DEF y de la editorial Taeda. Ha editado una veintena de libros y dirigido varios medios periodísticos institucionales. Se ha desempeñado como productor general del programa DEF Tv y ha organizado seminarios y congresos en Argentina y en el extranjero.