El exembajador argentino en Sudáfrica y flamante embajador ante el Reino Unido, Carlos Sersale di Cerisano analizó junto a DEF su gestión en el país de Mandela y trazó algunas posibles líneas de acción para profundizar el trabajo en África, muy favorable al intercambio con Argentina.

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Corría el año 2000 y, tras 11 años de misión en Nueva York, el diplomático de carrera Carlos Sersale di Cerisano volvía a la Argentina. Había sido representante argentino ante temas económicos y sociales; luego trabajó con una categoría alta en la secretaria de Naciones Unidas, en temas de reforma del sistema económico y social. Más tarde, también en Nueva York, fue director general para la parte de relaciones exteriores de ONUDI, la organización de naciones unidas para el desarrollo industrial. Una carrera multilateral, como se dice en el ámbito de cancillería.

Luego de su llegada al país, estuvo cinco años cubriendo diferentes puestos en Argentina. Como a todo buen diplomático le sucede, sintió la necesidad de volver a salir del país. “Mirando los lugares libres estaba Sudáfrica”, recuerda Sersale. “Yo quería una experiencia bilateral. En un lugar donde se había hecho prácticamente nada. Está cerca y era interesante. Además no es un país en la agenda de la Cancillería”, remarca el embajador.

-¿No había mucha relación con Sudáfrica?

-Inicié el mandato y puse África en la agenda de la cancillería. Ahora no solo está en la agenda de la Cancillería, sino que también en la de instituciones como INTA, INTI, Ministerio de Economía, universidades, organismos de derechos humanos, de deportes, entre otros. Se cubrió todo un amplio aspecto. Hoy Sudáfrica está entre los 16 países elegidos por Argentina dentro del programa de desarrollo de exportaciones e inversiones.

-¿Cómo se arma una relación de esas características?

-Se busca la complementariedad como enfoque. Se hace un análisis de las estructuras económicas, sociales, se estudia cómo se mueven políticamente y cuáles son los nichos para entrar, como el deporte, la danza o la música. Esto sirve para facilitar relaciones de otro tipo. Entonces, a partir de ahí, se ve cómo se articula y se refleja en lo institucional. En nuestro caso, en 2006 comenzamos a trabajar en un marco institucional que juntara a los dos cancilleres con grupos temáticos, para generar actividades. Entre ellos, se contaba: ciencia y tecnología; cooperación nuclear; cooperación espacial; deporte; arte; cultura; consultas políticas; desarrollo agrícola; desarrollo industrial; y pymes. Todos ítems donde nosotros podíamos ser útiles y ellos a nosotros. Se produjo así la primera reunión de los dos cancilleres en el año 2007. Después, eso se fue complementando con tratados e instrumentos para su implementación.

-¿Podría darnos un ejemplo de esta operatoria?

-El primer acuerdo que firmamos fue ciencia y tecnología, en mayo de 2006. A partir de ahí se hizo un comité conjunto para identificar proyectos de investigación con científicos de ambos lados, pero con un objetivo concreto: generar actividades financiadas 50 por ciento por cada de los países, con el objetivo de generar patentes. En ese marco, hoy hay más de 50 proyectos conjuntos. Otro ejemplo concreto, en 2007 interpretamos que la caída de la producción agrícola en Sudáfrica era resultado de las tecnologías que utilizaban. Armamos una misión del INTA y lo incluimos en el paquete que discutieron los ministros. Se vio cómo funcionan nuestras tecnologías de siembra y cosecha directa en determinadas áreas. Eso es un trabajo de distintas áreas, no solo de organismos de cooperación técnica, combinado con incentivar que medianas empresas argentinas productoras de maquinarias participaran de ferias. Fue un proceso que empezó de cero. Hoy nuestro país tiene en Sudáfrica dos campos demostrativos donde se hacen dos cultivos por rotación (soja y maíz) con tecnología argentina y se ha demostrado que, en las mejores zonas de ellos, la producción aumenta un 30 por ciento, con mejor conservación del suelo. En las zonas más áridas, el incremento de la productividad es del 100 por ciento.

-O sea que el intercambio en tecnología agropecuaria fue muy fuerte.

