En diálogo con DEF, Luis Liberman, fundador y director general de la Cátedra del Diálogo y la Cultura del Encuentro, se refirió a la importancia de garantizar el acceso universal al agua apta para el consumo y a las últimas iniciativas que lidera en pos del desarrollo de una cultura del agua.

¿Qué es la Cátedra del Diálogo y de la Cultura del Encuentro?

Es un programa interinstitucional, y los participantes somos generalmente personas que provenimos del mundo académico y tenemos antecedentes de trabajo en el mundo político y territorial. La Cátedra nació en 2013 y dos años y medio después, cuando el papa Francisco lanza su encíclica Laudato Si’, encuentra en ese texto una matriz axiológica con la cual potenciar sus acciones.

¿Cuáles son sus objetivos?

El objetivo es trabajar sobre la construcción de políticas públicas ampliadas para que propendan al bien común. Nos planteamos tres líneas de trabajo: educación, trabajo y ambiente, que aparecen dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible del Milenio. Dentro del tema del ambiente, por una cuestión que hace a nuestro métier profesional, nos enfocamos en la articulación del proceso de formación y de desarrollo de los trabajadores y el tema de la sustitución de oficios en cuestiones del agua.

En septiembre organizaron un evento en Bogotá…

Sí, un seminario interdisciplinario e intercultural del que participaron académicos, políticos, excombatientes de las FARC, campesinos, pueblos afroamericanos, dirigentes sindicales, ONG, empresas. El seminario, que se llamó “Del derecho al agua al derecho a la paz”, buscó continuar lo que realizamos en el mes de febrero en la Pontificia Academia de Ciencias del Vaticano.

¿Cómo se gestó aquel encuentro en El Vaticano?

A partir de una conversación con el papa Francisco, y con la colaboración y apoyo del canciller de la Pontificia Academia de la Ciencia, monseñor Sánchez Sorondo, y fundamentalmente, con la avasalladora personalidad y el empuje del cardenal brasileño Claudio Hummes. Nos propusimos hacer un seminario que dimensionara el valor del agua segura, porque el agua, si no es segura, mata; y la necesidad de tener políticas públicas eficientes, que garanticen el derecho humano al agua y el derecho al agua, porque el planeta tiene derecho al agua en la medida que el cambio climático, como una producción humana, afecta la vida en la Tierra.

¿A qué conclusiones arribaron?

El seminario, que concentró a 90 personas de unos 37 países, devino en la Declaración de Roma, que pone en valor el rol del Estado como un Estado eficiente, no paternalista, sino activo; así como en el rol de los trabajadores, de los académicos y de los gestores para entender que la centralidad del hombre en el acceso al recurso está por encima de cualquier acción en donde la tecnología reemplace al hombre y genere más pobreza. La Declaración hace una fuerte mención en la lucha contra la pobreza y la vulnerabilidad y está firmada por el papa Francisco.

¿Qué implica el entender al agua como un derecho humano?

Si vemos al agua como un derecho humano, hablamos de su cuidado y su resguardo, no de gratuidad, sino de garantizar el acceso universal a todas las personas en materia de agua segura y saneamiento. Muchas veces las personas acceden al agua, pero esta no es apta para el consumo. Este paradigma implica no solo el cuidado del agua sino del suelo, porque si no hay una política sistemática que valide el agua que se extrae y, por ejemplo, previamente esta fue objeto de agrotóxicos, es muy probable que con el tiempo esta agua termine matando.

Por otro lado, hay un debate importante con empresas multinacionales que consideran que el agua es un bien de mercado y que la compra quien puede.

El punto es que el agua es esencial para la vida. Sin agua no hay vida. Este derecho humano al agua implica decisiones y responsabilidades de distinto orden, no solo en la producción, operación y comercialización, sino también al nivel de una cultura del agua que permita educar en que, al menos por ahora, se trata de un recurso escaso y como tal debemos cuidarlo, celebrarlo. Si cuido el agua y la protejo, no solo me cuido a mí y a mi familia, también cuido a mi prójimo, a todos.

¿Qué diagnóstico hace de la situación de Argentina en relación a esta problemática?

Hay amplios sectores de la población que reciben agua con nitratos y arsénico, hay que trabajar para que esa agua sea curada. Mi diagnóstico es que Argentina no logra recuperarse de su histórico proceso de fragmentación, que, a mi juicio, tiene que ver con la incapacidad de pensar nuestra madurez democrática, entendida como la aceptación de tres, cuatro o cinco cuestiones que hacen a políticas públicas duraderas, sustentables y sostenibles, que, gobierne quien gobierne, se mantengan.

¿Qué efectos tiene la falta de agua segura sobre áreas como salud o educación?

-No siempre los sistemas de salud asumen que las problemáticas con las que vienen sus pacientes derivan de enfermedades del agua, es un problema de información. En segundo lugar, vivimos una crisis de escolarización, no de educación, marcada por que la escuela dejó de ser el universo simbólico donde la formación y el futuro de los niños está validado. Lo central es recuperar gobiernos escolares que tengan una agenda a largo plazo que introduzcan el agua como un elemento multidimensional y cultural.

¿Quiénes son los más perjudicados por los problemas del agua?

Los que viven en lugares no incluidos, sin agua. Culturalmente invisibilizamos a esa gente. Es lo que el papa llama “la cultura del descarte”. Es un descarte existencial y territorial, no los vemos, aunque los tengamos delante. Y cuando los vemos, los vemos como enemigos.

¿De qué se trata el proyecto de la Universidad del Agua?

Así se conoce a una institución que va a llamarse Instituto Universitario del Agua y de Saneamiento, impulsada por la Fundación de los Trabajadores Sanitaristas para la Formación y el Desarrollo y que surge del Sindicato de Gran Buenos Aires de Trabajadores de Obras Sanitarias, que dirige mi gran amigo José Luis Lingeri, un hombre muy valiente, que apostó a una acción muy compleja. Se busca crear un centro de primera línea de formación de conocimientos, no solamente desde la teoría, sino también desde el pensar cómo la sustitución tecnológica de oficios tiene que tener como contrapartida la creación de nuevas profesiones del agua. Hay que construir una “casa común” del agua y no es justo que el saber sea patrimonio de unos pocos, hay que compartirlo. Esta es nuestra visión, es un proyecto que está en formación, entendemos que podremos empezar a trabajar entre abril y junio del año que viene como universidad.