Cuando se piensa en diversidad de especies, hay que contemplar el ecosistema ecompleto, no solo los animales más grandes y vistosos. Foto: Fernando Calzada.

El bienestar del planeta depende de todas las especies, cada una tiene un rol específico dentro del ecosistema que integra y con el que evolucionó. Qué factores amenazan la diversidad biológica y cómo podemos cambiar esa tendencia. Por Graciela Canziani*

“La degradación de los suelos, la pérdida de la biodiversidad y el cambio climático son tres caras diferentes del mismo desafío central: el cada vez más peligroso impacto de nuestras decisiones en la salud de nuestro ambiente natural. No podemos darnos el lujo de abordar cualquiera de estas tres amenazas en forma aislada: cada una merece la máxima prioridad política y debe abordarse conjuntamente”. Esta declaración del doctor Robert Watson, presidente de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), fue hecha hace seis meses, durante la 6a. Sesión Plenaria del organismo.

Allí se aprobaron cuatro evaluaciones regionales sobre el estado de la biodiversidad y de los servicios de los ecosistemas. Un quinto informe trató acerca de la evaluación global sobre la degradación de los suelos. Estos informes, elaborados por 550 expertos que trabajan en más de 100 países, junto al publicado en 2016, que evaluó los polinizadores, la polinización y la producción de alimentos, muestran el deterioro creciente de los bienes naturales esenciales para las sociedades humanas. Para comprender los efectos de la pérdida de la biodiversidad, cabe analizar cuál es su rol en el funcionamiento de la naturaleza. La biodiversidad es la variabilidad entre organismos vivientes –incluyendo los terrestres y acuáticos marinos y de agua dulce– y en los sistemas de los que forman parte. Esto incluye diversidad dentro y entre especies, así como entre ecosistemas. No hay especies prescindibles: todas tienen un valor intrínseco. Cada una tiene un rol específico dentro del ecosistema que integra y con el que evolucionó.

El valor de los pequeños

Cuando pensamos en la diversidad de especies animales en riesgo de extinción, imaginamos aves de plumajes coloridos, mamíferos elegantes como las gacelas o las jirafas, feroces como los grandes felinos, adorables como el panda, o cautivantes como el delfín o la ballena. Pero rara vez consideramos a los microorganismos que permiten que las raíces absorban los nutrientes, a los gusanos e insectos que degradan la materia orgánica y permiten el ciclo de nutrientes, a los polinizadores que nos permiten disfrutar de los frutos y granos de nuestros cultivos o a las serpientes que mantienen a raya a los roedores. Menos atención todavía prestamos a la increíble diversidad de plantas, hongos, musgos, algas, que pueblan tierra y mares y cuya existencia es imprescindible para sostener a toda la vida.

No nos es claro que, como resultado de esa diversidad y de las interacciones entre organismos, se producen muchos de los servicios de los ecosistemas y, sobre todo, que los cambios en la biodiversidad afectan a todos los servicios que proveen los ecosistemas. No somos conscientes de cómo generan los ecosistemas estos servicios, y muchas veces ni siquiera reconocemos estos servicios hasta que nos faltan.

Uno de ellos es la polinización. Más de tres cuartas partes de los cultivos alimentarios mundiales dependen en alguna medida de la polinización animal para obtener rendimiento y calidad en la producción.

La gran mayoría de las especies polinizadoras son silvestres, incluyendo decenas de miles de especies de abejas, moscas, mariposas, polillas, avispas, escarabajos, arañuelas, aves, murciélagos y otros vertebrados. La mala noticia es que su abundancia ha venido cayendo, bajando a valores alarmantes en el último par de décadas. Publicaciones científicas recientes indican que en 25 años la biomasa de insectos se ha reducido a un cuarto de lo que era. Según estimaciones económicas, la producción mundial de alimentos, que a precios internacionales va de US$ 235.000 a US$ 577.000, depende de los polinizadores. Para darnos una idea, esto abarca desde el café y el cacao hasta las manzanas o los higos.

Las causas

Hay dos razones esenciales para el declive. Por un lado, está el cambio climático y, por otro, los sistemas de producción que echan mano cada vez más intensamente del uso de agroquímicos sintéticos biocidas cuyas moléculas son incontrolables en el ambiente. Se ha demostrado que los plaguicidas tienen una amplia gama de efectos letales y subletales sobre los polinizadores y los insectos benéficos, y que llegan por deriva a los hábitats naturales del entorno de los cultivos.

Estas moléculas, diseñadas para eliminar organismos, no solo afectan a los insectos, malezas, u hongos, sino que producen efectos perjudiciales a toda otra vegetación, microorganismos del suelo, aves, vertebrados y hasta seres humanos. Una vez aplicados, estos productos químicos se mueven en forma gaseosa por efecto de la temperatura y el viento, o se fijan en partículas que luego son transportadas por el viento, o junto con la lluvia se infiltran en el suelo hasta las napas o se escurren hasta los cuerpos de agua. Muchos insectos colocan sus huevos en sitios húmedos o directamente en el agua, con lo cual la contaminación también llega a sus larvas y puede afectar su desarrollo. Las larvas de insectos y el zooplancton son alimento para los peces de agua dulce, que también se ven afectados por la reducción en la abundancia de insectos.

Los sistemas de producción echan mano cada vez más intensamente al uso de agroquímicos sintéticos biocidas cuyas moléculas son incontrolables en el ambiente. Foto: Fernando Calzada.