-Sí. Hoy el 16,9 por ciento de las exportaciones de tecnología agrícola argentina va a Sudáfrica. Es verdad que eso se puede explicar por la caída de ventas en la región, pero hace dos años, cuando las ventas en la región estaban bien, ya teníamos el 10 por ciento. Hay empresas de Argentina que se han instalado allá. Por ejemplo, hay dos empresas que ensamblan sus productos en Sudáfrica; también está una empresa de inoculantes –originaria de Pergamino-. Además, existen otros modelos como la empresa citrícola San Miguel, que se instaló allá y desde ahí exporta hacia otros lados.

El juego de la integración

-Mencionó el deporte entre la agenda diplomática. ¿Qué se ha hecho al respecto?

-Es otro punto de entrada. Desde 2007, fomentamos la participación de Argentina en los campeonatos del hemisferio sur. Entonces, cuando nuestro país empezó a desarrollar el programa de alto rendimiento en 2010, fue invitado a jugar un campeonato interno de Sudáfrica. Esa semilla de jugadores profesionales ganó un campeonato en 2011. Si se mira a los Pumas de hoy, el entrenador, el estilo de juego y casi el 50 por ciento de los jugadores viene de ese equipo. Sudáfrica fue el primero en invitarnos para que Argentina pudiera competir en ese nivel. Esto muestra que hay que identificar los temas que le interesan al otro país, y en Sudáfrica el deporte es religión.

-El deporte es religión y sirvió como pacificador. ¿Verdad?

-En la copa del año 95, sí, por supuesto. Sudáfrica venia de no competir en campeonatos internacionales y le gana a un equipo que en teoría era superior. La actitud de Mandela fue la que hace que el público blanco –que era la que jugaba el rugby- aceptara ese gobierno que había ganado las elecciones. Hay toda una historia que está relatada en el libro Invictus, y en la película también, cuando Mandela va y convence al comité de la NC de no boicotear la copa. Los negros veían al rugby como símbolo de la opresión y con eso subestimaron al deporte como factor de integración. Ridículo, porque el gobierno ya lo tenían ellos. En todo caso debían apoyar el desarrollo de rugby en las bases para ir integrándolos. El mérito de Mandela fue juntar las dos cosas.

-Sudáfrica también fue anfitriona de un mundial de fútbol. Usted estaba allí, ¿qué pudo obsevar en aquella oportunidad?

-Para mí se trató de una copa extraordinaria, porque en Sudáfrica el fútbol es bastante aburrido, la gente sigue mucho a los equipos europeos. Entonces, si Sudáfrica perdía –como sucedió-, ellos continuarían la fiesta siguiendo a los equipos que les gustaban. En este caso fue al revés: los blancos se integraron al fútbol, que es el deporte de los negros.

-¿Está pacificado el país?

-Sudáfrica empieza la transición democrática con negociaciones a partir del 86. Son secretas y en el 90 viene la liberación de Mandela. Ya hay una actitud de los empresarios y de los gobiernos del Apartheid de una salida negociada. El mejor ejemplo es que el propio partido nacional del apartheid se disuelve a partir del 94 y forma parte del nuevo gobierno de Mandela. El otro ejemplo es el himno nacional de ellos: tiene cuatro estrofas: una en zulú, otra en xhosa, otra en afrikaans, y otra en inglés que es el idioma integrador.

Tal vez todavía no hay un equilibrio en cuanto a quienes tienen la mayor parte de las empresas, pero se van integrando. Hay una ley que manda a que parte del directorio esté integrado por negros. Lo mismo en los empleos públicos: los puestos directivos de la administración pública o empresas paraestatales son ocupados por negros. También hay una ley de apoyo a las empresas, la ley de “poder económico empresarial”, que exige que para ser contratita del Estado, hay que ser una empresa miembro del Black Economic Empowerment and Entrepreneurship. Entonces, hay mecanismos que no son muy eficientes en principio, pero que a mediano plazo van a funcionar. Otro buen ejemplo es que la universidad de Pretoria en el 91 tenía el 1 por ciento de matrícula negra, y hoy tiene el 42 por ciento.

-En una entrevista publicada en DEF 101 (febrero 2015), usted marcaba una tensión social en relación al componente económico…

-Eso tiene que ver con la distribución del ingreso, pero no es racial. Hay gente que espera salir de los niveles de pobreza con trabajo, y eso es un tema que tienen que resolver. Sudáfrica es un país industrial, pero reducido a no muchos sectores, sobre todo minería, agroquímica, industrias forestales. Son industrias con un alto componente tecnológico, no tienen una red de pequeñas y medianas como acá que te permitiría tener una integración más horizontal del sector. También hay un alto nivel de criminalidad, porque la pobreza no justifica el crimen, pero genera las bases para que las cosas funcionen de esa manera. Son tensiones sociales, pero no raciales.

Posibilidades para el crecimiento

-¿Se puede contar a Sudáfrica entre los BRICS?

-Si. Es el país más importante de la región. Si bien tiene un mercado interno de 53 millones de habitantes y no tiene las dimensiones de China, Brasil y Rusia, el punto de entrada al resto de África es Sudáfrica. De hecho, el 35 por ciento del producto de África subsahariana es Sudáfrica. Entonces, al BRICS le conviene tomar a Sudáfrica como socio. Es un país clave porque, además, ya está con sus empresas y bancos en el resto del África negra. Tiene un rol hegemónico en su región: Sudáfrica es el modelo de cómo deberán ser el resto de los países en el continente. Allí funciona un sistema democrático, con parlamento, con elecciones municipales, provinciales, se respetan los términos, no hay golpes de estado, es un país estable aun con su problemática social no resuelta.

-¿Cómo cree que debería encarar el nuevo gobierno argentino las relaciones con Sudáfrica y su región?

-Me llama la atención que nadie habla de África. Si miras el mundo de hoy, hay regiones que tienen países que van desarrollando sectores de ingresos medios con capacidad adquisitiva. Argentina tendría capacidad de exportar y de favorecer un proceso de internalización de empresa medianas, de insertarse en terceras regiones, como India y los países africanos (Sudáfrica es la puerta al resto de ellos). Tenemos capacidad de entrar con productos de alto valor agregado en esos espacios. Este es el caso de la empresa San Miguel o el de las maquinarias agrícolas, que entran con productos manufacturados con alto valor agregado y se venden solos.

El caso de Sudáfrica es especial, porque es un país que por más que tiene un PBI similar al argentino, tiene empresas y bancos con activos que son diez veces el producto del país. Tiene empresas como Miller, que maneja el 40% del mercado global de cerveza; o grandes empresas mineras. Además del comercio bilateral, se pueden promover inversiones de Sudáfrica en Argentina, sobre todo en el sector minero y pesca, en las que ellos tienen empresas globales de mayor dimensión que las nuestras.

-Durante su misión, se firmó un acuerdo de cooperación nuclear. ¿Cómo fue ese proceso?

-Sí, en 2008. Sudáfrica está pensando en reemplazar en algún momento su reactor de investigación para producción de isótopos, el Safari, que es de los años 60. Hicimos el acuerdo, identificamos las empresas y elaboramos la propuesta conceptual para remplazar el reactor. La compañía mejor ubicada fue INVAP en asociación con algunas compañías sudafricanas. Como los precios de los isótopos bajaron, todavía no se llevó a la práctica, pero en algún momento lo van a hacer. Sería vender un paquete de transferencia de tecnología, algo parecido a lo que se hizo en Australia. Este es el tipo de cosas y desafíos para Argentina, porque las commodities se venden solas.

Uno tiene que pensar la política exterior en función del desarrollo interno. Muchas veces se mira la política exterior con variables abstractas. Hay una agenda global impuesta, como el cambio climático, espacio y seguridad, proliferación, etc, y eso está muy bien. Pero en las relaciones bilaterales y a nivel regional hay que pensar en cómo se utiliza todo eso en función de los problemas que tiene uno.

-¿Qué camino propone?

-En Argentina tenemos nuestras pyme; si pueden trabajar o no depende de un sistema fiscal que las oprime. Le dedican más tiempo al contador que a pensar cómo desarrollar tecnología para aumentar su capacidad productiva. ¿Cómo podemos, entonces, desarrollar las economías regionales? ¿Cómo se puede levantar y desarrollar el sector minero en economías donde está planchado? Uno de los mayores desafíos es pensar en una inserción argentina, en una agenda bilateral, regional y global en función de tus propios intereses y problemas estructurales. Ahora, yo no voy a ser una pyme competitiva solamente generando un nicho y haciendo los contactos y perfiles de mercado. Tiene que haber una cosa conjunta.