Por otro lado, hay evidencia científica actualizada de que los hábitats, las abundancias y las actividades estacionales de algunas especies de polinizadores silvestres cambiaron en respuesta al cambio climático observado en las últimas décadas y que cambiarán más, debido a escenarios climáticos realistas.

Las investigaciones muestran que el cambio climático, que ya está en proceso, haría que casi la mitad de los actuales hábitats fueran inadecuados para los insectos hacia fines del siglo, sobre todo, para polinizadores como las abejas, que son sumamente sensibles al aumento de temperatura. Si el aumento de la temperatura a nivel global se limitase a 1,5 °C, como lo establece el Acuerdo de París, la pérdida podría ser menor, pero no parece que los compromisos lleguen a cumplirse. Hay que tener en cuenta que, cuando los efectos del cambio climático se hacen sentir en un ecosistema, mamíferos y aves pueden desplazarse, aunque no sin perjuicio, dado que las plantas que les aseguran la subsistencia no pueden moverse. Es que el desplazamiento de la vegetación se da en términos de generaciones, siempre y cuando se trate solo de un corrimiento de las temperaturas o las precipitaciones.

Sin embargo, el efecto de un colapso en la abundancia de insectos en los ecosistemas produciría una seria alteración en su funcionamiento, del que dependen la fertilidad de los suelos, la polinización, la calidad del agua y de la producción de alimentos y, en consecuencia, el bienestar humano.

El informe de la Relatora Especial sobre el Derecho a la Alimentación (experta independiente designada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU), presentado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2017, dice: “El argumento promovido por la industria agroquímica de que los plaguicidas resultan necesarios para lograr una seguridad alimentaria no solo es inexacto, sino que además resulta peligrosamente engañoso. En principio hay suficientes alimentos para alimentar a la población mundial; lo que representa un obstáculo importante para el acceso a esos alimentos de quienes los necesitan son los sistemas no equitativos de producción y distribución” (Párrafo 91). También es significativo el trabajo “Global Food Losses and Food Waste” (pérdida y desperdicio de alimentos a nivel mundial) realizado para la FAO, por el Instituto Sueco para la Alimentación y la Biotecnología (SIK), publicado en 2012.

El estudio indica que aproximadamente un tercio de los alimentos producidos en el mundo para consumo humano se pierden o se desperdician, lo que equivale a un total de 1.300 millones de toneladas por año. En países desarrollados, los alimentos se desperdician mayormente en la etapa de consumo, descartados aunque estén en buenas condiciones, mientras que en países en desarrollo, se pierden generalmente por uso de medios inadecuados de conservación y transporte. El informe indica que, en los países industrializados de Europa y América del Norte, el desperdicio alcanza a 95-115 kg/año, por habitante –la mayoría termina en enterramientos de residuos produciendo gas metano–, mientras que, en algunos países de África y Asia, es apenas de 6-11 kg/año, por habitante. Esto nos lleva a pensar en insumos, trabajo y energía desperdiciados, el incremento de los gases de efecto invernadero liberados, los ecosistemas destruidos al ampliar la frontera agrícola y los plaguicidas librados al ambiente, con la consecuente pérdida de biodiversidad y de servicios ecosistémicos.

Foto: Fernando Calzada.

La degradación del suelo es causa principal del cambio climático –por liberación del carbono–, de la pérdida de la biodiversidad y del deterioro de servicios ecosistémicos esenciales. Entre 2000 y 2009, la degradación del suelo fue responsable de emisiones globales de 3600 a 4400 millones de ton/año de CO2. Con este sistema productivo, el consumo per cápita, intensificado por el crecimiento demográfico, llevará a niveles insostenibles de expansión agrícola, extracción mineral y de recursos naturales y urbanización, lo que promoverá mayores niveles de degradación del suelo. Se predice que, para 2050, la combinación de la degradación del suelo y el cambio climático reducirá los rendimientos globales de los cultivos un 10 % en promedio y hasta un 50 % en algunas regiones.

Revertir la degradación del suelo podría reducir significativamente las emisiones de CO2. El informe de IPBES concluye diciendo que el aumento de empleos y otros beneficios de la restauración del suelo con frecuencia exceden en gran medida los costos involucrados. Estima que, en promedio, los beneficios netos de la restauración son 10 veces más altos que los costos. Además de políticas que alienten simultáneamente prácticas de consumo de cercanía y la producción sostenible de productos agrícolas, es fundamental eliminar los “incentivos perversos” que fomentan la degradación del suelo y, en su lugar, dar incentivos que alienten la producción agroecológica.

El Informe de la Relatora Especial habla de la inviabilidad del modelo agrícola dominante, “no solo por el daño que causan los plaguicidas, sino también por los efectos de estos en el cambio climático, la pérdida de diversidad biológica y la incapacidad para asegurar una soberanía alimentaria”, señala el Director General de FAO. Propone la agroecología como alternativa al uso extensivo de plaguicidas porque promueve las prácticas agrícolas adaptadas a los entornos locales y estimula las interacciones biológicas beneficiosas entre distintas plantas y especies para lograr un suelo sano y fertilidad a largo plazo, incrementa la biodiversidad, incluye dimensiones ecológicas, económicas y sociales, ayuda a mejorar la calidad del aire, el suelo, el agua superficial y subterránea y porque, dado su menor consumo energético, también puede ayudar a mitigar los efectos del cambio climático, reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero y proporcionando sumideros de carbono.


*La autora es doctora en Ecología y directora del Instituto Multidisciplinario sobre Ecosistemas y Desarrollo Sustentable de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires.